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Third Industrial Revolution (1940 to 1990) The first two industrial revolutions made people richer and urbaner The third revolution began with the mind is what makes things not

Chapter 2: Literature Review

2.6 High-Performance Construct

2.6.1 What is High-Performance?

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Lao Tse dice:

sea grande o pequeño, mucho o poco, equilibra el odio con la virtud. Afronta lo difícil cuando aún es fácil,

ocúpate de lo grande cuando aún es pequeño.

Los difíciles problemas del mundo han de ser abordados mientras aún son simples.

Los grandes problemas del mundo han de ser abordados mientras aún son pequeños.

De esta manera, el sabio, sin vérselas nunca con grandes problemas, consigue grandes cosas.

Aquel que promete a la ligera descubrirá que le es difícil mantener su palabra. Aquel que todo lo considera fácil

encontrará muchas dificultades.

Por eso, incluso el sabio considera difícil cualquier cosa y debido a ello nunca tiene problemas.

La vida no es un problema. Es más un misterio para ser vivido que un problema para ser resuelto. Pero se convierte en un problema. Y se convierte en un problema porque sigues posponiéndolo todo, aplazándolo hasta mañana.

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Lo que puede hacerse hoy, lo que debe hacerse hoy, no puede ser hecho mañana. Eso que habría sido muy bonito hoy, que podría haber sido un misterio que vivir, mañana se convertirá en un duro problema difícil de resolver.

La vida en sí misma, vivida aquí y ahora, no es un problema. Aplazarla es lo que crea los problemas. Y entonces los vas acumulando. Entonces acumulas tal montaña a tu alrededor que se te hace casi imposible vivir. Te quedas paralizado, impedido, encerrado en una camisa de fuerza. Intenta primero entender esto y entonces te será fácil entrar en el sutra.

Hace tan sólo unos días estaba diciendo que incluso un genio, alguien con verdadero talento —un ganador del Premio Nobel, un gran intelectual conocido en el mundo entero—, puede comportarse de una manera infantil. Si por la mañana cuando despierta descubre que sus zapatillas no están en el lugar que debieran, se enfada, se irrita. Si en ese mismo instante fuera capaz de prestar atención a su enojo, se reiría. ¡Es realmente estúpido, ridículo! Pero no le presta atención. Entra en el baño, irritado, de mal humor, y empieza a afeitarse la barba, pero es casi inconsciente de que tiene un problema sin resolver, de que ahí hay un problema entrometiéndose una y otra vez en su ser. Y a cada instante aumenta, porque en la vida todo crece constantemente. Todo lo que está vivo está creciendo. Y cuando tú estás vivo, tu ira está viva, crece. Nunca se queda igual. A cada instante acumula más y más inercia y fuerza.

Continúa afeitándose, pero irritado, sin disfrutar con lo que hace, con su frescura, del bello instante en que uno se siente aliviado. No, no está de humor para disfrutar. Inconscientemente deja que la navaja de afeitar se le caiga de las manos. ¡Y ahora se enfada aún más! Si lo considerara adecuadamente, se reiría. Es una estupidez enfadarse, porque una navaja de afeitar no es un ser; una navaja de

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afeitar nunca es responsable de nada. ¿Cómo puedes enfadarte con una navaja de afeitar? Pero ahora se siente aún más irritado. Sus manos hacen gestos alocados, inconscientes. Y de nuevo se le cae golpeando el antiguo espejo que tanto le gustaba. Y el espejo se rompe. ¡Ahora si que se vuelve loco! Va de aquí para allá, se golpea contra los muebles, da un portazo, castiga a su hijo porque no ha hecho los deberes, empieza a discutir, riñe con su esposa... ¡y tan sólo por una tontería de nada! Porque las zapatillas no estaban donde debían.

Y ahora nuestro personaje sube a su coche y se dirige a la oficina. Pero nunca llega porque tiene un accidente. ¡Era predecible! Y simplemente por culpa de las zapatillas, porque no se encontraban en el lugar correcto. Ahora conduce como un loco, volcando su ira en los pies, apretando el acelerador. ¡Está ebrio, borracho de ira! Y tiene un accidente. Después de doce o quince horas, cuando abre los ojos, se encuentra en el hospital. Y nunca será capaz de relacionar todos esos hechos.

Y así, la historia se repite una y otra vez... Se enamora de la enfermera... y así sucesivamente. ¡Simplemente porque las zapatillas no estaban en el lugar correcto! La familia entera patas arriba... se divorcia... su mundo no volverá a ser nunca el mismo. Tan sólo porque sus zapatillas no se encontraban en el lugar correcto.

Encara las cosas al momento, no permitas que se acumulen en tu interior. No las vallas acumulando. La vida es muy bonita... y se vuelve fea. No es un problema. Cada problema es tan insignificante que resulta tonto calificar a la vida como «problema». No es un problema para los árboles, no es un problema para los pájaros, no es un problema para la tierra, para el cielo. Sólo es un problema para el hombre, porque sólo el hombre ha aprendido el truco: el truco del posponer. Entonces lo pequeño se va volviendo

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más grande. Entonces llega un momento en que no puedes con ello. Entonces te vuelves muy pequeño mientras que el problema va haciéndose tan grande que es casi imposible vérselas con él. Entonces llevas siempre esa carga sobre tu cabeza. Y con tanta carga, ¿cómo puedes disfrutar? ¿Cómo vas a gozar? ¿Cómo vas a celebrar? ¿Cómo vas a bailar?

Y entonces alguien dice: «Dios existe». Tú escuchas esas palabras, pero no puedes creerlas. Quizá sea un diablo el que dirige el mundo entero, pero no un Dios. Tu vida entera se encuentra tan lisiada, tan impedida, tan agobiada que te gustaría suicidarte. Es muy raro encontrar a un hombre que no haya considerado alguna vez la idea de suicidarse. Los psicoanalistas dicen que todo hombre, toda mujer, piensa unas diez veces a lo largo de su vida en sui- cidarse. No te suicidas porque eres un cobarde. No supone ningún mérito para ti; por eso no te suicidas. Lo consideras y eso es suficiente. Eso significa que la vida se ha vuelto tan imposible de ser vivida que, en vez de irte arras- trando cada vez más y más por ella, quisieras abandonarla, convertirte en un marginado.

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¿Cómo vas a amar a Dios? ¿Cómo vas a orarle? Porque la oración surge de una gran gratitud; la oración nace del agradecimiento. Una vida bien vivida se convierte en una

vida de oración. No tiene nada que ver con iglesias, templos ni mezquitas. Tiene que ver con la calidad de tu vida. Una vida bien vivida, momento a momento, conscientemente, con atención, sin posponer nada, se convierte en una vida de oración. Y, poco a poco, la oración se va convirtiendo en meditación. Entonces ni siquiera rezas, porque las palabras son una perturbación. Entonces tu oración se vuelve silenciosa. Y cuando la oración es silenciosa, es meditación.

Para comprender que la existencia es hermosa, sagrada, que la existencia es una bendición, un gozo, tendrás

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que vivir un tipo diferente de vida: una vida sin aplazamientos. Este es el significado de vivir momento a momento.

Olvídate del pasado. Ya no existe. Se ha ido muy lejos, ha desaparecido. Cargas innecesariamente con fantasmas. Ya no existen. El futuro no puede abrumarte. ¡Todavía no ha aparecido! Cuando llegue, ya te las verás con él. ¿Por qué haces planes sobre él ahora mismo? Nunca será de la manera que lo hayas planeado. Tus planes se convertirán en un problema mayor, porque cuando haces planes de antemano, tratas de imponer tu plan a la Existencia. Y la Existencia no va a seguirte. ¡Tú eres el que puede ir tras ella y sentirse agradecido! Pero la Existencia no puede seguirte; no lo sabes todo. Desconoces lo que el Todo desea, el destino del Todo. Y si haces tus planes en privado, se opondrán al Todo. Y serán destruidos. Entonces tu corazón estará roto.

Olvídate del pasado. Y no introduzcas el futuro. Este momento lo es todo. Si vives este momento con atención, entonces irás encarando cosas, cosas sencillas, y a medida que vayas resolviendo esas cosas sencillas, crecerás, y no habrá ningún gran problema.

Lao Tse dice que para un gran hombre no hay ningún gran problema. Por lo general se cree lo contrario: los grandes hombres existen porque son capaces de afrontar los grandes problemas. Y Lao Tse dice que para un gran hombre no existen los grandes problema porque nunca deja que los problemas se vuelvan grandes. Siempre los afronta cuando son pequeños, cuando puede manejarlos. Entonces se puede hacer algo. Y cuando tratas con los problemas momento a momento, siempre te sientes fresco, ligero. Nunca acumulas polvo en tu ser. Te deslizas al instante siguiente, fresco, joven y virgen. Te deslizas hasta el momento siguiente como una serpiente se desliza fuera de

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su vieja piel. La vieja piel queda atrás y surge la fresca y joven piel.

Entonces la vida es un misterio y no un problema que resolver. Ha de ser vivida y vivida totalmente.

Entonces te sientes agradecido. Entonces ha sido una bendición. Recuérdalo e intenta entonces comprender los sutras de Lao Tse. Alcanza el no-hacer, ocúpate en nada, saborea lo que no tiene sabor...

Al actuar, no hagas nada. Éste es el más profundo secreto de Lao Tse. Te dice que si las cosas pueden ser hechas mediante el no-hacer, ¿por qué molestarse en hacerlas? Si las cosas pueden ser hechas no actuando, al actuar, al intentar hacer, tan sólo te crearás problemas. Permíteme unos ejemplos.

Debes de haber oído el nombre de Arquímedes. Su historia es famosa. Estaba intentando resolver un problema científico. Lo había intentado por todos los medios, se había esforzado al máximo, no podía dormir, no podía hacer nada más que pensar en ello. El rey le había dado un problema que resolver y tenía que ser resuelto inmediatamente. Y él era el primer hombre en enfrentarse a aquel problema, de manera que no había ningún precedente, ningún antecedente, nada en el pasado que pudiera ayudarlo. Nunca antes se había planteado aquel problema; era la primera vez. Y se había esforzado mucho, al máximo, tanto como le había sido posible. ¿Qué hacer entonces? ¡Si no puedes resolverlo, no puedes resolverlo! Te sientes desvalido. El se sentía impotente.

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todo aquello que le indicaron que hiciera y lo hizo tan perfectamente que no pudieron decirle: «No te estás esforzando lo suficiente. Por eso no Lo consigues». Se implicó tan bien que sus propios maestros le dijeron: «Ahora, perdónanos. Vete a otra parte. Nada te sucede y no sabemos cómo seguir ayudándote. Busca a otros maestros».

Y Buda se sintió hastiado de maestros, hastiado de sistemas, de filosofías, hastiado de técnicas, de métodos, y empezó a actuar según él mismo. Pero tampoco entonces sucedió nada. Transcurrieron seis años, seis años de una existencia de pesadilla, viviendo en la angustia más profunda. Entonces, un día, mientras cruzaba el río Niranjana cerca de Bodh-Gaya, se sintió muy débil debido a un largo ayuno —alguien le había sugerido que un ayuno prolon- gado lo ayudaría—, se sintió tan desfallecido que le resultó imposible cruzar el río. El río Niranjana no es muy grande, pero él estaba muy débil. Se tuvo que agarrar a las raíces de un árbol, pues, si no, la corriente se lo habría llevado. Y allí, aferrado a las raíces de un árbol, surgió en él un pensamiento: «¿Qué he estado haciendo? Simplemente me he destruido, no he Llegado a ninguna parte. He dejado atrás el mundo, he acabado con él. Y ahora también he acabado con el moksha, la salvación, dios, la verdad, o como quieras llamarlo. No me importa. También eso ha desaparecido». Y en aquel instante se sintió aliviado.

Cuando buscas y rebuscas, aparece una tensión. Esa misma tensión se convierte en la barrera. Cuando no había búsqueda, ni indagación alguna, todo era relajación. Lo mismo que le sucedió a Buda en el río Niranjana le ocurrió a Arquímedes en su bañera. Estaba relajado y en esa relajación sintió una explosión de energía.

Ahora bien, esa energía no era suya. Esa energía era la del Todo. Él había desaparecido. «Tú» existes debido a tu búsqueda, a tu codicia, a tus deseos. Cuando no hay codicia,

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allí, espiritualmente estaba allí. Por eso aquel árbol se convirtió en el árbol de su Iluminación.

Ni un solo pensamiento, ni una onda en el lago de su conciencia. Todo silencio, sin ningún deseo perturbador, sin que nada se agitara. Estaba contemplando la última estrella desaparecer y... se Iluminó. Y después, cuando la gente le preguntaba: «¿Cómo Lo lograste?», él les decía: «Cuando dejé de indagar, de buscar. Cuando dejé de ser activo. Entonces, en una profunda inacción, sucedió». Siempre sucede así.

A veces también puedes haberlo observado —no como Buda, no como Arquímedes—... Intentando recordar un nombre que tienes en la punta de la lengua, dices: «Lo tengo en la punta de la lengua. Y no me viene». Y te sientes agobiado y muy tenso. Pero ¿qué puedes hacer? ¡Si no te viene, no te viene! Y cuanto más lo intentas, más imposible te resulta. Entonces te olvidas de ello. Coges un cigarrillo y te pones a fumar, o te das una vuelta por el jardín. Te distraes con otras cosas: enciendes la radio, te haces un té o te enfrascas en lo que sea olvidándote de ello. Y, de repente, te acuerdas. El recuerdo te viene. Una iluminación pequeñita, pero de la misma naturaleza. Un satori muy, muy pequeño, ínfimo, del que no podrás presumir mucho, pero de esa misma naturaleza.

Si has entendido el proceso, habrás entendido lo que Lao Tse quiere decir con «inacción». Hay cosas que no puedes lograr mediante la acción. Éste es el criterio: si hay algo que puedes lograr a través de la acción, pertenece a este mundo. Si puedes obtener algo «haciendo», eso pertenece al mundo de la materia. Lo que pertenece al mundo del espíritu no puede alcanzarse mediante la acción. Sólo puede lograrse a través de la inacción, de la relajación, del total abandono.

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Alcanza el no-hacer, ocúpate en nada...

Atender constantemente tus asuntos genera ansiedad. A veces, ocúpate en nada; no hagas nada.

En mi niñez, mi abuelo estaba muy preocupado por mí. Era un hombre adorable y muy inteligente, viejo y sabio. Siempre que me veía sentado —pues así transcurrió toda mi infancia: no haciendo nada, simplemente sentándome en silencio— me decía: «¡Levántate! ¡Haz algo! Si no, no lograrás nada en la vida. Serás un fracasado». ¡Y era

cierto! Absolutamente cierto. De pura compasión me estaba diciendo eso. Me decia: ¡por lo menos, ve y juega!?te quedes ahí sentado. Me haces sentir mal». De modo que me iba de una habitación a otra y allí me sentaba.

Una vez saboreas lo que no tiene sabor, nada hay que se le pueda comparar. Es incomparable. Una vez ves que ocuparte en nada es la mayor tarea del mundo, entonces todas las demás te parecen pequeñas, juveniles, infantiles, tontas. Pero, particularmente en Occidente, nunca ha habido un Maestro que haya dicho: «No hagas nada». Jesús lo intentó, pero lo mataron. Y Jesús lo intentó con mucha cautela, porque no habría sido comprendido en absoluto. Si hubiera hablado como Lao Tse, nadie le habría entendido. Los judíos son grandes «hacedores». Hacen muchas cosas bien. Es difícil superar a los judíos

en lo que sea. Nunca compitas con uno de ellos. Te derrotará. Son grandes hacedores. El mundo entero ha estado contra ellos. Muchos Hitlers han surgido y han desaparecido. Intentaron acabar con los judíos, pero nada. Siguen ahí más fuertes que antes. Los judíos son la raza más ligada al mundo. Creen en el hacer. No pudieron entender a Jesús; no obstante, él les habló como Lao Tse: de manera velada, en parábolas. Ningún

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otro Maestro lo ha intentado. Muy al contrario, el proverbio reza: «Cuando no haces nada te conviertes en el diablo». Y Lao Tse dice que cuando no haces nada te conviertes en el campo de actuación de Dios, no del diablo. El diablo se apodera de ti cuando quieres hacer algo; entonces estás en manos del diablo, entonces puede poseerte, puede tentarte, puede forzarte, puede hacerte perseguir lo material, los logros. Pero el diablo no puede acercarse al hombre que no quiere hacer nada, al que se ocupa del no hacer. Es imposible, porque el diablo es el hacedor.

Me gustaría contarte de nuevo, desde un punto de vista diferente, la historia de por qué Adán fue expulsado del Jardín del Edén, del Paraíso. Adán llevaba una vida como la de los animales, la de los árboles y los pájaros, sin hacer nada. Simplemente gozaba, simplemente disfrutaba, como hacen los niños, sin hacer nada, disfrutando, jugando. Y Dios le había dicho: «No comas del fruto del Arbol del Conocimiento», pues en cuanto comes el fruto del Co- nocimiento, inmediatamente te conviertes en «hacedor», porque el conocimiento es inútil a menos que sea un medio para hacer algo. «Conocimiento» equivale a «saber cómo». El conocimiento es una ayuda técnica para hacerlo todo más hábilmente. El conocimiento te convierte en un hacedor más eficiente.

Pero la serpiente, el diablo, los sedujo. Primero sedujo a Eva. Y eso también es significativo porque dondequiera que vayas siempre encontrarás a Evas que empujan a sus maridos a hacer algo: «¡Ve y haz algo! ¡Hemos de tener una casa más grande! ¡Compra un automóvil más grande! ¡Necesito más diamantes! ¡Ve y haz algo! ¡No te quedes sentado en casa!». Las mujeres continúan empujando a sus maridos.

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El hombre tiene que volverse de nuevo inocente. Tiene que abandonar el conocimiento. Pero sólo puedes abandonar el conocimiento cuando descubres que todo lo hermoso, lo verdadero o lo bueno sucede sin hacer. De lo contrario, no podrás abandonar el conocimiento.

Lao Tse está intentando hacerte entender. Está intentando darte la visión de que ha de dejarse a un lado todo conocimiento. Pero, entonces, inmediatamente preguntas: «Si ha de abandonarse el conocimiento, ¿cómo podremos hacer tantas cosas?». Y él te dice: «No necesitas tantas cosas. El ser más profundo florece con el no hacer».

Alcanza el no-hacer, ocúpate en nada, saborea lo que no tiene sabor...

Lao Tse nunca utiliza el nombre de Dios. Siempre utiliza indicaciones. Nunca utiliza expresiones directas... «lo que no tiene sabor». Dios no tiene ningún

sabor, porque el sabor solamente puede existir en la dualidad. Si algo es dulce, entonces algo ha de ser amargo. Si algo es bueno, entonces algo tiene que ser