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En los últimos años, diferentes hechos que vienen conmoviendo a la sociedad argentina dejan en evidencia las asignaturas pendientes de un pasado oscuro y violento aún fresco en la memoria colectiva. La reactivación de los juicios contra militares por violación a los derechos humanos y el lento proceso de recuperación de la identidad de los hijos de quienes sufrieron la represión estatal, nos recuerdan permanentemente las deudas que la democracia todavía mantiene en nuestro país. No es casual, entonces, que junto al reclamo por el esclarecimiento de lo sucedido durante la última dictadura militar, también haya despertado en el ámbito académico una renovada preocupación por la historia reciente.

Este desplazamiento temático a su vez se da en un contexto de renovación de los estudios historiográficos que tienden a aproximar la historia política y

la historia cultural, como consecuencia del impacto del linguistic turn no solo en la disciplina histórica sino sobre el conjunto de las ciencias sociales1. Aún siendo objeto de debate, la llamada «historia intelectual» viene lentamente a ocupar ese espacio problemático que articula no sin conflicto la historia de las ideas, la historia de las mentalidades y la historia de las élites culturales (Chartier, 1996; Darnton, 1990; Hunt, 1995). De tal forma, el estudio de las producciones culturales y sus autores se vuelven relevantes para entender los procesos políticos, en la medida en que dan cuenta del peso que sobre éstos tienen, los fenómenos de creación y transmisión de nociones, creencias y valores.

Así como hay una demanda de sectores de la sociedad por recuperar los fragmentos dispersos del pasado que ayuden a la conformación de una memoria colectiva sobre esa historia reciente, también existe la necesidad de reconstruir la historia de aquella intelectualidad argentina que transitó los oscuros años del Proceso como parte de la recuperación de una memoria universitaria. En cierta forma, el estudio de la RPU se ubica en el cruce de estas preocupaciones políticas y aquellos movimientos temáticos, beneficiándose y a la vez, corriendo los riesgos que contiene explorar la todavía discutida historia intelectual local. Asimismo, como investigación basada en una publicación periódica se inscribe en el espacio más amplio del estudio de las revistas político-culturales, en tanto constituyen zonas de intersección entre la actividad cultural y la intervención política (Girbal-Blacha & Quatrocchi- Woisson, 1999).

En este sentido, las revistas ocupan un lugar «a mitad de camino entre el carácter de actualidad de los diarios y la discusión grave de los libros»2, rasgo que precisamente hace de este tipo de publicaciones un material sumamente fértil para el estudio de ese heterogéneo conjunto de fenómenos y procesos que aborda la historia intelectual. Si bien las revistas comparten con la prensa esa voluntad de construir opinión, las formas en que esta intencionalidad se expresa asumen diferentes modalidades en cada una. Así, mientras los diarios intentan formar opinión a través de la transmisión de información, el objetivo de las revistas está puesto centralmente en debatir y confrontar ideas3. Por otro lado, como empresa cultural suelen ser la expresión de grupos 1  Para una visión panorámica de este debate con especial referencia al contexto

norteamericano véase el trabajo de E. Palti (1998).

2  La expresión corresponde a Simon Jeune, «Les reveu littéraires», Histoire de l’édition,

citado por Girbal-Blacha & Quatrocchi-Woisson (1999, p. 23).

intelectuales con diferente grado de homogeneidad ideológica, y en general, son vehículo de organizaciones formalmente estructuradas (universidades) o de corrientes de opinión intelectual (movimientos y tendencias). Las revistas político-culturales, por tanto, son publicaciones periódicas deliberadamente producidas para generar opinión tanto hacia adentro como afuera del campo intelectual. Por ello, una de sus características es que:

[…] la revista tiende a organizar a su público, es decir el área de lectores que la reconozca como instancia de opinión intelectual autorizada. De ahí que como forma de la comunicación cultural, la diferencia entre el libro y la revista no sea puramente técnica. Toda revista incluye cierta clase de escritos (declaraciones, manifiestos, etc.) en torno de cuyas ideas busca crear vínculos y solidaridades estables, definiendo en el interior del campo intelectual un «nosotros» y un «ellos», como quiera que esto se enuncie. Etico o estético, teórico o político, el círculo que una revista traza para señalar el lugar que una ocupa o aspira a ocupar marca también la toma de distancia, más o menos polémica, respecto de otras posiciones incluidas en el territorio literario. […] Otro rasgo, que puede tomar a veces la forma de libro pero parece inherente a la forma revista, es que ésta habitualmente traduce una estrategia de grupo (Altamirano & Sarlo, 1993, pp. 96-97).

La experiencia de la RPU y su grupo editor resultan un buen ejemplo de los rasgos y características antes mencionados. Así, el I-IECSE surge primeramente a instancias de un grupo de docentes de la Universidad Nacional de Lomas de Zamora cesanteados en 1975, que muy rápidamente se amplía con la incorporación de investigadores y académicos provenientes de otras universidades nacionales también expulsados por la intervención. La aparición de la Revista en noviembre de 1976, de alguna manera da cuenta en sí misma de este origen y a la vez, opera como un primer acto de disidencia: una revista que toma como eje los problemas de la universidad, hecha por «ex docentes universitarios». De esta forma sutil y velada se presentan los miembros del consejo de redacción4 y los numerosos colaboradores que La Nación, Ricardo Sidicaro expresa que: «A diferencia de un libro, en el que su autor escribe

tiempo después, más alejado de la conmoción inicial, los editoriales se redactan al calor de las coyunturas. Un autor de un libro recibe comentarios pasado un cierto tiempo. Un editorial de un diario tradicional repercute al día siguiente, de él se dialoga. Son ideas en movimiento en las que es dable reconocer la inmediata voluntad política de quien se hace responsable de ellas» (Sidicaro, R., «Consideraciones a propósito de las ideas del diario La Nación», cit. en Wainerman & Sautu, 1997, p. 76).

4  El Consejo de Redacción original estuvo integrado por: Rosa María Russovich (Directora),

María Luisa Lacroix, Ramón Alcalde, Ana María Barrenechea, Donatella Castellani, Norberto Griffa, Gregorio Klimovsky, Zenón Lugones, Luis Munist, Juan Luis Nodel, Alejandro Russovich y

participaron a lo largo de los dieciocho números que tuvo la publicación, entre los que se pueden mencionar por su relevancia a Héctor Felix Bravo, Gregorio Weinberg, Emilio F. Mignone y José Luis Romero, entre otros.

Ciertamente, estas huellas de origen no sólo delinean una estrategia que intentaba referenciar a la «diáspora» de docentes e investigadores que siguió al golpe militar sino también se manifiesta en códigos y registros discursivos específicos configurando de esta manera un tipo de intervención política, en la medida que este grupo de intelectuales actuó «como agentes de circulación de nociones comunes que conciernen al orden social» (Bourricaud, 1990), esto es, cuando «se apoyan en la posesión de un saber para legitimar pretenciones de intervención en la esfera social –ideológica o política»(Sigal, 1991, p.19). De esta manera se continuaba una tradición que no es nueva en la historia de la intelectualidad universitaria, y que tiene como antecedentes las revistas Centro, Contorno, Imago Mundi y las experiencias de grupos de estudios post-1966. Todas estas «formaciones intelectuales»5 tuvieron como denominador común articular la tensión entre actividad cultural e intervención política.

A diferencia de la revista Punto de Vista o de la labor desarrollada por los centros independientes, donde predominaba una cierta homogeneidad, sea ésta definida por el recorte disciplinar, sea por compartir un marco político-ideológico común; lo distintivo de la RPU resulta de su pretensión de reflejar la diversidad y amplitud de posturas (muchas veces contradictorias) respecto de la universidad y sus problemas. Por ello, desde el primer número la revista se presenta más como un espacio a ser llenado por el debate y la participación que como acto de autodefinición. Produciendo por medio del

Fernando Storni S. J. Todos a excepción de este último eran hasta la intervención docentes de universidades nacionales.

5  El concepto de «formación» de Raymond Williams, si bien fue desarrollado originalmente

para el análisis literario, nos permite capar las distintas formas organizativas de los grupos intelectuales, como también los rasgos en téminos de nociones, valores o supuestos que les dan cohesión, y que permiten diferenciarlos tanto de otras formaciones como de las instituciones formales. Para este autor: «Las formaciones son más reconocibles como tendencias y movimientos conscientes (literarios, artísticos, filosóficos o científicos) que normalmente pueden ser distinguidos de sus producciones formativas. A menudo cuando miramos más allá, encontramos que estas son articulaciones de formaciones efectivas mucho más amplias que de ningun modo pueden ser plenamente identificadas con las instituciones formales o con sus significados y valores formales, y a que a veces pueden ser positivamente opuestas a ellas. Este factor es de la mayor importancia para la comprensión de la vida intelectual y artística» (Williams, 1980, p. 141). Para una tipología de las formaciones véase Williams (1994, p. 63 y ss.).

contraste, un nuevo efecto transgresor a su propio contexto de emergencia. El siguiente fragmento del primer editorial resulta ilustrativo.

Desde estas páginas no queremos sostener soluciones a priori ni sentar posiciones inamovibles: ni podríamos hacerlo sin subestimar la magnitud e importancia de los temas que se plantean. Por el contrario, nuestra intención es promover el diálogo, la polémica fecunda, constructiva confrontación de enfoques diferentes. Estas son, a nuestro juicio propuestas válidas en un país que mantenga claro su objetivo democrático, alejado del totalitarismo, y en el que se destierre definitivamente toda forma de atentado a la vida y a la libertad humana (RPU, n.º 1, 1976).

En verdad, no es que los miembros no tuvieran definiciones político- académicas; muy por el contrario, las mismas se reflejan y quedan en evidencia en la lectura que realizan del pasado (sobre todo de la universidad del 73-75) y en las distintas caracterizaciones que hacen del régimen militar. Sin embargo, por encima de las diferencias aparece como núcleo articulador, por un lado, el acuerdo sobre el método para avanzar en definiciones (el debate plural) y, por otro, la convicción respecto de que no hay ni habrá un modelo posible de universidad al margen de un cambio más general en el nivel del país. Fue esta tensión, que suponía la combinación de elementos y las sucesivas medidas implementadas, primero por los militares, y más adelante por el gobierno constitucional; la que marcó los cambios en las modalidades de intervención puestas de manifesto a través de un movimiento pendular entre un registro político-académico y otro más político en sentido estricto6. En este sentido, y teniendo en cuenta las puntualizaciones precedentes, nos parece factible y legítimo estudiar la RPU como un «campo» (en el sentido bourdieuano)7, dentro del cual se vuelven inteligibles estos distintos movimientos entendidos como diferentes tomas de posición.

En esta línea de análisis, un balance aún provisorio de la revista nos permite visualizar tres grandes etapas, que en buena medida reflejan y dan cuenta de la propia evolución política de la Argentina posterior a 1976. La primera que va desde el número 1 al 6 (junio de 1979), una segunda que

6  Si bien la frontera que separa ambas modalidades de intervención es ciertamente débil,

utilizamos en este punto (de manera muy libre) la distinción que realiza Sigal (1991) a propósito de los intelectuales.

7  En este trabajo se utiliza sólo muy laxamente la noción de «campo» explorada en la

obra de Pierre Bourdieu, ya que compartimos los reparos críticos que le han sido formulados, entre otros por: Altamirano & Sarlo (1993, pp. 81-82) y García Canclini (1990). Una de las tantas reformulaciones de la noción de campo realizada por P. Bourdieu se puede encontrarse en: Bourdieu (1990, p. 53 y ss.).

se extiende hasta 1982 (del 7 al número doble 11/12), y una tercera etapa que abarca desde la transición y normalización universitaria hasta 1988 (del número 13 al 18) año de última edición de la revista. Esta última etapa si bien constituye un período central para entender la actual configuración universitaria, no será objeto de análisis en este capítulo, puesto que excede los límites propuestos para este volumen, y además ameritaría un estudio más amplio sobre la reconfiguración del espacio universitario en democracia.

3. 1976-1978: Los años de disidencia intelectual

La primera etapa es quizás donde resulta más claramente perceptible este tipo de intervención político-académico. Así, la preocupación por empezar a llenar de contenido el espacio abierto, a partir de la discusión de los diferentes problemas de la universidad; se combina con un esfuerzo de caracterización de las primeras medidas del régimen militar en materia universitaria. De esta forma, gran parte de los artículos giran en torno a temas como el papel de la universidad en el desarrollo tecnológico y científico, la situación de las profesiones, el éxodo de intelectuales y el presupuesto universitario, entre otros. No es casual, entonces que, por ejemplo, el primer número se inicie con un recordado trabajo de José Luis Romero (miembro fundador de la revista) que a más de veinte años resalta por su notable actualidad (Romero, 1976).

Para este historiador uno de los problemas de la universidad es el de definir el tipo de relación con el país. Aquí, básicamente discute de forma elíptica con los discursos que hegemonizaron gran parte del debate político- académico de los años 70´, los cuales planteaban que la función principal de la universidad se debe subsumir en la resolución de las tareas «nacionales» en el marco de un proyecto de país. Romero no rechaza ni minimiza el aporte que la universidad puede brindar a las transformaciones nacionales pero visualiza un peligro en la total funcionalidad de este vínculo, que es la pérdida de su autonomía intelectual8.

8  «La Universidad en sí misma es un centro educativo, no un órgano ejecutivo; su misión es

formar gente. Y mientras mejor formación tengan esos individuos, mejor van a ayudar a resolver los problemas del país. La Universidad puede crear Institutos para servir determinados intereses, para estudiar determinados problemas de interés nacional; […] pero los órganos ejecutivos del país serán los que resuelvan, en última instancia esos problemas. Someter a la Universidad a la limitación de postular sus fines exclusivamente en relación a los problemas inmediatos y de mediano plazo del país en que la Universidad está instalada, es una manera de reducir sus alcances a niveles muy elementales y primarios. La universidad, por definición, no puede tener límites para su problemática. […] De esta manera [sometida a la coyuntura] se transformaría la Universidad

Una derivación de esta cuestión es la idea de que la universidad no debe ser una ínsula en el país. Frente a ello, y a contracorriente de esta visión, Romero planteará la necesidad de una cierta distancia de la institución universitaria respecto del todo social:

Yo sostengo que la universidad tiene necesariamente algo de ínsula. Claro que esto no significa que lo sea en tal medida que la convierta no ya en una ínsula sino en un punto perdido en el espacio. Pero tiene un destiempo, o un compás de adelanto si se prefiere, con respecto de la vida de la sociedad y de la cultura en cada momento, porque está lanzada a un tipo de investigación y de pensamiento que si estuviera rigurosamente ajustado a circunstancias concretas de tiempo y lugar no podría prestar un óptimo servicio (Romero, 1976, p. 15).

La preocupación por delinear los rasgos de un modelo de universidad que se desprenden de ésta y otras intervenciones, también se vincula con la necesidad de articular esas definiciones institucionales a lo que en diversos artículos, aparece recurrentemente como «un plan nacional de desarrollo» o «proyecto de desarrollo». En ese contexto se enmarcan los trabajos que analizan el problema del éxodo de técnicos y profesionales, así como también la falta de una política de desarrollo científico y tecnológico (Carranza, 1997; Lugones, 1977). Todos aspectos que son visualizados como pre-requisitos necesarios para generar las condiciones de un desarrollo posible.

Quizás la expresión más clara en esta etapa de la convergencia conceptual entre universidad de investigación y universidad para el desarrollo, lo expresan los integrantes de la mesa redonda que aparece en número 4 de la revista bajo el sugestivo título «La Universidad para la Argentina 2000» (Klimovsky et al., 1978). En este caso, el situarse en el largo plazo no debe verse como una actitud de aislamiento frente al contexto externo sino, por el contrario, manifiesta la convicción común a este grupo de que el futuro nacional estaba íntimamente ligado al papel de la universidad, pero muy especialmente, al lugar privilegiado de los científicos e intelectuales en ese proyecto de cambio. Si bien esta aspiración no resulta nueva en la historia universitaria nacional, lo relevante de estas intervenciones radica en su mirada autocrítca respecto de la experiencia pasada que, por lo demás, no es ajena a una redefinición del rol de los universitarios. Como lo señalaría Donatella Castellani, se trata de superar tanto la reflexión «sintomatológica»

en un instrumento, y la Universidad es una de las pocas cosas que no pueden ser un instrumento porque su misión es buscar y establecer fines» (Romero, 1976, p. 14).

que se agota en la mera descripción de la situación actual como aquella otra mirada «nostálgica» que encuentra en el pasado todas las respuestas sin percatarse del desafío que entrañan los nuevos tiempos9. Proyectar hacia el 2000, por tanto, no solamente demandaba la modificación de esta actitud contemplativa sino sobre todo implicaba un modelo diferente de intervención de los universitarios que, sin perder la autonomía intelectual reclamada por Romero, les posibilite incidir sobre la realidad nacional.

En buena medida, la propuesta de Gregorio Klimovsky de constituir a la universidad como «un parlamento científico», intenta dar una respuesta a esta tensión, por medio de la convergencia de las funciones y misiones del modelo de universidad de investigación con el de la universidad para el desarrollo. Así, nos dice que:

Contrariamente a lo que está de moda sostener en muchos órganos periodísticos contemporáneos en nuestro medio, creo que la Universidad, si bien de ninguna manera es un partido ni un órgano político, tiene que ser un sitio en el que se propongan constantemente nuestros problemas nacionales, donde se diga cómo la ciencia puede ser pertinente para resolverlos, donde se estudien las soluciones más convenientes y se someta a crítica la manera de afrontar estos problemas por parte del gobierno, instituciones políticas, instituciones del país, por mucho que esto pueda lastimar a los que, casi con toda seguridad, se sentirán agraviados cuando se denuncien sus propias limitaciones. En este sentido, pienso que la comunidad universitaria tiene que ser algo así como un parlamento científico, donde haya representación de diferentes tendencias de la cultura, de las diferentes especialidades, donde estén también de algún modo representados factores externos importantes, como puede ser sindicatos, órganos de gobierno, partidos políticos, que participen en esta función capitular de discusión, confrontación, búsqueda de soluciones y crítica despiadada (Klimovsky et al., 1978, p. 15) (la cursiva es nuestra).

9  «En este sentido diré que hemos partido de la convicción de que la reflexión sobre la

problemática universitaria debía ya superar tanto la etapa, podríamos decir, sintomatológica –de describir la situación actual y reconocer en ella los indudables signos de crisis que la aquejan–, como la etapa de la mirada nostálgica que, en general, tiende a tomar como modelos y ejemplos