Este es, naturalmente, el más bajo de los subplanos mentales sin forma, o arupa; es asimismo la más poblada de todas las regiones que conocemos, porque en ella están casi todas las sesenta mil millones de almas que, según dicen, están empeñadas en la actual evolución humana — todas en realidad, salvo el número comparativamente reducido de las que están habilitadas para funcionar en el segundo y primer plano.
Como ya hemos visto, cada alma está representada por una forma ovoide, que al principio no es más que una película incolora; pero que más tarde, y a medida que se desarrolla el ego, empezará a presentar cierta iridiscencia trémula, como la de una pompa de jabón, proyectándose los colores en su superficie, como los varios matices producidos por los rayos del sol en la espuma de una cascada.
Las almas ligadas a un cuerpo físico se distinguen de las desencarnadas por cierta diferencia en los tipos de vibración establecidos en la superficie de los cuerpos causales, y por esta razón es fácil apreciar con un mero vistazo si un individuo en un momento dado está encarnado o no. La inmensa mayoría, en el cuerpo físico o fuera de él, están solamente semiconscientes y en estado somnoliento, aunque en la actualidad son pocos los cuerpos causales que están en condición de películas incoloras. Los que están completamente despiertos son brillantes y sobresalientes excepciones, destacándose de las multitudes menos radiantes como estrellas de primera magnitud. Entre éstos y los menos desarrollados se encuentra toda variedad de tamaño y belleza, cada uno representando el estado exacto de evolución alcanzado.
La mayoría de las almas todavía no están lo suficientemente definidas aún en el grado de conciencia que puedan tener, como para comprender la finalidad de las leyes de la evolución en que están empeñadas. Buscan la encarnación, obedeciendo el impulso de la Voluntad Cósmica, y también a Tanha, o sea la sed ciega de vida manifestada, el deseo de encontrar alguna región en que pueden sentir y estar conscientes de existir. En sus estados más primitivos, tales entidades no pueden sentir las vibraciones
intensamente rápidas y penetrantes de la materia altamente refinada de su propio plano; los movimientos fuertes y groseros, pero comparativamente lentos, o sean los de la materia más pesada del plano físico, son los únicos que pueden evocar alguna respuesta en ellas. De consiguiente es sólo en este plano que sienten que viven en alguna medida, y esto explica su deseo ardiente de renacer a la vida terrenal.
Así, durante cierto tiempo, el deseo de estos seres está en completa armonía con la ley de evolución. Sólo pueden desarrollarse por medio de estos impactos del exterior, a los que gradualmente son incitados a responder, y en esta primitiva etapa de su evolución sólo pueden recibir estos impactos en la vida terrestre. Paulatinamente va aumentando en ellos la capacidad de responder, y se despiertan primeramente a las vibraciones físicas delicadas y elevadas, y luego, aunque más lentamente todavía, a las del plano astral. Después sus cuerpos astrales, que hasta ahora sólo han sido puentes para hacer llegar sensaciones al ego, se convierten lentamente en vehículos definidos que pueden usar, y la conciencia de los mismos empieza a centralizarse más bien en las emociones que en las sensaciones meramente físicas.
En una etapa posterior, pero siempre mediante el mismo proceso de aprender a responder a impactos que vienen del exterior, los egos aprenden a centralizar la
conciencia en el cuerpo mental, a vivir en, y de acuerdo con las imágenes mentales que han forjado por sí mismos, y de esta manera llegan a dominar las emociones por medio de la mente.
Aún más adelante en el largo camino de la evolución, el centro asciende al cuerpo causal, y los egos se dan cuenta de su verdadera vida. Cuando alcanzan esta etapa, sin embargo, se encontrarán en un subplano más elevado que éste (el tercero) y la
existencia terrestre inferior no será ya necesaria para ellos. Pero por el momento nos ocupamos de la mayoría menos evolucionada, que todavía extienden las personalidades —que son ellos mismos en los planos inferiores de la vida—, como tentáculos que tantean y se agitan en el océano de la existencia; sin percibirse de que estas
personalidades son los medios de que se valen para nutrirse y crecer. No ven nada del pasado ni del futuro, porque aún no están conscientes en su propio plano. No obstante, como están gradualmente absorbiendo experiencias y asimilándolas, desarrollan una sensación de que es bueno hacer ciertas cosas y malo hacer otras, expresándose esto imperfectamente en la conectada personalidad como el comienzo de una conciencia, o un sentimiento del bien y del mal. Poco a poco y a medida que evolucionan, este sentimiento va delineándose cada vez más nítidamente en la naturaleza inferior convirtiéndose en una guía de conducta más eficiente.
Mediante las oportunidades brindadas por el esclarecimiento de conciencia, al cual nos hemos referido anteriormente, los egos más avanzados de este subplano se desarrollan a tal punto que pueden ocuparse del estudio del pasado, perfilando las causas activadas en éste, y aprendiendo mucho por medio de la introspección, de manera que los impulsos enviados hacia abajo se aclaran y se definen más, traduciéndose en la conciencia inferior como firmes convicciones e intuiciones imperativas.
Debería ser innecesario señalar que las imágenes mentales de los niveles de rupa o forma no son llevadas al mundo celestial superior. Ya ha terminado toda ilusión, y cada ego conoce su verdadera parentela, la ve y es visto por ella, en su propia y real
naturaleza, como el hombre real mortal que pasa de vida a vida, con todos los vínculos intactos ligados a su verdadero ser.
En este tercer subplano también se encuentran los cuerpos causales de los comparativamente pocos miembros del reino animal que están individualizados. Hablando estrictamente, éstos no son ya animales, como hemos observado
cuerpo causal completamente primitivo, no desarrollado en cuanto a su tamaño, y todavía coloreado aún muy débilmente por las primeras vibraciones de cualidades recién nacidas.
Cuando el animal individualizado se retira a su cuerpo causal, para esperar la vuelta de la rueda de la evolución que le ofrecerá la oportunidad de una encarnación humana primitiva, parece perder casi toda conciencia de las cosas exteriores, y pasar su tiempo en una especie de agradable trance de la más profunda paz y contento. Aún entonces, cierto desarrollo interior de alguna naturaleza está ocurriendo con toda seguridad, aunque es difícil para nosotros comprenderlo. En todo caso, está gozando de la mayor felicidad posible para él en el nivel en que se encuentra.
Capítulo XX