Partiendo de los ancestrales prejuicios que la Iglesia manejaba respecto de la mujer y que propagaba día a día, a través de sus “pastores”, en la cotidiana misa y en los demás servicios religiosos, en la enseñanza de la catequesis y en la escuela, (los mass media de la época colonial) podemos definir un estereotipo de mujer, que reuniría las siguientes “cualidades femeninas”: sumisa, obediente, callada, diligente; combatir su curiosidad natural, que la podía conducir al pecado, siempre ocupada en labores manuales y domésticas, porque el ocio la podía conducir a pensamientos y deseos pecaminosos. Comprensiva y tolerante de las infidelidades de su marido, prerrogativa solo del hombre. Defensora de su virginidad, a ultranza, cualidad física, que ella debía cuidar, por sobre
4 Ibídem.
Jenny Londoño López Página 182 todas las cosas, pues era el objeto más preciado para el hombre y su credencial para un buen matrimonio.
Tres opciones concretas tenía la mujer en la colonia, ser madre, monja o prostituta. La mujer soltera no tenía un espacio propio ni independiente. Solo podía sobrevivir dependiendo de la casa familiar hasta su muerte, convirtiéndose en la servidora abnegada de otros miembros de la familia, recluyéndose en un convento o convirtiéndose en beata al servicio de la iglesia y de los sacerdotes. Y por ello, a las que escapaban les quedaban pocas posibilidades para sobrevivir: ser brujas o prostitutas.
La literatura nos facilita una de las pocas fuentes existentes para asomarnos a las concepciones coloniales sobre la mujer. Un romance tradicional que llegó de España a América5 y se difundió por estas tierras es fiel reflejo de las mismas:
“Me dio el amor cierto indicio, con ello me dio a entender bonito es tener mujer, siendo la mujer de juicio.
De juicio quiere decir que sea la mujer discreta, con condición y que sepa de un yerro se corregir; porque la mujer se entrega sin luz y sin fundamento;
desto fue lo que en un tiempo “me dio el amor cierto indicio”.
... Aunque entender es bastante si la mujer es traidora, y si es escamisadora, ni el demonio que la aguante; hay que verla bien vestía y aguantarle picardía,
y hay que darle de comer, y con todo eso hay quien diga: “bonito es tener mujer”.
Querer mujer con esmero, yo a ninguno le aconsejo, pero sí yo le diría no le deje ni pellejo
a punta de darle cuero, y si hubiera un majadero que no tuviere que hacer y se ponga a mantener
5 Pacheco Quintero, Jorge (compilador): “Antología de la Poesía Colombiana, Tomo II, El Neoclasicismo, Los Romances tradicionales”, tomo II, Imp. Inst. Caro y Cuervo, Bogotá, 1973, p. 509.
Jenny Londoño López Página 183 esa prenda sin valor yo le aconsejo muy bien
no la deje sin oficio: bonito es tener mujer “siendo la mujer de juicio”.
Como lo expresa el poema, están reflejados aquí los prejuicios existentes en la colonia sobre la mujer. Ella debía “ser discreta”, silenciosa, no opinar, no discutir. Asumir una postura de menor de edad, que se reconoce inferior e ignorante. Redondea la imagen de una buena mujer “no ser traidora ni escamisadora”, pues son dos defectos femeninos específicos dentro de la ideología patriarcal, el primero de los cuales se combate con la fidelidad y el servilismo a ultranza y, el segundo, con el ahorro y el sacrificio de la mujer. El poeta se queja de mantener económicamente a la mujer, sin caer en cuenta que la sociedad le negaba a la mayoría de las mujeres el derecho al trabajo remunerado y que las leyes habían consagrado la obligación de que el esposo asumiera la manutención de su mujer y su familia, justamente por un mandato patriarcal que la convertía así en un objeto de posesión del marido, en una prisionera. No era pues una culpa de las mujeres sino del sistema patriarcal.
La crítica de que “la mujer se entrega sin luz y sin fundamento” lleva implícita la prohibición de que la mujer sea apasionada o sincera, confiada e ingenua para no caer en la situación que ilustra el poema. Se habla también de los derechos absolutos que tenía el cónyuge sobre su esposa y su prole, uno de aquellos derechos consistía en castigar a la mujer como a uno más de sus hijos, cosa que era bastante común en la sociedad colonial y que todavía se conserva en muchos ámbitos geográficos y sociales. De padres a hijos se enseñaba la importancia del castigo a la mujer para impedir su insubordinación. Así, la supuesta y famosa identidad femenina, esencialista, base de la cultural patriarcal, nos fue impuesta a las mujeres a través de siglos de violencia en la familia y en la sociedad.
Una mujer no debía mostrar inteligencia, porque corría el peligro de no casarse, ya que a ningún hombre le gustaban las mujeres “sabidas” y preferían a las ingenuas e inocentes. La esposa debía aprender a aceptar, de boca para afuera, todo lo que dijese y ordenase su marido; con el tiempo, aprendería el sutil sistema de decir que si, mientras hacía lo contrario. Otro comportamiento patriarcal de las mujeres fue el de establecer vínculos amorosos muy estrechos con los hijos y dejar al esposo la tarea desagradable de
Jenny Londoño López Página 184 reprenderlos y castigarlos. Este amor maternal era -en la mayoría de las madres- enfermizo, por la exagerada posesividad y sobre-protección que ellas ejercían sobre sus hijos, quizá tratando de llenar el vacío del amor marital y convirtiéndolos, las más de las veces, en seres inseguros, irresponsables y dependientes. Algunos extranjeros criticaban esto en las familias criollas y señalaban que los mimos venían de la tradición indígena, ya que sus mujeres eran demasiado cariñosas con sus hijos.
Como a las mujeres les estaba negada la instrucción, la lectura, el acceso a las ciencias, desarrollaron lo único que tenían a su alcance: la intuición. Por esta razón siempre fueron tildadas de “extrañas”, de tener tendencias a lo sobrenatural, a lo esotérico, a lo sensible, a lo empírico, cuando no de ser brujas. Ciertamente, esta capacidad de percepción natural de las mujeres les permitió sobrevivir en una sociedad tan poco equilibrada y en medio de una represión tan aguda como la que debieron soportar, represión que tuvo la finalidad de impedir que la mujer asumiera una identidad propia y una participación activa en la sociedad, lo que contribuyó a que la mujer interiorizase un profundo sentimiento de inferioridad, asumido y aceptado mayoritariamente como parte de una fatalidad biológica, aunque no faltaron las valientes que rompieron las duras normativas y asumieron actitudes de rebeldía.