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Con el objetivo de expandir los procesos de acumulación de capital “optimizando” el funcionamiento de territorios con el ingreso de actividades vinculadas al turismo y el consumo264, el prestigio cultural

de los corredores peatonales se ha convertido en un recurso de explotación económica encauzado con el consentimiento de la autoridad pública quien ha legitimado la incorporación de una industria de comercios y servicios que pareciera están enfocados en satisfacer las necesidades de los visitantes y nuevos residentes sin tomar en cuenta las consecuencias sociales de dicho fenómeno a través del incremento en el costo de las rentas y de los servicios públicos que han desestabilizado las economías tanto de los habitantes tradicionales como de los propietarios de comercios (González, 2009; Gómez, 2014).

A pesar de que la especialización de actividades —turismo y consumo cultural— conlleva el riesgo de pérdida de diversidad funcional y la aparición de prácticas de segregación (Muñoz, 2008), la visión economicista que acompaña al proceso de renovación urbana se ha sostenido —en parte— por la construcción de un discurso político que intenta legitimar las transformaciones con una “visión entretenida de futuro”265 que oculta la reflexión sobre el estado que guarda la función social de los bienes públicos. En el caso del patrimonio —considerado un bien de apropiación colectiva que provee identidad—, la actuación del sector público destaca más la novedad de su rehabilitación física —en respuesta a los intereses de acumulación del capital— en vez de reflexionar sobre las medidas que se tendrían que adoptar para evitar una posible ruptura en la continuidad de giros tradicionales a causa la visión economicista público-privada de renovación urbana que, sin regulación, es capaz de desplazar actividades locales por giros más lucrativos o fracturar el tejido comunitario con la expulsión de habitantes, impactando posiblemente en el cambio de valorización cultural y significado del patrimonio.

La posible consolidación de estos fenómenos conlleva a repensar qué es aquello que se preserva, cuida o protege de los componentes de un centro histórico cuando la totalidad o una porción del territorio es

264 De acuerdo con Muñoz (2008), el desarrollo de nodos turísticos y de consumo representa el principal referente de especialización de actividades que impulsan las políticas urbanas de renovación aplicadas a los centros históricos, los puertos marítimos y barrios industriales. Dicho autor sostiene que el objetivo de las transformaciones es crear un escenario atractivo para “el consumo mediático y visual” (2008: 50) de los visitantes, donde se establecen condiciones seguridad, control y entretenimiento en respuesta a un programa de necesidades de un consumidor externo por encima de las demandas sociales de los residentes del lugar.

265 Dicha frase tiene detrás una serie de expectativas elaboradas por la autoridad pública que giran alrededor de la estética, el consumo de bienes y el disfrute del tiempo libre para crear nuevas representaciones en la memoria colectiva que equiparen la rehabilitación de una zona histórica —con ánimos netamente recreativos— como un acto de “recuperación de los valores del pasado” a pesar de que no se definan límites claros sobre cuándo este proceso deba terminar o cuándo se alcance un estado óptimo de desarrollo conforme transcurra el tiempo.

objeto de procesos de renovación urbana (Delgadillo, 2016). Al respecto, pareciera que temas como la identidad de usos y la autenticidad sólo son hechos anecdóticos del pasado para los actores que invierten en las acciones de renovación urbana que lo único que buscan es explotar un prestigio cultural parcial, pasivo e idealizado con la finalidad de sustentar la tendencia de especialización del territorio como nodo turístico y de consumo cultural, lo cual desde la perspectiva de los residentes tradicionales supone el desencadenamiento de conflictos que se debaten entre la imposición y el respeto por las identidades al percibir como una invasión a su vida cotidiana el desarrollo de proyectos económicos de agentes externos que tienden a desplazar el arraigo que han construido colectivamente (Balderas, 2011; Montes, 2011; Proyecto DF, 2012) alrededor de un espacio.

Conclusiones

El contenido expuesto en este capítulo muestra que la política urbana ha presentado aspectos destacables en su desempeño como guía de intervención del Centro Histórico de la Ciudad de México; por un lado, se ha quitado el estigma del rescate del núcleo fundacional centrado únicamente en la recuperación del patrimonio edificado para dar paso a nuevas estrategias que se enfocan en la reactivación económica, el fortalecimiento del carácter de centralidad y el diseño de programas a favor del repoblamiento del territorio. En cada una de estas estrategias, se ha dado mayor apertura a la participación de nuevos agentes en los procesos de gestión urbana como ha sido el caso del sector privado y de las organizaciones internacionales vinculadas con la protección del patrimonio para obtener el financiamiento que respalde a largo plazo las obras de revitalización del Centro Histórico plazo.

Si se analizan los efectos de la política urbana en la transformación espacial del centro de la ciudad, resulta que la intencionalidad y sentido del Estado Benefactor y Neoliberal constituyen dos maneras diferentes de abordar el mismo objeto. Para el caso del Estado Benefactor, su política urbana de intervención logró impulsar la conservación y restauración de monumentos destinados a usos culturales y públicos para enaltecer el carácter simbólico del sitio bajo el control y conducción exclusiva de las instituciones públicas. Durante el periodo de 1967 a 1988, el gobierno de la Ciudad de México emprendió obras como la peatonalización de calles, la rehabilitación de la imagen urbana y el rescate de plazas y parques en busca de convertirlos en atractivos de la actividad turística así como en referentes de esparcimiento para los habitantes de la ciudad. Otros proyectos se enfocaron en la creación de nueva infraestructura y equipamiento destinado a mantener vigente la memoria colectiva al

hacer alusión a hechos del pasado que marcaron un antes y después en la gestión del Centro Histórico —celebración de las olimpiadas de 1968, sismo de 1985—, como mecanismos para señalar la singularidad histórica del conjunto fundacional. A pesar de estos avances, la actuación de la política urbana del Estado Benefactor en el Centro Histórico desestimó la mejora de las condiciones de centralidad y habitabilidad en la zona, principalmente para los sectores populares, propiciando en la mayor parte del territorio la pauperización del espacio a partir de la consolidación de actividades de tipo informal, como el ambulantaje.

En el caso de la política urbana neoliberal, su aplicación fomentó la revitalización del espacio histórico en términos económicos, bajo la colaboración entre el sector público y privado, impulsando la regeneración habitacional, comercial y turística de las zonas de mayor rentabilidad, sin dar cabida en estos rubros a la clase popular ni sus actividades de supervivencia. Para lograr la aprobación ciudadana sobre las intervenciones, la política urbana neoliberal empleó un doble discurso para la legitimar su actuación, difundiendo en un primer momento la necesidad de recuperar los valores simbólicos del territorio a través de la protección de su autenticidad, para después —segunda etapa—, modificar el propósito inicial implantando una visión economicista que beneficia a los empresarios y propietarios de inmuebles al asumir el control sobre las prácticas, usos y comportamientos aprobados del consumidor para interactuar con bienes colectivos que en un principio se buscaron recuperar bajo el consenso social.

En las zonas que han sido revalorizadas por la política urbana neoliberal en el Centro Histórico se han acuñado nuevos nombres para promocionar la distinción de los espacios rehabilitados. Tal es el caso del programa de peatonalización de calles, el cual le ha asignado la denominación de “corredores culturales” a las vialidades que han retirado el tránsito vehicular para reforzar su “visibilidad mediática” volviéndolos atractivos para el turismo y el consumo cultural sin que ello considere si nuevo el imaginario que surge alrededor del espacio intervenido altera los valores identitarios de los residentes y comerciantes locales que han incidido en la construcción colectiva del sentido del lugar.

En este sentido, a continuación se presenta un análisis comparativo de los cambios de giro que se han presentado durante el 2009 y 2015; así como del impacto en la estructura demográfica en el periodo de 1990 a 2010, derivado de la transformación de las calles de Gante-Filomeno Mata, Regina y Madero en corredores peatonales; con el fin de determinar el estado que guarda la identidad de uso del patrimonio edificado, para señalar si el impacto de la política urbana neoliberal en el Centro Histórico de la Ciudad

de México ha sido respetuosa con su función social en temas como la continuidad de usos tradicionales y el incremento de la vivienda.

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