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5.3 Detailed Specification of Reversible Anonymisation Protocol

5.3.3 XML Element Authorisations

La experiencia de mis exorcismos es sinónima del reconocimiento del Reino: Pero si yo arrojo los

demonios con el dedo de Dios ello revela que ha llegado a vosotros el reino de Dios (Lc 11,20). Para mí, los exorcismos no son actos de bondad o de poder; forman parte del drama escatológico que ya se halla presente y que Dios llevará a su consumación. El texto citado afirma que dicho drama ya ha comenzado y que la fuerza liberadora de Dios ha hecho acto de presencia en mi lucha con los poderes hostiles del hombre y de Dios. Esto es lo que manifesté en otras palabras: Sabed que el reino de Dios está dentro de vosotros (Lc 17,21).

El problema de la posesión diabólica tiene tres protagonistas: Dios, Satanás, y el reino de Dios que irrumpe con mi y en mi presencia. El señorío de Dios sobre el mundo es sinónimo de su autoridad sobre los hombres. La comunidad cristiana vive de la seguridad y protección de este señorío y lo único que puede hacer Satanás en su contra son intentos ineficaces contrarios a dicho poder (1 Tes 2,18; 1 Tim 5,15). A pesar de todos los ataques que la comunidad cristiana pueda sufrir siempre se verá protegida y arropada por la acción graciosa de Dios (2Cor 12,7; 1 Cor 5,5; 1Tim 1,20).

Satanás es el príncipe de este mundo y se atribuye a sí mismo honores divinos (2Cor 4,4). En su arrogancia, incluso puede regalar el mundo a quien quiera (Lc 4,6:a propósito de las tentaciones de Jesús). Su casa es inexpugnable (Mc 3,27 y par.). Una convicción decisiva es que los hombres no pueden verse liberados de su poder por sí mismos. Su acción destructora se extiende a todos los ámbitos de la vida; por ejemplo la hemorroisa se halla bajo el poderío esclavizante de Satanás (Lc 13,11.16).

El portador del reino de Dios soy yo mismo, que pongo fin al reino de Satanás. Yo soy el que he atado al fuerte (Mc 3,27ss); el que ha arrojado del cielo al "acusador" (Apoc 12,10; Jn 12,31; Lc 10,18-19). A partir de ahora yo soy el juez único. A Satanás le queda un breve espacio de tiempo en la tierra (Apoc 12,12). Una dimensión esencial de los espíritus malignos es la destrucción y tergiversación de la imagen del hombre creado por Dios según la suya propia, en la cual el centro de la personalidad, el "Yo" que quiere y actúa conscientemente, ha sido perturbado por poderes extraños, que pretenden corromper al hombre e incluso, a veces, destruirlo (Mc 5,5). El "yo" ha sido tan paralizado, que aparecen los espíritus como sujetos de la locución. Hablan ellos en lugar del hombre destrozado. Es otro recurso para subrayar la perversidad de aquellos que impulsan al hombre al mal.

Yo me reconocí y me autopresenté como Aquel que quiebra el poder del diablo y de sus ángeles -que son los demonios "inferiores", puesto que Satanás es el jefe supremo-, porque en mí se hizo patente el señorío de Dios para los hombres (Mt 12,28 y par.). Exactamente por eso la curación de los posesos es un punto esencial de la información de los evangelios y del libro de los Hechos. También es esencial acentuar que la expulsión de los demonios tiene lugar mediante una orden cursada en el poder de Dios, que hacía yo mismo, y que se diferencia radicalmente de los conjuros realizados sobre los espíritus recurriendo a los encantamientos y a la magia.

Los demonios, en cuanto seres espirituales, poseen un conocimiento especial. Tienen que expresar este conocimiento describiéndome con estas palabras: "tú eres el santo de Dios" y esto recibe su

formulación desde su existencia propia en cuanto "espíritus inmundos". Mi propia designación y la suya propia definen a ambos como realidades opuestas y autoexcluyentes. Ellos y yo nos hallamos en polos opuestos; pertenecemos a mundos totalmente distintas. Los espíritus conocen también su destino (Mt 8,29; Sant 2,19). El conocimiento de Jesús, que surge de la ciencia demoníaca, no es una confesión que Jesús quisiera suscitar; por eso, él les prohibe proclamarlo. En mi actuación con los espíritus inmundos yo dejé claramente marcada una trayectoria de radical oposición a ellos. La recojo en las tres escenas siguientes:

1ª) En el relato de las tentaciones, Satanás es presentado como una voluntad absolutamente opuesta a Dios; tiene la pretensión de imponer sus criterios al mundo entero. La contraposición radical soy yo mismo en cuanto instaurador del reino de Dios, incluyendo en mi quehacer toda mi vida e incluso mi muerte. Esta escena se halla iluminada por aquella otra en la que Pedro se oponía a mi plan (Mc 8,37 y par.) y, como consecuencia, le di el calificativo de "Satanás". Notemos que Pedro piensa

humanamente, con criterios humanos, no satánicamente. ¿Existe una identificación entre estas dos clases de pensamiento? Sí, en cuanto reflejan la oposición a Dios en la que se enrola el hombre. Es

sorprendente la sobriedad con que aparece mi vida como una lucha con Satanás. Pero. toda ella es un Sí a Dios y un No a Satanás.

2ª) La segunda lucha nos es ofrecida a propósito de la atribución de los poderes de Jesús a Beelcebú (Mc 3,22-30). A través de esta breve historia la comunidad cristiana nos ha enseñado cosas muy importantes: la unidad extraordinariamente compacta del reino del mal bajo su jefe supremo, llamado aquí, despectivamente, Beelcebú, en lugar de Satanás; los posesos no son simplemente unos hombrea los que mi mensaje sitúa ante una decisión, sino hombres a los que Yo mismo libero de un poder que los esclaviza (Hch 10,38 y 1 Jn 3,8 hablan de la esclavitud impuesta por Satanás y quebrada por mi presencia y actuación). Difícilmente pueda definirse con más claridad la naturaleza, características y quehacer del diablo: Satanás es el principio antidivino cuyo objetivo supremo es la opresión del hombre. En el polo opuesto me encuentro Yo mismo como autor de la vida y liberador de las esclavitudes más profundas del hombre.

3ª) En la tercera escena, que es consecuencia de esta segunda historia, el más fuerte ató al "fuerte". Y esta desposesión de Satanás habla no sólo del poder de cada uno, sino, sobre todo, de su derecho. El tirano esclavizador nunca tiene razón. Siempre la tiene el Señor liberador. El atar al fuerte y expulsarlo del cielo, de un lugar cercano a Dios, desde donde podía acusar a los hombres (Apoc 12,10) designan el mismo hecho (La representación tiene como punto de partida la creencia antigua de que el demonio, Satanás, por el mero hecho de ser espíritu, por la consideración "divina" de lo demoníaco, vivía en las proximidades de Dios, aunque en un plano inferior a él). De ahí que atar al fuerte y expulsarlo del cie lo expresen la misma realidad. (Mc 3,27; Lc 10,17-18). El poder del mal se halla estimulado por el Mal o por el Maligno. Su finalidad es la corrupción del hombre en todos los sentidos. El recurso esencial para ello sería mi eliminación, porque mi señorío único está ordenado a la salvación de Dios. Mi persona, mi vida, mi muerte y resurrección rompieron el poder del mal, de Satanás y de sus subordinados.

Una escenificación maravillosa ofrecí en los espíritus inmundos enviados a los cerdos (Mc 5,1-20). Esta es una de las narraciones evangélicas más sorprendentes. Existe en ella una serie de detalles

pintorescos que únicamente concurren aquí: Mi conversación con el espíritu inmundo; en otras ocasiones me limito a darle la orden de abandonar al poseso. No es menos sorprendente el título que me da el poseso: Hijo del Dios-Altísimo, que pertenece más al terreno del culto helenista que del judío. Lo más chocante, sin duda, es la piara de los cerdos.

Es claro que el evangelista Marcos quiere referirnos algo sensacional, aunque su finalidad nunca sea el sensacionalismo. Su recurso a él está justificado en esta ocasión por su finalidad: demostrar mi

superioridad y poder sobre el demonio. Para ello crea un cuadro de excepcional belleza. Se trata de un milagro de curación acompañado de la escenificación del mismo. Para ello se afirma el tremendo grado de "posesión" que se halla incluido en el nombre "legión". Un nombre que apareció porque lo que más oprimía y esclavizaba a nuestros contemporáneos eran las "legiones romanas". Para acentuar la plena liberación son enviados a los cerdos que se precipitan en el mar, que es el lugar donde viven los monstruos marinos y los espíritus inmundos. Todos estos detalles pertenecen a la escenificación. La legión, los cerdos y su destino constituyen el ropaje literario de la escena. A nadie debe ocurrírsele pensar en la realidad histórico-objetiva de todos estos elementos, aunque, desgraciadamente, se haya hecho así muchas veces.

Lo dicho sobre los exorcismos podíamos hacerlo extensivo a las curaciones y milagros en general. "Así como el historiador debe rechazar la credulidad, no debe aceptar tampoco la afirmación a priori de que no hay milagros ni puede haberlos. En sentido estricto, esto es una proposición filosófica o

de fundamento y, de hecho, refutada- de Bultmann y de sus discípulos de que "el hombre moderno no puede creer en milagros". Ahí está, como dato empírico, el resultado de una encuesta realizada por Gallup en 1989, donde se revela que aproximadamente el 82% de los americanos actuales, hombre y mujeres presumiblemente de su tiempo (entre ellos, personas cultas y con "mundo"), aceptan el

enunciado de que incluso hoy Dios realiza milagros. ¿Cómo van a decirme Bultmann y compañía lo que el hombre moderno no puede hacer, cuando dispongo de datos sociológicos probatorios de que el hombre moderno hace eso mismo?"

Otros eruditos afirman que no hay una diferencia real, objetiva, entre milagros y magia (M. Smith. D. Aune. y J. D. Crossan). Frente a ellos me veo obligado a subrayar lo siguiente:"son dos modelos ideales situados a ambos extremos de un espectro de experiencia religiosa. Vamos a colocar a un extremo del espectro el modelo ideal de la magia y al otro el del milagro:

Magia

1. Poder automático poseído por un mago.

2. En virtud de fórmulas y ritos secretos

3. Con la resultante presión sobre los poderes divinos por parte de seres humanos

4. En búsqueda de soluciones rápidas a problemas prácticos determinados.

5. Suele llevar la impronta del individualismo y del espíritu de comunidad de fe.

Milagro

1. Fe en un Dios personal al que es preciso someter la propia voluntad en la oración.

2. Una permanente comunidad de fe.

3. Una manifestación pública del poder de Dios.

4. No sujeta a un rito o fórmula.

5. Destaca la persistencia en la iniciativa.

Del estudio comparativo se deduce que los papiros mágicos griegos suelen reflejar el modelo ideal de magia, aunque a veces presentan elementos de oración y de humilde súplica. Del mismo modo, en los evangelios, la mayor parte de las curaciones realizadas por Jesús tienden a situarse en el extremo del espectro correspondiente a los milagros, aunque algunas, como la curación de la hemorroisa, tienen elementos afines a la magia.

En resumen, yo no creo que la integración de milagro y magia en un fenómeno uniforme sea útil ni haga justicia a la complejidad de los datos. Por eso me parece que Smith y Crossan no aciertan al describir a Jesús como un mago judío. La categoría de taumaturgo está más en correspondencia con los textos evangélicos (si Crossan y Aune quieren incluir en ella a Apolonio de Tiana, por mí no hay inconveniente). Además presenta una mayor utilidad, ya que proporciona un punto de partida menos polémico y con menor carga emocional para examinar y evaluar los datos. Hemos tomado la

comparación precedente de J. P. Meier, 11/1, p. 40-41 porque las considero especialmente próximas a mi pensamiento.

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