Más que por la lucha contra los donatistas, Agustín se sentía interiormente motivado por la prolongada querella con Pelagio, que refutaba de modo convincente su sombrío complejo del pecado original, junto con la manía de la predestinación y de la gracia; el Concilio de Orange del año 529 la dogmatizó (en parte literalmente) y el Tridentino la renovó.
Según señalan la mayoría de las fuentes, Pelagio fue un lego cristiano de origen británico. Desde aproximadamente el año 384, o algo después, impartió sus enseñanzas en Roma, gozando de gran respeto por su rigidez de costumbres, que no sólo postulaba sino que él mismo predicaba con el ejemplo, alcanzando en aquella ciudad una gran influencia sobre la aristocracia y el clero. Ante el avance de los godos de Alarico, buscó refugio en África en 410, aunque no se detuvo allí sino que continuó su viaje, mientras que su acompañante y amigo Celestio, un abogado de gran elocuencia y origen noble, el enfant terrible del movimiento, permanecía en Cartago. Sus intervenciones en favor de Pelagio produjeron en esta ciudad una sorpresa cada vez mayor, y en 411 fue excomulgado por un sínodo, ante el que al parecer se negó a dar una respuesta clara, tras lo cual se trasladó a Efeso y fue consagrado sacerdote.64
Curiosamente, cuando desembarcó en Hipona en 410, Pelagio se encontraba en el séquito de Melania la Joven, su marido Piniano y su madre Albina, es decir, «quizás la familia más rica del Imperio romano» (Wer-melinger). También el padre de la Iglesia Agustín había intensificado sus contactos con esta familia desde hacía poco tiempo. En efecto, él y otros obispos africanos, Aurelio y Alipio, habían convencido a los multimillo-
nanos para que no malgastaran sus riquezas con los pobres ¡sino que las entregaran a la Iglesia católica! El inmensamente rico Piniano, bajo las presiones del creyente Agustín, se vio asimismo obligado a prometer que en el futuro sólo se dejaría bendecir por la iglesia de Hipona, y en dos cartas Agustín tuvo que exonerar a su comunidad de la sospecha de haber sido motivados por la riqueza de Piniano. La familia se dirige en 417 a Jerusa-lén, donde gobierna otro padre de la Iglesia, Jerónimo, y allí finalmente muere Piniano; su mujer entra como superiora en un convento, en el Monte de los Olivos, y la Iglesia se convierte en heredera de su gigantesca riqueza. Melania es incluso elevada a la santidad (festividad: 31 de diciem- bre). «¡Cuántas herencias robaron los monjes! -escribe Helvecio-. Pero las robaban para la Iglesia, y ésta hizo santos para ello.»65
De Pelagio, un literato de gran talento, nos han llegado numerosos tratados breves, cuya autenticidad es objeto de controversias. Sin embargo, hay al menos tres que parecen auténticos. El más importante de sus trabajos. De natura, lo conocemos por el escrito de refutación de Agustín, De natura et gratia. También la obra teológica principal de Pelagio, De libero arbitrio, nos la ha transmitido, en varios fragmentos, sobre todo su contrincante, aunque a menudo su teoría se desfigura en el curso de la controversia.66
Pelagio, impresionante como personalidad, era un cristiano convencido; quería mantenerse dentro de la Iglesia y lo que menos deseaba era una disputa pública. Tenía de su lado a numerosos obispo. No rechazaba las oraciones rogativas ni negaba la ayuda de la gracia, sino que defendía más bien la necesidad de las buenas obras, así como la necesidad del libre albedrío, el «liberum arbitrium». Pero para él no existía el pecado original. La caída de Adán era cuestión suya mas no hereditaria (aunque fuera un mal ejemplo), y sus descendientes no están en pecado. Y lo mismo que Adán pudo evitar el pecado, también cualquier persona, opina Pelagio, puede hacerlo sólo con desearlo. Tiene la facultad de decidir en total libertad, de actuar con moralidad según sus propias fuerzas, de controlarse y perfeccionar su bonum naturae, que no puede perder. «Siempre que tengo que hablar de las reglas para una conducta moral y para llevar una vida santa, pongo primero de relieve la fuerza y la originalidad de la naturaleza humana y demuestro de qué es capaz [...], a fin de no derrochar mi tiempo llamando a alguien hacia un camino que considera imposible.» Según Pelagio, todo ser humano tiene el don de diferenciar entre el bien y el mal. Imitando el ejemplo de Jesús, todo cristiano debe ganarse la vida eterna mediante su vida terrenal. Sin embargo, Pelagio, que criticaba del cristianismo medio su minimalismo ético y que incluso defendía un puritanismo moral, sabía que muchos son tanto más descuidados cuanto menos piensan en su fuerza de voluntad, que justifican sus debilidades acusando a la naturaleza humana antes que a su voluntad. Era pre-
cisamente su experiencia con la pereza moral de los cristianos lo que había determinado la postura que Pelagio adoptó, en la que incluía también muchas veces una crítica social intensa y de tinte religioso, apelando a los cristianos para que «sintieran las penas de los demás como si fueran las propias, y derramaran lágrimas por la aflicción de otros seres humanos».67
Pero esto no era desde luego un tema para el escaldado Agustín, que prefería contemplar las cosas a prudente distancia; él, que no veía al ser humano, como Pelagio, como un individuo aislado sino devorado por una monstruosa deuda hereditaria, el «pecado original», consideraba a la humanidad como una massa
peccati, caída a causa de la serpiente, «un animal escurridizo, diestro en los caminos
sinuosos», caída por culpa de Eva, «la parte menor [!] de la pareja humana», pues, al igual que los demás padres de la Iglesia, despreciaba a la mujer. Dios impuso a nuestros primeros padres su prohibición, aunque preveía «que no la cumplirían», «más bien por el motivo», como Agustín sabía (de dónde procedía ese conocimiento, cabría preguntar), «de que no tuvieran disculpa si él les castigaba». En estricta justicia, toda la humanidad estaría destinada al infierno. No obstante, por una gran misericordia habría al menos una minoría elegida para la salvación, pero la masa sería rechazada «con toda razón». «Ahí está Dios lleno de gloria en la legitimidad de su venganza.» Incluso por el lado católico se admite que Agustín «se preocupa poco por poner de relieve una voluntad de salvación realmente general de Dios, también frente a la humanidad caída [...]» (Hendrikx).68
Según el doctor ecciesiae, estamos corrompidos desde Adán, ya que el pecado original se transmite a través del proceso reproductor; de hecho, la práctica del bautismo de los niños para perdonar los pecados presupone ya éstos en el lactante. Por otra parte, la salvación de la humanidad depende de la gracia de Dios, la voluntad carece de importancia ética; hay que orientar a los extraviados «según los preceptos», naturalmente según los de Dios (¡lo que equivale a decir los de la Iglesia!). Pero así el ser humano se convierte en una marioneta que se agita en los hilos del Supremo, en una máquina con alma que Dios guía como quiere y hacia donde quiere, al paraíso o a la perdición eterna. ¿Por qué? «¿Por qué, sino porque ha querido? Pero ¿por qué lo ha querido? "Hombre, ¿quién eres tú, que quieres hablar con Dios?"» Ésta es, lo mismo que sucedía con Pablo, la última consecuencia de la sabiduría de Agustín; con ella obtiene por un lado el título de «doctor de la gracia», mientras que por el otro vuelve a aproximarse a ciertas ideas maniqueístas.69
Al igual que ocurría con los donatistas, al principio Agustín no encontraba nada que objetar a Pelagio, un hombre que disputa con los arríanos y todavía más con los maniqueos, que goza de enorme prestigio e influencia, que tiene importantes protectores, lo mismo que Agustín. Así,
primero le escribió exhortos llenos de admiración «bien escritos y directamente al asunto», donde le llamaba «nuestro hermano» y «santo»; lo cual, aunque exagerado, habla de unas relaciones amistosas. Todavía en 412, al iniciar sus críticas, trató con respeto a Pelagio, y en 413 le escribió amablemente. Es evidente que intentaba no acosar demasiado al amigo del inmensamente rico Piniano, sobre todo porque Agustín, o su comunidad, se había hecho sospechoso de albergar malas intenciones hacia las posesiones de Piniano. Sin embargo, cuando Demetrias, la joven hija de los Probi, una de las familias más opulentas de Roma, tomó los hábitos, y Jerónimo y Pelagio, junto con otros importantes autores de la Iglesia, enviaron tratados y consejos, Agustín volvió a inmiscuirse. Previno en contra de Pelagio y se lanzó ahora -cada vez más ocupado en la «causa gratiae», su teoría de la predestinación, que Jesús no anuncia y que él mismo no defendió en sus primeros tiempos-, durante más de una década y media, hasta el año 427, a publicar una docena de escritos polémicos contra Pelagio.
Sin embargo, antes que él (y que Jerónimo), un discípulo personal del africano, Orosio, había abierto los ataques directos contra Pelagio en su Líber Apologéticas (un libro partidista hasta lo increíble, según señala Loofs). Es el primero que aplica a Pelagio el calificativo de «hereje», además de insultarle personalmente, mientras que éste habla de Orosio como de un «joven que azuza a mis enemigos en mi contra». Después de que Celestio de África se dirigiera a Oriente, a Éfeso, en Asia Menor, Agustín envía a Orosio para intentar que también el obispo de Jerusalén, Juan, condene a su adversario. Sin embargo, Juan acusó a Orosio de «herejía» y dejó a Pelagio en su comunidad como ortodoxo. San Jerónimo, enemistado con el obispo de Jerusalén, redactó entonces una amplísima polémica, los Dialogi contra Pelagianos, en los que difama a su adversario llamándole pecador habitual, arrogante fariseo, «perro grasicnto», etc., diálogos que Agustín ensalza como obra de maravillosa belleza y digna de fe. (En 416 los pelagianos prendieron fuego a los monasterios de Jerónimo, y la vida de éste corrió grave peligro.) Asimismo, dos desacreditados obispos galos que estaban desterrados en Oriente, Heros de Arles y Lázaro de Aix, en un Libellus pasaron a atacar a Pelagio y Celestio. Aunque en diciembre de 415 el sínodo de Diospolis (la antigua Lidda), en Palestina, absolvió a éstos de error, «sólo unos pocos», escribía Agustín, «están versados en la ley del Señor». Sin embargo, al año siguiente, 416, en dos concilios celebrados en Cartago y Milevo, los africanos trataron «histéricamente» (Chadwick) de herejes a los dos amigos por negar el bautismo infantil y la oración [!], lo mismo que el papa Inocencio I (402-417), en tres escritos que poseían «todos los signos de una "caza de brujas"» (Brown), como «causantes de un error totalmente sacrilego y que todos debemos maldecir», el punto de inflexión decisivo
en la gran disputa de los frailes. El propio Agustín, que exaltaba los ánimos por otros lados, redactó una carta y adjuntó también a la «santidad» la «benevolencia de corazón» {suavitas mitissima coráis), a la «fuente ubérrima» (largo fontí) el libro de Pelagio sobre la naturaleza, junto con su propia refutación. De natura et gratia Dei, con «pasajes principales» subrayados a fin de que su lectura resultara más cómoda para el pontífice.70
El papa Inocencio I (con toda probabilidad hijo de su antecesor, el papa Anastasio I, que era a su vez descendiente de clérigos) hojeó De natura y, aunque encontró suficientes elementos atentatorios contra Dios, evitó realizar una condena formal del total, pues, sintiera o no él mismo simpatía hacia Pelagio, temía a la falange cerrada de los africanos, que, junto con el Estado, acababan de aniquilar el donatismo. Famos, con fría arrogancia, aunque no precisamente de forma digna, se desembarazó de los romanos en enero de 417 con tres responsos distintos. Por un lado, no abandonó del todo a Pelagio y Celestio, sino que les dejó abierta, en caso de retractación -la medicina habitual, el veneno habitual-, la posibilidad de ser acogidos de nuevo; en las tres cartas se presenta con la pose del médico curador. Por otro lado, no molestó a los africanos, sino que confirmó sus resoluciones y condenó la «herejía», de modo que Agustín, por lo demás totalmente ignorado por el papa, en un sermón del 23 de septiembre de 417 afirmó que el asunto estaba cerrado, «Causa finita est;
utinam aliquando finiatur error!» -como si también el error hubiera llegado a su
fin-, transformándolo más tarde en el pareado: Roma locuta, causa finita.,71
Sin embargo, Agustín había echado las campanas al vuelo demasiado pronto. La fuerza con que la «herejía» -que estaba extendida por el sur de Italia y Sicilia, por el norte de África, en Dalmacia, en Hispania, Galia y Bretaña, en la isla de Rodas, en Palestina, en Constantinopla- estaba entroncada también en la Ciudad Santa, alrededor de la Santa Sede e incluso en él mismo, se puso de manifiesto tres meses después, tras la muerte de Inocencio I, acaecida el 12 de marzo de ese mismo año.72
El sucesor Zósimo (417-418) recibió en Roma de modo muy amistoso a Celestio, que, siendo ya sacerdote, partió de Efeso y se dirigió a informar personalmente al papa. Le puso a dura prueba y escuchó como Celestio creía en la necesidad del bautismo de los niños y como se sometía por completo al laudo de la Silla Apostólica; luego hizo revisar todas las actas y admitió «que no había ninguna sombra de duda» en la fe del «hereje». Declaró nulas las demandas de los obispos Heros y Lázaro, ene- migos personales del papa, acusó de precipitación y negligencia al episcopado africano y exigió una rotunda revisión de la condena. Poco después llegó una carta de Pelagio (dirigida todavía a Inocencio) junto con un nuevo libro suyo, y Zósimo encontró que Pelagio, por el que interce-
día también con gran energía el nuevo obispo de Jerusalén, Praylos, esta- ba asimismo fuera de toda sospecha, era ortodoxo en todas las cuestiones importantes, tenía un elevado carácter moral y dejaba traslucir su someti- miento a la autoridad papal. Así pues, se dirigió de nuevo a África. «Si hubierais podido estar presentes, queridos hermanos... -escribió Zósi-mo-. ¡Cuan impresionados estábamos cada uno de nosotros! Apenas ninguno de los presentes pudo contener las lágrimas ante el hecho de que se pudiera haber inculpado a un hombre de fe tan auténtica.» El papa habló de falsos testigos y explicó a Agustín: «El signo de un sentimiento elevado es creer sólo difícilmente lo malo». Criticaba «esas preguntas capciosas y esos necios debates», la curiosidad, la elocuencia desenfrenada y hasta el abuso de las Santas Escrituras. «Ni siquiera los hombres más prominentes se libran de ello.» Y citaba por su parte la Biblia: «En las muchas palabras no faltará pecado» (Pr, 10, 19).73
En suma, el papa exigía a los africanos una total rehabilitación de ambos. Pero los acusadores, dolorosamente perplejos, enojados, se revolvieron y comenzaron a intrigar y sobornar. A ciertos señores el dinero les llega como caído del cielo, a costa de los pobres. En el curso de la disputa divina, 80 sementales numidios cambiaron de establo, llevados personalmente a la corte de Rávena por san Alipio (festividad: 15 de agosto), obispo de Tagaste y amigo y discípulo de san Agustín; con él ya habían colaborado los africanos en la lucha contra los donatistas. Y el mayordomo mayor Comes Valerius, un enemigo jurado de los «herejes», lector de Agustín, pariente de un gran terrateniente de Hipona y más católico que el papa, se mostró complaciente con el dadivoso obispo. Igual que había sucedido poco antes con la represión de los donatistas, se les negó ahora a los pelagianos la discusión libre y se expulsó a sus obispos.74
El papa Zósimo quedó fuera de juego en una hábil estratagema del emperador Honorio, y en un escrito dirigido el 30 de abril de 418 a Pala-dio, prefecto pretoriano de Italia, dispuso la expulsión de Pelagio y Ce-lestio de Roma -el decreto más duro de finales del Imperio romano- y censuró su «herejía» como crimen público y sacrilegio, poniendo especial acento en la expulsión de Roma (!), donde se produjeron disturbios y violentas disputas entre el clero, se persiguió a todos los pelagianos, se confiscaron sus bienes y se les desterró. Ravenna locuta. Y el papa Zósimo, agobiado, cambió de opinión, obedeció al emperador y anatematizó -una capitulación en toda regla- a comienzos del verano, mediante una encíclica universal dirigida a todos los obispos, aunque sólo transmitida en fragmentos, la llamada
Epistula Tractoria, al británico al que hasta ese momento respetaba y
protegía, así como a sus seguidores. Poco antes de su muerte excomulgó también a Juliano de Aeclanum y otros dieciocho obispos, que se habían negado a firmar su Tractoria. Así, «las manos de todos los obispos se armaron con la espada de Pedro para decapitar a
los impíos», como exclamaba con júbilo, en Marsella, el monje Próspero Tiro, un furibundo e incansable simpatizante del agustiniano portador de la gracia, que en ocasiones desfiguraba, «hasta hacerlo irreconocible, un ideario originalmente pelágico» (Wermelinger). Y con su señor, también el presbítero Sixto, que más tarde sería papa y era igualmente protector del «hereje», cambió presuroso de frente y colaboró -a espaldas de Zósimo (siempre sospechoso)- con Agustín, que realizaba una búsqueda inquisitorial de los pelagianos. En el otoño de 418, Constancio promulgó un edicto antipelagiano aún más duro. Un nuevo escrito de respuesta del emperador, del 9 de junio de 419, amenaza a todos los obispos recalcitrantes con la pérdida de sus cargos. En 425, otro decreto del emperador Valentiniano III ordena la expulsión de los pelagianos de la Galia. Poco después, el papa Celestino I libera «a las islas británicas de la enfermedad del pelagianismo» (Próspero). El propio Pelagio, repetidas veces anatematizado, y perseguido por vía de requisitoria por el Estado, desaparece sin dejar rastro, mientras que Celestio emerge ora aquí, ora allá, y continúa actuando. Quizás se ocultó en un monasterio egipcio, quizás en su patria británica, ¡aunque él representaba la tradición y el «doctor gra-tiae» la nueva fe!, pues a favor de Pelagio hablan prácticamente todas las publicaciones de la Iglesia desde los comienzos hasta su tiempo, mientras que a favor de Agustín tan sólo los textos de Tertuliano (que se volvió asimismo «hereje») y algunos de Cipriano y Ambrosio.75
No es improbable que la rápida acción del Estado guarde relación con un cierto componente sociopolítico de la controversia teológica, aunque Pelagio estuviera respaldado por parte de la alta aristocracia y fuera amigo de una de las familias más ricas del Imperio, lo que a ciertos círculos católicos les parecía aún más peligroso. En cualquier caso, el riguroso ideal de pobreza pelagiano, la llamada a renunciar a las riquezas, intranquilizó a los millonarios en Sicilia. Pues precisamente allí, en Sicilia, expuso un compatriota británico de Pelagio su tesis central como socialista. Censuraba con acritud el comportamiento de los ricos, la salvaguarda de su poder mediante la brutalidad y la tortura, siendo la repugnancia natural ante la explotación el resultado de la teoría según la cual sólo es moral la actuación producida por una decisión de libre albedrío.76
El lema de la disputa pelagiana desempeñó un cierto papel en la vida estatal durante más de cien años. El Codex Theodosianus combate bajo el concepto de grafía el abuso de las leyes por parte del aparato funciona-rial y judicial, los favores y los sobornos. Y muchos tratados de los pelagianos, en especial el Corpus Pelagianum de Gaspari, atacan la misma corrupción y caciquismo, al tiempo que defienden la justicia social y una mejor distribución de los bienes de este mundo, con lo que la importancia que dan