Chapter 3 System Design
3.3.4 Web Interface and Lab Program
Me corresponde esta noche como participación en este significativo homenaje que está rindiendo la Universidad a la ciudad de Santa Fe de Antioquia, hacer una breve disertación sobre el territorio antioqueño.
Muy a mi pesar, circunstancias fácilmente explicables obligan acomodar mi conducta a un género de exposición absolutamente teórico, cuando el tema de por sí exige la más nutrida ilustración gráfica en gracia de la claridad.
Sin embargo recuerdo que no es tampoco necesario forzar demasiado vuestra imaginación, pues el lugar de cita es la misma ancha casa solariega donde no pueden existir lugares desconocidos para ningún antioqueño.
Se realizaba en América la tercera fase evolutiva del ciclo andino colombiano, cuando un reguero de islas por la región occidental, acusaba el resurgimiento de las tres grandes masas cordilleranas que informan la orografía del país.
Entre el tumultuoso desorden de aquellas aguas marinas en gestación, es fácil distinguir un bloque insular más vigorosos, de estructura más definida y al mismo tiempo también más ampliamente solitario.
Los primeros arroyos que rodaron precipitadamente por sus flancos sumaron al poco tiempo sus aguas a la furia oceánica que se batía a sus plantas.
El sol, que fue pródigo en halagos, hizo posible la germinación. Los animales todos hallaron no menos seguro refugio en estas breñas, así organizadas para ser la cantera inagotable de una raza de realizaciones sorprendentes.
Así nació Antioquia. Así se formó su territorio. De aquí también los primeros graves compromisos para con la república, pues como dice el doctor Gómez Martínez “antes que Colombia, Antioquia fue creada para ser su peaña y cimiento”.
La inicial insularidad en que Antioquia surgió a la vida tiene hoy todavía marcado influjo en la ordenación de su destino.
Las montañas, -que en un lenguaje más humano,- son las verdaderas glándulas de secreción que le dan personalidad al antioqueño, han sido igualmente el mayor lastre en la conquista de nuestras aspiraciones.
Los grandes y pequeños poblados se han venido colgando caprichosamente de las faldas de las cordilleras aumentando en tal forma, las naturales y múltiples dificultades para las comunicaciones y dando lugar a esa especie de egoísmo ciudadano que nos caracteriza y que resulta tan perjudicial en lo individual como en lo colectivo.
Las olas mismas que se quebraron en inútil esfuerzo demoledor contra el peñasco legendario presagiaban para el futuro las injustificadas campañas que se sucederían contra el elemento antioqueño, campañas que han venido perdiendo cada día su efectividad, pues Antioquia, desde su origen, más que otra cosa ha sido preciado símbolo de vida en caudalosa entrega permanente.
Si el territorio se libertó del tutelaje oceánico en sucesivos actos de soberbia cósmica, todos y cada uno de los accidentes geográficos ofrecen ese mismo gesto titánico de rebeldía perenne. Cerca de 40.000 kilómetros cuadrados de selvas sin explorar, que viven bajo el signo del trópico, repartidas entre las regiones del Atrato, Golfo de Urabá, bajo Cauca y zonas del río Magdalena, le restan con avaro empeño a la actividad ciudadana algo así como el 60 por ciento del territorio departamental. El saldo de esta voluminosa sustracción corresponde a las tierras altas, que son las prácticamente ocupadas por la población y en donde ha sido imposible la utilización de la maquinaria agrícola.
Los grandes cauces fluviales contagiados del medio resultan impropios para la navegación. El río cauca, que en el Departamento del Valle podría ser utilizado como una excelente vía de comunicación, que es para dicha privilegiada región colombiana una gran reserva fluvial para el desarrollo futuro, al entrar a Antioquia parece que sintiera en su cauce la misma rebeldía ambiente. Correntoso, altanero, derrocha su energía en inútiles revueltas hasta que al llegar a Cáceres, ya próximo a abandonarnos y cómo si en realidad presintiera la vecindad de su tumba, al mirar hacia atrás y contemplar un pasado trágicamente inútil, sus aguas son otra vez dóciles compañeras del esfuerzo humano. Tal como en la vida despreocupada de algunos hombres la edad senil es un esfuerzo afortunado por reconstruírse socialmente.
Y el Magdalena, que marca todos nuestros linderos orientales, tampoco es lo suficientemente benévolo con el pueblo antioqueño. En esa vasta extensión navegable comprendida ente La Dorada y Barranquilla, es también muy curioso que tenga grandes dificultades al pasar por Antioquia. Y no se crea que es exiguo el tributo fluvial antioqueño al magno río. En esa zona de 15.000 kilómetros cuadrados que se extiende entre las bocas del río La Miel y el Cimitarra, - límites con Caldas y Bolívar respectivamente, -el Cocorná, el Nare y el San Bartolomé alimentan copiosamente el caudal del Magdalena, sin contar una serie de caños menores que se escurren por entre la selva buscando el mismo cauce común. Es un nuevo conjurado contra el fácil desenvolvimiento y desarrollo de estas tierras amuralladas por la naturaleza.
Si el lecho del Magdalena, que algunos han querido elevar a la categoría de símbolo en las armas gloriosas de nuestro escudo y que el señor Suárez llamara “Río de la patria”, no recibe la atención necesaria y oportuna, el porvenir es demasiado oscuro para el movimiento comercial hacia el Atlántico. Esto no es solamente un interés de Antioquia. La vida interandina del país está vinculada estrechamente a la de este río, que es la síntesis misma de Colombia.
A él le debe Antioquia, cuando las paralelas de hierro entre Puerto Berrío y Medellín abrieron limpio y fecundo cauce el ensanche de nuestras empresas industriales, buena parte de su grandeza. Nuestra historia económica seccional, de ser justa, debe sus mejores capítulos a este ferrocarril y a este río unidos bajo el recuerdo de un hombre inolvidable: Cisneros.
No es menos desconsolador en este panorama general del territorio antioqueño la notoria escasez de tierras vegetales que ofrezcan posibilidades de fomento y desarrollo de la agricultura que en el más amplio y generoso sentido industrial, como lo son, verbigracia, las mesetas de Nariño, el Valle del Cauca, las regiones del Orteguaza y del Caguán, la de Sibundoy y la de Sautatá, lo mismo que Sogamoso y muchas otras regiones boyacenses, etc., etc.
La gran riqueza mineral del subsuelo parece que hubiera empobrecido la capacidad productiva de nuestras tierras de labor.
De la superficie general del país que hoy es de 1.139.155 kilómetros cuadrados, corresponden al departamento de Antioquia 68.810, que reproducen en maravillosa síntesis el panorama general de la república.
Las tres grandes cordilleras colombianas tienen su muy definida representación orográfica en nuestro territorio, y hasta con los mismo nombres de ramal occidental, central y oriental.
La vasta zona de los Llanos Orientales que constituyen la Orinoquia y la amazonía colombianas, está representada en Antioquia por la región plana y selvosa del Magdalena. Ausentes una y otra del movimiento general del país, pero llamadas a ocupar puesto muy significativo cuando les llegue la hora de su integral aprovechamiento. Ambas ganaderas y malsanas ambas. Escasamente pobladas y regadas por ríos que siguen en su curso la ruta contraria del sol.
Un gran río, el Magdalena, recoge cariñoso en sus aguas el aliento mismo de la patria, corriendo de sur a norte al igual que el Cauca en Antioquia. Hermanos de cuna y compañeros de lucha, la naturaleza les marcó altos designios qué cumplir en su peregrinación hacia el mar.
Las vetas marmóreas que sustentan la gran Sierra Nevada de Santa Marta las tiene Antioquia y convenientemente explotadas por “Imarco”, en las márgenes del Nare.
El cemento de Apulo en Cundinamarca y el no menos colombiano de Cali, tiene en esta montaña un elocuente representante en la empresa “Argos”.
Como en el resto del país, el cultivo del café y la industria minera tienen muy especial fisonomía e importancia como fuente de economía patria.
Cuenta con yacimiento petrolíferos por la región de Urabá y del bajo Cauca, con lo cual la gran industria de hidrocarburos de los Santanderes tiene también su posible explotación en nuestro medio.
Los mantos carboníferos de Boyacá, los de Cundinamarca y los del Valle del Cauca también ofrecen horizontes geológicos por los municipios de Venecia, Fredonia, Amagá, Angelópolis, etc., etc.
Al hierro y a la sal cundinamarqueses de Pacho y Zipaquirá, oponemos el de nuestras minas de Amagá y las fuentes saladas de guaca y del Retiro.
Las grandes industrias textiles de la nación, encuentran precisamente su más alto exponente en Antioquia. Con el notorio empuje que las fábricas han tomado en los últimos años, no es temerario anunciar el que este género de industrias está marcando un nuevo y más seguro ritmo a la economía antioqueña.
Con infatigable entusiasmo se trabaja en el departamento por robustecer, sobre bases técnicas-por la selección de las razas y aprovechamiento de ellas- de la industria ganadera. Se aspira a darle verdadera categoría entre las demás industrias de la montaña, a esta de la ganadería, que tan amplio desarrollo tiene en los departamento de Bolívar y Valle.
600.000 árboles de cacao en plena producción nos están indicando que no sólo el Cauca, Tolima, Valle, Huila, etc., tienen tierras para esta explotación.
Los ensayos de explotación bananera realizados por la Consortio Albingía, en Urabá, hacen posible el surgimiento en grande escala de esta industria, que hoy constituye la máxima actividad del departamento del Magdalena.
Ocuparemos del 2º. Lugar como productores de fique, después de los Santanderes.
La gran planta Siderúrgica aprovechará no sólo sus yacimientos desde Amagá, Yarumal y Medellín, sino los de la Sabana de Bogotá, Zipaquirá y Pacho en Cundinamarca.
Así podríamos seguir haciendo de Antioquia, con sus debidas proporciones, un símbolo perfecto de la nacionalidad.
Tiene el departamento 200 kilómetros de litoral marino sobre el Atlántico, de los 1.830 que le corresponden al país, y a la falta de llevar sus tierras hasta las orillas mismas del mar de Balboa, cuenta hacia el occidente con la gran arteria fluvial del Atrato.
Aquí, en esto del común abandono de las costas sí que es Antioquia el espejo fiel de la república. Le hemos dado la espalda al mar y nos hemos refugiado en las tierras altas y en los pequeños valles centrales.
Este hecho, que podría ser un gravísimo error en la orientación de nuestra incipiente cultura, pues nada más peligroso que abandonar el influjo del mar, gran divulgador y manantial supremo de energías, tiene también su explicación en un determinismo histórico-conquistador, más que geográfico, que obligó a los nuevos señores de América, después del descubrimiento, a establecerse en las faldas de las cordilleras.
Realizado el primer intento colonizador en las zonas costaneras de Riohacha, Santa Marta, Cartagena, Santa María la antigua del Darién, Panamá, etc., estas fundaciones no explican cosa distinta a la natural previsión de los conquistadores, por tener un fuerte respaldo a sus expediciones del interior.
A este respecto es demasiado clara nuestra historia cuando narra las aventuras de explotación hacia el interior del país. Frecuentes regresos a los puntos de partida, -que eran las ciudades porteñas,- determinaban la supervivencia de las fundaciones de tierra adentro. Así fueron surgiendo los centros urbanos de las regiones frías como puestos de avanzada en la lucha de dominación del medio, entonces más rebelde a la vida humana.
Llevando estas ideas más concretamente al solo territorio antioqueño, es bien fácil constatar el cumplimiento de esta primera etapa cultural. De los 99 municipios de Antioquia 73 están situados de los 1.000 metros de altura en adelante, quedando una mínima parte de dicho nivel para abajo.
A estas circunstancias favorables creadas por la naturaleza para la explotación del trópico y audazmente aprovechadas por el elemento poblador de entonces, se debe lo que el Dr. López de Mesa determina con sumo acierto como una “civilización de vertientes”. Y como sería imposible suponer la subsistencia de una civilización sin suficientes bases económicas que la respalden cabe aquí la oportunidad de mencionar una industria que ha sido hasta no hace mucho el eje fundamental de las finanzas antioqueñas. Me refiero concretamente a la industria del café.
Que estamos en trance de entrar en una fase de vida antioqueña nos lo está indicando el hecho altamente trascendental de que haya en nuestro territorio también nuevas y muy respetables modalidades industriales.
Las explotaciones mineras producen un efectivo superior al del café, pero temo mucho que esta superación sea demasiado efímera debido a lo inconsistente y fugaz de la riqueza minera. “Hay un hecho muy significativo en relación con la explotación de casi todas las riquezas del subsuelo: la incertidumbre y la corta vida del negocio. Por lo general la industria minera es transitoria y bastante aleatoria, todo en armonía con la cuantía del depósito, su naturaleza y la rata de la explotación. El beneficio de los depósitos minerales se termina por agotamiento mucho antes de que la naturaleza, en su lenta evolución haya podido reemplazarlos por otros nuevos.” Entre nosotros resultan demasiado costosas estas explotaciones por la invaluable cantidad de tierra vegetal que nos están costando. Se complementa esta angustiosa situación con la realidad inobjetable de que los más ricos yacimientos están en manos de poderosas casas extranjeras.
Pero no obstante la transición se está realizando, y esta época de las dragas y de los taladros eléctricos, está permitiendo dicha evolución sin temores ni sobresaltos. El período de calma para la cultura y de lucha para la economía es el poderoso surgimiento industrial especialmente en el campo de los textiles, de tan amplias perspectivas en la actualidad. Consecuencia de este florecimiento es la ocupación de nuevas tierras y éstas ya serán las calientes. La población antioqueña avanza con un desconcertante armonía de sur a norte, siguiendo con gran acierto el curso de las cordilleras y el de sus grandes ríos, que es precisamente el camino del mar.
Estamos, pues, desandando la ruta de los conquistadores y al registrar este hecho con sana emoción patriótica ante las puertas venturosas del porvenir, podemos reconciliarnos con las angustias del pasado.
Eminentes profesores de economía política proclaman hoy todavía en sus cátedras universitarias, que no es la nuéstra una tierra de humanidad y llevan un peligroso desconcierto a sus discípulos cuando les dicen que es muy incierto nuestro futuro por el agotamiento creciente de nuestras reservas naturales. “Que la maleza del trópico ahogará nuestros vanos intentos de dominación”, fue la tesis alarmista sentada en las célebres conferencias del año 28, en el Teatro Municipal de Bogotá por el doctor Laureano Gómez.
“Bejucos, malezas, húmedos espejos lacustres que son el imperio de la muerte, el reino de la fiebre amarilla, agrios espinazos de las cordilleras inútiles para la vida humana y 80.000 kilómetros cuadrados de tierras propicias al desarrollo del zancudo”. Si otra vez corridos 13 años, el ilustre tribuno invitara a su auditorio a mirar por esa hipotética ventana el panorama de la Colombia actual, muy distinto sería el paisaje.
Refiriéndose a Antioquia decía el distinguido hombre público: “Antioquia, cuyas montañas son tan conocidamente estériles para la agricultura que los famoso platos regionales se cuecen con elemento foráneos. Cuando organicé los trabajos del ferrocarril de Bolombolo a Cañafístula, me di cuenta de que para un núcleo de trabajadores de relativa importancia había que llevar el maíz y el dulce de las riberas santandereanas; la carne de Bolívar; los fríjoles, de Chile; el arroz, de los Estados Unidos o del Valle”. Esto resulta absolutamente cierto y aún más, hoy el comercio de importación de estos artículos de primea necesidad ha aumentado con las necesidades del crecimiento de la población. Pero existen otras actividades de producción más intensa que justifican, con generosa ventaja, la búsqueda de mercados extraños para la adquisición de los citados artículos. No importa que tierras extrañas tengan fácil mercado en Antioquia para los artículos alimenticios de primera necesidad, mientras el Departamento esté económicamente capacitado para adquirirlos. No cabe dentro de una cuerda organización industrial, el necio empeño de exigirle a la tierra lo que no pueda darnos. Además este fenómeno de la carencia de algunos elementos, por la abundancia de otros es precisamente una ley de equilibrio económico, organizada por la misma naturaleza.
Bolívar ganadero, no produce café ni oro.
El Chocó, de grandes riquezas auro-platiníferas, carece de zonas agrícolas y ganaderas en la actualidad.
El Valle del Cauca es agrícultor, y por eso llegan a él abundantemente nuestras telas de lana, de seda y de algodón. Las naciones como los individuos necesitan de esta interdependencia económica como garantía de estabilidad. La visión del doctor Gómez fue entonces una visión unilateral del problema, pues basta la posibilidad de poder admirar la Antioquia de hoy para encontrar la mejor réplica.
El muy ilustre doctor Juan de la Cruz Posada planea en su reciente e interesante obra sobre Geográfia Humana, no ya interrogantes sobre el progreso de Colombia, sino conclusiones sobre nuestra fatalidad geográfica.
“En las partes elevadas, ecuatoriales, dice el erudito doctor Posada, se vive mejor, pero por causas que se analizarán después, tampoco son sitios propicios para civilizaciones avanzadas, duraderas, de cultura sobresaliente. Basta observar un mapamundi –continúa el doctor Posada- para cerciorarse de que en la región cálida del planeta no hay país que sobresalga por su civilización y correspondiente cultura”.
Sin embargo para el mismo autor y en páginas posteriores de la obra antes citada “El Nuevo Mundo- y allí quedamos indiscutiblemente nosotros los colombianos- se presenta hoy ante la humanidad entera, como áncora de salvación de la cultura universal, amenazada de sucumbir o retroceder, a golpes del cañón que mata y destruye y de la confusión y desviación de las ideas que ennoblecen el espíritu”.
Y más adelante vuelve sobre el mismo tema y estampa este nobilísimo concepto en que el gran hombre de ciencias parece refutar él mismo su tesis inicial: “En los cuatro siglos y medio de la nueva vida en América, el progreso efectuado y la cultura alcanzada, no tiene quizás paralelos en la Historia”.
La naturaleza se ha vengado de sí misma cuando nos hizo montañosos. Sin esta característica esencial de la topografía, tal vez la raza hubiera perdido sus instintos y hasta cambiado su ritmo.
Los cerros que vigilan nuestras ciudades, más que como barreras fueron interpretados como índices de superación permanente. Por eso ya las cumbres nos han despertado una inmensa sed de infinito, que el pueblo de Antioquia necesita realizar. A 1.500 metros sobre el nivel del mar está situada Medellín, la capital del departamento, refugio espiritual de la raza y uno de los mayores centros industriales, si nó el primero de la república.
Ciudad mediterránea, Medellín nada tiene que envidiar en el país a las que gratuitamente recibieron mayores halagos de la naturaleza.
Cuenta en la actualidad con el presupuesto municipal más alto, llega a los 8 millones de pesos, con lo cual quedan por debajo los de algunos departamentos colombianos.
Ofrece igualmente una legislación social para su administración interna, que es orgullo de la nación y la eficiente