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7.4 Further work
Hemos expuesto ya, en un capítulo anterior, la tremenda expansión de los pueblos célticos durante la cultura de los campos de urnas (Urnenfelder), que en la terminología y en la cronología de Reinecke equivale a los períodos A y B de la cultura de Hallstatt. Las tribus incineradoras dejaron su huella hasta el norte del río Elba, e incluso en tierras de Jutlandia; lo cual quiere decir que hicieron retroceder las fronteras de los belicosos germanos. Y entretanto, se derramaron como agua vertida por todo el occidente de Europa, alcanzando las Islas Británicas, penetrando en Italia e inundando Francia. Luego, por los pasos de los Pirineos, llegaron a Cataluña y a Navarra.
Según el prehistoriador Antonio Arribas1, las invasiones célticas en la Península Ibérica se ini- ciaron en el siglo IX a.C. bien sea en dos oleadas —como sostienen algunos autores—, o en un
continuado y paulatino fluir —como afirman otros—. En el siglo VII a.C., una oleada céltica trajo
la cerámica decorada con motivos de excisión, cuyos más importantes yacimientos son El Redal, y Roquizal del Rullo, en el valle del Ebro. Luego, hacia el año 600, llegan las tribus de los sefes, lugones y vetones. Y, finalmente, ya en el siglo VI, los belgas.
Otros arqueólogos, como Martín Almagro2 o Santa-Olalla3, sostienen la teoría de que sólo hubo una invasión céltica, que se produjo en el siglo VIII a.C. Señalan que en el año 1000 hubo una preinvasión iliria, después de la cual llegaron a la Península tribus precélticas, de la cultura de los túmulos, por el oeste, y gentes de los Urnenfelder por el este.
Para Bosch Gimpera, el último período de la cultura de Hallstatt —Hallstatt D—, coincide con la primera expansión germánica, debida probablemente al fuerte incremento de la población en las culturas nórdicas. Los germanos descendieron nuevamente hacia el Elba, rebasándolo, cruzando Oldenburg y Westfalia, y llegando, allá por el año 800, hasta el Rin. Todo ello dio lugar a la formación de la llamada «cultura germánica de Wessenstedt», que floreció en buena parte de Westfalia y Holanda, y que empujó hacia Inglaterra a varios grupos célticos. Grupos que luego se asentaron en Notingham y Yorkshire (cultura de Devenel).
Otra tribu céltica desplazada hacia el sur por los germanos fue la de los lemovii de Oldenburg, que penetraron en Francia, y que son los lemovices del Limousin; así como los cempsos, que pro- cedían de la cultura Vleder-Bonningardt, y que llegaron a la Península Ibérica. Las huellas de estas bandas célticas se han hallado en el castro de Cortes (Navarra) y en la necrópolis del Redal (Rioja), donde también estuvieron asentados los celtas berones.
Constituye un detalle curioso que, migrando junto con los cempsos, llegó a España un pequeño grupo de gentes germánicas, denominadas germani, y que formaban como una punta de lanza del movimiento teutónico hacia las tierras soleadas del sur. Norden4 sostiene la teoría de que los germani, al parecer muy andariegos, puesto que llegaron a Sierra Morena, dieron pie a la
1
Antonio Arribas: "La Edad del Bronce en la Península Ibérica", en Las raíces de España, de Gómez-Tabanera. Madrid, 1967.
2
Martín Almagro Basch: Prehistoria. Madrid, Espasa Calpe, 1960.
3
J. Martínez Santa-Olalla: Esquema paleontológico de la Península hispánica. Seminario de Historia Primitiva del Hombre, Madrid, 1946.
4
generalización del apelativo «germano» para todos los pueblos de aquella raza nórdica.
Otras tribus celtas, asentadas en el Bajo Rin y en las regiones meridionales de Holanda y Bélgica —principalmente los pelendones—, entraron también en la Península Ibérica portando la cerámica excisa (de excidere, sacar o vaciar cortando). Se trata de la cultura que se ha llamado «hallstáttica arcaica», que aparece en algunos castros de Soria, en las capas inferiores de Numancia, en Las Tajadas de Bezas (Teruel), etc. Esta expansión de la tribu de los pelendones cubrió gran parte del centro de la Península y penetró claramente en Aragón, donde se ha encontrado cerámica excisa en Roquizal del Rullo, provincia de Zaragoza.
Las referidas migraciones célticas, que comenzaron en tierras de Alemania, como ya se ha indicado, alrededor del 800 a.C. alcanzaron el corazón de nuestra Península allá por el año 700. A todo lo largo de la parte occidental de Francia, y en el litoral atlántico —Charente, Haute-Vienne, Dordogne, las Landas, Gironda, etc.—, se han encontrado testimonios arqueológicos del paso de los pelendones. Aquellas tribus andariegas y aventureras, como todas las de raza celta, gustaban de asentarse de cuando en cuando para reposar de sus fatigas. La visión del mar les encandilaba, calmaba sus ímpetus y les predisponía a la vida sedentaria.
Como ya hemos insinuado, con estos grupos célticos de la cultura hallstáttica primitiva, marcharon entremezclados pueblos germánicos: los eburones, que han dejado varios nombres toponímicos en España y en Portugal; los ambrones; los cimbrios, que procedían de Jutlandia y del norte de Hannover. En Extremadura, Jaén y en el Alentejo y el Algarve portugueses, los arqueólogos han descubierto piedras grabadas, en sepulturas de guerreros y caudillos, relacionadas con estos grupos germánicos. En ellas, groseramente dibujados, se distinguen carros
de guerra, escudos, lanzas, hachas y cascos.