Buena parte de las disputas filosóficas de la época se cen traron en dos temas que se implicaban mutuamente: los límites del conocimiento y lo irrenunciable de la búsqueda de la verdad. Santo Tomás entró de lleno en la discusión con dos opúsculos polémicos dirigidos, respectivamente, a antiaverroístas y averroístas: Sobre la eternidad del mundo y Sobre la unidad del entendimiento contra los averroístas.
Sobre la eternidad del mundo fue una obra polémica contra san Buenaventura y John Peckham que escandalizó
por igual a estos y a sus adversarios averroístas o, con más exactitud, fue una obra escrita expresamente contra los antiaverroístas en la que santo Tomás se oponía, también, a los averroístas. Frente a la tesis de la eternidad de la materia, santo Tomás afirmó que el mundo tuvo un principio, es de cir, que fue creado en el tiempo. Casi todos los profesores de la Facultad de Teología, san Buenaventura y Pekcham entre ellos, rechazaban como absurda la idea de que la materia fuera eterna y pensaban que el dogma de la creación en el tiempo era un asunto fácil de probar filosóficamente. San to Tomás, que estudió detenidamente los argumentos que contra él esgrimía Averroes, constató que algunos de ellos eran muy potentes. Tanto, que llegó a la conclusión de que san Buenaventura se equivocaba: la creación era una verdad conocida por la fe, pero que no podía demostrarse racional mente. Tal cosa les parecía, a los teólogos, una concesión gratuita a los averroístas.
El libro es una muestra de la actitud de independencia intelectual de santo Tomás en su búsqueda de la verdad. Pensaba en diálogo con todos, pero no se casaba con na die. El modo en que tomó posición en este difícil asunto es significativo, ya que se enfrentó a san Buenaventura y a la práctica totalidad de catedráticos de la Facultad de Teolo gía, que consideraban demostrable que el mundo tuviera un principio temporal. Contra ellos, asumió una tesis averroísta altamente provocadora: no existe argumento racional algu no que permita demostrar que el mundo haya sido creado. No hay, por tanto, certeza filosófica. Pero se enfrentaba también a los averroístas, que argumentaban así: puesto que no es posible demostrar que el mundo tenga un principio se puede concluir, por reducción al absurdo, que es eterno. Contra ellos, santo Tomás se alineaba con el pensador judío Maimónides (1138-1204): de la ausencia de argumentos de-
En sus comentarios a Aristóteles, Averroes sostenía que la materia es eterna, lo que chocaba con el relato de la creación contenido en la Biblia. Santo Tomás, aunque generalmente tan crítico con el averroismo, en esta ocasión reconoció que la doctrina cristiana de la creación solo puede ser conocida por la fe, no por la razón. En la Imagen, mosaico del siglo xn de la capilla palatina de Palermo que representa la creación de los astros por Dios.
mostrativos en un sentido o en otro no puede deducirse ni que el mundo tiene un principio temporal, ni que no lo tie ne; es una cuestión que sobrepasa el ámbito de la reflexión filosófica, está más allá del límite: el hecho de que el mundo haya sido creado en el tiempo es una certeza que el hombre posee por fe, no por de mostración racional.
San Buenaventura pensaba que negar la demostrabilidad de esta te sis era imperdonable en un profesor de la Facultad de Teolo gía, pues estaba debilitando el dogma mismo de la creación. En su opinión, la obligación del filósofo cristiano era poner la argumentación filosófica al servicio de la fe y no, justamente, en contra de ella, como hacía santo Tomás. El contraargumen to de santo Tomás a esta acusación, que calificó como propia «de murmuradores», muestra muy a las claras su talante: la filosofía puede acompañarte hasta el límite mismo, pero no te faculta para atravesarlo. Si algún teólogo, indudablemente bienintencionado, pretende apoyar los dogmas sagrados con argumentaciones filosóficas incorrectas o no estrictamente demostrativas, probablemente conseguirá el efecto contrario al que buscaba: más que defender el misterio revelado, dará ocasión a la burla de los infieles que, suficientemente atentos para detectar la debilidad de sus argumentos, los utilizarán para el desprestigio del cristianismo.
Prácticamente en solitario, santo Tomás disputó con to dos, mostrando una libertad de pensamiento poco habitual en la historia de la cultura: él era capaz de aceptar una tesis del aristotelismo islámico aunque esto le llevara a enfrentar se a la totalidad de la intelectualidad cristiana oficial del mo mento. Pero el hecho de apoyarse en Aristóteles no quiere
Es propio de la razón no aprender de forma inmediata la verdad: por eso lo propio del hombre es progresar despacio en su conocim iento.
Sobrela Éticaa Nicómaco
decir, ni mucho menos, que aceptara acríticamente la auto ridad del pensador griego de quien, en este asunto, también se apartó.