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estupefactos cuando vieron la repugnante tarea que les aguardaba.
En una bandeja había trozos de alrededor de cien gramos de hígado crudo empapados en aceite. Cada candidato debía tragarse uno de los trozos entero, sin masticarlo.
Richard Swanson lo intentó sin éxito por tres veces con el trozo que le correspondía; resuelto a superar la prueba, consiguió finalmente que el trozo de hígado le pasara hasta la garganta, donde se le quedó atascado. A pesar de todos los esfuerzos realizados para que lo expulsara, murió asfixiado.
Castigos.
En Wisconsin un aspirante fue castigado por olvidar parte del conjuro ritual que debían memorizar todos los iniciados.Se le obligó a permanecer con los pies debajo de las patas de una silla de tijera mientras el más pesado de sus compañeros de club se tomaba una cerveza sentado en ella. Aunque el aspirante no se quejó durante el castigo, al finalizar éste tenía rotos varios huesos de ambos pies.
Amenazas de muerte.
Un aspirante a ingresar en el club Zeta Beta Tau fue conducido a una playa de Nueva Jersey, en la que se le ordenó cavar su «propia fosa».Cuando llevaba unos segundos cumpliendo la orden recibida de permanecer tumbado en el hoyo recién cavado, las paredes del mismo cedieron y murió asfixiado antes de que sus futuros hermanos pudieran sacarlo.
Hay otra sorprendente similitud entre los ritos de iniciación tribales y los de los clubs estudiantiles: su pervivencia.
Han desafiado todos los intentos de eliminación, mostrando una fenomenal resistencia.
Las autoridades, mediante las presiones ejercidas por las administraciones coloniales o universitarias, han recurrido a las amenazas, la presión social, las acciones legales, los castigos, los sobornos y las prohibiciones para convencer a esos grupos de que supriman los peligros y humillaciones de sus ceremonias de iniciación.
No han tenido éxito. Tal vez, se produzca algún cambio mientras dura la vigilancia de la autoridad, pero generalmente se trata de cambios más aparentes que reales: las pruebas más duras siguen llevándose a cabo con el máximo secreto, para aflorar de nuevo a la superficie cuando la presión desaparece.
Los ritos de iniciación practicados por algunas tribus presentan notables semejan- zas con las novatadas que se llevan a cabo en muchas universidades.
Los administradores de algunas universidades han intentado eliminar esas prácticas peligrosas sustituyéndolas por una «semana de ayuda» en la que se realiza algún servicio cívico, o asumiendo el control directo de los rituales de iniciación.
Los clubs estudiantiles han reaccionado a tales intentos burlándolos o incluso oponiendo una clara resistencia física.
Así, por ejemplo, tras la muerte por asfixia de Richard Swanson, el rector promulgó unas nuevas normas que establecían que todas las actividades relacionadas con el ingreso en los clubs debían ser analizadas por las autoridades académicas antes de su realización y que en las ceremonias de iniciación debían estar presentes asesores adultos. Según una revista de ámbito nacional:
«El nuevo "código" desató una reacción tan violenta que la policía y los bomberos no se atrevían a entrar en la universidad.» Resignándose ante lo inevitable, otros administradores universitarios han renunciado a intentar abolir las prácticas degradantes de la Semana Infernal.
«Si las novatadas constituyen una actividad humana universal, y todo apunta hacia esa conclusión, lo más probable es que nadie pueda prohibirlas de un modo efectivo. Si se impide que se sigan practicando abiertamente, pervivirán en la clandestinidad.
No se puede prohibir el sexo, no se puede prohibir el alcohol y, probablemente, tampoco se pueden suprimir las novatadas.» (Gorden y Gorden 1963).
¿Qué tienen las novatadas que las hace tan valiosas para estas asociaciones? ¿Qué mueve a los grupos a eludir o desafiar abiertamente cualquier intento de prohibición de los aspectos degradantes o peligrosos de las pruebas de iniciación?
Hay quien afirma que estos grupos están compuestos por desaprensivos cuyas desviaciones psicológicas o sociales les llevan a herir y humillar a otras personas. Sin embargo, las pruebas de que se dispone no apoyan este punto de vista.
Los estudios realizados sobre los rasgos de personalidad de los miembros de los clubs estudiantiles, por ejemplo, demuestran que gozan, si acaso, de mayor equilibrio psicológico que otros estudiantes universitarios (para un análisis de este tema, véase C. S. Johnson, 1972).
De la misma forma, los clubs de estudiantes son conocidos por su favorable disposición a participar en proyectos benéficos en bien de la comunidad. A lo que no están dispuestos es a sustituir sus ceremonias de iniciación por proyectos de este tipo. Una encuesta realizada en la Universidad de Washington (Walker, 1967) puso de manifiesto que, entre los estatutos de clubs examinados, la mayor parte tenía cierta tradición de «semana cívica» pero que este servicio comunitario era complementario de la Semana Infernal. Sólo en un caso el servicio a la comunidad estaba directamente relacionado con los procedimientos de iniciación.
La imagen que surge de los autores de las novatadas es la de unos individuos normales, con cierta estabilidad psicológica y cierta preocupación social, que manifiestan, en grupo, una crueldad aberrante en un momento dado: inmediatamente antes de la admisión de nuevos miembros en la asociación.
Las pruebas, por lanío, apuntan hacia la ceremonia como culpable. Debe de haber algo en su rigor que es vital para el grupo. Su crueldad debe de desempeñar alguna función que la asociación lucha por mantener a toda costa. ¿Cuál puede ser?
En mi opinión, la respuesta apareció en 1959, en los resultados de un estudio poco conocido fuera del ámbito de la psicología social. Dos jóvenes investigadores, Elliot Aronson y Judson Mills, decidieron poner a prueba una hipótesis:
«Las personas que pasan por grandes dificultades o sufren para alcanzar algo valoran mucho más lo obtenido que quienes consiguen lo mismo con un esfuerzo mínimo.» El toque de inspiración lo tuvieron al elegir la ceremonia de iniciación para examinar esta posibilidad.
Descubrieron que las estudiantes universitarias que habían superado una ceremonia de iniciación sumamente embarazosa para acceder a una reunión de grupo sobre temas sexuales estaban convencidas de que su nuevo grupo y las actividades del mismo eran extremadamente valiosos, aunque Aronson y Mills habían aleccionado a sus compañeras para que mostraran todo lo «despreciables y aburridas» que pudieran.
Las estudiantes que habían pasado por una ceremonia de iniciación mucho más suave o habían ingresado directamente eran menos entusiastas del grupo.
En una investigación complementaria se obtuvieron idénticos resultados cuando a determinadas estudiantes se les pidió que soportaran dolor físico, en lugar de pasar por situaciones embarazosas, para entrar en el grupo (Gerard y Mathew-son, 1966).
Cuanto más fuerte era la descarga eléctrica recibida como parte de la ceremonia de iniciación, más convencida estaba después la estudiante de que su nuevo grupo y las actividades de éste eran interesantes, inteligentes y deseables.
Ahora comienza a adquirir sentido el hostigamiento, el esfuerzo físico e incluso los golpes de los rituales de iniciación.
El miembro de la tribu tonga que contempla, con lágrimas en los ojos, cómo tiembla su hijo sobre el frío suelo del «patio de los misterios», o el estudiante universitario de segundo curso que interrumpe con carcajadas nerviosas el castigo corporal de su «hermano menor», no está realizando un acto de sadismo.
Se trata, en ambos casos, de actos de supervivencia del grupo; servirán, aunque parezca extraño, para incitar a los futuros miembros de la asociación a considerar al grupo más atractivo y valioso.
Mientras la gente disfrute luchando por conseguir las cosas y crea en lo que alcanza con esfuerzo, estos grupos continuarán celebrando molestos y difíciles ritos de iniciación.
La lealtad y dedicación de quienes los superen aumentarán considerablemente la cohesión del grupo y sus posibilidades de supervivencia. En un análisis de 54 culturas tribales se observó que allí donde las ceremonias de iniciación eran más dramáticas y rigurosas se daba la máxima solidaridad de grupo (Young, 1965).
Teniendo en cuenta la demostración aportada por Aronson y Mills sobre el grado en que la severidad de una ceremonia de iniciación eleva el compromiso del recién llegado hacia el grupo, nada tiene de sorprendente que los grupos se opongan a cualquier intento de supresión de ese vínculo, crucial para su fuerza futura y, en definitiva, para su supervivencia.