Hch 5, 27b-32.40b-41; Sal 30; Ap 5, 11-14; Jn 21, 1-19.
El Evangelio que acabamos de escuchar nos habla del trabajo que el Señor le encargó a la Iglesia: ser pescadora de hombres. ¿Qué quiere decir ser pescadora de hombres? Pues que la Iglesia tiene la tarea de difundir el Evangelio y la salvación de Cristo por toda la tierra. La narración del Evangelio nos dice que los apóstoles pescaron 153 peces. Se dice esta cifra precisa porque los antiguos consideraban que en los mares había en total 153 especies de peces. Se ve claro entonces que con esta cifra se quiere decir que la Iglesia es enviada al mundo entero y que en ella tienen cabida todas las personas que hay en el mundo, sin distinción de pueblo, raza o nación.
Para este trabajo, que es difundir el mensaje y la obra de Cristo por todo el mundo, los cristianos estamos llamados y somos colaboradores de Cristo en ella. Sin embargo, hay otra forma de trabajo mediante el cual somos colaboradores con Dios en su obra creadora. Es decir, hay dos formas de trabajo: uno es el trabajo diario, en la naturaleza o en la sociedad el cual nos hace colaboradores con Dios en su obra creadora. Hay otro trabajo, que es el que llamamos apostolado, y que es propio exclusivamente de la Iglesia y de los cristianos, y con el cual somos colaboradores con Cristo en su obra salvadora. Pero hoy no
vamos a detenernos en este segundo. Vamos, más bien, a reflexionar en el primero.
Hemos dicho que el trabajo ordinario que todo ser humano realiza, bien sea en la naturaleza, bien sea en la sociedad, es una colaboración con Dios en su obra creadora. La creación todavía no está terminada. Dios la continúa y quiere que nosotros seamos sus colaboradores. La Sagrada Escritura nos dice que Dios creó al hombre a su imagen y semejanza y le dio el mandato de gobernar el mundo en justicia y santidad. Ahora bien, todo ser humano colabora con Dios en esta tarea mediante su trabajo, aun el que se considera más humilde, más sencillo. Pongo un ejemplo: una madre de familia que barre y asea la casa está realizando un trabajo que procura el bienestar y la salud de quienes viven en esa casa, y de esa manera está colaborando con la obra creadora de Dios. Una persona que ba- rre las calles o asea un lugar público, un restaurante o una cafetería, por ejemplo, está contribuyendo a la salud y al bienestar de los que forman esa sociedad y de esa manera contribuye a la obra creadora de Dios.
Pero aún más, el trabajo contribuye al desarrollo y a la orientación de las energías y capacidades que una persona tiene y contribuye a su realización personal. Es decir, el trabajo es un bien personal. Esto lo vemos en el que no trabaja: se siente frustrado, limitado, siente que no es él mismo. En tercer lugar, el trabajo es un servicio al prójimo, a la sociedad, al desarrollo de todos. En cuarto lugar, y no el último ni el menor, el trabajo, por lo que es una colaboración con la obra creadora de Dios es una alabanza a El. En el cristiano, ¡esto sí que se hace realidad! porque él mediante la fe y la oración, ofrece a Dios su trabajo, y entonces ya no es algo meramente natural, sino que le da una dimensión más vasta de lo que pueda pensarse, le da una dimensión divina o sobrenatural.
Fíjate bien, cristiano, tu trabajo, en sí mismo, tiene un valor sobrenatural desde que lo haces por el bien tuyo, por tu desarrollo personal y por el bien de la sociedad. Cierto que todo trabajo tiene también un valor económico, y esto lo veremos un poco más adelante, pero ante todo tiene un valor que el Creador te reconoce, aunque la sociedad y el mundo no te lo recompence. Y no estoy hablando sólo del trabajo del profesional, por ejemplo, el que realizan los médicos y las enfermeras; estoy hablando también del obrero: todo trabajo, ese simple trabajo que tú haces para ganarte la vida, tiene en sí un gran valor que Dios mismo te reconocerá porque desde ahora con El estás contribuyendo al crecimiento tuyo y de la humanidad. Tu trabajo es un bien que te hace crecer humanamente, desarrolla tus capacidades, tu inteligencia, tu libertad, tu creatividad, afirma tu personaldiad. Además con él contribuyes al bien social. Primero de los tuyos, los que están más cerca de ti. Si tienes un hijo, tú bien sabes que tu trabajo lo beneficia porque gracias a tu trabajo él puede alimentarse y crecer, y con esto estás colaborando con Dios en la realización de un ser humano. Todo trabajo es digno y ser un trabajador es una de las mayores fuentes de dignidad que Dios nos ha dado. Tan digno es el trabajo de los
senadores en el Congreso, si lo hacen bien, como digno es el trabajo de quien recoge las basuras o prepara las comidas en una casa. Todos están contribuyendo al bien social, y si esas personas son cristianas y lo hacen con fe, están glorificando a Dios con su trabajo.
El trabajo es, pues, un bien inmenso que Dios nos ha dado a todos los seres humanos, y por lo mismo un derecho humano fundamental. Cuando una sociedad niega a algunos el derecho al trabajo, no ofreciéndole la oportunidad de trabajar, entonces esa es una sociedad injusta, y esta injusticia social la paga esa misma sociedad con violencia social. El trabajo es un don de Dios, es un derecho humano fundamental y, por lo mismo, debe ser justamente remunerado. No basta que la gente tenga trabajo, es necesario que le sea remunerado justamente. Cuando alguien le da un trabajo a una persona no piense nunca que le está dando una limosna. El trabajo nunca es una limosna y por eso debe ser recompensado justamente. Pagar justamente el trabajo es un mandato divino y es una ley natural. Nos lo dice muy claro la Sagrada Escritura, en el libro del Deuteronomio: “No explotarás al jornalero humilde y pobre, ya sea uno de tus hermanos o un forastero que resida dentro de tus puertas. Le darás cada día su salario, sin dejar que el sol se ponga sobre esta deuda; porque es pobre, y para vivir necesita de su salario. Así no apelará por ello al Señor contra ti, y no te cargarás con un pecado” (Dt 24, 14-15). Y la Carta de Santiago advierte: “Mirad; el salario que no habéis pagado a los obreros que segaron vuestros campos está gritando; y los gritos de los segadores han llegado a los oídos del Señor de los ejércitos” (St 5, 4). ¿No creen ustedes que la violencia que padecemos en nuestro país tenga raíces en la injusticia social que campea entre nosotros? ¿Cuántos de nuestros campesinos, cuánta gente que habita nuestras ciudades no sólo no tienen el derecho elemental del trabajo, sino que a los que se les da un trabajo, como si fuera una limosna, se les niega el salario justo, o se lo retienen? ¿Quién dijo que la tierra, este inmenso mundo, o este inmenso país lleno de toda clase de bienes naturales, Dios se la entregó a unos pocos, o que sólo a unos pocos llamó a colaborar con El en la obra creadora mediante el trabajo? No es que Dios esté mandando castigos, pero la violación de sus leyes tienen unas consecuencias fatales porque crea un desorden y todo desorden en la obra de Dios origina el dolor y la muerte. ¡Qué gran don! ¡Qué inmensa dignidad nos da Dios mediante el trabajo! Y si es un don de Dios para todos, ¿por qué hay gente que no tiene trabajo? ¿Y por qué hay personas que le roban el fruto de su trabajo a otros? ¿Y por qué hay personas a las cuáles se las explota mediante el trabajo? No nos engañemos, si no luchamos por la justicia social no tendremos la paz social que tanto anhelamos.