A. Electronic Front Running
2. Wealth transfer considerations
LUCHINO VISCONTI
¿Qué es lo que me ha llevado a una actividad creativa en el cine? (Actividad creativa: obra de un hombre que vive entre los demás hombres. Quiero aclarar que con este término no entiendo en absoluto algo que se refiera únicamente al dominio del artista. Todo trabajador, al vivir, crea: siempre y cuando pueda vivir. Es decir: siempre que las condiciones de su jornada sean libres y abiertas; y esto vale tanto para el artista como para el artesano o el obrero.)
No la llamada prepotente de una supuesta vocación, concepto romántico alejado de nuestra realidad actual, término abstracto, acuñado para la comodidad de los artistas, para contraponer el privilegio de su actividad a la de los demás hombres. Como la vocación no existe, sino que lo que existe es la conciencia de la propia experiencia, el desarrollo dialéctico de la vida de un hombre en contacto con los demás hombres, creo que sólo a través de una experiencia vivida, cotidianamente estimulada por un afectuoso y objetivo examen de los casos humanos, se puede llegar a la especialización.
Pero llegar no quiere decir encerrarse ahí, rompiendo todo concreto vínculo social, como les sucede a muchos artistas, hasta el extremo de que la especialización acaba muy a menudo por * T e x t o publicado originalmente en la revista Cinema, núms. 1 7 5 - 1 7 4 , R o m a , 25 de
prestarse a culpables evasiones de la realidad, y en palabras más crudas: por transformarse en una vil abstención.
No quiero decir con ello que todo trabajo no sea trabajo concreto y en cierto sentido oficio. Pero sólo será válido si es el producto de múltiples testimonios de vida, si es una manifestación de vida.
Me he sentido atraído por el cine porque en él confluyen y se coordinan impulsos y exigencias de muchos, abiertos a un trabajo conjunto mejor. No cabe duda de que la responsabilidad humana del director resulta por ello extraordinariamente intensa, pero, siempre que no se corrompa por una visión decadentista del mundo, será precisamente esta responsabilidad la que le indicará el camino más justo.
Lo que me ha llevado hasta el cine ha sido sobre todo el firme deseo de contar historias de hombres vivos: de hombres vivos en las cosas, no las cosas en sí mismas.
El cine que me interesa es un cine antropomórfico.
De todas las tareas que me corresponden como director, la que más me apasiona es, por tanto, el trabajo con los actores; material humano con el que se construyen estos hombres nuevos, que, llamados a vivirla, generan una nueva realidad, la realidad del arte. Porque el actor es, en primer, lugar un hombre. Posee cualidades humanas-clave. En ellas intento basarme, graduándolas para la construcción del personaje: hasta el punto de que el hombre-actor y el hombre-personaje lleguen en cierto momento a ser uno solo.
Hasta ahora, el cine italiano ha sido más bien víctima de los actores, permitiéndoles agigantar libremente sus vicios y su vani- dad, mientras el problema real estriba en utilizar todo lo concreto y original que conservan en su naturaleza.
Por eso tiene una cierta importancia el que actores llamados profesionales se presenten ante el director deformados por una más o menos larga experiencia profesional que los define según fórmulas esquemáticas, resultantes, por lo general, más de super- posiciones artificiosas que de su íntima humanidad. Aunque muy a menudo supone un duro esfuerzo redescubrir el núcleo de una personalidad deformada, es a pesar de todo un esfuerzo que vale la pena realizar: precisamente porque en el fondo siempre hay una criatura humana, que puede ser liberada y reeducada.
Abstrayéndola con violencia de los anteriores esquemas, de cualquier recuerdo de método y de escuela, hay que intentar llevar
al actor a que finalmente hable su propia lengua instintiva. Se supone que el esfuerzo no será en vano, siempre que esta lengua exista aunque enredada y oculta tras cien velos: es decir, si existe un verdadero temperamento. Naturalmente, no excluyo que un gran
actor en el sentido de la técnica y de la experiencia, posea dichas
cualidades primitivas. Pero quiero decir que, muy a menudo, actores menos ilustres en el mercado, pero no por ello menos dignos de atraer nuestra atención, también las poseen. Sin hablar de los no actores que, además de aportar la fascinante contribu- ción de la simplicidad, a menudo poseen cualidades más auténticas y más sanas, precisamente porque, como productos de ambientes no comprometidos, con frecuencia son hombres mejores. Lo importante es descubrirlos y ponerlos a prueba. Y ahí es donde tiene que intervenir esa capacidad rabdomántica del director, tanto en lo primero como en lo segundo.
La experiencia realizada me ha enseñado sobre todo que el peso del ser humano, su presencia, es la única cosa capaz de colmar realmente el fotograma, que es él y su viva presencia quienes crean el ambiente, que adquiere verdad y relieve a partir de las pasiones que lo agitan; mientras que su momentánea desaparición del rectángulo luminosa bastará para reducirlo todo a un aspecto de naturaleza inanimada.
El más humilde gesto del hombre, su caminar, sus titubeos y sus impulsos dan por sí solos poesía y vibraciones a las cosas que los rodean y en las que se enmarcan. Cualquier solución distinta del problema me parecerá siempre un atentado a la realidad tal como ésta se desarrolla ante nuestros ojos: hecha por los hombres y continuamente modificada por ellos.
Es un tema apenas esbozado, pero concretando un poco más mi clara postura, querría terminar diciendo (como me gusta repetirme a menudo): podría hacer un film ante una pared, si supiese encontrar los datos de la verdadera humanidad de los hombres situados ante el desnudo elemento escenográfico: encon- trarlos y contarlos.