Chapter 2: The Impact of Temporary Agency Work on Labor Union Wage
3.7 Decrease in Regulatory Costs For Using Temporary Agency Workers
4.3.2 Workers and Firms
Al llegar a Maytorena, Buelna me dijo:
—Ahora, si las fuerzas no le faltan, decídase a seguir el viaje conmigo. No hay tren que compita con mi motor de vía, ni en comodidad ni en velocidad.
La proposición no me desagradó o, por ser más exacto, me agradó. Porque sin duda era mejor salir de Maytorena inmediatamente, con relativa seguridad de estar en Hermosillo temprano por la mañana, que pasar en el campamento otra mala noche y exponerse, además, a las dilaciones sin límite de los trenes de pasajeros. Claro que un viaje de doscientos kilómetros en armón de gasolina no prometía nada agradable, menos aún de noche, en enero y en las condiciones pavorosas en que se encontraba entonces la vía férrea. Pero, bien que así fuese, todo me resultaba más seductor que la perspectiva de dormir al raso en Maytorena para esperar la salida de un tren incierto.
Buelna me había ponderado mucho las cualidades de su motor, o, para darle el nombre con que él lo designaba, de su «máquina voladora». ¿Se hacía ilusiones? Cuando fuimos a presenciar cómo la bajaban del carro en que acababa de acometer la travesía desde Cruz de Piedra, vi que la tal máquina no tenía nada de extraordinaria. Era un mecanismo primitivo, de miserable aspecto, sin personalidad de ninguna especie. Lo formaban cuatro ruedas, el motor mismo y una mala plataforma donde se apoyaban tres o cuatro bancos transversales en cuyas tablas cabrían, a duras penas, cinco o seis personas. Daba buena idea de las dimensiones mezquinas de la máquina la holgura con que se la veía en el carro de donde iban a bajarla. Había bastado para traerla una mula enclenque y triste.
—En este aparatito —pensé— igual puede llegarse a Hermosillo que a la Gloria. Pero Buelna, como si me adivinara el pensamiento, me salió al paso:
—No vaya usted —me dijo— a juzgar mal de mi máquina por verla tan desmedrada. Para apreciarla bien, bien y en su punto, hay que ir encima de ella a ochenta kilómetros por hora, a ochenta por lo menos.
* * *
Dejó Buelna el motor en manos de su asistente y del mecánico; mandó a cenar a sus dos oficiales, y por nuestro lado nos fuimos él y yo a tratar de hacer lo propio, cosa no muy difícil en verdad, porque como Maytorena era un campamento bien abastado, encontramos sin mucho esfuerzo lo que necesitábamos. Terminada la cena, Buelna observó:—No tiene caso llegar a Hermosillo a las tres o cuatro de la madrugada. Saliendo de aquí entre la una y las dos, estaremos allá, sin apresurarnos más de lo justo, a eso de las siete. Son las doce. ¿Quiere usted que estiremos las piernas? Paseando charlaremos un rato.
Y así lo hicimos.
Durante buen espacio de tiempo, a tientas casi, paseamos entre los jacales diseminados a uno y otro lado de la estación. A esa hora, el silencio era, si no profundo, solemne. Sólo a lo lejos se oía continuo el ladrar de los perros, y, más lejos aún, el sordo traquetear de los carros en el camino de Cruz de Piedra. De tarde en tarde, de las chozas de los soldados —al acercarse a ellas se notaba— salía el rumor de un canto suave, susurrante, retrasado. Se adivinaban entornados en la sombra los ojos de los hombres que canturreaban así. Más allá, a campo abierto, el ámbito del silencio se ensanchaba, se ampliaba, se hacía infinito. La noche, aunque de estrellas, era oscura. Los puntos luminosos lucían arriba con intensidad quieta y eterna. Abajo, a ras del suelo, brillaban humildes, efímeras, intranquilas las lumbrecitas de los cigarros de los soldados que no dormían.
A veces, los ladridos de los perros dejaban de ser lejanos. Un animal tras otro iban asomando entre los matorrales, y a poco se formaba en nuestro alrededor una jauría, una verdadera manada de lobos que nos lanzaban desde la sombra gritos feroces. La jauría nos acosaba tanto por momentos que era preciso ahuyentarla. Yo, con mi terror instintivo por los perros, esperaba hasta el último instante; Buelna iba a ellos mecánicamente; daba, sin dejar de hablar, una patada entre las hierbas, y volvía a mi lado. Los perros se amedrentaban un rato y poco después empezaban a cercarnos otra vez.
Así pasamos cerca de dos horas: ya tropezando con las matas, ya parándonos a contemplar la remota serenidad del cielo o a ver, del lado del mar, las distantes fogatas de los federales. Aquellas luminarias, encendidas de trecho en trecho sobre las alturas de un horizonte invisible, irradiaban con su fulgor rojizo una significación para nosotros viva y honda. Eran más que la presencia simbólica de la lucha; eran, bajo el manto de estrellas sin límite, la expresión de un contraste, el resplandor parpadeante y minúsculo de la impotencia nacional, el trazo de la pequeñez con que se consuela la ausencia de lo grande. «¡Federales! ¡Revolucionarios! ¡Ni un átomo del menor rayo de luz de la menor de todas las estrellas!». Dije de improviso: —¡Cuánto evocan aquellas fogatas! Y Buelna contestó, sin quitarles la vista: —Sí, mucho evocan…
* * *
Cuando regresamos a la estación, el motor estaba listo para la salida. Buelna y yo nosinstalamos en el asiento de atrás. En medio, al alcance de las llaves y las palancas, se colocó el motorista; a su lado, el asistente del general; adelante, los dos oficiales. Ya íbamos a partir cuando noté que no llevábamos ninguna luz. —Oiga usted —le pregunté a Buelna—, pero ¿vamos a ir sin luz? —Por supuesto —respondió. —Muy bien —le repliqué—. Sólo debo advertirle una cosa: de aquí a Hermosillo no queda en pie ningún puente; me refiero a los grandes y a los medianos; a trechos la vía está tendida sobre las escarpaduras de las barrancas y los cauces de los ríos. Algunos de esos shoe-flies son terribles.
—Eso no le hace —respondió Buelna—. Igual está la vía de Culiacán a Cruz de Piedra, y así hemos venido. Pero, de todos modos, nunca está de más una precaución.
Y luego agregó, dirigiéndose al asistente:
—A ver, hijo: saca la linterna y amárrala lo mejor que puedas delante del motor. El asistente se puso a buscar en uno de los cofres y sacó al fin algo que yo esperaba que sería un fanal. Nada de eso. Era una linterna común y corriente. Puesta en la delantera de nuestra máquina, su luz no alumbraba medio metro de la vía. Sin embargo, no quise hacer nuevas objeciones.
—Se me figura —observó Buelna— que no ganaremos así gran cosa. A lo que contestó el motorista:
—No, mi general. Si le parece a usted, le pondremos a la linterna un papel por detrás. Servirá de reflector y nos aumentará la luz.
Ahora fue uno de los oficiales quien metió mano en los cofres para sacar la hoja de papel blanco que se necesitaba. Pero el nuevo dispositivo tampoco convenció a nadie: prácticamente el reflector no añadía nada; la luz de la linterna no avanzó un milímetro.
—¿Qué tal conoces tú esta línea? —le preguntó Buelna al motorista. —Nunca he venido por aquí, mi general.
Y entonces fui yo el interrogado:
—¿Se acordará usted —me dijo— del lugar donde están los shoe-flies más peligrosos? —Imposible —le respondí—. Una sola vez he hecho este viaje. —Bueno —concluyó él entonces—; pues lo que se ande se andará, que al fin y al cabo no hemos de morir de parto. Nomás es cosa de ir con precaución. Tú, hijito, si sientes que la vía se te baja, mete luego luego el freno. Y, efectivamente, lo que había de andarse se anduvo.
Serían las dos cuando salimos de Maytorena. Así que nos apartamos de la estación nos dimos cuenta de que no se veía gota. La linterna, antes que alumbrarnos, nos encandilaba. Supimos, por el ruido, cuándo dejamos atrás el último de los furgones alineados en las vías laterales. El movimiento nos anunció el paso del último cambio; el ruido, otra vez, la fuga de la última casa. Y entonces, cercados por las tinieblas, nuestro oído se entregó a un aprendizaje rápido.
El motor, frío al principio, se calentó pronto y se dio a acelerar: el rosario de sus explosiones se hizo perfecto. Nuestra máquina empezó a deslizarse prodigiosamente sobre los rieles ocultos. Hendía la sombra y la transformaba en viento que nos golpeaba la cara. Era el suyo un correr terso y veloz, capaz hasta de arrullar. Los dos oficiales se trenzaron entre sí, se doblaron, se arrebujaron y se echaron a dormir sobre el asiento, a un centímetro de la vía y de la muerte. El asistente apoyó los brazos sobre el respaldo, la cabeza sobre los brazos, y se durmió también. Buelna y yo seguimos la plática. El motorista, un poco después, comenzó a cabecear.
¡Extraña carrera loca, en manos de una de esas encrucijadas de las circunstancias que da como resultado algo peor que la temeridad: la inconsciencia; algo peor que la inconsciencia: la vanidad y el fatalismo! Ninguno de los seis hombres que allí íbamos tenía necesidad ni ganas de matarse. Pero, insensibles a todo, allí estábamos los seis, jugando a cuál más con la muerte: unos por obedecer, otros por no confesar que el juego, siendo peligroso, merecía no jugarse. En el fondo, a todos nos tranquilizaba un pensamiento, o el instinto de un pensamiento: los hombres, hasta cuando son más prudentes, no burlan su destino. Pensamiento de primitivos y de heroicos.
Llegó un momento en que Buelna y yo no pudimos ya hablar. El motor, dueño íntegro de su ritmo de máquina perfecta, se enardeció con su propio impulso, se entregó a la realización de aquella hora suya. La «máquina voladora» volaba de veras. Y había algo de indiscutiblemente grandioso en aquel huir desenfrenado, sin propósito ni objeto, sobre carriles hechos de tinieblas. Valía la pena entregarse a aquel vértigo de velocidad falta de puntos de relación y bajo la mirada de las estrellas inmóviles: vértigo de velocidad pura, perceptible para el oído y los músculos. Fijas, como si no nos moviéramos, brillaban por delante las dos agujas que sacaba de los rieles la luz de la linterna.
De pronto, el fugaz resplandor de otra aguja venía a sumarse y coincidía con el doble choque de las ruedas al salvar algún cambio. Entonces nuestro ruido se quebraba violentamente —¿algún furgón?, ¿alguna casa?— o se encajonaba por breves segundos. Nuevos resplandores fugaces, nuevos choques, y nuestro ruido se espaciaba otra vez. De cuando en cuando, el motor se inclinaba desplazando hacia un lado nuestro equilibrio. Lo adivinábamos describiendo en la oscuridad curvas majestuosas o torciendo su ruta con esfuerzo. Cada rato, una caída brusca, una sonoridad hueca nos revelaba el paso de algún desagüe, de alguna alcantarilla. El salto inesperado de los shoe-flies duraba instantes de una angustia al mismo tiempo terrible y deliciosa. Sentíamos que el motor, en busca de los rieles que de súbito le faltaban, se hundía en el abismo, más veloz que nunca, hasta el fondo de las hondonadas y los cauces de los ríos. Y aquello semejaba un caer de pesadilla —caer que dura poco y parece eterno—, entre informes bultos de vegetación fantástica y siluetas de peñas contra las cuales el vehículo parecía querer estrellarse. Pero siempre, cuando la congoja de la caída iba haciéndose insoportable, se trocaba sin transición en el ahogo de subir, de subir por pendientes increíbles, subir como de
barca sobre grandes olas, que aquí se presentían duras, negras, caóticas. Era aquella una montaña rusa en la soledad del campo y de la noche; pero tan absurda, tan imprevisible e inexplicable en sus curvas y altibajos, que tenía momentos de viaje infinito, sin origen ni término. ¿Qué hacía yo allí, en aquella desorbitada danza de fugas de loco, en compañía de cinco desconocidos tan inconscientes como yo?
En fuerza de querer penetrar las sombras, acabé por ver. Vi como si el sol alumbrara: un camino perfecto, arboledas laterales, postes del telégrafo, durmientes cuidadosamente balastados; pueblos en el fondo, montañas en el horizonte, nubes orladas de plata en el cielo… La vía, con todos sus altibajos, con sus curvas, sus desviaciones, sus cambios, sus cruzamientos, no ofrecía el menor peligro. Era una vía limpia y despejada, donde no se concebiría el obstáculo más leve. Se podía confiar, se podía dormir… dormir… El motor dio un brinco. Cayó otra vez sobre los rieles. Vaciló como si las ruedas se le hubieran acolchado. Pareció dar traspiés. Se encabritó. Brincó de nuevo. Volvió a caer. Se arrastró. Paró…
Buelna y yo estábamos en pie, cogidos a los asientos. El mecánico se había enroscado a la caja de las palancas. El asistente, con medio cuerpo fuera, estaba prendido por las piernas al asiento anterior. Los dos oficiales habían desaparecido.
Debajo de la plataforma se sentía algo. Supusimos, sin decírnoslo, que fuesen los oficiales. Bajamos. Callados desatamos la linterna y tratamos de aclarar lo que había sucedido. Entre las cuatro ruedas, cogida por éstas, se apelotonaba una masa enorme y confusa. Era algo velludo, húmedo, caliente. No eran los cuerpos de los oficiales; parecía ser un animal. Entonces nos apartamos del motor y, medio a tientas, guiándonos con nuestra luz, buscamos a ambos lados de la vía. Tampoco allí estaban los oficiales. Luego caminamos sobre los durmientes en sentido opuesto al del viaje. A los diez o quince metros descubrimos un puente pequeño. Lo pasamos; seguimos buscando: los cuerpos de los oficiales no se veían por parte alguna —ni ningún objeto, ni sangre.
—Estarán abajo —le dije a Buelna, hablando por primera vez—: en el arroyo. —Seguro —contestó.
Y en efecto, tras breve registro en el fondo del arroyo, los encontramos desmayados y desangrándose a mares. Con grandes esfuerzos los sacamos de allí y conseguimos llevarlos cerca del motor. Uno recobró el sentido poco después. El otro parecía moribundo.
Al cabo de mucho forcejear, conseguimos desprender del motor lo que se le amontonaba debajo. Era una mula, que había muerto ya a consecuencia del choque. Sin duda estaría echada, durmiendo sobre la vía a la entrada del puente, cuando el motor chocó con ella y se la llevó entre los ejes.
Con todo, nuestra máquina no había perdido ni una tuerca. La subimos a los rieles; acomodamos a los heridos lo mejor que se pudo, y echamos a andar. De allí a poco entramos en una estación grande. ¿Hermosillo acaso? En la sombra se
destacaban anchas masas como de edificios; se vislumbraban bocacalles a lo lejos. Cosa extraña: apenas si se veía una que otra luz.
Por las dudas, paramos. Buelna y su asistente se apearon y caminaron hacia los cobertizos de la estación. El mecánico y yo nos quedamos con los heridos.
Minutos después oí que una voz me gritaba:
—¡Guzmán! ¡Guzmán! No estamos en Hermosillo; esto es Torres.
Regresaron Buelna y su asistente y en el acto reasumimos la marcha, pero ahora con lentitud. Así anduvimos varias horas. Amaneció. Pronto se hizo de día: día tan claro que veíamos correr las liebres a uno y otro lado del camino. Buelna no pudo resistir el impulso de hacer blanco y se entretuvo en cazarlas con el máuser.
A dos kilómetros de Hermosillo descarrilamos nuevamente. El motorista no vio que estaba cerrada la aguja de un cambio, y el armón, al pasar sobre ella, saltó y fue a dar a dos metros de los rieles. Pero no pararon en eso nuestros descalabros de aquel viaje singularísimo, pues aún no nos rehacíamos del segundo accidente cuando, en el propio patio de la estación de Hermosillo, se abalanzó sobre nosotros el tren de pasajeros que salía para Maytorena. Unos segundos más y no nos queda tiempo ni para hacer a un lado el motor, donde nuestros heridos se quejaban horriblemente.
* * *
Como a las ocho de la mañana entré en el Hotel Arcadia. Iba todo sucio y manchado de sangre. Mientras el empleado hojeaba su libro y escogía la llave de la habitación que acababa yo de pedirle, me senté en una silla próxima al mostrador y me dormí.