2.4 Transmission Control Protocol
2.5.4 Window algorithm variants
Acabo de hallar en la calle un billete fuerte de banco. Antes de cogerlo miré rápidamente por los rabillos de los ojos para cerciorarme de que nadie me atisbaba, luego lo alcé, estrujándolo, a fin de ocultarlo en mi mano. Y proseguí mi camino, pero muy abochornado.
Después de trastornar la primera esquina entré en una puerta de calle. Sólo ahí vi que efectivamente era un billete de banco. Mi corazón palpitaba con violencia.
En el primer Banco que encontré hice el cambio por moneda níquel, una parte, y la otra en billetes menores.
Es curiosa y ridicula la impresión que he sentido del dinero. Desde luego la sensación física del peso metálico en los bolsillos del armador, en la parte de las ingles, es perfectamente sensiVe. Además, me siento como si hubiese comido mucho. ¡Qué sarcasmo! Y me parece que todo el mundo sabe que tengo dinero, el cual lo hallé en la vía pú- blica, o creo que, si no saben, lleguen a saber en virtud de la transmisión del pensamiento, en fuerza de la idea que quiero ocultar. Experimento también un fuerte impulso de ir a depositar mi hallazgo en la comisaría, hasta que el dueño lo reclame. Pero pienso que absolutamente no tengo obligación de proceder así ya que ese dinero lo debo a algo más que a mi simple trabajo: al acaso del destino. Acerca de la moralidad de esta cuestión ya pueden disertar largo y tendido cualesquiera acaudalados sin llegar a comprender que por falta de un céntimo pasa el pobre las horcas caudinas mil veces al día. Y...
Pero ya comienzo a renegar. Y yo que estaba tan con- tento ...
¡Uf! Hay que dejar que pase este fastidio. Sí, así, de modo que uno medite sólo en cosas agradables; por ejemplo: en el hallazgo. ¡Claro! Eso entusiasma.
ARTURO BORDA
Es seguro que cuando repentinamente se tiene di- nero...
¿Cómo fue?...
¡Ah! Ya recuerdo. Me pareció que había engordado súbitamente, sin embargo de que momentos antes el hambre me apretaba lastimándome el estómago, como si se congelara; mas, de pronto la columna vertebral se me con- trajo haciéndome elevar el pecho. Cuando cambié el billete en el Banco, recibí el dinero sin contar y lo eché rápidamente a los bolsillos. Ahora mi respiración es profunda. He levantado mis ojos de frente a los hombres, mientras que mis pasos son largos y seguros. Y todo esto me sucede involuntariamente. Hasta mis carnes me parecen más duras. Tengo una vaga idea de sentirme inmune contra la adversidad.
He llegado a casa.
Vacío en la cama las monedas y juego con ellas, pretendiendo aventarlas con mi soplo. Me encanta el brillo del nikel reluciente. Casi me siento criatura. Soy feliz y no sé en qué invertir el dinero; pero debo gastarlo. ¿En qué? Ya veremos.
¡Oh, el nikel! Cómo reluce con apagado brillo de cristal y qué canto el de su son argentino.
Yo soy niño.
*
Todo el día he pensado en éste pensamiento de Jesús:
...sed prudentes como serpientes y sencillos como palomas.
La Biblia es uno de los libros más admirables: por donde se abra siempre se halla algo profundo.
Pero la verdad es que no hay libro sagrado que no sea grande.
El LOCO
Yo quisiera escribir la Biblia que ha de necesitar la humanidad.
*
Tengo dinero y toda mi preocupación es gastarlo, a pesar de que entonces justamente se me despierta el deseo de los minones y mi cerebro se pobla consiguientemente con fantasías encantadoras: a las mujeres bellas que veo imagino instantáneamente haberlas hecho soberanas de mi imperio de incomparables sibaritismos. Y es lo curioso que mientras se suceden tales fantasías voy sacando mi fortuna moneda a moneda, sin reflexionar en el gasto. Así, satisfecho en tan bello mareo malgasto por último lo que ahorro privándome de lo muy necesario. Después, cuando ya es imposible hacer las cuentas, entonces es el querer recordar el cómo fue. En tales instantes tengo la impresión de que todo ha sido un maravilloso ensueño. Pero lo que me da la medida de mi situación es ese como agigantarse de los menesteres más humildes que me faltan. Y sabiendo que todo remordimiento es perfectamente inútil, me satisfago fantaseando en los éxitos que pude haber alcanzado invirtiendo bien mi oro. En eso se me ocurre querer recordar céntimo por céntimo todos mis gastos, lo cual ya es imposible.
La última vez que tuve dinero fue hace pocos días, del hallazgo, y lo invertí, como siempre, irrazonablemente. Compré un canario, nada más que por verlo volar libremente en el azul. Pero he ahí que el animalucho, tan pronto como lo largo, revolotea apenas y cae como si estuviese herido por su propia libertad. De tal modo que quedó lindamente burlada mi esperanza, lo cual me indignó. Pero a pedradas conseguí que por miedo a la muerte recobre su vuelo. Y se fue alegre, trinando ufanamente. Se iba, se iba hasta que desapareció eñ la celeste inmensidad.
Otro efecto curioso que he notado, cuando poseo di- nero, es que para hacer el pago de lo que compro lo hago instintivamente cohibido, sin embargo de que siento el gran placer de pagar. Esto me sucede al principio; después, en virtud del hábito, pierdo la emoción. Cosa, por cierto,
ARTURO BORDA
muy sensible para mí, porque al fin y al cabo la emoción es un deleite.
Al manejar los billetes me parece que es muy señorial el estrujarlos a puñadas, de la manera como manejan en los burdeles los tahúres, para pagar como quien hace una villana merced. Es muy posible que ello sea el impulso natural e inconsciente de la revancha; pero pronto me avergüenzo.
Y cuando sólo poseo cuatro reales paso días y aun meses enteros pensando en qué los invertiré útilmente. Cuando he hecho el gasto es evidente que ha sido previo el considerar más minucioso.
Otra cosa que he observado en tales casos es que con sólo el hecho de pagar por servicio o mercancía se puede sublevar la dignidad del vendedor, porque todo pago implica autoridad. La moral de tal fenómeno es: —Sirva bien y rápido, para eso se le paga.— Cuando compro servicio o mercancía me gusta decir mentalmente: —¡Eh! ¡Yo pago!— Y lo hago con tanta satisfacción... Qué diablos, no es poca cosa ordenar que se ejecute aquello que tiene que hacerse queriendo o sin querer: pero indudablemente que no se mueven ni mis ojos ni mis labios.
Seguramente que yo sería el mejor de los burgueses. * Apago la vela y un rayo de luna entra hasta mi lecho. El sueño me rinde.
Oigo la banda del circo que funciona en el barrio. Irrumpe una salva de aplausos.
Ha silenciado la música y suena una voz atiplada, en falsete. La muchedumbre ríe a carcajadas. La banda toca alegremente una marcha.
Poco a poco me voy adormeciendo.
EL LOCO
I
Veo una misérrima criatura que en el laberinto de la vida busca, lleno de fe, la fortuna, el amor y la gloria.
Ha corrido todos los albures; y la fortuna, el amor y la gloria le han mentido.
Después, así, sin fe ni esperanza, cayó en la hornaza de los vicios, purgando su ilusión primera.
*
Pasaron los tiempos y un día resurgía con el corazón macerado en el infinito amor y en la misericordia a seres y cosas, no obstante de que su tristeza era caótica.
Y dedicóse a divertir a los hombres, retorciendo su más loca carcajada.
Fue payaso, el más raro que se viera, porque su risa tenía... un fin: despertar la nostalgia por las venturas idas. Por eso lloraba y reía a la vez. Era un payaso sentimental y cruel a la par que provocaba la risa para cortarla repentinamente con su burla cáustica.
Y así, en medio mismo de su soberbia humillada sa be que por misericordia la farándula no le echa de la car pa ni le quita el pan, porque a pesar de todo dice cosas tan tristes y además hace reir...
*
Grandes y resinosos hachones iluminan el toldo. En la multitud hay el ansia silenciosa de las espectaciones. La banda ejecuta su clásica marcha de circo.
Sin volteretas, y sí, más bien, paso a paso sale el pa- yaso enharinado, ridículo y humilde, cantando con voz mo- nótona y risible:
ARTURO BORDA
Los rigores en sus albores alumbraron
de mi cuna la adversidad. Eco en infausto día me dio su poder: en mí se reconcentran Arlequín y Amaranta; liviana y arrepentida,
la de Magdala halla su eco en mí; Iscariote, discípulo y traidor, lo mismo que Mesalina, la impúdica;
María, la célica,
tanto como Longino y Judas. Mi carcajada es la vorágine
en la que se funde todo goce o dolor. A reir tocan. ¿Oís? Mi
car jada es...
Y hubiera seguido cantando su letanía, a modo de los poetas modernos, si alguien desde la galería no le grita:
—Silencio, payaso. Harto viejo es el mundo para dar oído a lamentos y penas. Ríe, payaso: ese es tu destino; para eso pagamos.
Y, con el gesto y postura de un imbécil, desató su llanto al punto que en el paroxismo de su dolor estalló en una carcajada neurótica. Y reía y reía hasta que de pronto se desplomó hipando su atracada congoja, mientras que su cara pintarrajeada hacía gestos horripilantes y ridículos, por lo cual la concurrencia aplaudió de modo frenético, vociferando de entusiasmo, pidiendo el bis, en la creencia de que aquella agonía era el chiste.
En la helada llanura corre despavorido el payaso. Las multitdes le persiguen rechiflándole. El tumulto acrece semejando el bramar de los mares y el mugir de los aqui- lones.
El LOCO
Pero de pronto se detiene el incomprendido, y, lan- zando una estridente carcajada, cual jamás diera, rompe los tímpanos de sus perseguidores.
La multitud retrocede cobardemente.
Entonces, accionando iracundo, habló en esta forma: —¡Oh, gentes! Gentes... la risa más dolorosa, eco de vuestra existencia, ya no habrá de acelerar el ritmo de vuestros corazones.
Dijo, dio una voltereta y desapareció, mientras que la multitud clamaba. Y yo desperté.
II
Oigo que en el circo del barrio no ha concluido todavía la función. La concurrencia está aplaudiendo y la banda toda una galopa.
La luna difunde en mi estancia su apacible claror. Por afinidad pienso es mi Luz De Luna.
SPORT
Los humildes me dan asco así como los déspotas, y los altivos provocan mi desprecio; la indiferencia de éstos me hiere tanto como el servilismo de los otros.
A las gentes sólo podría tolerarlas a condición de que supiesen ser en el instante preciso lo que mi estado del momento solicita, según los cambios voterios de mi alma. Como eso es difícil, si no imposible, pues, ahí queden ellos. Por lo demás, como tampoco puedo poner mi espíritu al diapasón del de ellos, resulta que sustrayéndome les evito mis impertinencias tanto como a mí el disgusto de rolarme con quien detesto.
Cómo quisiera escribir única y absolutamente para la juventud de mi patria, para formar de ellos hombres de acero y roca. Y a fin de que me lean los muchachos —el futuro— domeñaría mi soberbia aun a pesar mío, rogán-
ARTURO BORDA
doles den su atención para las consejas o parábolas que les iría contando de altivez y rebelión. Por tal manera un día mi lar sería...
¿Y qué me importa mi lar?
Sin embargo yo forjaré un libro que sea curtiembre de espíritus. Apropósito. El músculo endurecido en el sport es duro sólo para el sport, porque está entrenado eventual- mente, con la intermitencia de nada más que la distracción; y la dureza y fuerza jamás va de afuera a dentro, sino que sale de la idea, del pensamiento, del deseo; en cambio que el músculo endurecido en el trabajo es duro y resistente para el sport y el trabajo, porque el hábito, el entrenamiento permanente, sale de más adentro que de la piel, de más hondo que de los músculos, de más profundo que de los huesos y de los tuétanos, viene del constante esfuerzo de la resistencia diaria; de manera que el hombre de bronce, el hombre de hierro, el hombre de roca, no está en el hueso ni está en el músculo, está en la voluntad, está en el sufrimiento, en la capacidad espiritual a la resistencia del dolor, moral, al decaimiento anímico, la formidable resistencia al desaliento. En todo sport la resistencia a la fatiga, a la derrota, es de violento esfuerzo instantáneo con largos intervalos de tregua hasta la fatiga; y en el trabajo la resistencia del esfuerzo al desaliento y la derrota es permanente, segundo a segundo, en el sueño y en la vigilia. De manera, pues, que la voluntad del trabajador, y cuanto más sufrido, es mil veces más fuerte que la de todos los sportmen o deportistas, o aun más claramente, jugadores, y tiene todavía un millón de veces más de fuerza que el repentino esfuerzo de los ambiciosos mis-
Ahora y apropósito quiero indignarme y despotricar contra algo iniquitoso del siglo, contra el avance brutal que está adquiriendo el culto del músculo. Conozco directamente o por referencia de la prensa extranjera, hombres verdaderos biül dogs o mastodontes que sólo en virtud de su natural brutalidad adquieren gloria, honor, fortuna y bienestar en todos los pueblos, desde la ínclita Grecia y la culta Francia hasta en la Patagonia, no faltando pueblo en el que se erija monumentos en cuerpo presen-
EL LOCO
te a esos pobres de espíritu reducidos a simples masas musculosas; y no obstante, por oposición... No digo nada.
*
Imprescindiblemente debo referir hoy las pesadillas que tuve anoche a causa del albañil que cayó ayer delante de mí, rajándose el cráneo en el filo de la acera, por lo que ciertamente que ni me moví, porque al instante comprendí que ya no había que hacer nada. Los sesos que se le habían saltado le palpitaban todavía a cada respiración. Se aglomeró la gente y en una frazada lo llevaron al hospi-tl. Con tal motivo toda la tarde se quedó grabado en mi recuerdo un bulto que con rumor de soplo cae sordamente a mis pies, quedándose inmediatamente inmóvil.
Es el caso que durante la noche mis pies se agitaban automáticamente; el corazón me palpitaba con violencia, tanto que le oía palpitar cual si estuviese debajo de mi al- mohada. Así, sin poder hallar sosiego, me revolcaba en ca- ma, cada vez más inquieto, hasta que de pronto, cuando pude conciliar el sueño...
Inmediatamente se me presentó el albañil. Venía agonizando, en una camilla que andaba por sí misma. Lle~ vaba deshecho el cráneo, y, los sesos que le temblaban como gelatina, iban incrustados de esquirlas. La camilla andaba con lentitud trágica y ridicula, moviendo de modo cómodo sus patitas de madera. Cuando estaba cerca de mí, el albañil se incorporaba desde medio cuerpo, por lo que su cráneo, ensangrentado y hecho añicos, se le caía a un lado a modo de como caen los turbantes suavos, con la diferencia de que en aquella blandicie llevaba mechones de cabellos en pedazos de hueso. Uno de los ojos estaba reventado y el otro le colgaba. Traía aplastada la nariz, los labios hinchados y desgarrada una de las mejillas. Su cara era una combinación de ocres, lilas, mordorés, grancées y bermellones. Así me miraba un momento; después, pretendiendo sonreír, hacía un gesto macabro y una extraña reverencia, por lo que los sesos colgaban sobre la cara. Entonces quería hablar, pero su voz era un ronquido tan tremendo, que yo despertaba horrorizado.
ARTURO BORDA
Eso me sucedió tres o cuatro veces.
Como se comprenderá, la cama llegó a serme un su- plicio. Sofocado y con el corazón que pretendía romperme el pecho a fuerza de latigazos, intenté vestirme mil veces para salir a vagar los suburbios o a campo traviesa, o ir a matar mi desesperación en cualquier prostíbulo; pero a duras penas tenía ánimos para revolearme en el lecho.
Mientras tanto amanecía. Oí el argentino cantar de los gallos y el raspado de las escobas en el corredor. El ruido de las pajas en los ladrillos me rizaba los nervios; sin embargo, cansado al fin, me dormí.
Yo estaba corriendo desesperado a esconderme en los rincones, porque la escoba, una escoba enorme que se movía por sí misma, me perseguía furiosamente, raspando el suelo a grandes impulsos, y cuando lograba pescarme, de cada sacudón que daba me hacía saltar de cualquier agujero. Inmediatamente y con la velocidad de un ratón acosado, iba a ocultarme en los sitios más apartados; no obstante la escoba ya estaba detrás de mí, empeñada en echarme al basural. Cuando me supuse más seguro, oculto en un buen escondrijo, la escoba me raspó los ojos, por lo que desperté gritando ahogadamente.
*
La cabeza me ardía y me daba vueltas, enorme y pesada.
La aurora había concluido. La mañana era fresca. De tiempo en tiempo sentía desvanecimientos que pasaban rápidamente. Las pulsaciones en mi cerebro se ha- cían dolorosas. Quise arrancarme el corazón y la cabeza que me dolían sin dejarme punto de sosiego. Entonces, pensando que me sentarían muy bien los viajes, pasó por mi mente la idea de que los vientos marinos me restablecerían de mi larga convalecencia. A eso se asoció la idea de las diversiones y los placeres: imaginé mujeres más hermosas que las sircasianas; pero tuve repentinos miedos ante el alarido insaciable de las epilepsias.
EL LOCO
Y así, pensando en cien mil tonterías, esta vez que dé profundamente dormido.
Incorporándome lo más rápidamente que pude me pu- se el sombrero, tomé el bastón, y salí. Cerré con llave la puerta. El corredor, vetusto, desenladrillado, con sus ba- randas de madera carcomida, tallada y mugrienta, temblaba todo él.
Desciendo la escalera. Al pisar el último escalón... Me hallé en alta mar, navegando en un velero bajel. Las aguas estaban inmóviles, reflejando el azul sin nubes, a semejanza de un espejo. No había viento y, no obstante, el barco iba con las velas hinchadas, cortando a toda rapidez las aguas, sin dejar estela.
No se oía más ruido que mi acezar. La impresión de silencio era tan enorme y solemne que hasta el palpitar de mi sangre me causaba miedo.
La infinita monotonía del azul reflejado en las aguas inmóviles, fundiéndose con el cielo en los horizontes, me obligó a cerrar un instante los párpados.
Al abrir los ojos me hallé en un arenal ilimitado, sobre un león negro, que iba devorando leguas y más leguas, hasta que, rendido, cayó y...
Y resulté en un aeroplano. Tal era la velocidad con que la nave hendía los azures, que supuse estar inmóvil, no obstante que a mis pies pasaban ciudades, montes, ríos, llanos y mares, cual si fuese en una cinta cinematográfica.
De pronto la barquilla se deshace como el humo. El terror me paraliza al sentirme caer en los hielos árticos, por donde a la sazón pasaba, y...
*
Y despierto violentamente sacudido por una contrac ción nerviosa, igual a como cuando se siente una descarga eléctrica; pasada la cual caí otra vez en el sueño, en el