Pura, inocente, impávida, como si nada hubiera pasado entre nosotros, como si nunca hubiéramos hecho tantas cosas que habrían obligado a los abuelos a dar de vueltas en sus tumbas de haberlo sabido, y que de verdad les hizo dar cincuenta y dos vueltas al año pero no en la tumba, sino en la pared, cuando Estefanía, un sábado, volteó sus fotografías para que de allí en adelante nunca más nos vieran hacer el amor los fines de semana: así era mi prima.
Y bella también, y angelical, y pálida.
Y por si fuera poco o nada. Por si fueran poco sus grandes ojos, inmensamente abiertos como si estuvieran asombrados siempre de su propia belleza.
Como si fueran nada sus mejillas eternamente ruborizadas por la vergüenza de traer, desde niña, una calavera adentro.
Nada sus dos manos, nacidas para acariciarme.
Y poco sus cinco sentidos, sus veinte años, sus treinta y tres vértebras, sus cien mil cabellos, su millón de células o su trillón de átomos.
O en una palabra, su cuerpo.
Ese cuerpo que tanto amé y conocí, que hoy podría esculpirlo, de memoria y con la lengua, en un bloque de sal.
Por si fuera nada todo esto, mi prima Estefanía, mi prima íntegra y tersa, mi prima pura y nítida, después de hacer el amor conmigo, la maldita, se quedaba junto a la ventana y bajo su retrato quieta, sentada, contradictoria como un huracán congelado o como si corriera por sus venas gelatina de piedra.
Y además límpida y casta, inmaculada como una promesa de papel arroz, irreprochable como un remolino de lechuzas blancas.
Y callada también, lejana y clara, como si la hubieran enterrado viva en un prisma de niebla. Así era mi prima, así junto a la ventana, siguiendo a veces con la mirada toda la tarde el curso del sol, como si tuviera los ojos rellenos con heliotropos, la puta.
Y sobre todo como si nada hubiera pasado, como si no hubiéramos hecho el amor, como si no nos conociéramos, como si yo fuera un pobre mortal descastado y paria, un esclavo, un guiñapo, una mitad de hombre y ella, mi prima, una diosa. Y más que nada, impecable, inimitable y sin tacha, como el Dios de San Anselmo, de Leibniz y de Spinoza, como el Dios de Escoto Erigena al que valía más amar que conocer, como una criatura que reunía, entre sus cualidades esenciales, la de una existencia necesaria y perfecta.
Tan es así, señores —le dije al general que tenía un ojo de vidrio, al billetero, a don Próspero y a todos los otros amigos cuando volví a la cantina para cumplir mi promesa— tan es así que de Estefanía yo podría hablar como Clemente de Alejandría, Dionisio el Pseudo-Areopagita y
Maimónides hablaron de Dios, y para abreviar la descripción de mi prima decirles por la Vía Negativa y camino a la oscuridad esencial, todo aquello que ella no fue nunca, a pesar de haber sido clásica, admirable y única.
Estefanía, señores, nunca tuvo los ojos negros, la piel naranja o el vientre dorado.
Estefanía nunca tuvo un metro setenta y cinco de estatura, cuarenta y tres escarabajos sagrados de ancho o veinte esmeraldas de profundidad.
Estefanía no fue un teléfono, un acróstico o un sordo de mazapán.
Estefanía nunca engordó de la cintura abajo como un reloj de arena por donde se escurre la mitad de los cereales, los apetitos y los días.
En otras palabras, y en medio de ese pueblo de bandidos y frutas de madera donde transcurrió su infancia como un río de serpentinas, Estefanía no fue nunca un sargazo austral, el sonido de la espuma o una sospecha destrenzada.
Estefanía, por supuesto, fue mi prima. Estefanía tuvo, al menos la mayor parte de su vida, siete mil días de edad que giraban alrededor de ella como los caballos albos y los cisnes descarados de un carrusel. Estefanía estudió en un colegio inglés de la ciudad de México y Estefanía, aunque tuvo un lugar privilegiado en el caparazón de las flores y como regalo adelantado por todas las navidades de su vida toda la serie de bellezas innumerables que les voy a enumerar, y entre las cuales sus pestañas rizadas de risa y su lengua de charol rojo y filoso no eran las menos importantes, a pesar de ello Estefanía era un ser humano con todas sus limitaciones, que siempre tuvo ni más ni menos que todo el número de órganos, vísceras y miembros que tiene toda mujer completa, normal, pálida, pura y virginal.
Por lo mismo yo no podría hablarles de las diez tetas de marrana de mi prima, o de la media pestaña de Estefanía.
De sus doscientos dientes de tiburón o de sus dos mil ombligos de árbol.
Y en todo caso, tampoco podría hablarles de su nalga única, su nalga luminosa, su nalga-luna delicia de los poetas mancos, su redonda y blanca nalga como una media esfera para adivinar la mitad más fría de la noche.
Así que por eso también, y a lo largo de toda la descripción de Estefanía, se cansarán ustedes — yo jamás me cansaré— de oír hablar del mismo número de brazos, pechos, clítoris y vientres que tuvo Estefanía, con los mismos nombres que tuvieron siempre: el pelo pelo, las costillas costillas y los labios, alados incontaminados y dulces flotando entre los cirros blancos de las nubes, labios. Porque si bien yo me encerré alguna vez dentro de un año entre dos febreros locos y besé el pezón húmedo de su olvido derecho y me reflejé en sus triunfos azules, eso fue posible gracias a que esa única vez sus pechos se llamaron olvidos, sus muslos febreros y sus ojos triunfos. Por lo demás, los nombres que yo les di a las distintas partes de su cuerpo cambiaron muchas veces; tantas, que casi nunca me acuerdo, por ejemplo, del verdadero nombre de su sexo. Y como además ellos mismos intercambiaban sus nombres viejos y nuevos, quién sabe, quién va a saber, señores, si en realidad no acordarme de él sea un triunfo, o recordarlo sea un olvido: el caso es, en fin, que el nombre de su sexo, entre paréntesis, siempre lo tuve en la punta de la lengua.
Pero si a alguien hay que poner entre paréntesis —en una casa de cristal, en una pecera de ojos de serpiente, en una gota de esperma cuajado—, es a la misma Estefanía, para que ustedes, señores,
se concentren en la estructura esencial de la belleza de mi prima. Y para eso hay que ponerla aparte del mundo, aparte de todo aquello que nunca fue, porque mi prima, aparte de ser excelsa y admirable y sobre todo alejada y pulcra, afiligranada y quieta, la perversa, aparte de tener una estrella entre ceja y ceja, y aparte de las galaxias domesticadas que le seguían los pasos lamiéndole las huellas, Estefanía nunca fue de noche, no llovió sobre las cosechas del pan y jamás fue una verdulera con el resplandor de un perejil entre los dientes. Y si bien es cierto que en su cuerpo —así fuera por ejemplo en su boca o en sus pezones—, se podía encontrar siempre una alternativa color cereza o una excepción morada; y si bien es cierto que en su nuca salpicada por mis bendiciones y en cada centímetro redondo de su piel y en su manía por encontrar desavenencias entre sus dientes maduros y sus dientes de leche, y en su forma de señalar a los pájaros como si supiera, la tonta, que acabarían por posarse en su dedo índice, y en su forma de tirar los dados sobre lo; apeles ver des de Las Vegas como si esperara, la ilusa, que sus aristas se pulieran y se transformaran en bolas de nieve de azahar; si bien es cierto que en esto y en todo lo demás Estefanía era única y maravillosa, adorable y más que nada impoluta, la hipócrita; y si bien debo admitir que los ojos de Estefanía, en medio de sus dádivas y simulacros tenían cierto parecido musical con las olas, a cambio de ello mi prima nunca tuvo la más mínima semejanza con una escena marina en la cual las playas, los barcos de vapor y los malecones bañados con bocanadas de saliva contemplan a un capitán que desde lo alto de la borda de un buque deshoja un calendario.
Pensarán ustedes, entonces, que Estefanía pudo ser una anciana amarilla, un mapa frutal o una obligación sorprendente: y tienen que saber que a pesar de que ciertas distracciones del vino y de la sangre se confabularon para atardecer en sus labios; a pesar de que sus largos viajes por debajo y por encima de los meses, por Venecia y por mis brazos la encarcelaron en espejos de seda y la rodearon de amnesias verdes, a pesar df: todo, digo, ella no fue nunca la muerte casta de una bandera, la máscara indefensa de un árbol o uno de esos paisajes de corcho y oro batido dentro de los cuales el capitán se arrojó al mar, y donde no faltaban las islas nevadas, las erupciones de piratas, la cabeza con alas del capitán y la alusión a las noches pálidas de los trópicos.
Por lo demás, entre otras cosas y al igual que Eucaris, la ninfa de la que se enamoró Telémaco, y al igual que Anaxareta, la doncella hermosísima e insensible transformada por Venus en un bloque de piedra, Estefanía sí fue una mujer de belleza apabullante, un ser que estaba más allá de toda jerarquía geométrica, de todo esplendor mortal, de toda lengua vítrea y sin embargo, más acá de las estrellas. En pocas palabras, y siempre alta y delgada, con el amor desarmado y prendido a sus pechos como en una pintura de Watteau, hermosa como la Herejía descrita por Winckelmann o como la Bella Rosina de Wiertz desnuda y contemplando un esqueleto colgante, misteriosa como Berenice y Ligeia, y con su nombre, Estefanía, escrito en su frente y su vestido amarillo entre las amarilis, Estefanía fue un ser donde siempre fue posible verse de cuerpo entero, de primo y amigo, de novio y amante, y encenderse, cada día, con una llamarada de presagios.
Aparte, claro, que su perfección nunca tuvo nada que ver con lo que ella fue de verdad, en este mundo, en esta Plaza de Santo Domingo y en nuestro cuarto, porque vista de cerca y contemplándola a la luz de su muerte y de su voluntad, sentada junto a la ventana y en las piernas una historia de los Navegantes Ilustres con las páginas abiertas al viento, hinchadas y blancas como las velas de un barco, Estefanía estaba llena de imperfecciones:
A veces bizqueaba un poco y tenía pie de atleta. Nunca terminaba de leer un poema.
Los lunes amanecía con mal aliento.
Y los domingos, como Visnú en el océano del caos, como la mujer del poema de Anacreonte, acababa hinchada y con los ojos pegoteados de legañas, por culpa de mi lujuria.
Por si fuera poco, tengo que confesarles que mi prima, también, estaba llena de asimetrías deslumbrantes y mágicas. Y no hablemos de las que son comunes a todos los mortales:
El rosado bronquio derecho más corto, más ancho y más vertical que el bronquio izquierdo. En tanto que el azul claro riñón izquierdo más largo y más estrecho.
Y la translúcida y tibia arteria renal derecha más larga que la izquierda.
En tanto, también, que el esponjoso y aireado pulmón derecho más grande que el izquierdo pero al mismo tiempo dos o tres centímetros más corto.
Esto no es nada.
Y tampoco otras pequeñas imperfecciones que todos tenemos: una pantorrilla más abultada, una pierna ligerísimamente más corta o un párpado apenas más levantado. No. Lo peor es que las asimetrías de mi prima se desbordaban de su cuerpo para abarcarlo todo, porque sus días nunca eran iguales: tenía jueves malos y jueves buenos días como los de Apollinaire, que estaban viudos, y viernes sangrantes y lentos de cortejos. Tenía septiembres que reventaban de talismanes espejeantes, y septiembres lluviosos y horribles. Tenía, a veces, una mirada más inteligente que la misma mirada cinco minutos antes.
Tenía sueño, y frío, y gripas.
Y tenía una oreja más perfumada, una mano más cariñosa, un brazo más ingrato y un clítoris más dulce.
Por último, de sus dos muslos uno siempre estaba más caliente y ensalivado. De sus dos pezones, el otro siempre estaba más redondo y duro.
Y de sus dos nalgas, las dos estaban siempre más frías.
Y sin embargo mi prima, mi admirable y pulcra y celestial prima, era perfecta; perfecta por ser un ángel sin ningún principio de limitación que no fuera su sustancia simple; perfecta por ser sus ideas —sus ideas largas y brillantes que se dejó crecer al par que sus cabellos rubios—, iguales a su esencia divina, y perfecta por ser la única, la primera, la última representante de la especie de los Estefánidos, y sobre todo por ser la representante más fina y clara, la más delicada y álfica.
Esto se debió, más que nada, a la simple razón de que mi prima era sólo igual a sí misma, fiel a su espejo diario: tan es así, tan igual era siempre a ella misma, que un día me levanté a las siete y me senté en el sillón de orejas, cogí el periódico y le hice un agujerito para espiar a Estefanía, y mientras ella pensaba que yo me entretenía en otros mundos, en el fango y la miseria de ciudad Netzahualcóyotl o en Vietnam azotado por los crímenes gelatinosos, yo veía a mi prima en el centro de la alfombra de cuadros anaranjados y magenta, magenta y rojos, rojos y azules que pensaba, escribía, mordía la goma del lápiz, arrugaba las hojas y las hacía bolas, inocente como siempre, inocente y tranquila y mansa, de rodillas sobre la felpa abatida y casi sin petulancias, como reconociendo sus propias molduras y la fragilidad de sus atmósferas. No quise interrumpirla: doblé el periódico a la mitad del Ángel de la Independencia, caminé de puntillas hasta el ropero, me vestí
sin hacer ruido y regresé, y mientras yo fumaba y hacía anillos de Saturno que circunnavegaban sus pezones, ella, que siempre intentó sin éxito escribir versos, y había veces que le daba por escribirlos en los menús, en los boletos del tranvía, en una historia clínica al margen de las disneas, en un periódico arriba de la calva de Krushev —de la misma manera que los amanuenses del Profeta escribieron el Corán en los omóplatos de los camellos, en las cortezas de los árboles, en las alas de los pájaros y en los muslos de las odaliscas— entonces, en ese momento, mi prima se remitió a los plagios necesarios recomendados por Eliot y me dijo —mientras desprendía con un cepillo una cascada de hisótopos de oro prendidos a su pelo—, que los ángeles y las apariciones que visitaban a Rilke y a Desnos, la hacían, a veces, concebir frases inmaculadas: «El invierno es una salamandra, la mañana se levantó como una garza», me explicó, para darme un ejemplo, con la misma naturalidad inmerecida con la cual la tía Luisa pronunciaba el francés como queriéndolo aprender. Nuevamente no dije nada y salí de la casa. Me la encontré en el parque, a eso de las once, y vi que en efecto era igual a sí misma, igual a su retrato bajo un árbol, sentada, como estaba, bajo un ahuehuete cargado de heno, escribiendo, rascándose la nariz con la uña del dedo meñique, rompiendo las hojas en pedacitos comestibles que ponía en los picos de los mirlos y de las tanagras que venían desde el Perú a visitarla. A lo lejos se escuchaba el tintineo de un vendedor de helados. Hice como si yo fuera un señor vestido de negro, con paraguas y barba de archimandrita, para no molestarla. Volvía a verla en la tarde, en la agencia de publicidad, transformada de cuatro a cinco en la reina de un Festival Max Factor: Rojo Romanza para ir con los amigos a la pista de hielo, Rosa Rondó para ir al autocinema a besarse y comer tortas de queso de puerco, y Sonatas en Púrpura, variaciones para espasmos fulgurantes que abarcaban todos los ojos, encarnados, carmesíes y granates, y que generalmente acababan en la ama. De cinco a seis, Estefanía, vestida de vaquera blanca, poso en medio del desierto salado de Arizona y le declaró su amor a una bomba de gasolina de la Standard Oil que tenía una larguísima verga de hule y la promesa de un tigre de sangre verde y bruñida. A la salida me fui al bar del Hotel Alameda para matar el tiempo, tomé varios Tom Collins y a los quince minutos me sentí dos horas y seis cerezas más joven, y de regreso a la casa, y como era de suponerse, me encontré a Estefanía en la misma alfombra y en la misma postura, como si no se hubiera movido en todo el día, y rodeada de libros de medicina que mostraban algunos de los aspectos floridos de la vida. Estefanía tomó mi pene y lo saludó: «Cómo está usted, señor», pero mi pene no condescendió a la reverencia que Estefanía esperaba. Y es que ella siempre fue así: fiel y la misma para las tanagras, la pérfida, para los anuncios, la hipócrita, para el amor y los libros, la maldita, a pesar, como dije, de sus defectos.
A pesar, por ejemplo, de que nunca he visto a nadie que en un momento dado tuviera tantas señales y manchas en su piel armiñada y tersa.
No sólo una cicatriz de vacuna en el brazo, del tamaño de un camafeo.
Un lunar en el muslo con la forma de un relicario, que encerraba una manifestación de vellos rubios.
En el vientre, el recuerdo de un apéndice supurado, y las huellas de las inyecciones antirrábicas. Y en la cabeza la mancha de Neptuno de color desconocido que le crecía entre los cabellos, escondida como el rostro de una virgen en el fondo de una pátera y que sólo el tío Esteban, la tía Lucrecia y el peluquero de Estefanía había visto alguna vez, o presentido, y si acaso quizás don
Próspero, que cuando llegó a la letra F de la enciclopedia descubrió la frenología y descubrió también, en la cabeza de mi prima la protuberancia de la maravillosidad.
Sino que además mi prima tenía, en la nariz y en las mejillas, archipiélagos de máculas que parecían causadas por el impacto de las burbujas de la champaña y que el tío Esteban —porque las adoraba y porque adoraba a Estefanía y bebía sus lágrimas en dedal de marfil—, llamó siempre peccata minuta. Y también en sus hombros, en esos hombros de dunas suaves, acariciados por levantes ardientes, donde crecía como la vegetación difusa de los desiertos de arena, un vello dorado con sabor a alboricoque. Y cuando mi prima se daba baños de sol, ya fuera en Acapulco, en la Way o en la casa de Walter en Cuernavaca donde se acostaba desnuda en el pasto enmarcado por las pasionarias y los plumbagos, las pecas parecían emigrar de sus hombros y juntarse en la espalda formando continentes adventicios que eran como las sombras de mariposas inmóviles y con las alas extendidas flotando muertas a unos milímetros de su piel.
La piel de es^espalda suya y encendida que se olvidaba de su nombre, su moraleja y sus buenos propósitos apenas comenzaba a subir distraída e interminablemente por las nalgas.
La piel de esa espalda suya, recorrida a todo lo largo y a todo lo dulce por una cordillera de