3.4 Option-Implied Sentiment Measures
3.5.4 Weekly Results
El positivismo surgió en Europa poco antes de la segunda mitad del siglo XIX como reacción al romanticismo y en rechazo a toda explicación metafísica y religiosa del mundo y los hombres. Para esta doctrina el conocimiento se sustentaba en hechos y objetos concretos a partir de los cuales se buscaban respuestas mediante el método de investigación de las ciencias naturales365. De
acuerdo a Mejía Valera el positivismo sancionaba al conocimiento científico ʹʹcomo el único conocimiento posibleʹʹ366, encumbrando a la racionalidad científica al rango
de verdad. Las nuevas generaciones ya no asumieron las explicaciones metafísicas y religiosas sobre el mundo y la sociedad. La ciencia positiva se impuso y desde entonces fue la realidad concreta la que marcó la construcción de conocimientos. El positivismo arribó al Perú a fines de los años 60 del siglo XIX, pero se hizo hegemónico en el ambiente universitario luego de la guerra del Pacífico. La mayoría de los positivistas sanmarquinos habían nacido algunos años antes que estallara el conflicto y la derrota final marcó definitivamente a este grupo. Sobre los años que siguen a esta catástrofe Javier Prado se refiere en estos términos: ʹʹpertenecí a una generación de estudiantes cuya infancia se había entristecido con hondas desventuras nacionales, y el país iniciaba penosamente una época de reconstrucción material y políticaʹʹ367.
Los intelectuales positivistas se formaron entonces en un momento crítico para el país, signado por la bancarrota y la crisis moral de la postguerra. El espacio
365
Carlos Stoetzer: ''Positivismo, realismo y naturalismo. Ciencia''. En: El pensamiento latinoamericano en
el siglo XIX. México, Instituto Panamericano de Geografía e Historia, 1986; p. 143.
366
José Mexia Valera: ob. cit.; p. 14.
367
Javier Prado y Ugarteche: Las nuevas orientaciones humanas, discurso pronunciado el 12 de octubre de
1917 en la Federación de Estudiantes de Lima, al ser proclamado Maestro de la Juventud. Lima, Imprenta y
universitario era un claro reflejo de aquel ambiente, pues el viejo local de San Marcos quedó penosamente dañado y sus materiales bibliográficos y de gabinete fueron saqueados por las tropas chilenas durante la ocupación de Lima. Sin rentas por más de una década, la enseñanza universitaria fue posible solo por la voluntad de sus catedráticos impagos durante años. En aquel contexto la doctrina positivista comienza su hegemonía desarraigando del ambiente académico los postulados especulativos.
En San Marcos la mayor influencia de esta corriente fue marcada por las propuestas del inglés Herbert Spencer (1820‐1903) con sus nociones sobre evolucionismo o darwinismo social. Las propuestas del francés Augusto Comte sobre la afirmación de la ciencia como medio para alcanzar el progreso y las nociones de un futuro gobierno de los científicos tuvieron también gran aceptación en la vieja universidad, creándose para la misma, en 1896, la cátedra de sociología, la ciencia comteana por excelencia368.
De acuerdo a Stoetzer369 el positivismo spenceriano se apoyaba en el concepto de
ʹʹevoluciónʹʹ, que recogido del evolucionismo biológico de Darwin, es aplicado a la explicación de la dinámica social. El progreso de una nación es entendido en tal sentido como un proceso evolutivo. No obstante, el propio Spencer advertía que no todas las sociedades pasaban obligatoriamente por los mismos estadios de evolución y que algunas quedaban estancadas o desaparecían, y esto se debía a ciertos factores como la particularidad de las razas, sus mezclas y sus costumbres, las determinaciones del pasado histórico, y la situación de la sociedad dentro del conjunto de las naciones370.
El principio evolucionista de Spencer fue enriquecido con las teorías racistas elaboradas por Arthur de Gobineau en Ensayo sobre la desigualdad de las razas humanas (1853) y Gustave Le Bon en Leyes psicológicas de la evolución de los pueblos (1898). De acuerdo a Sander, Le Bon, el más influyente, consideraba que ʹʹcada raza tiene un alma, una constitución mental, con características morales e intelectuales que son prácticamente inalterablesʹʹ371. Así, la raza no fue entendida solamente
como fenotipo biológico sino que además estuvo cargado de un escencialismo cultural: el carácter, el cual transitaba como herencia de generación en generación. Pero la obra de Le Bon fue más allá de la conceptualización, pues en ella se ensayó una jerarquía de las razas, en la cual la raza latina, a la cual decían pertenecer todos los blancos latinoamericanos de ascendencia hispana, figuraba debajo de la germana y anglosajona. Los positivistas latinoamericanos añadieron a esa escala a los indios cobrizos, ubicándolos en uno de los rangos más bajos. Tanto Gobineau
368
La cátedra de sociología le fue encargada a Mariano H. Cornejo y se dictó en la Facultad de Letras.
369
Carlos Stoetzer: ob. cit.; p. 147. Al igual que Stoetzer, otros historiadores de las ideas en el Perú y América Latina afirman que la influencia de Spencer fue mayor que la de Comte.
370
Karen Sander: ob. cit.
371
como Le Bon sostenían además que la mezcla de razas, el mestizaje, era el factor de degeneración de los pueblos.
Para el caso peruano los positivistas aplicaron las teorías racistas con cierto disentimiento. Por un lado, estas fueron asumidas casi al pie de la letra para explicar el atraso del país por la presencia mayoritaria de razas consideradas inferiores —básicamente la indígena, pero también la negra y asiática—, así como para legitimar el sentido de la jerarquización política y social de aquel periodo, una jerarquía en la cual los blancos representaban al sector dominante372. Y por otro lado, se resistieron al estigma de inferioridad achacado
a la ʹʹraza latinaʹʹ y a la total desesperanza del futuro de la nación dada la avasalladora mayoría indígena de la población. La promoción de la inmigración de población blanca europea se convirtió en ese sentido en una solución aceptada casi unánimemente. Entre los positivistas la cuestión del mestizaje aparecía muy marginalmente, la atención de la cuestión racial estaba puesta en la triada: negros, indios y asiáticos.
Hippolyte Taine, uno de los positivistas franceses más importantes de fines del siglo XIX, fue uno de los filósofos que mayor acogida tuvo entre los universitarios peruanos de entonces, dado que fue uno de los primeros en aplicar el método científico al estudio de la historia cultural373. En Origines de la France contemporaine
(1873– 1893), su obra más reconocida, sintetiza de manera ejemplar la postura positivista sobre la dinámica social. Para Taine, todos los acontecimientos se explican por el juego de tres fuerzas: race, milieu y moment. ʹʹRace, significa el carácter transmitido por la sangre, por los genes, una totalidad de temperamentos o actitudes psicológicas y heredadas. Milieu, significa todas las circunstancias que un pueblo experimenta, el clima, el habitat, la vida económica, los inventos. Moment es el ímpetu dado por el pasado al presente, la acción sobre cada generación de la generación precedenteʹʹ374.
372
La lectura positivista sobre la existencia de razas superiores y razas inferiores reemplazó eficazmente al escolasticismo colonial al momento de justificar la jerarquía social sobre parámetros racistas. La noción científica se sobrepuso a la perspectiva religiosa pero esto no significó cambio alguno en la estructura social y política del país, en la cual se siguió marginando al grueso de la población indígena. El racismo fue una eficaz postura ideológica pues le concedió a las desigualdades sociales un sustento natural. Alberto Flores Galindo: Buscando un
Inca: identidad y utopía en los Andes. Lima, Instituto de Apoyo Agrario, 1987; Nelsón Manrique: La piel y la pluma, 2000; Aníbal Quijano: ''Colonialidad del poder. Cultura y conocimiento en América Latina''. En: Perú Contemporáneo, revista de historia y sociedad, Lima, 2001; Gonzalo Portocarrero: ''El fundamento invisible:
función y lugar de las ideas racistas en la República Aristocrática''. En: Aldo Panfichi y Felipe Portocarrero, editores: Mundos interiores, Lima, 1850-1950. Lima, Centro de Investigaciones de la Universidad del Pacífico, 1995; y Patricia Oliart: ''Poniendo a cada quien en su lugar: estereotipos raciales y sexuales en la Lima del siglo XIX''. En: Aldo Panfichi y Felipe Portocarrero: ob. cit.
373
Francisco Tudela: ''Presentación''. En: Francisco García Calderón: Obras escogidas I. El Perú
Contemporáneo. Lima, Fondo Editorial del Congreso del Perú, 2001; p. 20.
374
O. Chadwick: The secularization of the European Mind in the 19th Century. Canto, Cambridge, 1993. Citado en Karen Sander: ob. cit.; p. 151.
Spencer, Comte, Le Bon y Taine, no fueron los únicos inspiradores de los positivistas universitarios. También las posturas de Renán375 se hicieron
presentes. Algunos ʹʹpublicistasʹʹ latinoamericanos como los argentinos Alberdi y Sarmiento, cercanos por sus propuestas al credo positivista de fines del XIX, fueron igualmente influyentes. Pero al margen de individuales autorías los positivistas europeos y latinoamericanos elaboraron un lenguaje común para explicar la naturaleza de la sociedad, un lenguaje que se hizo hegemónico en la América Latina de fines del siglo XIX e inicios del XX. Las nociones más compartidas de aquel lenguaje además de las de orden y progreso fueron: raza, ciencia, civilización, evolucionismo, industrialismo y modernización.