• No results found

a Sin embargo, las medidas gubernamentales no ofrecen, en absoluto, una ex- plicación suficiente de la bonanza de la plata en el siglo xvm en Nueva España. Por esta época la población de la colonia estaba creciendo, de forma que no ha- bía mucha dificultad a la hora de reclutar la fuerza de trabajo asalariada. De he- cho, los trabajadores mineros mexicanos, en su mayor parte mestizos, mulatos, criollos pobres e indios emigrantes, formaban una aristocracia laboral libre, bien pagada, de gran movilidad y a menudo hereditaria, que en la mayoría de los campamentos obtenía una parte del metal además de su salario cotidiano. Pero el elemento decisivo de la expansión hay que buscarlo en la actividad y colabora- ción de los comerciantes-capitalistas y los mineros, que hacían alarde de habili- dad y tenacidad aplicadas a aventuras que, en ocasiones, requerían años de in- versiones antes de que surgiera la riqueza. La industria se apoyaba en una elaborada cadena de crédito que iba de los bancos de plata y los comerciantes fi- nancieros de la Ciudad de México a los comerciantes locales y a los refinadores de los campamentos principales que, a su vez, respaldaban a los verdaderos mi- neros. La tendencia que encontramos a lo largo del siglo es la del crecimiento de las minas individuales, mientras que en los campamentos más pequeños toda una veta era dominada por una gran empresa.

La escala de las operaciones y el tiempo que se dedicaba a ellas eran a me- nudo extraordinarios. Al famoso conde de Regla le llevó más de 20 años el obte- ner beneficios de sus inversiones en la Veta Vizcaína en Real del Monte, debido a la necesidad de abrir una entrada de drenaje a 2.634 m por debajo de la veta. Con los enormes beneficios que se produjeron, Regla compró una cadena de ha- ciendas y, por el precio de casi medio millón de pesos, construyó el gran molino para el refinado que aún permanece como monumento en su honor. Sin em- bargo, la mayor empresa, con mucho, era la Valenciana en Guanajuato que en la década de 1790 empleaba a más de 3.000 trabajadores. Con 4 pozos y multitud de túneles que se entrecruzaban a partir de la veta, la Valenciana parecía una ciudad subterránea. El pozo central, octogonal, con una circunferencia de 29 m y una profundidad de más de 548 m, era una construcción de piedra, asistida por norias tiradas por 8 muías, que costó más de 1 millón de pesos. En cuanto a su fuerza de trabajo y a su inversión, pocas empresas podía haber en Europa que se igualaran a la Valenciana.

El hecho de que los incentivos gubernamentales no eran suficientes para re- activar una industria enferma lo demuestra el ejemplo de Perú, porque en las tie- rras altas andinas el resurgir de la minería fue lento y limitado. Hasta la década de 1730 no empezó a recuperarse la industria de la depresión del siglo anterior. Pero desde un punto más bajo de alrededor de 3 millones de pesos, la produc- ción sólo superó los 10 millones de pesos en la década de 1790, cantidad que se mantuvo sólo brevemente y que incluye los dos virreinatos de Perú y La Plata. La base de esta reactivación fue la creación de nuevos campamentos, como Ce- rro del Pasco, que dependían de trabajadores asalariados, y de la supervivencia de Potosí, con el subsidio laboral de la mita. La corona llevó a cabo casi las mis- mas medidas que en México —se redujo el precio del mercurio, se envió, una mi- sión técnica y se establecieron una asociación y un tribunal de minería—, pero ciertos elementos claves no llegaron a materializarse. La incapacidad de la admi-

LA ESPAÑA DE LOS BORBONES Y SU IMPERIO AMERICANO 1 1 3

nistración de Huancavelica para ampliar la producción —de hecho, ésta declinó a partir de 1780— impuso severos límites a la cantidad de mercurio que llegaba a la industria andina, puesto que Nueva España siempre disfrutó de derechos pre- ferenciales acerca de todas las importaciones de Europa. Al mismo tiempo, la mayoría de las minas siguieron siendo pequeñas, y empleaban sólo un puñado de trabajadores, a lo que se añade que la industria andina se quedó atrás respecto a su rival del norte en cuanto a la aplicación de la tecnología disponible. Tras esta respuesta limitada a las nuevas oportunidades de beneficio creadas por la inicia- tiva gubernamental se encuentra el déficit del capital destinado a la inversión. Los grandes comerciantes de Lima habían perdido su posición predominante en el comercio sudamericano y carecían de los recursos necesarios para emular a sus equivalentes de México. Sus rivales de Buenos Aires no hicieron intentos de invertir en la industria andina. De esta manera, aunque alrededor de fines del si- glo XVIII las minas del alto y bajo Perú produjeron tanta plata como en el rei- nado de Felipe II, la recuperación no se derivó de ninguna concentración de ca- pital o de trabajo, sino más bien de los nuevos descubrimientos y de la mera supervivencia de pasados logros. Al mismo tiempo, el metal precioso quedó como la única exportación de alguna importancia y el poder de compra gene- rado por la industria aún mantuvo una amplia cobertura del comercio interregio- nal.

Aparte de las plantaciones tropicales en las que trabajaban esclavos, el res- tante comercio de exportación dependía del capital mercantil que financiaban diversos productores, desde campesinos indios y pequeños propietarios mestizos hasta mineros chilenos y estancieros de las pampas argentinas. La producción de cochinilla del sur de México-se promovía por medio de «repartimientos de co- mercio», que, en este caso, equivalían simplemente al dinero desembolsado por el funcionario del distrito con medio año de antelación respecto de la cosecha. Aunque la gran casa importadora de la Ciudad de México se retiró de estas ope- raciones después de que los «repartimientos» fueran prohibidos por el Código de Intendencia del año 1786, los comerciantes locales de Oaxaca y Veracruz si- guieron empleando su dinero en este comercio. La misma dominación mercantil se puede observar en el comercio del índigo de Centroamérica, donde los co- merciantes de la ciudad de Guatemala concedían créditos tanto a pequeños pro- pietarios como a grandes terratenientes con el resultado de que, por medio de adelantos, los comerciantes se veían envueltos directamente en la producción para la exportación. Como consecuencia, en Centroamérica los dos tintes se ob- tenían, principalmente, gracias a la colaboración de pequeños propietarios del capital comercial, con o sin la intervención de la corona.

En el cono sur, en Chile y a lo largo del Río de la Plata, los comerciantes de Buenos Aires y Santiago financiaban a los estancieros de las pampas y a los mi- neros del norte de Chile. Tanto gauchos como mineros recibían un salario, aun cuando la mayoría de sus ropas y bebidas provenían, a menudo, de almacenes administrados por sus patrones. Es difícil señalar una causa definitiva para el crecimiento de la exportación en estas regiones, a no ser la simple apertura de rutas comerciales por el Río de la Plata y el Cabo de Hornos, combinada con un crecimiento de la población suficiente como para aportar la fuerza de trabajo.

Una expansión tal fue importante para la economía local, aun cuando no tuviera mucho peso en el mercado internacional. La exportación de cueros de Buenos Aires subió rápidamente de alrededor de 150.000 a mediados de siglo a casi 1 millón a finales, al tiempo que los precios aumentaron de 6 a 20 reales el quin- tal. La industria minera de Chile fue, en gran medida, creación del siglo xvm, habiendo crecido el valor global de su oro, plata y cobre de una media de 425.000 pesos en la década de 1770 hasta casi 1 millón de pesos hacia la década de 1790.

Las otras corrientes principales del comercio de exportación de Hispanoamé- rica consistían en productos tropicales del Caribe y oro colombiano. La fuerza de trabajo de todas estas zonas se surtía de la importación de esclavos de África. En Colombia los placeres de oro de Popayán y Antioquia estaban a cargo de mi- neros que daban trabajo a relativamente pocas cuadrillas de esclavos, financia- dos por comerciantes locales. La acuñación en Bogotá subió de 302.000 pesos en 1701 a más de 1 millón de pesos hacia principios de la década de 1790, a lo que hay que unir un aumento de la acuñación de Popayán desde una media de 423.000 pesos en los años anteriores a 1770 hasta cerca de 1 millón de pesos ha- cia 1800. A pesar del fracaso de la corona al introducir las intendencias en Nueva Granada, su comercio ultramarino igualó en valor a la producción de ex- portación del cono sur." Aún mayor éxito consiguió la vecina Venezuela, donde la producción de cacao fue progresando a lo largo del siglo a medida que las ex- portaciones anuales subieron desde menos de 15.000 fanegas en los años 1711- 1720 hasta más de 80.000 fanegas hacia la década de 1790. Las plantaciones de cacao pertenecían a las grandes familias de Caracas que formaron una aristocra- cia de plantadores. La fuerza de trabajo consistía en esclavos africanos que a fin de siglo suponían, aproximadamente, el 15 por 100 de la población total. Los largos años de olvido anteriores al establecimiento de la Compañía de Caracas habían permitido el desarrollo de una extensa población nativa, mulatos, mesti- zos e «isleños» de Canarias. Más allá de los valles montañosos de la costa se ex- tendían las grandes llanuras del interior de las que procedían la carne seca y las 30.000 muías enviadas por mar a las islas del Caribe.

El ave fénix de la última época borbónica fue Cuba, porque, aunque la isla había producido azúcar y tabaco desde el siglo xvi, fue tan sólo tras la ocupación inglesa de La Habana cuando se propuso seriamente emular el modelo de pro- ducción que se seguía en las posesiones francesas e inglesas. La corona intervino decisivamente al promover la industria del azúcar a través de una creciente im- portación de esclavos, generosas concesiones de tierras a los plantadores y un permiso para importar harina barata de los Estados Unidos. Entre 1759 y 1789, el número de ingenios azucareros aumentó de 89 a 277 y en el mismo período se triplicó la producción. Pero entonces, con la revolución de Santo Domingo y la subsiguiente destrucción de sus plantaciones, la industria cubana entró en una época de rápida expansión y cambios técnicos, y tanto la producción como los

11. Para estas cifras, ver A. J. Macfarlane, «Economic and political change in the vicero- yalty of New Granada with special reference to overseas trade 1739-1810», tesis doctoral, Universidad de Londres, 1977.

LA ESPAÑA DE LOS BORBONES Y SU IMPERIO AMERICANO 1 1 5

precios se elevaron. La aristocracia de los plantadores y los comerciantes de La Habana eran, si es posible, más emprendedores que sus colegas mexicanos y, atentos a las innovaciones técnicas, adoptaron el vapor para sus ingenios y plan- tones de caña tahitianos para sus plantaciones. En último término, sin embargo, el boom dependió de la compra masiva de esclavos africanos, cuyo número su- bió de casi 86.000 en 1792 a unos 286.000 en 1827, con un promedio de llega- das anuales, a partir de 1800, de 6.670. Si Cuba no participó en la insurgencia después de 1810 fue, en gran medida, porque el elemento servil por aquel en- tonces suponía casi un tercio de la población total. En una generación, Cuba ha- bía creado un sistema económico y una sociedad que se parecían más a Brasil que al resto de Hispanoamérica. Los pequeños propietarios seguían dominando el cultivo del tabaco, pero se encontraban, cada vez más, a merced de los gran- des plantadores que disfrutaban del apoyo de la administración colonial. Los re- tornos eran notablemente altos. Aunque las exportaciones se evaluaron en alre- dedor de 5 millones de pesos en la década de 1790, en la década siguiente llegaron a los 11 millones y como resultado igualaron el comercio ultramarino registrado de Nueva España. Para entonces, La Habana se había convertido en la segunda ciudad de Hispanoamérica con más de 70.000 habitantes.

A pesar de lo impresionante y rápido de la transformación económica pro- ducida en Hispanoamérica a raíz de la importación de esclavos o de la inversión en los profundos pozos mineros, la base tecnológica de este desarrollo siguió siendo totalmente tradicional. La compra de unas pocas máquinas de vapor no produjo una revolución industrial. Aquí puede ser ilustrativa una comparación entre las dos grandes industrias coloniales. Así, a pesar de haber surgido grandes empresas capitalistas, tanto la minería como el cultivo del azúcar permanecieron anclados en una etapa de producción en la cual el músculo humano era la princi- pal fuente de energía, bien para la extracción del metal o para el cultivo de la caña de azúcar. Además, a pesar de que había a veces notables concentraciones de energía humana, todas las empresas, minas e ingenios, se regían por casi el mismo tipo de costos. Como ha comentado el profesor Moreno Fraginals, los grandes ingenios azucareros cubanos no eran más que ampliaciones cuantitativas de los anteriores tipos pequeños. De modo parecido, en Nueva España un gran ingenio de refinado se limitaba a agrupar gran número de molinos de trituración o «arrastres», bajo un solo techo. En ambos casos el aumento de la escala de operaciones produjo escasos cambios cualitativos, si es que produjo alguno. Otra cuestión es si la organización de la producción se hizo más eficiente. Un estudio de las plantaciones de azúcar en Morelos descubrió que, entre el siglo xvi y fina- les del XVIII , hubo un aumento de hasta cuatro veces en la productividad, calcu- lada según la relación existente entre el producto y el número de trabajadores y animales de carga empleados. Casi el mismo tipo de mejora tuvo lugar en los embarques del Atlántico Norte durante este período. Sin ningún cambio signifi- cativo en la tecnología marítima, una continua mejora de la organización permi- tía a tripulaciones más reducidas maniobrar mayores cargamentos y perder mu- cho menos tiempo en el puerto.12 Un proceso parecido ocurrió, sin duda, en la