El dolor, crisol purificador de las almas humanas, lo es también de las ciudades y de los montes o desiertos que les rodean.
Cuando un alma fue sometida a durísimas pruebas, que casi siempre son consecuencia de errores cometidos conscientes o inconscientemente, se ve forzada a pensar, a razonar, y quizá el dolor la obliga a levantar la mirada al infinito espacio azul, tras de cuya inmensidad cree percibir ese algo grande, fuerte e invisible, en que todos pensamos cuando el dolor nos estruja el corazón con sus garras ardientes...
Y las ciudades, aldeas o desiertos habitados por seres dura- mente azotados por el dolor, aparecen plenas de vibraciones de sacrificios, de inmolaciones, de nobles renunciamientos, lo cual forma en torno de ellos un halo misterioso de recogimiento y santidad.
Y todo esto fue percibido por ambos estudiantes viajeros cuando traspasaron la enorme puerta de mármoles ennegrecidos por el tiempo y de chapas de cobre que los siglos habían enmohecido.
Y Osarsip, Amenhepat y Numbik entraron silenciosos y pen- sativos.
Ningún portero hacía guardia en la puerta. Ningún viandante transitaba por las calles.
La tarde caía lentamente, y las sombras del anochecer luchaban con los últimos resplandores del moribundo sol poniente.
– ¡Me invade el pánico, Osarsip! –exclamó por fin Amenhepat, mientras al paso lento de sus caballos iban deslizándose sin ruido por un gran espacio abierto, en el cual se veían como oscuros montículos, algunas pirámides rotas, obeliscos tirados a tierra como gigantes insepultos que el tiempo tornaba en piedra...
Aquello había sido, sin duda, la gran plaza llamada de las Ca- ravanas, que en la mayoría de las antiguas ciudades era el refugio y albergue de los que buscando seguridad hacían los viajes largos en conjunto.
Osarsip, con el alma absorbida por grandes y graves pensamien- tos, ni aun escuchó la exclamación de su compañero, y continuó la marcha en silencio.
– ¿Adónde vamos? –preguntó algo inquieto, el joven Faraón. Osarsip sin detener la marcha, sacó de su bolsillo un pequeño
croquis grabado en un trocito de piel de cordero blanca como un papel.
–Tengo aquí demarcada la dirección –dijo–. Me la dio el sacer- dote Neferkeré, allí vamos y allí estaremos en seguridad.
Y fueron penetrando a la silenciosa ciudad de Anek-Atón, gloria en otros siglos del antiguo Egipto y de su Sacerdocio iluminado por la luz de la Divina Sabiduría.
Sólo encontraban silenciosas mujeres que volvían a sus casas cargadas con cántaros de agua que habían recogido en el estanque público. Otras con grandes canastas de ropa que habían lavado en el Nilo; algunos viejos pescadores, que amarrados sus botes, volvían con los cestos de la pesca que habían conseguido. Nada que revelara alegría, prosperidad, ni riqueza.
– ¡Vientos de muerte pasaron por esta tierra! –exclamó Amen- hepat.
– ¡El egoísmo y la inconsciencia humana son en verdad, vientos de muerte! –contestó con amargura Osarsip.
– ¡Para muchos, es esta una ciudad maldita, Osarsip! Tú que tanto sabes, dime, ¿qué es la maldición de los dioses y por qué la arrojan cuando les place?
–No son los dioses... ¡Son los hombres ignorantes y malos! ¿Podemos pensar que las Inteligencias Superiores que llamamos dioses se enrabian y maldicen como los esclavos haraganes cuando los azotan? ¡No, hombre, no! Es absurdo pensar tal cosa.
–Voy viendo que todo en el mundo es como un viento de muerte. Tú me haces pensar así y creo que tienes razón. ¿Sabes tú lo que fue de Anek, el Faraón Santo, hacedor de Santos, según el decir de las gentes que lo mencionan en secreto?
Moisés lo miró con una mirada inquisidora que Amenhepat interpretó enseguida.
–No me juzgues falso ni traidor, Osarsip. Todas las preguntas que te hago es por la necesidad que siento de conocer la verdad. Y sé que sólo de ti puede llegarme la verdad sin falsificaciones intencionadas.
–Gran honra me haces, Faraón, con tus palabras. No estoy al tanto de los sucesos de ese tiempo, pero lo que he recogido de algunas tradiciones me hacen suponer que no murió de muerte natural sino causada por drogas maléficas que le consumieron la vida lentamente.
“Se cree, según esas tradiciones, que el Pontífice Pthamer es descendiente del más fiel Notario y amigo suyo.
– ¿Quién puede penetrar en el mundo interno del Pontífice Pthamer? ¡Cualquiera averigua lo que él piensa! Es noble y bon- dadoso en extremo, pero nada deja traslucir de su pensar y sentir en cuanto a esto. Es impenetrable.
– ¡Y tú te vas pareciendo a él, Osarsip! ¿No te parece que eres injusto conmigo?
– ¡Amenhepat!... Me has elevado al rango de tu segundo en Egipto y yo he aceptado colaborar contigo en la inmensa carga de gobernar y cuidar de un vasto país. Ni tú ni yo debemos, según creo, provocar separatismos y divisiones en el sentir y pensar de los que hoy viven en paz. Si removemos injusticias cometi- das tiempo atrás, los descendientes de los que fueron víctimas, levantarían polvaredas de odio contra los descendientes de los victimarios. Y otra vez arde el fuego de la discordia. ¿Quién sale ganando nada?...
– ¡Es verdad! Del odio no sale nada más que destrucción y muerte. ¿Por qué tendré que reconocer que siempre tienes tú la razón y no yo? ¡Contéstame!
– ¡Oh, Faraón!... Yo tengo un alma muy vieja..., seguramente largas y fuertes experiencias sufridas me hicieron como soy.
“¡Tú debes ser un espíritu más joven al cual le falta tener las duras experiencias que yo he tenido! ¡Eso es todo y nada más que eso!
Osarsip volvió a examinar el croquis y luego leyó a media voz:
–Doblar a Oriente llegando al obelisco de piedra negra. “Allí lo tenemos –dijo–. Apura el paso, Numbik, que aquí de- bemos torcer el camino.
A poco andar llegaron al viejo portalón de una casa que en sus buenos tiempos debió ser hermosa. Estaba anexa a un Templo pequeño, consagrado a Horus, el gran hijo de Osiris y de Isis, según el credo egipcio de aquella época. En el pórtico aparecía en alto relieve sobre el muro frontal, la sagrada trinidad egipcia: Osiris, Isis y Horus pequeño, tomado de las manos por sus divinos progenitores.
–Esta posesión ha pertenecido al último descendiente de Anek- Atón, el sacerdote Neferkeré, muerto hace apenas cuatro días –dijo Osarsip desmontando de su caballo. Penetremos confiadamente en ella, porque su dueño me ha dado escritura de donación a tu hermana y madre mía, la Princesa Real.
– ¡Bien, bien! Entremos pues a una casa nuestra aunque sea una ruina. Por lo menos en ella no nos asaltará el temor de ser
asesinados –contestó casi con alegría el joven Faraón–. ¿Quién vive aquí? –preguntó.
–Dos criados que fueron de Neferkeré, con un hijo y una hija que tejen persianas de juncos y alfombras de esparto y cáñamo. Este anciano matrimonio sabe mucho de la gloria de Abydos y acaso de Anek, si te interesa saber.
“Ya ves que confío en tu nobleza de Faraón, hermano de Thi- metis, Princesa Real de Egipto.
– ¡Gracias Osarsip!... Te juro por los dioses que no defraudaré tu confianza ni olvidaré jamás cuanto has hecho y haces por mí.
“Y aunque los Ministros y mi madre, quieran que te mande a la compra de barcos en los talleres fenicios, creo que no podré pasarme sin ti. Te aseguro que no puedo confiar en ninguno de ellos. Tú que eres de tan larga vista, ¿qué piensas de esto?”
–Pienso en verdad, que a la Reina Madre y a tus Ministros, les molesta un tanto mi presencia en el gobierno, por más que todos ellos la quisieron porque necesitaban un pararrayos frente al pueblo.
– ¡Justo!... Eso mismo he pensado yo, aunque no quería decír- telo. Y quieren alejarte de mi lado y del país por un medio honroso al parecer, pero horriblemente mal intencionado en el fondo. ¿Cuál será el verdadero móvil de todo esto?
–Si me prometes no tomar ninguna medida violenta, yo te lo puedo decir.
– ¡Oh!..., ¿con que lo sabías y callabas?
–Ya te lo explicaré todo aquí dentro. Entremos.
El hijo del anciano matrimonio salió a recibirles y Osarsip presentó las recomendaciones que por escrito le diera el Anciano sacerdote del Templo de Luxor.
Un coro de gemidos y llantos de la familia puso al descubierto la íntima unión con el Anciano y el dolor de haberle perdido.
Osarsip les consoló como pudo y les pidió hospitalidad por esa noche.
–Aquí manda nuestro amo que os hospedemos en la que fue su habitación cada vez que venía –dijo la anciana, que los fue ha- ciendo pasar por una larga galería llena de caballetes con fardos de la materia prima necesaria a sus tejidos.
Cuando ambos jóvenes se encontraron en la sala biblioteca del Anciano sacerdote, Osarsip dijo a su compañero de viaje. –No sé si te desagradará, Amenhepat, enterarte aquí de cosas que quizá no habías pensado ni te interesen.
– ¡Mucho!... Nada es más interesante para mí que conocer la verdad de todo cuando está ligado a la humanidad, a la patria y al ideal que sustento.
–Entonces cuenta conque también será de gran interés para mí...
– ¡Bien! Comencemos a desenterrar verdades y recuerdos –dijo Osarsip.
Y sacando de su bolso unas tenacillas y oxidadas llaves, fue abriendo unas puertitas inadvertidas en el ensamble de viejas ma- deras, que cubrían hasta la mitad el muro frontal de la habitación. Eran cinco puertitas, y abiertas dejaban ver pequeñas arquitas de cuero, prolijamente repujado y con fuertes cierres de plata.
– ¡Por los dioses! –exclamó el Faraón–. Aquí debe haber más oro que el que guardan las minas de Kush.
–Creo que te equivocas, Faraón. Aquí no debe haber más que escrituras, recuerdos, injusticias y dolores. En suma, la Verdad, que a veces es bien amarga.
Y la primera arquita estaba sobre la mesa. En la tapa aparecía grabada en jeroglíficos esta inscripción:
α δ 1
Osarsip lo leyó mentalmente sin pronunciar palabra y lo com- prendió así: Memorias del hombre que encontró a Dios Único.
En el interior se encontraba un fajo de documentos comproba- torios de las epístolas, mensajes, ordenanzas y decretos que falsos amigos, grandemente favorecidos por el autor, habíanse cruzado como una red tenebrosa en la cual habíanle envuelto hasta llevarle al oprobio y a la muerte.
– ¡Esto es la vida del hombre justo que sólo busca obrar el bien sobre la tierra! –murmuró sin haber leído los documentos, y solo al ver la inscripción de la faja que los envolvía: Documentos compro- batorios de las intrigas calumniosas tejidas para perderme.
Otra arquita ostentaba en la tapa un grabado muy singular: Siete aves marinas en vuelo, pintadas con tinte azul. Y debajo de ellas decía: Los Ánades.
Eran los relatos que los marinos tripulantes del barco de Juno habían dejado escritos, y dirigidos a los caudillos y príncipes aliados del “Mago de las tormentas”, explicándoles los hechos ocu- rridos para llevar a la muerte al gran marino salvador de niños.
En el fondo de la arquilla se veían unas plaquetas de oro con un nombre grabado en ellas.
Para Osarsip, que conocía por Amonthep las viejas Escrituras del Templo de On, trasladadas por su madre al templo del Lago
Merik, y que últimamente había conocido las Escrituras del Pa- triarca Aldis, conservados en tubos de cobre en el olvidado Archivo del antiguo Templo de Luxor, resultaba fácilmente comprensibles los hallazgos que iba haciendo en las arquillas del Templo de Abydos.
Pero Amenhepat se fastidiaba de los hallazgos tan insípidos y pobres según él. Se animó un tanto cuando en el fondo de la arquilla vio brillar las gruesas plaquetas de oro puro.
– ¡Por fin! –dijo–. Algo aparece aquí que nos compensa del tiempo perdido. –Y se entregó de lleno a examinar las placas y sentir el peso de ellas en su mano.
La tercera arquita fue sacada de la hornacina que la ocultaba y en su tapa solo aparecían grabados diez cirios de color del cobre, y cuyas llamitas ostentaban un color rojo vivo. Y debajo de ellos, el dibujo de un libro cerrado con un corderito echado sobre él.
– ¡Oh! ¡El divino cordero de Numú! –exclamó gozoso Osarsip–. ¡Y las diez llamas vivas que dejó tras de sí!... Dentro había una buena cantidad de láminas de marfil unidas con una cadenilla de oro en la que estaban engarzados diminutos rubíes. En ellas aparecía escrita, La Ley de la Gran Alianza de Naciones Unidas y La Ley de la Fraternidad Kobda.
En el fondo de la arquilla brillaba algo semejante a una dia- dema de lotos de nácar con hojas formadas por una filigrana de esmeraldas.
– ¡Oh! –exclamó el joven Faraón–. Esto comienza a ponerse interesante.
Y se colocó la diadema graciosamente, mientras Osarsip exa- minaba con gran cuidado las hojas de marfil que componían el maravilloso libro guardador de las geniales ideas de Bohindra, para hacer feliz y buena a la humanidad terrestre.
– ¡Oh, Bohindra...Bohindra!... ¡Cuántos Bohindra debería haber hoy sobre la tierra, para enseñar a los hombres el divino secreto de ser buenos y felices!
– ¡No sueñes, Osarsip..., no sueñes! ¡Para los hombres no hay nada mejor que el látigo y la espada! ¿No lo estás viendo acaso?
“Tú y yo somos jóvenes y estamos en plenas vacaciones que dentro de poquísimos días van a terminar. No evoquemos trage- dias de otros tiempos y aprovechemos lo poco de bueno que nos brinda la casualidad. ¿Te parece bien que tome yo esta diadema como botín de guerra?
Osarsip no pudo menos que sonreírse de la infantil salida de Amenhepat.
– ¿Y tú eres el Faraón de Egipto, el país que hasta hoy ha mere- cido la fama de ser el maestro educador del mundo? ¡De rodillas debíamos abrir estas arcas y examinar lo que ellas guardan, y tú lo tomas así como un pueril juego de chiquillos! ¡Faraón, por favor!
– ¡No te irrites contra mí, Osarsip, y se tolerante con mis úl- timas jugarretas de joven! Piensa que acaso dentro de tres días estaré de nuevo convertido en un hombre de piedra, mudo como la Esfinge.
Ante esta advertencia, la severidad de Osarsip se suavizaba. La cuarta y quinta arquillas pesaban mucho y algo mayores que las tres anteriores, costó grande esfuerzo el sacarlas de las hornacinas que las escondían. La sorpresa de ambos jóvenes fue notoria cuando consiguieron levantar la pesada tapa. Encerraba una gruesa diadema de oro con un enorme rubí en el centro de una estrella de cinco puntas, labrada en nácar.
La envolvía una ancha cinta de lino con esta inscripción en lengua atlante, que era casi igual al antiguo lenguaje jeroglífico de los Templos de On, de Menfis, de Karnak y de Luxor:
“Esta diadema la usó en su coronación el último rey Tolteca,
Anfión de Orozuma, y la usó también Anek-Atón que la confió
antes de morir al secreto de la cripta de este Templo que guar-
daría su momia y sus memorias”.
Entre un estuche de ónix reforzado de plata bruñida, estaba una pluma de cisne, de las que usaban los reyes para firmar, y adherida a ella este grabado sobre una cinta de marfil:
“Me usó Anfión Rey y Anek Faraón, y jamás firmé una sen- tencia de muerte”.
La pluma hablaba a través de los siglos y Osarsip que la tenía en sus manos, emocionado profundamente, se inclinó sobre ella y la besó con reverencia íntima...
Cuando levantó la cabeza, Amenhepat le dijo:
– ¡Lloras, Osarsip!..., y es la primera vez que veo lágrimas en tus ojos. No comprendo como es que tan hondamente te impre- sionan estas arcaicas cosas de un pasado que el mundo apenas recuerda.
–El mundo sólo vive el presente, porque lo ignora todo, Amen- hepat, ¡todo! Pero el que ahonda un poco en los viejos anales de esta humanidad, de la que tú y yo formamos parte, revive el pasado y vislumbra el porvenir.
“Lo de ayer, revive hoy y volverá a vivir en el futuro. Y lo que hoy duerme bajo el mar o en el fondo de las criptas de templos
sepultados en la arena, saldrá a la luz del sol, y otros continentes y otras metrópolis bajarán al fondo del océano, para que laven sus aguas la sangre de tantos mártires derramada por la furia salvaje de los malvados y los ignorantes.
–Este ambiente empieza a oler a tragedia, Osarsip... ¡No te pongas así, por favor!... Abre la última arquilla y salgamos por fin de aquí, que me estoy temiendo una momificación en vida.
Esta encerraba las plaquetas de oro que llevaban sobre el pecho los reyes toltecas, a los que imitaron los Faraones cuyo advenimiento comenzó a la desaparición de los Kobdas y su Gran Santuario de Neghadá. Eran setenta y siete plaquetas en las que estaban grabados los nombres de setenta y siete Reyes Toltecas, el último de los cuales era Anfión de Orozuma.
En un pequeño libreto de piel de cordero curtida en blanco, aparecía un escrito de veinte hojas, hecho en signos que a primera vista no podían ser leídos. Sólo al final aparecía claro esta firma: un ánade en vuelo y seguidamente, Askersa.
–Esto es sencillamente endiablado –dijo el joven Faraón–, y lo único que mis ojos ven es que todo aquí es oro de buena ley. ¿Qué te parece que hagamos con estos valiosos tesoros?
–Dejarlos donde están, que en ninguna parte están más segu- ros –comentó Osarsip–. Todo es tuyo, puesto que están en tus dominios, pero como por hoy no los necesitas, creo razonable dejarlos aquí de donde los puedes tomar cuando creas que te son necesarios.
“Si algo vale para ti mi pensar y mi sentir, te ruego, Amenhepat, que nada de esto sea empleado para subvenir gastos de guerras. Sería ofender la memoria de los santos hombres que los trajeron a Egipto para librarlos de la profanación de invasores que esta- blecieron su trono entre las hogueras y la sangre de las víctimas sacrificadas a sus dioses. ¡Las hordas del bárbaro Aztekalán!
–Te lo juro por mi padre muerto y por tu madre viva que entre tú y yo quedará para siempre este secreto. Soy un jovenzuelo inex- perto, y quizá alocado, pero no soy tan miserable y vil que traspase la voluntad de los inmortales que viven en el Reino de Osiris.
–Te lo agradezco en nombre de ellos, Faraón, y que ellos te sean propicios.
Encerraron las arquillas donde las habían encontrado y sólo guardó Osarsip en su bolso de viajero los grabados, para estudiar- los tranquilamente cuando estuviera en el castillo del Lago Merik, junto a su madre y sus tres maestros, para quienes el hallazgo debía significar mucho más que un tesoro material.
–Te he acompañado con gusto en tus correrías por el pasado
–dijo el Faraón–, y creo que es llegado el momento de que hable- mos del presente, según me lo prometiste al llegar.
– ¡El presente!... Es costoso sacrificio saltar de las altas cumbres a donde subieron los hombres del pasado, a la cenagosa llanura en