1. “El Hijo de Dios, quien con el Padre y el Espíritu Santo es proclamado “el único Santo”, amó a la lglesia como a su Esposa, entregándose a sí mismo para santificarla (cf. Ef 5, 25-26)...
Esta santidad de la Iglesia se manifiesta y sin cesar debe manifestarse en los frutos de gracia que el Espíritu Santo produce en los fieles... De manera singular aparece en la práctica de ]os comúnmente llamados consejos evangélicos. Muchos cristianos, por impulso del Espíritu Santo han abrazado esta práctica, tanto en privado, como en una condición o estado aceptado por la Iglesia, que proporciona al mundo un espléndido testimonio y ejemplo de esta santidad” (LG 39) y que proclama más y más la presencia de Cristo a los creyentes y no creyentes (cf. LG 46).
2. “La autoridad de la Iglesia, bajo la guía del Espíritu Santo, se preocupó de interpretar esos consejos, de regular su práctica e incluso de fijar normas estables de vivirlos” (LG 43).
“Admite las Reglas propuestas por varones y mujeres ilustres, las aprueba auténticamente después de haberlas revisado y asiste con su autoridad vigilante y protectora a los Institutos erigidos por todas partes para edificación del Cuerpo de Cristo, con el fin de que crezcan y florezcan según el espíritu de los Fundadores” (LG 45).
3. Para que el eminente valor de la vida consagrada a Dios por la profesión de los consejos y su función necesaria en las circunstancias del tiempo actual redunde en mayor bien de la Iglesia, el Concilio Vaticano II prescribe una adecuada renovación de la vida y disciplina de las religiones (cf. PC 1), exhortando a los miembros de todos los Institutos a que “buscando únicamente a
Dios, junten la contemplación, por la que se unen a Él íntimamente, con el amor apostólico, por el que se esfuerzan en asociarse a la obra de la redención y a la dilatación del reino de Dios” (PC 5), pues “ejerciendo sincera e incansablemente sus ministerios en el Espíritu de Cristo, conseguirán de manera propia la santidad” (PO 13).
El mismo Concilio proclama el primado de la vida espiritual insistiendo en que “cuantos profesan los consejos evangélicos busquen y amen, ante todo, a Dios que nos amó primero (cf. IJo 4, 10) y procuren con afán fomentar en toda ocasión la vida escondida con Cristo en Dios (cf. Col 3, 3), manantial e incentivo del amor del prójimo para la salvación del mundo y de la edificación de la Iglesia” (PC 6).
4. La renovación de la vida consagrada es renovación de la espiritualidad evangélica de cada Instituto, y para nosotros, de aquella espiritualidad que nuestro Padre Fundador practicó durante toda su vida, propuso a sus compañeros con la palabra y el ejemplo, y nos legó en las Constituciones. Esta espiritualidad claretiana está concentrada en la perfecta imitación de Cristo “el Misionero del Padre”. San Antonio María Claret intentó reproducir en su vida y empresas apostólicas, los rasgos más destacados de Cristo, precisamente como Misionero que el Padre envió al mundo para salvar a los hombres. El Concilio nos exige que nuestra renovación sea un continuo progresar en la imitación de Cristo y conforme al genuino espíritu del Fundador, para proyectar en el mundo de hoy la vida de Cristo.
5. Las Constituciones son una expresión de la acción de Dios que llama a seguir e imitar perfectamente en su Iglesia la vida evangélica de Cristo, tal como la realizó nuestro Padre Fundador bajo la acción del Espíritu Santo y la expresó en ellas, y que luego fueron admitidas oficialmente por la Iglesia para gloria de Dios y bien permanente de su pueblo.
La observancia es la fidelidad a una moción del Espíritu Santo que nos inclina a dar reverencia y culto a los valores evangélicos que encontramos en nuestras Constituciones según el carisma del
Santo Fundador, y que se traduce en una respuesta adecuada, plenamente personal y comunitaria, en la conducta de nuestra vida y en nuestra acción apostólica.
6. Entre espíritu y observancia se da una profunda interdependencia. El espíritu mantiene la observancia: “Las mejores adaptaciones a las necesidades de nuestros tiempos no surtirán efecto alguno si no estuvieran animadas por una renovación espiritual” (PC 2, e). A su vez la observancia fomenta el espíritu en cuanto nos predispone para obedecer a las leyes por las que se nos manifiesta la voluntad de Dios y es confortada nuestra flaqueza en la vida de la gracia.
Hemos de tener en cuenta que en la Nueva Alianza la ley no se opone a la gracia ni a la caridad, sino que es más bien la expresión estable y autorizada de sus exigencias comunes y sociales. Por ello se puede afirmar que la ley y libertad no se oponen cuando ambas son verdaderamente cristianas. Las Constituciones, por ser en su mayor parte expresión de un espíritu y norma práctica para su ejercicio, poseen más perfectamente que otras leyes eclesiásticas este aspecto de ley espiritual y santa.
Por ello la observancia que nos mueve a cumplirlas dócilmente nace espontáneamente de la fe y de la docilidad con que respondemos a la llamada de Dios y a las exigencias de su gracia, tanto cuando nos la manifiesta por las leyes del Instituto o de la Iglesia, o por otras circunstancias concretas de la vida, supuesta siempre la guía y autoridad personal de los superiores, representantes vivos e intérpretes inmediatos de la providencia y de las exigencias del amor de Dios sobre cada uno de nosotros.
7. El Apostolado misionero es la razón fundamental de nuestro Instituto y de nuestra vocación. Por tanto, pertenece a la naturaleza misma de la vida religiosa que se profesa en la Congregación. Por esto, ha de estar siempre inspirado por motivos sobrenaturales, informado por las virtudes religiosas y los consejos evangélicos. La vida religiosa en nuestra Congregación, como quiere la Iglesia (cf. PC 8) ha de estar empapada de espíritu apostólico, y
toda su actividad apostólica ha de estar, a su vez, informada de espíritu religioso.
8. El trabajo de adaptación incluye el poner nuestro modo de vivir, de orar y de trabajar, en perfecta consonancia con las condiciones físicas y psicológicas de los miembros de nuestra Congregación (cf. PC 3). Ya que la práctica de los consejos evangélicos en comunidad no impide el genuino desarrollo del hombre, sino que por su propia naturaleza lo favorece (cf. LG 46), nuestra espiritualidad cuenta con las cualidades humanas, las subordina a los valores sobrenaturales y las transforma con ellos (Ib. PC 12-14).
9. La consagración religiosa no convierte a los miembros de nuestro Instituto en extranjeros entre los hombres (cf. LG ib.). Unidos a la Iglesia de una manera especial (Ib. 44), sienten en sí mismos las alegrías y las esperanzas, tristezas y angustias de los hombres de su tiempo en la solidaridad que la Iglesia tiene con toda la familia humana. Ellos forman una comunidad compuesta de hombres (cf. GS 1, 3). Las características del hombre actual, y, por tanto, de los que aspiran a ser miembros de nuestro Instituto son: un concepto más dinámico de la realidad (Ib. 5), conciencia de la dignidad del hombre (Ib. 26), un juicio crítico más penetrante (Ib. 54), sentido de independencia y responsabilidad (Ib. 55), conciencia social, por la que el hombre es definido sobre todo por razón de su responsabilidad hacia sus hermanos y hacia la historia (Ib. 55). Han de tenerse en cuenta estas realidades para elevarlas en lo que tienen de positivo y contrariarlas en lo que se opongan a los consejos evangélicos.
10. Estos rasgos del hombre moderno se reflejarán en la espiritualidad del religioso moderno, que buscará una respuesta personal total a la llamada de Jesucristo que predica santidad de vida para todos y cada uno de sus discípulos (cf. LG 40). Este religioso se esforzará por experimentar personalmente la atracción de la persona del Señor en la Iectura espiritual diaria de la Sagrada Escritura, en la meditación y en la celebración de la Santísima
Eucaristía, poniendo en la misma la mente y el corazón (cf. PC 6); tratará de transformar su vida en el horno de la caridad por medio de la práctica de los consejos evangélicos y el ejercicio de las virtudes (cf. PC 5), y su conciencia comunitaria encontrará expresión en unirse más y más íntimamente a la Iglesia, y en reflejar a Cristo ante el mundo. Se definirá como religioso en términos que hablarán de un amor purificado y de un servicio a todos sus hermanos en Cristo, sabiendo que al amar a los hombres está seguro de que se acerca más y más a Cristo mismo (l Jo 4, 20).