Esas carcajadas y maldientes burlas de la Fortuna. Pedro Mártir, Epistolario1 Colón regresó a España vía las Pequeñas Antillas. El 10 de abril hizo es- cala en Guadalupe, donde apresó a varios caribes, y el día 20 del mismo mes reanudó la travesía. No visitó ninguna isla que no conociese. El 11 de junio llegó a Cádiz.
El Almirante realizó la travesía hacia Sevilla extrañamente vestido con un hábito gris de franciscano. La verdad es que siempre tuvo as- pecto de fraile y excelentes relaciones esta orden antes de su estancia en La Rábida. Pero estuvo una temporada en casa de Andrés Bernáldez, el sacerdote de Los Palacios, posteriormente autor de La historia del rei-
nado de los Reyes Católicos, cuyo capítulo acerca del Descubrimiento y
del segundo viaje estuvo muy influido por lo que Colón le dijo enton- ces. La parroquia de Bernáldez se encontraba a veinticinco kilómetros al sur de Sevilla. Pero, pese a ello, era capellán y protegido de fray Die- go de Deza, amigo de Colón en la corte del infante Juan. Era un anti- semita y sus burlas de los sufrimientos de los judíos que dejaron España con destino a Marruecos en 1492 son lamentables.2
Al llegar a Sevilla, Colón debió de reparar en que su antiguo com- pañero del primer viaje Peralonso Niño se disponía a partir hacia las In- dias, como efectivamente hizo el día 16 de junio; embarcó en la nueva flotilla de Fonseca, formada por dos carabelas, una nave bretona y un bergantín con catorce remos, comprado en Cádiz. Al igual que los jefes de la mayoría de las expediciones, Peralonso Niño se proponía adquirir un centenar de cabezas de ganado ovino en La Gomera.3 Deberían di- rigirse a La Española y regresar. Nada se decía acerca de ulteriores via- jes. Se trataba de un viaje no autorizado por el Virrey Almirante y, pro- bablemente, no tuvo conocimiento de los preparativos hasta que la
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flotilla hubo zarpado. Sin embargo, el Almirante debió de estar al co- rriente de que, en 1496, Alonso de Lugo logró completar al fin la con- quista de Tenerife, y de que, en junio, hizo desfilar a los jefes guanches cautivos ante los monarcas en Almazán, en la frontera entre Castilla y Aragón, que se convertiría en la efímera sede de la corte del infante Juan.4 Colón debió de haber sabido que, a pesar de lo importante que su empresa hubiera sido en 1492, cuatro años más tarde, ésta sólo cons- tituía una actividad más de los monarcas; tal vez, tan interesante como las Islas Canarias, pero no tan atractiva como Italia.
Sin embargo, Colón no tardó en descubrir que, aparentemente, el apoyo que los monarcas le dispensaban no se había debilitado, pues le escribieron una amistosa carta desde Almazán.5 A principios de oc- tubre, el Almirante, que seguía llevando el hábito franciscano, fue al encuentro de los reyes, que se hallaban en Burgos. Isabel y Fernando lo recibieron en la Casa del Cordón, un espléndido palacio cuya cons- trucción se debió a la iniciativa del difunto condestable de Castilla, Pe- dro Fernández de Velasco y que su viuda, Mencía, mandó terminar. Colón les regaló a los monarcas «un buen presente de oro por fundir [...] presentóles muchas guaycas o carátulas... [...] con sus ojos y orejas de oro y muchos papagayos».6 Les presentó a «Diego», el hermano del difunto cacique Caonabó, que llevaba un collar de oro que pesaba seis- cientos castellanos.7* Este implícito indicio de que había más oro fue sumamente alentador para los monarcas. La leyenda, aunque no la do- cumentación, asegura que el oro de 1496 le fue regalado a Diego de la Cruz para adornar el retablo de la capilla del monasterio cartujo de Mi-raflores, a las afueras de Burgos, donde al poco tiempo sería enterrada la madre de la reina Isabel, que murió en 1496.
El Almirante deseaba regresar a las Indias con prisa y los soberanos pensaron que debería ir con ocho naves (dos para suministros y seis para descubrir más tierra firme, es decir, presumiblemente Cuba y Su-damérica). Colón debió de referir sus logros con elocuencia ya que, pese a las críticas que los monarcas habían oído de boca de Margarit y del padre Boil, le fueron confirmados sus privilegios de 1492. Pedro Mártir estaba como de costumbre en la corte y le escribió a Bernardino de Carvajal, de nuevo de forma entusiasta, acerca de Colón.8 El hermano del Almirante, el impopular Bartolomé, fue confirmado como adelantado, un alto cargo que le concedió personalmente Colón.
CRISTÓBAL COLÓN Pero el viaje se retrasó. A Fonseca no le entusiasmaba la idea de autorizar otro viaje de Colón, y recurrió a varios pretextos para obsta- culizarlo. Nada sentimental, era consciente de que una cosa era descu- brir y otra administrar. Pensaba que era mejor que se quedara en Casti- lla. Mientras aguardaba en la corte y seguía a los monarcas por Castilla (Burgos, Valladolid, Tordesillas y Medina del Campo), el Almirante tuvo mucho tiempo libre que, al parecer, destinó a la lectura y, proba- blemente, leyó en aquellos años los libros más importantes. En 1496 le enviaron desde Inglaterra un ejemplar de Los viajes de Marco Polo, y compró Phibsophia Naturalis, de san Alberto Magno, así como el
Ala-manach Perpetuum1 de Abraham Zacuto. Estas compras son un feliz
recordatorio de que, por entonces, cualquier persona corriente podía comprar sus propios libros. Al año siguiente Colón pidió que le envia- sen información acerca de la reciente travesía desde el Atlántico norte a Terranova, desde Bristol, realizada por el veneciano John Cabot (un viaje que probablemente se emprendió a raíz de las noticias del éxito de Colón).10
El Almirante hizo nuevos cálculos acerca de las dimensiones del mundo, que comparó con una nuez cuya cascara sería el mar. El Almi- rante tenía, por supuesto, muchas cosas que contar, pero también que escuchar y, probablemente, debió de llegar a su conocimiento que, en diciembre de 1496, el papa Alejandro les había concedido a Isabel y a Fernando el título conjunto de «Reyes Católicos», una concesión que enfureció al rey Carlos de Francia, que era conocido como «el rey más cristiano». El gesto del pontífice no fue sólo consecuencia de la guerra contra Granada, sino también del compromiso de los monarcas de en- viar un ejército a Ñapóles para ayudar al papa contra Francia (así inter- pretó Alejandro VI el desembarco del Gran Capitán y de sus hombres en mayo de 1495).u
Presumiblemente, Colón participó también, a principios de 1497, en los actos para celebrar la llegada a España de «la tan deseada Marga- rita» de Habsburgo (en palabras de Pedro Mártir), hija del emperador Maximiliano, que tenía diecisiete años y unos pálidos ojos azules, para casarse con el infante. El matrimonio suponía la culminación de la po- lítica dinástica de los monarcas, complementada por el matrimonio de su hija Juana con Felipe, hermano de Margarita: «Las blancas gargantas de la Reina y de todas sus damas estaban rodeadas de joyas», escribió Pedro Mártir, con el mismo exagerado estilo del que hizo alarde Colón al describir el paisaje caribeño.12
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El Almirante debió de ser también testigo del dolor de la corte tras la triste muerte del infante en brazos de su padre, en octubre de aquel mismo año, en Salamanca. El fallecimiento no sólo acabó con la peque- ña pero brillante corte de Almazán, organizada el año anterior por fray Diego de Deza, sino también con la antigua familia real española.13 No había ningún varón que fuese legítimo heredero de la casa de Trastáma-ra, y entonces parecía seguro que la Corona pasaría a los Habsburgo descendientes de la infanta Juana. Al contemplar en la actualidad la tumba de «la esperanza de toda España» en el convento dominico de Santo Tomás en Ávila, diseñada por el florentino Fancelli (su encargo más importante), podemos imaginar el pesar que produjo aquella muerte.
Los reyes no lograron recuperarse de aquella tragedia, agravada al año siguiente, 1498, por la muerte de su hija mayor, Isabel, reina de Portugal, y luego de su hijo pequeño, el infante Miguel, en 1500.
Tras la muerte del infante Juan, los monarcas se retiraron al palacio episcopal del cardenal Cisneros, en Guadalajara, donde permanecieron prácticamente recluidos hasta abril de 1498. Fue por entonces cuando Cisneros, pese a estar muy ocupado con sus planes para la nueva Univer- sidad de Alcalá de Henares (la Universidad Complutense),14 se reafirmó en el cargo de primer ministro de la Corona. Cabe suponer que debió de confortar a los monarcas con sus oraciones. O acaso les levantó más el áni- mo recordar los versos de Jorge Manrique evocando la muerte de su padre:
Papas y emperadores y perlados Así los trata la muerte Como a los pobres pastores De ganados. Nuestras vidas son los ríos Que van a dar a la mar Que es el morir: Allí van los señoríos.1''
La familia Habsburgo sostuvo siempre que el príncipe murió ago- tado de tanto hacer el amor con Margarita. Otros lo atribuyeron a ha- ber comido una ensalada en mal estado en la feria de Salamanca.'
Como es natural, la pequeña pero brillante corte del infante se dispersó a su muerte. El amigo de Colón, fray Diego de Deza, fue nom- brado obispo de Salamanca y luego arzobispo de Sevilla, además de