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29 a programme devised by the department itself.

A lo largo de este trabajo se ha dado cuenta de las concepciones de la naturaleza que se han forjado en los últimos treinta y cinco años: la naturaleza sistema, la naturaleza culto y la naturaleza recurso, pero sin lugar a dudas hay que concluir que esta última es la idea dominante en nuestro tiempo y lo es porque aborda el núcleo del problema ambiental, el punto álgido que le ha dado tanto protagonismo, el asunto que la ha conducido a ocupar silla de honor en todos los parlamentos del mundo, que ha propiciado cientos de movimientos que van a lo largo del espectro verde, desde el más claro, hasta el más oscuro. Se trata de la riqueza, o más bien, de la condición de posibilidad que es la naturaleza para producir riqueza a través de la producción o a través de la adquisición. Carecer de recursos naturales es carecer de materia prima y ya hemos visto que dichos recursos son limitados. Por tanto, la naturaleza constituye un importantísimo patrimonio para cada nación, porque los recursos que se ubican en cada territorio son, se supone, propiedad de cada Estado. Por tanto, el núcleo del problema ambiental está en las tensiones de poder que se evidencian en cada conflicto. ¿A quién le pertenece ese patrimonio?, ¿es privado o es público?, ¿es nacional o es global? Si es global, ¿quién puede aprovecharlo?, ¿qué papel juega la geopolítica y las lógicas de la globalización para el usufructúo de los recursos naturales?, ¿con qué derecho una multinacional patenta un componente químico de una especie endogámica de la selva amazónica?, ¿a quién se le paga por generar impactos ambientales en un bosque del Chocó para que una multinacional extraiga madera?, ¿por qué la población que habita el litoral pacífico colombiano, considerado una de las reservas de la biosfera25, por su inmensa diversidad, es una de las poblaciones más miserables de Latinoamérica?, ¿quién tiene derecho, quién tiene potestad, quién puede decidir sobre el hábitat que soporta la vida humana?, estas y otras muchas, son las preguntas cotidianas que tienen que enfrentar aquellos que están en el poder y los otros que resisten desde el movimiento social para defender los intereses (por lo menos eso creen) de aquellos otros que no son poderosos pero que sí son, supuestamente, ciudadanos de derecho o, como le gusta decir a la globalización, ciudadanos del mundo. Es así que la idea de la naturaleza que hoy domina la escena macropolítica es la de que ella constituye un recurso y por esto no es casual que también la economía sea protagónica para abordar el tema ambiental, ya que esta disciplina ofrece respuestas concretas (por más desacertadas, inmorales, serviles o acomodadas que nos parezcan) a las preguntas que señalábamos y que son las preguntas que de manera pronta tienen que resolver los gobernantes de turno.

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Las reservas de la biosfera son áreas representativas de uno o más ecosistemas no alterados por la acción del ser humano o que requieren ser preservados y restaurados. En ellas habitan especies representativas de la biodiversidad nacional, incluyendo a las consideradas endémicas, amenazadas o en peligro de extinción. Son reconocidas como tal en el plano internacional en el marco del Programa sobre el Hombre y la Biosfera (MAB) de la UNESCO.

Ahora, estas preguntas se pueden resolver desde la economía o desde la política. O para decirlo con más precisión: desde la economía tecnocrática en la que los expertos modelan y valoran en sus escritorios, o desde la economía política que entiende que en el núcleo está el tema del poder y particularmente de las relaciones con el Estado. Para tomar decisiones políticas hay que estar referenciado por los fundamentos de una ideología o de una doctrina política (el comunismo, el socialismo, el capitalismo, por ejemplo) bien, ¿cuál es la doctrina por la que se rigen los verdes de Alemania o los de Francia o los radicales de Estados Unidos? Ferry (1994) los critica diciendo que pendulean desde la extrema izquierda hasta la extrema derecha según cada problema que abordan y esto lo lleva a afirmar de manera categórica que ni el ecologismo, ni el ambientalismo constituyen una ideología política (excepción de la ecología profunda que regida por el holismo y las verdades absolutas, define una especie de nacionalismo autoritario como práctica a implementar), lo que no quiere decir que el problema ambiental no sea algo que deba abordarse políticamente. Dobson (1997) está en otra rivera afirmando con la misma convicción que “el ecologismo es una ideología política por derecho propio” porque cumple con tres condiciones: hace un diagnóstico de la sociedad actual, caracteriza la sociedad que quisiera tener o por la quisiera luchar y propone un derrotero programático para lograrlo. No obstante, Dobson (1997) no ha olvidado mostrar a lo largo de todo su texto que nadie tiene claro cual es el derrotero programático, porque aunque él mismo dice que la sociedad ideal para el ecologismo es una vaporosa llamada sociedad sustentable, los verdes están lejos de ser una unidad para saber como se llega a ella, ni siquiera al interior de cada partido hay posturas unificadas.

En el acápite 5.2.1 decíamos que tal vez la crítica más fuerte que ha producido el problema ambiental es el biocentrismo, porque parece una nueva herida en el narcisismo humano que pretende quitarle el centro de la consideración moral y trasladárselo a la biosfera. Esta pretensión es muy propia del ecologismo y no podemos reconocerla en ninguna otra ideología política, lo que nos hace pensar, a contravía de Ferry (1994), que los verdes están requeridos de una ideología propia que construya un programa pertinente para abordar el conjunto de la sociedad con unos “lentes verdes” y que recoja tanto las preocupaciones del ambientalismo, es decir, los impactos de la técnica sobre el entorno y las preocupaciones del ecologismo, es decir, los impactos de la acción humana y de la explotación industrial sobre los ecosistemas. Además, la inmanencia de la sociedad contemporánea, la carencia de explicaciones ultramundanas y sobretodo el riesgo inminente por la constatación de que los recursos naturales son limitados, abre las condiciones de posibilidad para que la ideología verde pueda avanzar en la organización social que toda apuesta política requiere. No obstante, una ideología política que se mantenga en el desconocimiento y la falta de valoración de lo humano, es lo suficientemente peligrosa como para que no valga la pena respaldarla. Ideologías que hoy aludan a regresar al origen, que apunten a buscar purezas perdidas, que mencionen, aunque sea en casos aislados, que el exterminio está dentro de las posibilidades, son ideologías que van en contravía de un esfuerzo denodado de Occidente: conquistar la democracia y permitir la pluralidad. Así que la única ideología que puede permitírsele a los verdes es aquella que sostenga una defensa irrestricta de los derechos humanos de todas las generaciones.

Sin embargo, podemos ver que la preocupación por los recursos naturales está incluida hoy en todas las ideologías existentes, lo que no se puede explicar por un simple efecto de la moda, sino más bien por una preocupación sincera (que no necesariamente altruista, puesto que una empresa privada no estará interesada en la sostenibilidad de los recursos a nombre de las generaciones futuras, ni de los ciudadanos pobres, sino a nombre de garantizar su proceso productivo en el tiempo) de las más diversas corrientes. Ideologías de derecha como el capitalismo pueden

tomar los recursos como algo a privatizar y a incluir en sus lógicas de mercado, mientras que corrientes de izquierda los tomarán como algo a defender en pro del conjunto de la sociedad, como bienes públicos a democratizar o como prácticas requeridas de la justicia ambiental.