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Sevilla eran controlados por comerciantes extranjeros y transportaban productos de la misma procedencia. Para complicar aún más las perspectivas del triste siglo xvu, España se vio afectada por una serie de violentas plagas, pérdidas de cose- chas y hambrunas prolongadas. Su cohesión política fue sacudida por revueltas en la periferia y una suma de derrotas en el mar y en los campos de batalla de Europa debilitaron su prestigio y pusieron en discusión su poderío. El metal pre- cioso de Indias, reducido en su cantidad y con llegadas esporádicas, se filtraba rápidamente hacia las economías en expansión del noroeste de Europa. No es de extrañar, pues, que el sistema de flotas, tan próspero y regular hasta la década de 1620, se viniera abajo tan rápidamente. Hacia mediados del siglo las flotas eran una sombra de lo que habían sido antes: salían a destiempo, eran incapaces de mantener su ritmo anual, estaban compuestas por barcos viejos e inseguros, construidos muchos en el extranjero, y con frecuencia se posponía su salida por la mera razón de que los cargamentos eran insuficientes o de escaso valor, por lo que no merecía la pena llevarlos a América. Por otra parte, las grandes ferias de Portobelo y Jalapa también decayeron y muchos puertos tropicales de las Indias se convirtieron en ciudades fantasmas.

En todo ello la corona y su Casa de Contratación jugaron un papel negativo, siendo especialmente perniciosas las confiscaciones de los cargamentos de plata indiana. Estas injerencias comenzaron muy pronto en el siglo xvi cuando, en va- rias ocasiones, Carlos V se apropió de las riquezas de particulares llegadas de América para pagar a lo.' ejércitos o a sus acreedores. En la mayoría de los casos estas confiscaciones fueron pagadas en «juros», o libramientos anuales garanti- zados por la Real Hacienda. Después de 1600 estos procedimientos eran comu- nes y no se limitaban a las remesas de metales. Al cabo de algunos años toda la carga que llegaba a Sevilla se confiscaba y se prometía su pago con «juros», evi- dentemente devaluados, de una tesorería obviamente en bancarrota.

Sin duda, estas intromisiones del estado afectaron al comercio y a la produc- tividad en general. Podemos imaginar cuánto desanimaría la expectativa de una confiscación a los comerciantes de las colonias. Muchos, de buen o mal grado, renunciaron a reinvertir o a desarrollar sus medios productivos y se transforma- ron en rentistas o en propietarios de tierras. Otros todavía intentaron progresar financieramente a pesar de los tiempos adversos, se volvieron hacia el comercio interior hispanoamericano o al trato con los contrabandistas nacionales o extran- jeros.

A mediados del siglo xvu se habla de la construcción de una independencia y autosuficiencia hispanoamericana. Evidentemente se había producido una im- portante sustitución de las importaciones, especialmente en el caso de los pro- ductos de alimentación; pero estos indicios de autoabastecimiento debieron res- tringirse a ámbitos locales, dando lugar a algunos tipos de autarquías regionales, porque no hay muchas evidencias de crecimiento en el comercio interregional indiano después de la tercera década del siglo xvu.

De hecho, al observar el problema, se encuentran pruebas de decadencia en el comercio hasta una o dos décadas antes de terminar el siglo. Los fletes perua- nos a Panamá, Realejo y Acapulco disminuyeron considerablemente cuando la plata de Potosí fue menos abundante. Muchos eran ilegales y ello exigía costes

adicionales para los contrabandistas. Durante varios años, en torno a mediados de siglo, no existen signos de actividad mercantil por barco entre México y Perú (habría que señalar que algunos estudiosos distinguen un aumento en la navega- ción local de cabotaje). El comercio de Filipinas decayó también a medida que los envíos de los galeones de Manila se espaciaban y se hacían menos rentables, si hemos de creer a los observadores de mediados del siglo. También se vieron afectados los fletes entre las islas del Caribe. La Habana, que había comerciado mucho con Cartagena, Honduras, Santo Domingo, Yucatán y Veracruz en los primeros años del siglo XVII , se desconectó prácticamente de todos aquellos lu- gares, excepto de Veracruz, en las décadas de 1650 y 1660. Todos habían lle- gado a ser autosuficientes en cuanto a alimentos de primera necesidad, inclu- yendo el azúcar, y no tenían mucho que intercambiar. Incluso desapareció el recuerdo de este comercio que una vez había sido vigoroso. Cuando se reanudó, a finales de siglo, quienes lo realizaban pensaban que estaban iniciando nuevas rutas e intercambios.

Desde luego, había excepciones, pero incluso cuando se encuentran nuevos comercios florecientes éstos tienden a reforzar la impresión de una cuasi inte- rrupción de los intercambios en el tercer cuarto del siglo xvii. El cacao es un buen ejemplo. Cuando se extinguieron los indios y los arbustos de cacao en Cen- troamérica, las poblaciones indígenas del centro de México que consumían cho- colate, que seguían siendo considerables, tuvieron que abastecerse en otro lugar más lejano. Guayaquil comenzó a enviar semillas de cacao a México a fines del siglo xvi, pero este comercio fue prohibido por una corona celosa y por el con- sulado de Sevilla, que lo consideraban como un subterfugio para introducir vino y aceite peruanos, y lo era en realidad en algunas ocasiones. Pero no acabó aquí esta cuestión. El cacao de Guayaquil se llevaba de contrabando a Realejo y Son- sonate, en Centroamérica, donde se le daba el carácter de producto local, y se enviaba a Puebla y Ciudad de México. Mas, por razones aún desconocidas, el cacao de Guayaquil sufrió a su vez una caída de precios a mitad del siglo xvn de la que no comenzó a recobrarse hasta fines de la década de 1680.

Caracas se benefició de las dificultades de Centroamérica y Guayaquil. Obli- gada por la decadencia del sistema de flotas a abandonar su papel de proveedor de trigo de los navios en Cartagena y Portobelo, la región comenzó a mandar ca- cao silvestre a Veracruz en la década de 1620. El comercio registró un creci- miento uniforme hasta alrededor de 1660 y después cayó drásticamente hasta

1670, sin que volviera a alcanzar los niveles anteriores hasta 1680. Después de esta fecha, las exportaciones se reanudaron, creciendo rápidamente hasta bien avanzado el siglo xvm.

Otros dos hechos apagaron el comercio interregional en las colonias después de 1630 aproximadamente. Uno fue la piratería. Los Chaunu han tratado de de- mostrar que tuvo pocos efectos en el desarrollo de la carrera. Con excepción de los famosos, aunque escasos, años en que holandeses o ingleses capturaron toda la flota con el tesoro —como hizo el almirante Piet Heyn en la bahía de Matan- zas, cerca de La Habana, en 1628— la carrera tenía la suficiente envergadura y el suficiente armamento como para luchar contra las mejores armadas o, incluso, ignorarlas. Otros estudiosos llegan a la conclusión de que los Chaunu han subes-

ESPAÑA Y AMÉRICA: EL COMERCIO ATLÁNTICO 73