4 Failure of Clearing Agents
4.1 Welfare consequence of failure
CAPÍTULO Vl
Jurgis y Ona se amaban profundamente. Llevaban ya mucho tiem- po esperando, puesto que hacía dos años que eran novios; y Jurgis consideraba todas las cosas que les iban ocurriendo solamente te- niendo en cuenta si favorecían o retrasaban su matrimonio. Todos sus pensamientos iban dirigidos a esto. Había aceptado a la familia de Ona porque ella formaba parte de la misma. Se había interesado por la casa porque iba a ser el hogar de Ona. Todas las crueldades, trampas y engaños que presenciaba a diario en Anderson’s tenían
La Jungla poca importancia para él, salvo en lo que pudieran afectar a su por- venir con respecto a Ona.
El matrimonio se hubiera cumplimentado inmediatamente si se les hubiera dejado a ellos hacer su voluntad; pero esto quería de- cir que la boda habría tenido que celebrarse en familia y sin solem- nidad de ninguna clase; y cuando lanzaron esta idea al resto de la familia, tropezaron con la abierta oposición de los viejos. Para Teta Elzbieta, en particular, la simple idea de casarse de aquel modo era un motivo de aicción.
—¡Cómo! —exclamaba— ¡Casarse en un rincón, como unos mendigos! ¡Nunca, nunca!
Elzbieta estaba cargada de tradiciones. Hija de una familia de importancia, había vivido en una nca con criados que la servían; y hubiera llegado a convertirse en una verdadera dama con opción a un buen casamiento, de no ser por la circunstancia de haber tenido nueve hermanas y ningún hermano. Aun en las condiciones tan di- fíciles en que se encontraban, Elzbieta sabía lo que le correspondía hacer y se aferraba desesperadamente a las tradiciones. No iban a renunciar a su casta por el hecho de haberse convertido en obre- ros no especializados en Packingtown. El sólo oír hablar a Ona de omitir laveselija provocaba que la mujer se pasase la noche en vela.
En vano fue que los novios dijesen que tenían muy pocos amigos en la localidad.
A esto contestaba Elzbieta que con el tiempo los tendrían, y entonces esos amigos murmurarían. No podían, pues, dejar de ha- cer las cosas como Dios manda; si así lo hiciesen, el dinero, a su vez no tendría ninguna clase de consideración hacia ellos. Teta Elzbieta acudió al viejo Diedas Antanas para que le ayudase a mantener sus argumentos. Los dos, en efecto, abrigaban en el fondo de su alma cierto temor de que el nuevo país minase las virtudes del pueblo al que pertenecían sus hijos. Desde su primer domingo en Chicago no habían faltado a misa y, a pesar de su pobreza, Elzbieta había juzgado indispensable emplear una porción de sus escasos recursos en adquirir un Nacimiento, hecho en yeso y pintado en colores muy
Upton Sinclair Upton Sinclair brillantes. Aunque apenas tenía un pie de altura, representaba un santuario con cuatro torrecillas cubiertas de nieve; en el interior, la Virgen, en pie, con el Niño en los brazos, y los Reyes Magos y los pastores, arrodillados, adorándole. El Nacimiento le había costado medio dólar; pero Elzbieta juzgaba que el dinero gastado en estas cosas no debía medirse con avaricia, pues siempre volvía por algún camino providencial. Además, aquel Nacimiento hacía muy buen efecto en la mesa del salón y no hay hogar que se precie que esté privado de toda clase de adornos.
De la misma manera, lo que gastasen en la boda Dios se los devolvería más tarde; pero el problema que había que resolver era el reunir, aun temporalmente, los fondos necesarios. Llevaban muy poco tiempo en la localidad para tener crédito, y Szadwilas era la única persona de quien podían esperar recibir algún préstamo. Ve- lada tras velada, Jurgis y Ona, sentados uno junto a otro, pasaban el tiempo calculando los gastos probables y la fecha en que podrían celebrar su matrimonio. Vieron que no era posible arreglar las co- sas decentemente con menos de doscientos dólares, y aun cuando contasen con todas las ganancias de Jonas y Marija, que estos ha- bían puesto generosamente a su disposición, no era posible llegar a reunir aquella suma en menos de cuatro o cinco meses. En vista de ello, Ona comenzó a pensar en buscar trabajo, con la idea de que, por poca suerte que tuviera, lograría reducir ese plazo a la mitad. Ambos iban poco a poco acostumbrándose a esta idea cuando una tempestad vino a turbar la serenidad de aquel cielo y una catástrofe dispersó a los cuatro vientos todas sus esperanzas.
Una manzana más allá de donde ellos vivían, habitaba otra familia lituana, apellidada Majauszkis, consistente en una viuda de avanzada edad y su hijo, ya adulto. Nuestros amigos no tardaron en trabar amistad con ellos. Una noche, madre e hijo fueron a hacerles una visita y, naturalmente, la conversación se centró en seguida en el barrio y en su historia. Entonces, la abuela Majauszkis —así lla- maban a la viuda— comenzó a contarles una serie de horrores que les helaron la sangre. La vieja tenía una cara espantosa; parecía que
La Jungla tenía más de ochenta años; y al mascullar sus relatos a través de sus desdentadas encías tenía todo el aspecto de una bruja. La abuela Majauszkis había vivido tanto tiempo en medio del infortunio y la desgracia, que había venido a ser para ella su elemento natural y ha- blaba de hambrunas, enfermedades y muerte, como otras personas charlan de estas y de bodas.
Poco a poco, sin embargo, les fue enjaretando los detalles de la terrible historia. En primer lugar, la casa que madre e hijo habían comprado no era nueva, como creían, sino que tenía más de quince años. Lo único nuevo era la pintura, y ésta era de tan mala calidad que tendrían que renovarla cada año o cada dos. La casa forma- ba parte de un grupo de viviendas construido por una compañía creada exclusivamente para robar el dinero a los pobres. Le cobraba mil quinientos dólares, en tanto que el coste de la construcción no había sido ni de quinientos nueva. La abuela Majauszkis estaba bien enterada de todo esto porque su hijo pertenecía a una organización política de la que también formaba parte un contratista dedicado a construcciones de aquella índole. Para ellas se servían de los peo- res materiales y de los más baratos. Y las edicaban por docenas a la vez, no preocupándose más que de su aspecto exterior. La vieja les aseguró que se verían en grandísimos apuros, que ella conocía bien por haber adquirido la casa que habitaban exactamente por el mismo procedimiento. Pero como su hijo era un obrero cualicado y ganaba salarios de hasta cien dólares mensuales, teniendo al mismo tiempo el buen sentido de no casarse, habían logrado pagar todos los plazos y quedarse con la casa. Por lo tanto, ellos habían logrado zafarse de la constructora.
La abuela Majauszkis notó que sus amigos se habían queda- do intrigados al escuchar aquella última frase. No comprendían, en efecto, qué quería decir eso de «zafarse de la constructora». Eviden- temente era gente inexperta. No sabían que, aun cuando las cons- trucciones eran muy baratas, se contrataban con la idea de que los ocupantes no podrían pagar todos los plazos. Cuando esto ocurría, aunque el retraso fuera sólo de un mes, se les desahuciaba, con lo que
Upton Sinclair Upton Sinclair perdían todo lo que habían abonado por ella, y la compañía entonces la ponía de nuevo en venta. ¿Que si esto sucedía con frecuencia?
—¡Diewes! —exclamaba la abuela Majauszkis levantando las
manos hacia el cielo. ¡Ya lo creo!
Nadie podía decir cuántas veces ocurría pero, seguramen- te, en más de la mitad de los casos. No tenían más que preguntar a cualquiera que supiera lo que pasaba en Packingtown acerca de esto. Se encontrarían con que la familia que hubiera logrado can- celar su hipoteca y convertirse en propietarios de la casa consti- tuía una excepción. Si la familia era numerosa y los trabajadores no eran especializados, estaban perdidos: que Dios se apiadase de ellos. ¿Por qué? Ya lo verían por sí mismos. El trabajo era inestable, había enfermedades y accidentes: se encontrarían con ellos con fre- cuencia. La propia casa en la que vivían había sido testigo de esta historia. La abuela Majauszkis había vivido en el barrio desde antes que se construyera esa casa que habitaban Elzbieta y su familia, de modo que podía referirles punto por punto la historia del edicio. ¿Que si había sido vendida alguna vez? “¡Susimilkis!” Desde que ha-
bía sido construida, nada menos que seis familias que ella pudiera nombrar habían tratado de comprarla y fracasado en el intento. La vieja podía darles algunos detalles acerca de esto.
Los primeros fueron unos alemanes. Las diferentes familias eran de países distintos, en representación de las diferentes nacio- nalidades que se habían ido suplantando unas a otras en los mata- deros. La abuela Majauszkis había llegado a América con su hijo en una época en la que no había en el distrito, que ella supiera, más que otra familia lituana. Los obreros eran, entonces, alemanes casi to- dos; matarifes y carniceros de ocio, que los empresarios se habían traído del extranjero para poner en marcha el negocio. Después, conforme aparecía mano de obra más barata, los alemanes desapa- recieron, sucediéndoles los irlandeses, hasta el extremo de que seis u ocho años atrás se hubiera dicho que Packingtown era una ciudad irlandesa. Aún quedaban al menos unas colonias de irlandeses; las sucientes para formar el núcleo tanto de las asociaciones de obre-
La Jungla ros como del cuerpo de policía y llevar todos los chanchullos; pero la mayor parte de los irlandeses había dejado los mataderos, a con- secuencia de una rebaja de los salarios: justo después de una gran huelga. Tras los irlandeses llegaron los de Bohemia, y a continua- ción los polacos. Se decía que el viejo Anderson era quien organiza- ba estas emigraciones, jurando que constituiría en Packingtown una población con la cual no fuera posible huelga alguna. Para ello ha- bía enviado agentes por todos los pueblos de Europa, difundiendo la fábula de la facilidad con que se podía encontrar trabajo y buenos salarios en los mataderos. Los hombres habían acudido en rebaños, y el viejo Anderson los había agotado con el trabajo intensivo a que los sometía y, después de extraerles hasta la última gota de energía, tras destrozarlos, mandaba a buscar otros nuevos. De este modo los polacos, que habían llegado por millares, fueron reemplazados por los lituanos, los cuales, a su vez, iban desapareciendo y abrían paso a los eslovacos. ¿Puede haber en la tierra gente más pobre y más miserable que los eslovacos? La abuela Majauszkis lo ignoraba, pero estaba segura de que el hijo del viejo Anderson, que era quien dirigía la empresa, los encontraría, no cabía duda. Los atraerían fá- cilmente, porque los jornales eran superiores a los de esos lugares, pero las pobres gentes descubrirían después, ya demasiado tarde, que todo, a su vez, era mucho más caro. Estaban realmente tan mal como en sus lugares de srcen, decía la anciana, pero ¿conocían al- guna ciudad en la vieja Lituania en la que los trabajadores vivie- ran hacinados como en las casas de alquiler de Chicago, con doce personas durmiendo en un cuarto y en turnos de día y de noche? Seguramente la mayoría eran solteros e intentaban ahorrar todo el dinero que pudieran antes de regresar, pero si las condiciones eran tan buenas, ¿por qué estaban deseando volverse a casa? La verdad es que estaban atrapados como ratones en una trampa; pero lo cier- to era que cada día se iban amontonando más y más. Llegaría, sin embargo, un día de venganza, porque las cosas iban rebasando los límites del sufrimiento humano y el pueblo terminaría por levantar- se y dar muerte a los patronos. La abuela Majauszkis era socialista o
Upton Sinclair Upton Sinclair algo semejante; otro de sus hijos estaba trabajando en las minas de Siberia, y ella misma, en otros tiempos, había pronunciado discur- sos en reuniones públicas, todo lo cual la hacía aún mas terrible a los ojos de la familia que ahora la escuchaba.
Le pidieron que reanudase la historia de la casa. La familia ale- mana había sido gente de bien. Muy numerosa a buen seguro —cir- cunstancia harto frecuente en Packingtown—, pero todos habían traba- jado duro. El padre era un hombre sin defectos, y entre todos llegaron a
pagar más de la mitad del valor de la casa. Pero un día, el jefe de familia encontró la muerte en uno de los ascensores de Anderson´s. Antes de que muriera, los abogados de la empresa le habían engañado para que rmase una indemnización por daños de veinticinco dólares, de modo que su familia no tuvo mucho margen de maniobra. ¿Qué había sido de ellos? Ni idea. Seguramente habrían seguido la senda de los que sucum- ben en Packingtown. Entonces vino la familia irlandesa, también muy numerosa. El marido era un borracho y pegaba a los niños, a quienes los vecinos oían chillar noche tras noche. Siempre pagaban con retraso sus mensualidades, pero la compañía se los toleraba. Había para esto razones políticas. La abuela Majauszkis no sabía exactamente cuáles eran, pero estaba enterada de que los Lafferty —ése era el nombre de la familia irlandesa— pertenecían a la «Liga del Grito de Gue- rra», especie de club político formado por todos los maleantes de la región. Los aliados a este club tenían la seguridad de que, hiciesen lo que hiciesen, la policía no les pondría nunca las manos encima. Una vez el viejo Lafferty fue arrestado, junto con otros cuantos com- pinches suyos, por el robo de algunas vacas que eran propiedad de gentes modestas de los alrededores. Las habían matado y descuar- tizado en un tugurio detrás de los mataderos y las habían vendido. Lafferty no estuvo más de tres días en la cárcel, de donde salió car- cajeándose para encontrarse con que ni siquiera había perdido su puesto en los mataderos. La bebida, sin embargo, acabó por dar al traste con la salud de Lafferty, que había quedado inútil. Uno de sus
La Jungla hijos, que era un hombre honrado, continuó sosteniendo a la familia por un año o dos, mientras le fue posible, hasta que desaparecieron. Luego llegaron los bohemios: dos familias de hermanos. An- daban bastante a la desesperada, no podían siquiera intentar com- prarla, ya que no tenían dinero. El agente inmobiliario no obstante, había sido también bastante comprensivo con ellos; por aquellos días la inmobiliaria esperaba incluso a que la familia consiguiera una parte del dinero antes de empezar con los pagos. Luego de- jaron de hacerlo, ya que creció la demanda de casas en el barrio y enseguida aparecieron compradores. Uno de los hermanos murió de tuberculosis y se acabó.
—Porque hay otra cosa además— dijo la abuela Majauszkis interrumpiendo su relato. Esta casa trae mala suerte. Toda familia que la habite por largo tiempo puede tener la seguridad de que al- guno de sus miembros acabará tuberculoso en un año o morirá de ella en tres o cuatro. Nadie podía señalar la causa de aquello. Indu- dablemente estaba en el edicio mismo o en su construcción. Había quien aseguraba que todo era debido al hecho de que las obras se hubiesen iniciado en luna nueva. En Packingtown había muchos edicios de características semejantes. Algunas veces era una sola habitación la que señalaba como malsana. Si alguien dormía en ella podía considerarse perdido. En la casa adquirida por los lituanos, el caso de tuberculosis fue el del muchacho irlandés. Más tarde, la fa- milia bohemia que ocupó la casa a continuación perdió un hijo de la misma manera aunque, a decir verdad, de esto no había seguridad, por que no se sabe lo que ocurre con los niños que trabajan en el barrio de los mataderos. Por aquellos días no había legislación sobre el trabajo infantil y los empresarios ponían a trabajar a todos menos a los niños de teta. Al llegar a ese punto la familia no pudo ocultar su asombro. Entonces la viejo Majauszkis tuvo que explicarles que había una ley que prohibía trabajar a los menores de dieciséis años. —¿Y cuál es el objeto de esa ley? —preguntaron los lituanos, que ya habían pensado buscar trabajo para el pequeño Stanislovas.
Upton Sinclair Upton Sinclair —En realidad —dijo entonces la abuela Majauszkis— no hay que preocuparse por esa ley; pues su único efecto es obligar a que las familias mientan acerca de la edad de sus hijos. Nadie sabía qué es lo que pensarían los legisladores que iba a suceder. Hay muchas familias que sin el trabajo de los muchachos no conseguirían sub- sistir, y la ley que prohíbe a estos trabajar no ha procurado al mis- mo tiempo a sus familias otros medios de salir adelante. En caso de mendigar o de robar, se acababa en la cárcel: sería interesante enterarse qué es lo que los ricos querían con esta maniobra. Con frecuencia, un hombre pasaba meses enteros sin encontrar trabajo en Packingtown, mientras que un muchacho se empleaba con fa- cilidad, pues siempre hay alguna máquina nueva por medio de la cual los patronos obtienen tanta productividad de la labor de un muchacho como de la que antes extraían del trabajo de un hombre, y eso por un tercio del salario.
Volviendo a la historia de la casa, en la familia que siguió a los de bohemia la víctima había sido la mujer. Eso ocurrió cuan- do llevaban unos cuatro años habitando el edicio, y aquella mu- jer daba a luz dos gemelos cada año, eso sin contar que ya tenían un número extraordinario de chiquillos cuando fueron a ocupar la casa. Después de muerta la mujer, el marido tenía que ir al trabajo durante todo el día, dejando a los muchachos solos en la casa para que se manejasen como pudieran. Los vecinos de vez en cuando les echaban una mano, sobre todo para que las pobres criaturas no se helasen de frío. Al nal, los muchachos pasaron una vez tres días y tres noches sin que el padre apareciera: así se supo de su muerte. Siendo matarife en Morton’s, un toro herido se había escapado y lo había aplastado contra una pared. Entonces echaron a los chicos a la calle y, en la misma semana, la compañía volvió a vender la casa, a una nueva familia de emigrantes.
De este modo continuó la sombría anciana su relato de ho- rrores y desdichas. ¿Había exageración en lo que contaba? ¿Quién podía asegurarlo? Desde luego, era plausible. Por ejemplo, en lo relativo a la tuberculosis. La familia nada sabía acerca de aquella