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2.3 Database Implementation

2.3.2 WDB adaptation

Más vale ser bueno en casa que quemar incienso en algún sitio lejano. (Proverbio chino)

Durante el verano de 1969 me encontraba en nuestra segunda residencia en las orillas de la bahía Bantry, la parte de Irlanda en que penínsulas rocosas largas y estrechas apuntan hacia el sudoeste, como dedos de una mano extendida hacia América. Era lunes, 21 de julio, el día en que los astronautas Neil Armstrong y Edwin Aldrin pasearon por la Luna. Las noticias de su histórico viaje nos llegaron por la radio. Tan montañosa y lejana era esa parte de Irlanda que nos fue negado el placer de ver el aterrizaje en una pantalla de televisión. Para nuestra familia, educada en la cultura científica con- temporánea, el viaje a la Luna era una consumación. Para nuestros vecinos irlandeses de la península Beara era un terremoto mental que removió los fundamentos de sus creencias. A lo largo de toda la semana siguiente nos preguntaban. «¿Es realmente cierto que han aterrizado hombres en la Luna?». Estábamos perplejos por la pregunta y contestábamos: «Claro que es cierto, ¿no lo han oído en la radio?». Sí, lo habían oído, pero querían oír de nosotros que el hombre había llegado a la Luna.

Necesité algún tiempo, y varias observaciones de mis amigos y vecinos, Michael y Theresa 0'Sullivan, para caer en la cuenta de que lo que era un hecho indudable para mí era, para la cultura diferente que me rodeaba, una noticia de significado mucho más profundo y grave. Para muchos de los que viven en la lejana península Beara, el cielo se encontraba simplemente arriba en el firmamento y el infierno debajo de sus pies. Su fe no fue perturbada por las noticias del hombre paseando por encima de la Luna, pero sus creencias religiosas parecieron sufrir una reorganización interna. Sólo puedo comparar la intensidad de su experiencia con la del cambio de mentalidad que en mucha gente desencadenaron las noticias que Darwin trajo después del viaje del Beagle.

En esta época en que las puertas cerradas de nuestra imaginación son abiertas por los cuentos sobre astronautas y de exploración del espacio no sería necesario explicar el por qué de un capítulo sobre Marte en un libro que trata de Gaia. Sin embargo, quiero recordar que la hipótesis de Gaia fue un descubrimiento subrepticio directamente sugerido por el invento de un método de detección de vida planetaria que se intentaba aplicar en Mart.e. Aproximadamente veinte años más tarde me encontré a mí mismo intentando especular sobre la posibilidad de cambiar el ambiente físico de Marte, de manera que se convirtiese en un sistema vivo autosuficiente y en un hermano de Gaia. De modo parecido a la hipótesis de Gaia, este concepto también tuvo un origen in- directo e inesperado y emplearé los próximos párrafos para explicarlo.

La idea surgió a raíz del libro The Greening of Mars [El reverdecimiento de Marte] escrito con mi amigo Michael Allaby, un escritor especializado en temas ambientales. Quería un mundo para describir una nueva expansión colonial, un sitio con desafíos ambientales nuevos y libre de los problemas tribales de la Tierra. Sólo quería un planeta modelo sobre el que desarrollar juegos nuevos con Gaia, o más bien Ares, el nombre adecuado para el hermano de Gaia.

Sorprendentemente, la idea del desarrollo de una colonia en Marte ha recibido poca atención excepto por parte de los escritores de ciencia ficción. Escribimos el libro como una ficción, aunque había en él, como observó acertadamente Brian Aldiss en su revisión, mucho de carácter informativa y propuestas serias en un marco novelesco. Escogimos este formato por la experiencia resultante de la publicación de un libro previo, uno acerca de la gran extinción de hace 65 millones de años, cuando desaparecieron los dinosaurios y una gran cantidad deI biota restante. Se escribió en forma de libro de ciencia popular, estimulado por el imaginativo trabajo científico de la familia Álvarez y sus colaboradores, que atribuyeron la extinción al impacto de un gran asteroide. Proporcionaron lo que a nosotros nos parecieron evidencias suficientemente convincentes de semejante colisión, el descubrimiento de que el iridio y otros elementos extraterrestres raros se encontraban significativamente en mayor abundancia en los sedimentos correspondientes a la interfase entre el Cretácico y el Terciario. Y ese es el lugar del registro geológico que marca el gran vuelco en el número y las especies de los organismos vivos.

Poco después de su publicación el libro fue criticado salvajemente por paleontólogos que escribieron en las revistas determinantes del pensamiento científico. Quizá su crítica era necesaria y el castigo justo. Como exploradores de un territorio científico no familiar deberíamos haber llevado a cabo los trámites necesarios para aprender su lenguaje y su historia, y disponer de los visados y cartas de presentación adecuadas ante los príncipes de este dominio: después de todo deberíamos haber estado preparados para los problemas que podían sobrevenir en una tierra que fue el hogar de la bestia más poderosa, el Tyrannosaurus.

Aprendimos la lección y escribimos The Greening of Mars en clave de ficción con la esperanza de que no sería criticado adversamente en los aspectos intrincados de detalle. Nuestro libro se presentaba como el escenario de una serie .de experimentos imaginarios sobre otro planeta. ¿Qué pasaría si Marte, ahora un desierto irremediablemente vacío de vida, se convirtiese en un nido propicio para ella? ¿Cómo podríamos sembrarlo y cómo podría desarrollarse? Ninguno de nosotros pensó que iba a ser tomado como algo más que un divertimento. Tendríamos que haber sabido que

todo el mundo, o casi, considera la ficción de manera mucho más seria que la realidad. Pensemos por un momento; para conocer la sociología de la Inglaterra victoriana, uno podría leer a Marx, que fue el primer científico social, pero más probablemente, incluso si uno es marxista, leería a Dickens. Al cabo de unos meses de su publicación, en 1984, nuestro segundo libro llamó mucho más la atención de lo que su redacción despreocupada parecía merecer. Se celebraron tres reuniones científicas en torno al tema de convertir Marte en un segundo hogar y en una de ellas, Robert Haynes, un distinguido genético de Toronto, acuñó la palabra ecopoyesis -literalmente, «la creación de un hogar»- para el proceso de transformación de un ambiente antes inhabitable en un sitio adecuado para que la vida pueda evolucionar de forma natural. Prefiero la palabra terraformación, que se utiliza a menudo cuando se considera este proceso para planetas. Ecopoyesis es más general. Terraformación tiene el aire antropocéntrico de un ajuste tecnológico a escala planetaria.

Un paso clave en el desarrollo de un sistema geofisiológico nuevo consiste en la adquisición de una actividad nueva heredable realizada por un solo organismo. Ello quiere decir que el primer acto de ecopoyesis en Marte tendría que ser realizado por un capitalista. Sería un acto oportunista llevado a cabo por un interés egoísta; el proceso comunal de la colonización vendría más tarde. Creo que Cristóbal Colón no era el presidente de un comité, pero sospecho que los que viajaron después a bordo del Mayflower sí que lo eran.

Para convertir Marte en un hogar antes tenemos que hacerlo apropiado para la vida bacteriana. En el libro proponíamos que esta acción tremenda e imposible, cambiar todo el medio ambiente de un planeta, sólo podría haber sido llevada a cabo por un capitalista con algo de mala fama, el tipo de hombre acerca del que se dice: «El nunca viola la ley pero siempre que hace algo hay que legislar para impedir que lo vuelva a hacer de nuevo». Hace falta gente como ésa para tantear las fronteras y acometer cosas que están prohibidas, cosas que aparentemente son demasiado costosas o están más allá de las posibilidades de éxito de las empresas dirigidas por las agencias estatales, bienintencionadas, pero a veces demasiado prudentes.

Por tanto la historia de The Greening of Mars incluía un personaje piratesco llamado Argo Brassbottom; años más tarde, el éxito le daría una caballerosidad algo esnob que le hizo cambiar el apellido a Foxe. Era un tratante de armas y tenía la idea de que podía ganar mucho dinero con la chatarra de las extensas acumulaciones de grandes y anticuados ICBM y otros misiles militares. Las cabezas nucleares podían ser, y serían, reprocesadas para convertirse en arados de plutonio o futuras espadas bajo control gubernamental estricto. No obstante, ¿qué hacer de las carcasas llenas de combustible de los misiles? No podían ser desmontadas de manera segura pero se podían convertir, sin modificación, en los componentes clave de un programa espacial privado. Brassbottom, a través de sus múltiples contactos en los servicios civiles y militares del Este y del Oeste, pronto advirtió que sería un buen negocio disponer de estos misiles en desuso. Tenía otra idea brillante. Sus negocios principales concernían a lo que corresponde a un carroñero humano, un escarabajo pelotero que se aprovecha del vertido de residuos tóxicos y de otros productos nocivos que preferimos no mencionar. Pensó, ¿por qué no usar los misiles para enviar los residuos tóxicos fuera de la Tierra? El espacio exterior podría ser un sitio seguro de vertido.

Moviéndose como lo hacía por entre los mercados negros del mundo estaba bien informado acerca de los científicos poco escrupulosos que proporcionarían sus conocimientos a los políticos fanáticos o a los criminales por una buena paga.

Uno de ellos le comentó la angustia reciente que existía acerca del estado de la capa de ozono, lo que había dado lugar a la prohibición de los cloroiluorohidrocarburos como propelentes de aerosoles. Quizás había un exceso de estos productos que requería un almacenamiento caro dentro de grandes contenedores a presión. Estos gases se encuentran entre los más inofensivos y benignos que entran en la casa. No son inflamables, no son tóxicos y no son nocivos. Únicamentee fueron prohibidos porque su presencia en la atmósfera podía disminuir la capa de ozono. Brassbottom pensó: ¿por qué no enviarlo al espacio exterior y cobrar por hacerlo? No hacía mucho que otro científico había sugerido enviarlos a Marte. Los clorofluorohidrocarburos son 10.000 veces más potentes que el dióxido de carbono como gases de efecto invernadero por su capacidad de absorción de la radiación infrarroja que escapa de la Tierra. En Marte, esta propiedad podría reanimar su helada atmósfera. Brassbottom era un hombre de negocios con capacidad suficiente para emprender el desarrollo de Marte, dándose cuenta de que los beneficios de su compañía para dicho desarrollo crecerían explo- sivamente si el planeta alcanzase un clima templado y así se hiciera potencialmente habitable. Como etapa final, con la ayuda de amigos en las agencias de las Naciones Unidas, convenció al nuevo Gobierno del pequeño archipiélago de New Ulster, en el océano Indico, para que participase en la construcción de un lugar de lanzamiento para sus cohetes en la isla volcánica de Crossmaglen, que se encontraba temporalmente en un estado de quiescencia. Fue anunciado o proclamado como el programa espacial del mundo subdesarrollado. Científicos serios que insisten en convertir nuestro cuento de ficción en objeto de evaluación científica me han indicado que este planteamiento no hubiera funcionado porque los gases CFC son destruidos rápidamente por la radiación ultravioleta; en su lugar se hubiera tenido que colocar tetracloruro de carbono, que no es destruido. Quizá tengan razón.

Cuando construimos mundos imaginarios en los espacios mentales, detalles demasiado prolijos como la solidez de los emplazamientos planetarios y la presencia o ausencia de una niebla ascendente o de una podredumbre seca tienden a ignorarse. Lo que importa es la postura personal y los puntos de vista generales a lo largo de paisaje inalterado. Ni yo ni Mike Allaby nos dimos cuenta de la importancia que podía darse a nuestros mundos imaginarios como propiedades inmobiliarias. Por tanto es esencial, antes de que ninguno de nosotros sea desautorizado, volver atrás y reexaminar nuestro libro como si fuese un informe y no un trabajo de ficción. Si queremos evitar, incluso en la imaginación, acusaciones de fraude también hemos de incluir un informe sobre el estado de Marte realizado por un geólogo independiente. Por derecho propio, ello tendría que haber sido la tarea de los dos Vikings, pero por desgracia sus directores estaban obsesionados por otro sueño de ficción, encontrar vida en Marte. Aquéllos tendrían que haber realizado las necesarias, aunque aburridas medidas, de la abundancia de elementos ligeros en las rocas de la superficie, la relación entre hidrógeno y deuterio en la atmósfera y la estructura de la corteza marciana. En lugar de ello, dieron prioridad a la enfebrecida e inútil búsqueda de vida. ¿Qué sabemos de Marte? El mejor y más legible resumen de la información recogida por las diversas naves que orbitaron o aterrizaron en la superficie de Marte es el libro espléndido y bellamente ilustrado de Michael Carr, The Surface of Mars [La superficie de Marte]. Incluye muchas fotografías tomadas desde naves orbitales. Allí se ve que

Marte se parece mucho más a la Luna que a la Tierra. Cráteres de impacto salpican de viruelas toda la superficie y ofrecen una crónica bien conservada de sucesos que se remontan hasta los orígenes del planeta. Ello se encuentra en fuerte contraste con la Tierra, donde los movimientos incesantes de la corteza y la erosión por el viento y el agua mantienen la superficie siempre fresca y limpia. Marte se diferencia de la Luna en que tiene una atmósfera, por delgada que ésta sea. También tiene volcanes que son de aspecto similar a los de las islas Hawai, pero más grandes. Hay cañones y canales y cursos fluviales secos, lo que sugiere que mucho tiempo atrás había agua en circulación (véase la figura 8.I). También hay polos helados cuya extensión cambia estacionalmente. Y hay nubes y tormentas de polvo en los escasos restos de su atmósfera.

Puede que Marte parezca seco, pero ha emanado mucha agua desde el interior durante la historia del planeta. Se cree que la cantidad total se encuentra entre 12 y 25 millones de kilómetros cúbicos, lo suficiente como para proporcionar un océano de entre 80 y 160 metros de profundidad en todo el planeta si se trata de una esfera uniformemente suave, o alrededor de 200 metros para distribuciones de tierra y agua como en la Tierra.

Michael McElroy, de la Universidad de Harvard, ha deducido, a partir de datos de la composición isotópica del oxígeno en la atmósfera marciana, que ha habido una fuga pequeña de agua al espacio a pesar de la menor gravedad de Marte.

8.1. Canales de agua de la superficie de Marte. Las fotografías desde el espacio muestran la presencia de canales a lo largo de los cuales alguna vez circulaba agua al principio de la historia de Marte.

Cuando se aplican los mismos argumentos al nitrógeno se aprecia, de manera sorprendente, que Marte ha perdido una gran proporción de nitrógeno en dirección al espacio exterior. Existe suficiente evidencia de flujos de agua masivos y de caudales suficientes como para haber producido valles fluviales de cerca de 1.000 kilómetros de longitud en un pasado remoto. ¿Dónde ha ido a parar tanta agua? De acuerdo con el resumen de Michael Carr según las evidencias disponibles, la mayor parte de esta

agua se encuentra ahora probablemente en forma de una capa permanentemente helada que se extiende hasta una profundidad de 1 0 2 kilómetros por debajo de la superficie. Por debajo del hielo se pueden encontrar capas de salmuera, con un punto de congelación tan bajo como -20 °C. Además las zonas polares podrían encontrarse encima de cúpulas de hielo.

Este es por tanto el consenso entre los científicos acerca de Marte. Podría estar lleno de agua. Sin embargo, por diversas razones ésta sería tan inaccesible para un biota colonizante como el agua que se encuentra debajo del desierto de Australia. Además, para fundir y evaporar el agua que se encuentra debajo de la superficie se debe transferir calor desde arriba. La transferencia de calor a través de la capa superficial de polvo puede ser sorprendentemente lenta. El proceso de fusión del hielo subterráneo puede tardar millones de años. Todo lo anterior puede tomarse como una conclusión pesimista.

Frazer Fanale y sus colegas del Jet Propulsion Laboratory han propuesto que el movimiento de dióxido de carbono a través del polvo de las rocas podría ejercer un efecto de bombeo y transferir agua a la superficie. Los cambios de presión atmosférica debidos a la condensación y evaporación del dióxido de carbono son la fuerza motriz de este movimiento. Sin embargo, a escala humana el efecto ecopoyético de este mecanismo para llevar Marte al estado de siembra todavía seguiría siendo insoportablemente lento.

Antes de que tomemos la drástica decisión de vender nuestra casa aquí en la Tierra, necesitamos mucha más información sobre nuestra futura casa que la proporcionada por el informe del examen del Viking. Necesitamos saber lo peor que nos aguarda a nosotros, y al mismo Marte, como sede para una ecopoyesis.

Si miramos de nuevo a la superficie marciana de tipo lunar veremos que los canales y los sistemas fluviales que sugieren tan intensamente la presencia de agua, son realmente antiguos. Datan de casi 3,5 eones, cuando los impactos de los asteroides eran más frecuentes. Marte puede haber tenido un efecto invernadero atmosférico más importante y un clima más cálido, al que también puede haber contribuido el calor de los impactos. Hace 4 eones el Sol era casi un 25 por ciento menos luminoso que ahora. Si Marte está congelado ahora entonces hubiera sido necesaria una manta gruesa para mantener una atmósfera y agua corriente. Desde aquellos lejanos tiempos, se ha calentado el Sol y ha habido otros impactos de grandes asteroides, aunque menos frecuentes que en los primeros días. A pesar de ello no hay huella de corrientes de agua visible. El conocimiento convencional actual que supone la existencia de un océano de agua helada de 100 metros de grosor podría ser erróneo.

Tampoco se ha tenido en cuenta la probabilidad de que Marte, como la Tierra, fuese originalmente rico en productos químicos que reaccionasen con agua para formar hidrógeno que pudiese liberarse al espacio. El agua puede haber estado allí alguna vez, pero la fuga de hidrógeno dejó tras sí oxígeno, no en forma de oxígeno libre, sino ligado químicamente en forma de nitritos, sulfatos y óxidos de hierro.

Consideremos el estado de Marte hace 3,5 eones. Esto sería después de que los asteroides habían llovido de manera tan inmoderada que habían convertido en roca y polvo la entera superficie planetaria hasta una profundidad de por lo menos 2 kilómetros, un proceso que los planetólogos tímidamente llaman «ajardinamiento». En aquel tiempo la Tierra era reductora, el medio ambiente era rico en aquellos com-

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