A pesar de todas las limitaciones y la represión que rodearon a las mujeres en la época colonial, ellas dieron muestras inequívocas de ser seres pensantes y de que estaban comprometidas con la idea de un cambio que mejorara la vida de las personas. Las indígenas participaron permanentemente en los levantamientos de las diferentes poblaciones aborígenes. Algunas en roles de dirección como lo hizo Micaela Bastidas en el Perú, junto a su compañero Tupac Amaru y la Cacica de Acos, que lideró un sector importante de dicho levantamiento. En la Audiencia de Quito, las mujeres siempre participaron de las rebeliones que de tanto en tanto explotaban para reclamar contra las
7 Becco, Horacio Jorge (1990) : Selección, prólogo y bibliografía: Poesía colonial Hispanoamericana. Fundación biblioteca Ayacucho. Caracas, p. 324.
Jenny Londoño López Página 187 medidas económicas y la explotación de los españoles, cientos de mujeres indígenas y mestizas protagonizaron asonadas y enfrentamientos a las imposiciones económicas derivadas de las Reformas Borbónicas. Muchas criollas ilustradas se sumaron a la primera Revolución quiteña contra la dominación española (1809-1812), y fueron perseguidas, encarceladas. Muchas tuvieron que esconderse y otras murieron por mano de los pacificadores como Rosa Zárate: fusilada y cortada la cabeza junto a su esposo Nicolás de la Peña, para colocarlas en exhibición en las puertas de entrada a Quito.
Un poema escrito por Pedro Felipe Valencia (1774-1816),8 prócer y mártir de la independencia colombiana, y dirigido a una dama santafereña, muestra que, entonces, ya había expectativas de cambio con relación a la situación de las mujeres e ironiza sobre esos anhelos:
REDONDILLAS
Me han dicho, bella Marciana, que casi has perdido el seso porque dije en un impreso: la mujer no es ciudadana.
Si me aborreces de muerte porque te quité ese nombre, con los derechos del hombre voy ahora a satisfacerte. Se requiere voz activa para cualquier asamblea, y Amor ordenó que sea la mujer siempre pasiva. Los ciudadanos suspiran solo por la libertad: tú robas la libertad de todos los que te miran.
Ni conoces la igualdad cuando un hombre se te humilla, y te dobla la rodilla como a una divinidad.
Cierto es que eres elegible y que muchos te eligieran, si con certeza supieran hallar tu pecho sensible. Mas también es fuerza elija tu voz en el tropel vario un público funcionario que te ampare y que te rija.
No eres libre, y aun por eso haces que uno se reporte presentándote la corte sin pronunciarse el congreso. ...Sepan las bellas mujeres, de este país ornamento, que la igualdad es un cuento en el reino de Citeres.
Jenny Londoño López Página 188 ...El republicano anhelo es ser, como el aire, exento
de extranjero mandamiento o de opresión en su suelo. ...Así, pues, preciosos seres, dejad cualidades vanas, y sed nuestras soberanas, ciudadanas de Citeres.
De la simple lectura del poema, tenemos un fresco sobre la concepción que manejaban los hombres de aquella época y aún ellas mismas respecto a la dependencia de las mujeres, efectos de la represiva ideología impuesta sobre ellas: ser pasivas y posesivas, estar dominadas más por el corazón que por el cerebro, ser criaturas decorativas. Más, contradictoriamente, el autor califica como “cualidades vanas” los anhelos de las mujeres de sacudirse de su estado de minusvalía social y las impele a renunciar a la lucha por la libertad.
Algo parecido ocurrió siempre en la gran mayoría de los procesos revolucionarios, cuando se aceptó la participación activa de las mujeres, pero solo hasta el momento en que ellas demandaban reivindicaciones como género, y exigían equidad, entonces se las obligaba a volver a sus tareas de siempre, las que la “divinidad” o la “natura” habían determinado supuestamente, desde el principio de los tiempos, para ellas.
Sin embargo, una de las más hermosas poesías, escritas por Sor Juana Inés de la Cruz, monja, teóloga, filósofa y escritora de "Nueva España" (México) y considerada como una de las más destacadas voces poéticas del barroco del S. XVII, protestó claramente contra la ambigüedad que existía en las concepciones masculinas sobre la mujer. Sor Juana Inés en sus “Redondillas a los Hombres”9 dice:
“Hombres necios que acusáis a la mujer sin razón, sin ver que sois la ocasión de lo mismo que culpáis; Si con ansia sin igual solicitáis su desdén.
¿Por qué queréis que obren bien si las incitáis al mal? Combatís su resistencia, y luego con gravedad
decís que fue liviandad lo que hizo la diligencia...
9 Herrera Gil, Rafael, (Selección y notas), Antología de la Literatura Hispanoamericana y Ecuatoriana con panorama de la narrativa del siglo XX”, Ed. San Pablo, Quito, 1988, p. 19.
Jenny Londoño López Página 189 ...¿Qué humor puede ser más raro, que el que falto de consejo
él mismo empaña el espejo y sienta que no está claro? Con el favor y el desdén tenéis condición igual,
quejándoos, si os tratan mal, burlándoos si os tratan bien. Opinión ninguna gana, pues la que más se recata,
si no os admite, es ingrata, y si os admite, es liviana. Siempre tan necios andáis, que con desigual nivel, a una culpáis por cruel, y a otra por fácil culpáis.
¿Pues cómo ha de estar templada la que vuestro amor pretende, si la que es ingrata ofende, y la que es fácil enfada?
...¿Cuál mayor culpa ha tenido en una pasión errada, la que cae de rogada, o el que ruega de caído?
¿O cuál es más de culpar, aunque cualquiera mal haga, la que peca por la paga, o el que paga por pecar? ¿Pues para que os espantáis de la culpa que tenéis? queredlas cual las hacéis, o hacedlas cual las buscáis...”
Estas “Redondillas a los Hombres” que nos pintan un cuadro sobre las inequitativas relaciones entre los sexos y el injusto tratamiento que se les daba a las mujeres en las relaciones amorosas, tienen su contraparte en un romance español antiguo, de autor anónimo, que circuló en el Siglo XVI y del cual nos ha quedado la siguiente versión:
EL CORREGIDOR Y LA DONCELLA10
Estaba el Corregidor sentado a su limpia mesa, fablando de las mujeres, e decía desta manera:
-Apuesto que no hay ninguna que de amores no se venza con las mis cuatro razones, aunque sea mujer ajena.
Amor las face atrevidas, Fortuna las face ciegas,
10 Herrera, Gil: op.cit., pp. 491-492. En España se conoce este romance con el nombre de “El Maldiciente”, y los personajes son el conde Cabreruelo y la reina. No se sabe la fecha en que fue escrito, pero se conoce que Sor Juana Inés de la Cruz lo había leído.
Jenny Londoño López Página 190 peligrosas los halagos e con dinero se mercan.
La niña que tal escucha, al punto le dio respuesta. Oiredes lo que le dijo la tan fermosa doncella:
-No son las mujeres malas, no son las mujeres buenas; hombres traidores del mundo han fecho traidoras fembras. Del hombre son los pecados si culpas cometen ellas, que la mujer solo escucha lo que el amigo concierta.
De la mujer tiene el hombre las opiniones opuestas: favorecidos se alaban, difaman si los desprecian; la que los escucha es fácil, la que no les fabla, necia, e a la que más se resiste se inclinan con mayor fuerza:
Ejemplo de piedra dura que el agua continua mella. ¡Vos de mujer sois nacido, volved mejor por las fembras! Aquesto el corregidor levantóse de la mesa,
e sin pronunciar palabra llevárase a la doncella.
Siglos de educación patriarcal, marcaron a sangre y fuego a las mujeres. La Iglesia justificó y santificó a través de la religión, todos los contenidos de la inferioridad de la mujer y de su tendencia natural al “pecado”; desarrolló en ellas un permanente sentimiento de culpa, un sentimiento expiatorio que las convirtió en receptoras del maltrato y la violencia conyugal y quizá por ello, la mayoría de las mujeres, en un afán de purificarse de sus supuestas debilidades, se allanaron a la doctrina y al culto religioso hasta el punto de convertirse en las más furiosas y obsecuentes defensoras del “statu quo”, en portadoras y refrendadoras de una formación profundamente reaccionaria y ultraconservadora, fenómeno conocido con el nombre de “Marianismo”, que siguió perpetuando los roles supuestamente femeninos, basados en la dependencia y el servicio del hombre, en detrimento de su propio valor y desarrollo como género oprimido.
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