El periodista es un artesano porque a partir de la técnica construye una obra, y también es artista porque descubre una realidad, la explica, la comprende y la convierte en una experiencia estética. Entonces, ¿qué otros prejuicios subyacen al problema del periodista como artista? Su trabajo es pura lógica; sus reglas están predispuestas. ¿Qué libertad creativa podría tener un periodista? ¿Qué inspiración extática lo lleva a la creación?
El segundo prejuicio es sobre el arte mismo. Hay cierta insistencia, latente todavía en la crítica de arte, de que los artistas están inspirados, de que un soplo divino les llega en cualquier momento para iluminar el camino de la creación. Cuando el pintor está sentado, una idea llega de golpe y le revela las formas y los contenidos. Puede que la primera parte sea verdadera —que las ideas, o una semilla de ellas, llegue por una suerte de conexión con otro asunto—, pero que esa idea descubra todo, que le dé todo al artista, es absurda. Ese prejuicio está afincado en la ignorancia y la vanidad. Edgar Allan Poe publicó un texto en el que hablaba de la estructura de su poema ―El cuervo‖. ―Mi intención —escribía Poe— es hacer manifiesto que ningún aspecto de su composición se puede relacionar con el azar o
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con la intuición, y que la obra se desarrolló paso a paso hasta su fin con la precisión y la consecución rígida de un problema matemático‖ (Poe, 2010). El poema no se crea. El poema tiene un autor, un responsable, una persona con el conocimiento necesario para su creación. Ése es el artista. Ningún ―sublime frenesí‖ ataca a los poetas. En su trabajo se imprime la palabra con sus intenciones.
Puede que exista un objeto externo que sugiera belleza al artista y que ese objeto lo lleve a pensar en otros niveles de conocimiento. Pero la obra de arte en concreto no llega por un mero encantamiento. Es un proceso de análisis y estudio previo. ¿Cómo es posible obtener maestría en cualquier arte sin conocer a los autores que lo han fundamentado? El artista es un conocedor de su arte, un experto. No es necesario que sepa fechas y nombres, sino que conozca la tradición, así sea para quebrarla en pedacitos. ¿Cómo se va a sentar al piano sin saber quiénes son Bach y Mozart? ¿Cómo pretende tocar una fuga sin saber qué es una fuga? ¿Cómo va a crear nuevos contenidos si no sabe cuáles son los procesos y caminos ya recorridos por otros? Si el artista es humilde, que aprenda a aprender.
Una obra de arte es producto de horas y horas de trabajo y conocimiento. Picasso no llegó al ―Guernica‖ por inercia. Tuvo que conocer el medio en que se encontraba. Tuvo que ser consciente de su tiempo. Tuvo que saber la forma antes de ponerla en el lienzo. Tuvo que tener claro, muy claro, para qué servía la pintura. Tuvo que tener claros los medios y los fines. Tuvo que conocer a Velásquez, Rembrandt y Caravaggio. Su educación no era mínima. Un artista que quiera que su arte abra las puertas de la percepción, no se queda esperando una iluminación. El genio y el talento se educan.
Esa educación, en el periodismo, parte de un ejercicio de conocimiento. Habrá que preguntarse, antes de escribir, cuáles son las estrategias narrativas que le convienen a ese texto. ¿Para qué describir ambientes? ¿Para qué crear diálogos? ¿Para qué formular escenas? ¿Con qué objeto contarla en capítulos o en pequeñas postales? ¿Qué diferencia hay entre escribir árbol, matorral y cafeto? ¿Qué quisiera transmitir con esta estructura? Cuando se está en pleno proceso de investigación, hay que reconocer los hechos. Todo, para un periodista que se enfrenta a una situación nueva, es sorpresivo. Hay que sopesar los hechos y decidir qué va y qué no, qué dice algo del personaje y qué es, en definitiva,
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obsoleto. Si cualquier periodista se hace esas preguntas, de seguro su trabajo tendrá un poco más de nivel y no será inspirado por una fuente desconocida. El arte no es inspiración y el periodismo tampoco. El hecho de que un tema conmueva en sí mismo no quiere decir que en el papel produzca el mismo efecto. Cuando el periodista quiere atrapar los hechos no hay condenar la realidad por insulsa e inocua, sino al periodista por mediocre.
¿Por qué cualquier intento de sobrepasar la costumbre de entregar información de manera objetiva, concisa y actualizada, tiene que ser tildado de literario, bonito o inspirado? ¿Por qué pensar que un periodista que investiga durante meses y escribe textos extensos está por encima de las formas tradicionales del periodismo? No se puede trabajar con esa estrechez de miras. Pero es que, podría responderse, la técnica artística difiere demasiado de la periodística. Los periodistas investigan la realidad para retratarla tal como es, mientras que los artistas crean ficciones. ¿Cuál es la diferencia? ¿El producto? Puede que una pintura no sea lo mismo que una noticia, pero ambas entregan, o intentan hacerlo, un valor cognitivo sobre el mundo que expresan. Ninguna obra de arte es independiente del entorno que señala. Puede valerse por sí sola pero siempre hace referencia a algo. Si hoy nadie entiende el valor de la Monalisa es porque el mundo en que fue engendrada ya murió, o por lo menos dejó de existir en su forma física.
¿Qué diferencia hay entre un pintor y un periodista? Tiempo de trabajo, concepción del oficio, análisis: artista. Tiempo de trabajo, concepción del oficio, análisis: periodista. Aunque el producto difiera en muchos puntos, el oficio es el mismo. Un periodista analiza y concibe su oficio a partir de una deconstrucción previa. Antes de escribir, y este es un modelo ideal, piensa en el texto, en el conjunto de palabras que serán el vehículo de sus ideas. Porque el periodismo es, ante todo, la relación de una persona con su entorno. El periodista es un testigo. Pero, podría replicarse, el periodista no tiene libertad. Está sujeto a la realidad. ¿El artista no? ¿Acaso podría imaginarse una novela como Las uvas de la ira de John Steinbeck fuera del mundo rural de los Estados Unidos en los años 30? El texto posee sus reglas internas. Cuando entran a escena determinados personajes y determinadas escenas, las posibilidades comienzan a cerrarse. El arte no es tan libre, entonces. Su libertad no radica en la inexistencia de parámetros sino en la capacidad crítica y la forma en que se concreta una idea.
103 5.3. El periodista no crea ni imagina
Si en el ejercicio práctico no hay diferencias entre el periodismo y el arte, ¿en que podrían diferir? El periodista es libre, está bien. Sin embargo, a la hora de construir su texto no tiene la capacidad de crear. Crear es un verbo demasiado alto para un periodista. El tercer prejuicio estima que crear es originar algo ex nihilo, es decir, de ningún lugar. La creación es, reza el prejuicio, inventar. Por lo tanto, todas las creaciones son ficciones. El periodista, que no es amigo de la ficción ni la invención, no es creador. No puede serlo.
¿Qué podrá inventar un periodista cuando todo le es dado? Los datos son reales, los personajes existen, las situaciones están verificadas. ¿Qué queda por hacer? Sólo tiene que pegar las piezas, como un rompecabezas. La imagen está hecha de antemano. No hay nada por inventar, todo está dicho. Cuando matan a Pedro Pérez en una calle sin iluminación y sucia, sólo hay que escribir: ―A Pedro Pérez lo mataron en una calle sin iluminación y sucia‖. Se acabó el trabajo. El periodista no tiene más que hacer. ¿Nada más que hacer? Claro, el periodista imita la realidad y la realidad le dice todo lo que debe poner. No se puede inventar nada, no puede imaginar nada. El periodista está impedido en el acto de creación.
El argumento es falso. Crear no es inventar; crear es construir, decidir, delimitar y concretar. Invención tampoco es falsedad o apariencia; invención significa proponer nuevas formas que se adecuen a las necesidades del texto. El proceso de creación periodística pasa por dos etapas fundamentales: la investigación y la escritura o formación del producto. En la investigación se recogen todos los datos que soportan y justifican la escritura de una historia. Hasta en el más mínimo detalle, la historia que cuenta el periodismo es cierta, si se quiere comprender la verdad en su sentido más estricto. Cuando una búsqueda termina, la confusión es aún peor que en principio. Sobre la mesa hay papeles con subrayados, entrevistas, detalles del ambiente, casetes, fotografías, videos, fotocopias de revistas, y periódicos, entrevistas, casetes, entrevistas, casetes. Sí, la realidad está dada pero patas arriba.
Si se trata de comparar, ¿qué le sucede a un artista? Puede que frente a sus ojos se enfrenten los hombres y se desangre la sociedad, los gobiernos restrinjan las libertades, pero verlo
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sólo le servirá para enunciarlo. Más, mucho más atrás en este texto Hegel decía que la realidad de las cosas y los sucesos no se encuentra en su apariencia sino más allá. El arte busca iluminar ese más allá. ¿Cómo lo ilumina? A través de la actividad creadora, de la imaginación hirviente. Lo mismo sucede en el periodismo. El periodismo, en general, sólo enuncia las barbaries, los hechos, pero no los explica, no les da la dimensión precisa. Y aquí no cabe la excusa del tiempo: en un minuto y dos segundos se pueden hacer grandes notas periodísticas. Que el periodismo sólo cuenta los hechos como son. Sí, pero eso no le quita responsabilidad. Hay que tener en cuenta otros aspectos. Debajo de cualquier hecho, hay otros miles que lo sostienen. Si el periodismo prescinde de esos hechos, es efímero, transitorio. ¿Qué no lo es? Todo. Y sin embargo…
Imaginar no es sinónimo de mentir, tampoco. Un periodista tiene la posibilidad de imaginar cuando se propone observar otras posibles variaciones en la forma. Los datos ya están allí, esperando obtener un cuerpo. Ese es el campo de trabajo del periodista y del artista. Tiene unas concepciones más o menos precisas y desea darles forma. La materia está lista, hay que otorgarle una piel concreta. La imaginación del periodista depende de qué tanto sepa utilizar las herramientas de la narración y cómo descubre qué necesita su historia. Si hay escenas conmovedoras, hay que dosificar la información, entregar detalles, dibujar gestos. El efecto es esencial. Y para contarlo hace falta un ser humano y un artista, no una máquina de información.