Lo mismo que Atanasio, Ambrosio (en su cargo de 374-397) -según el testimonio de Agustín, «el mejor y más mundialmente conocido obispo de Milán»- era no tanto teólogo como político de la Iglesia: igualmente inflexible e intolerante, aunque no tan directo; más versado y dúctil; conocedor del poder desde su nacimiento. Y sus métodos, más que los de Atanasio, siguen siendo hasta la fecha ejemplo para la política eclesiástica.5
Los agentes del santo se encuentran situados entre los más altos fun- cionarios del Imperio. Actúa hábilmente desde un segundo plano y prefiere dejar que quien haga las cosas sea la «comunidad», a la que fanatiza con tanto virtuosismo que incluso fracasan las proclamas militares dirigidas contra ella. Con mayor destreza que Atanasio protege a Dios, a los religiosos, a la «fe de Cristo», aunque su interés por la influencia, por el poder, no sea ni un ápice menor. No obstante, opera bajo otras condiciones, con los emperadores católicos de buena fe, declarados seguidores del dogma de Nicea. Y cuanto más les instiga tanto menos concesiones hace;
declara con especial énfasis no ocuparse de asuntos de Estado y se con- sidera a sí mismo, de manera típica para el pastor politicus que ha perdurado hasta la actualidad, teólogo, cuidador de almas. Con extraordinaria tenacidad se presenta humildemente, despierta compasión, emoción, manifiesta poses de mártir y afirma con voz apostólica: «Cuando soy débil, soy fuerte»;
(Habemus tyrannidem nostram'. La tiranía de los clérigos es su debilidad).
En las crisis graves distribuye magnánimamente el oro entre el pueblo y saca de las profundidades de la tierra, por arte de magia, milagrosos huesos de santos. Cuatro soberanos de Occidente caen en su tiempo; él sobrevive. «Estamos muertos para el mundo, ¿qué nos preocupa?» (Ambrosio).6
Hijo del prefecto de las Galias, nació hacia 333 o 339 en Tréveris y, huérfano a temprana edad, creció, con dos hermanos, bajo la tutela de aristócratas romanos. Habiendo estudiado retórica y derecho fue nombra-
do, alrededor de 370, administrador (consularis Liguriae et Aemiliae), con residencia en Milán. El arriano Maxencio había sustituido allí en 355 al obispo local Dionisio y había contagiado a los milaneses la «enfermedad espiritual» (Teodoreto). Tras la muerte de Maxencio en 374, en la turbulenta elección de nuevo obispo se oyó de pronto por tres veces una voz infantil que gritaba: «¡Ambrosio obispo!». A lo que al parecer todos respondieron unánimemente: «¡Ambrosio obispo!». Pero, modesto como era, el que todavía no había sido bautizado rechazó por supuesto el alto cargo, mucho más importante que el que ocupaba en ese momento. Tal como resultaba de buen tono, opuso una resistencia más obstinada a convertirse en el obispo de la segunda ciudad más importante de Occidente (después de Roma). Incluso se llevó a casa prostitutas para echar por tierra su prestigio. Se dice también que, por la noche, huyó en dirección a Pavía. Sin embargo se perdió, un error que realmente tuvo muchas consecuencias posteriores, y al romper el alba se encontraba de nuevo allí donde, probablemente el 7 de diciembre de 374, sería consagrado obispo, apenas ocho días después de su bautismo y sin tener siquiera los conocimientos de cristianismo de un laico educado.7
A pesar de eso, en la casa paterna de Ambrosio era frecuente la visita de obispos, y entre sus ancestros contaba con una mártir, o tal vez varios. Su única hermana, Marcelina, había elogiado la virginidad eterna, que sirvió de tema del sermón en la Navidad de 353 para el papa Liberio, el firmante del credo arriano. Ambrosio hizo además de su hermano Sátiro, casi igual a él, su más íntimo colaborador, nombrándole administrador de los bienes eclesiásticos. Él mismo se convirtió en el principal aniquilador del arrianismo occidental, y también en el primero que luchó en Occidente por la idea del Estado católico; un obispo que no sólo gobernó la Iglesia sino también, como principal asesor espiritual de tres emperadores, el Estado, por lo tanto un político determinante que fue, en palabras de Erich Gaspar, «la figura principal de esta época».8
Milán (Mediolanum), fundada por los galos y notable nudo de comu- nicaciones, especialmente con vías importantes que conducen a los pasos alpinos, fue en el siglo iv la capital de Italia y de manera creciente la resi- dencia imperial. Valentiniano II procuraba quedarse allí el máximo tiempo posible, Graciano todavía más, y Teodosio I permaneció en ella de 388 a 391, así como después de su victoria sobre Eugenio (394). A veces el obispo Ambrosio veía a los soberanos a diario. Y puesto que al ser proclamado augusto (375), Valentiniano II apenas contaba cinco años de edad, su tutor y hermanastro Graciano acababa de cumplir los dieciséis y el español Teodosio era al menos un católico muy decidido, el ilustre discípulo de Jesús pudo manejar perfectamente a sus majestades.
No solamente aprobó su política religiosa antiarriana y antipagana, sino que también instó a actuar contra los judíos, incluso con la amenaza de la excomunión. Se llegó así a que la cancillería imperial formulara el texto de una ley antiherejes (el 3 de agosto de 379) que seguía, en su sentido y en parte también literalmente, un documento sinodal romano (el del año 378), «sin duda una influencia de la actuación personal de san Euse-bio sobre el emperador» (Rauschen). Sin embargo, la intensificación estatal de la «lucha contra los herejes» tiene su origen sin ninguna duda en el obispo, que no retrocedió ante discriminaciones ni falsedades, ni tampoco dudó en excitar los ánimos del pueblo, de la tropa o de los oficiales imperiales, pues la culpa de los otros estaba en su religión. E incluso aquellos actos en los que los católicos cometían injusticias evidentes (persiguiendo, quemando y destruyendo por motivos de fe), para Ambrosio «estaban justificados».9
«El amigo paternal y consejero del emperador», «el apoyo más firme del trono» (Niederhuber), inculcó este concepto de la justicia en los altos señores.10
Valentiniano I murió pocos años después de la toma de posesión del cargo por parte de Ambrosio. Su hijo Graciano (375-383), de dieciséis años recién cumplidos, le sucedió en el trono.
El emperador, rubio, hermoso y deportista, no sentía el menor interés hacia la política, «nunca había aprendido lo que significa gobernar y ser gobernado» (Eunapio). Era un apasionado corredor, lanzador de jabalina, luchador, jinete, aunque lo que más le gustaba era matar animales. Des- cuidando los asuntos de Estado, día a día había matado a un sinnúmero de ellos, con una habilidad casi «sobrenatural», incluso leones, con una única flecha. De todas maneras también rezaba todos los días y era «piadoso y limpio de corazón», como afirmaba Ambrosio, de modo que muy pronto lanzaría mordaces indirectas: «Sus virtudes habrían sido completas si también hubiera aprendido el arte de la política» (Epit. de Ces.).11
Sin embargo, este arte lo practicó Ambrosio por él. No sólo guió per- sonalmente al joven soberano -de manera efectiva desde 378-, sino que influyó también en sus medidas de gobierno. Por aquel entonces el soberano había promulgado, mediante un edicto, precisamente la tolerancia hacia todas las confesiones, salvo unas pocas sectas extremistas. Sin embargo, Ambrosio, que cuatro años antes estaba todavía sin bautizar, se apresuró a redactar una declaración: Sobre la fe, cinco libros al emperador Graciano, que éste rápidamente entendió. «Apresúrate, piadoso obispo, en acudir a mí», llamó desde la corte en Tréveris, deseando vivamente «en lo más profundo de mi corazón las manifestaciones divinas». Tras las enseñanzas sobre la divinidad de Cristo deseaba también mayor información acerca de la tercera persona divina. Tres libros sobre el Espíritu Santo al emperador Graciano siguieron en 381. Pero lo que Ambrosio
pretendía con más apremio en la carta soberana era escuchar las palabras del emperador, puesto que no había sido el obispo quien había instruido al emperador, sino éste a aquél. ¡Nunca había leído nada tan perfecto! Y apenas llegado el propio Graciano a finales de julio de 379 a Milán -aquel mismo mes, el 5 de julio, había amparado legalmente el comercio de los clérigos con iniciativa mediante el decreto del vectigal (llamado también lustralis aun
collatio)-, neutral como era desde el punto de vista de la política religiosa, lo
mismo que Valentiniano I, anuló el 3 de agosto, tras una entrevista con Ambrosio, el edicto de tolerancia promulgado el año antes. Decidió entonces que sólo perduraría como «católico» lo que su padre y él en numerosos decretos habían ordenado como eterno, pero que «todas las herejías» deberían «enmudecer para la eternidad». Prohibió los servicios religiosos de las otras confesiones. Año tras año, salvo en 380, dispuso decretos antiheréticos, ordenó la confiscación de los lugares de reunión, casas e iglesias, dictó destierros y, como un medio bastante nuevo de opresión religiosa, derogó el derecho de testar. Fue también el primero de los emperadores cristianos que se deshizo del título de Pontifex Maximus (que llevaban los monarcas romanos desde Augusto), o mejor dicho, se negó a aceptarlo, si bien el año es todavía objeto de discusiones. El militar Sapor recibió la orden de «expulsar de los recintos religiosos a los predicadores de la blasfemia arriana como si fueran animales salvajes y devolver aquéllos a los verdaderos pastores y rebaños de Dios» (Teodoreto). También desapareció pronto la tolerancia hacia el paganismo, que era habitual entre sus antecesores; de hecho, su padre permitió todavía que se repararan templos dañados, corriendo el gobierno con los gastos. En 381, Graciano se trasladó al norte de Italia. En 382 atacó el culto pagano de Roma, muy probablemente aconsejado por Ambrosio; aunque también puede haber desempeñado un papel importante el saneamiento de las arcas del Estado. Persiguió asimismo a los marcionistas y, al igual que su padre, a los maniqueos y los donatistas, cuyas comunidades en Roma habían sido disueltas sin más, a instancias del papa Siricio (383-399), con ayuda estatal.12
Valentiniano II (375-392), mucho más joven todavía, influyó de manera notable sobre el santo. De forma habitual se sirvió de él en contra del Senado de Roma, en su mayoría pagano, y contra todo el Consejo de la Corona. Y el último occidental en el trono de Oriente, el independiente Teodosio (379- 395), dictó en casi cada uno de los años de su gobierno leyes contra los paganos o «herejes»; sin embargo, según el padre Stratmann,;
fue más tolerante que el obispo de la corte, que le animaba a que tomara medidas más estrictas por todos lados en contra de los paganos, los «he- rejes», los judíos y los enemigos extemos del Imperio. La razón: «Ya no es nuestra antigua vida la que seguimos viviendo sino la vida de Cristo, ^
la vida de la máxima inocencia, la vida de sencillez divina, la vida de todas las virtudes» (Ambrosio).13
El modo en que Ambrosio vivía la vida de Cristo, la vida de máxima inocencia, de sencillez divina y de todas las virtudes, se manifiesta de múltiples modos. Por ejemplo en su comportamiento frente a los godos. Nos ocuparemos a menudo de ellos pues desempeñaron un papel muy importante en la historia de Europa, especialmente entre los siglos v y vffl. Las fuentes son mejores en este caso que en el de las otras tribus de los germanos orientales, y más rico el aporte de la historiografía, si bien, como es frecuente, no menos controvertido.14