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John Lee (1967), pp 113-7 46 Smith (1975), p 32.

46 from it, including the country’s first university graduates.

45 John Lee (1967), pp 113-7 46 Smith (1975), p 32.

Los niveles a los que ha llegado la discusión sobre el problema ambiental, hacen insuficiente que se promueva la defensa de la naturaleza porque ésta funciona como soporte vital para la humanidad y exigen, más bien, que se considere el valor intrínseco del mundo natural. Cuando examinábamos la idea de naturaleza culto nos preguntábamos ¿qué es lo que de la naturaleza posee valor intrínseco? Y respondíamos con Ferry (1994) que las ideas que nos evoca la naturaleza son las que justifican esa valoración, siendo ésta una argumentación filosófica que no se entrega al antropocentrismo porque reconoce que quien evoca las ideas es efectivamente la naturaleza, pero tampoco se entrega al naturalismo porque el sujeto que dirige su mirada a la naturaleza es quien despliega dichas ideas y en este sentido la ética de la valoración inherente no deja de ser, como todas las éticas, humanista. Asuntos como la finalidad o la interrelación que podemos observar en los ecosistemas, nos recuerdan la sabiduría o la solidaridad que tanto apreciamos en la experiencia humana. Sin embargo, las formas que en un momento dado adquiere la naturaleza, el amanecer, el crepúsculo, los arreboles, los colores de una mariposa, los frutos coloridos de una especie forestal, los élitros metalizados de los cucarrones (coleóptero), etc. evocan, frecuentemente, la idea de belleza que tan cara le es a la humanidad: “la felicidad de la vida ha de buscarse ante todo en el goce de la belleza, dondequiera sea accesible a nuestros sentidos y a nuestro juicio: ya se trate de la belleza en las formas y los gestos humanos, en los objetos de la naturaleza, los paisajes, o en las creaciones artísticas y aun científicas. Esta orientación estética de la finalidad vital nos protege escasamente contra los sufrimientos inminentes, pero puede indemnizarnos por muchos pesares sufridos. El goce de la belleza posee un particular carácter emocional, ligeramente embriagador. La belleza no tiene utilidad evidente ni es manifiesta su necesidad cultural, y sin embargo la cultura no podría prescindir de ella” (Freud 1973).

Freud nos lo dice de manera certera, la belleza es una de las experiencias culturales que nos puede permitir un fugaz encuentro con la felicidad. Pero para que esa experiencia estética acaezca es menester una relación biunívoca. La naturaleza pone su cuota con sus bellas formas, pero la mirada estetizadora, la mirada proveniente de un ser sensible que ha tenido la posibilidad de forjar en su ser un lugar para la belleza, es la otra cuota necesaria (Esta mirada estetizadora tiene también su carga histórica, es decir, reconocer algo como bello es efecto de una cultura específica, por ejemplo, a nadie se le ocurría en el Siglo XV catalogar la naturaleza salvaje como bella, al contrario, era temible, repulsiva, pero en el Siglo XVIII deviene seductora, atractiva, bucólica.) Valga decir, no existe belleza, ni en la naturaleza, ni en las construcciones humanas, per se, es la mirada cargada de sentido la que ofrece posibilidades para que ésta devenga y el ser humano es la única criatura capaz de estetizar su entorno. Una tormenta no es bella para un tigre, puede ser temerosa, puede ser una señal, puede ser agradable, pero no es bella, por eso la ausencia humana, sería la ausencia de la belleza en la naturaleza.

Lo bello es esencial a la condición humana, lo bello no es un mero accesorio del que se pueda prescindir como ha creído la malavenida idea de que sólo es valorable lo útil, lo funcional, lo que renta. La relación con lo bello es mas profunda, es un camino para múltiples significaciones, es al tiempo una experiencia que permite profundizar y gozar. De esta forma, las sociedades que saben hacer de lo bello una experiencia permanente y enriquecedora son sociedades más complejas, más cualificadas y hasta

mejor dotadas para enfrentar las tensiones y los conflictos que son inherentes a la condición humana. Y si la naturaleza es posibilitadora de belleza, la naturaleza posee un valor que la hace defensible, que la hace necesaria para la humanidad, pero ya no por su servicio como recurso, sino porque permite una experiencia suprema. La belleza es en sí misma, una razón de peso para defender la naturaleza.

El capitalismo sabe que la belleza es cara necesidad para los seres humanos y por eso no ha dudado en acuñar el término amenidad, con el que pretende cuantificar, mercantilizar, ordenar y volver consumo la experiencia estética que permite la naturaleza, los eco-hoteles, los eco-restaurantes y el eco-turismo en los que se vende la idea de que las bellas formas “naturales” transmiten calma y felicidad mientras se combinan con las comodidades propias del bienestar: “el Rainforest Café es, según su propagandas, un lugar salvaje para comprar y para comer. En ese local pueden adquirirse toda clase de objetos para acceder a la selva (cremas, camisetas, brújulas, ventiladores, machetes) o para vivir ecológicamente a la puerta de casa. Al fondo de las instalaciones se encuentra un restaurante envuelto en un bosque con palmeras, pájaros, peces y cascadas, sillas tapizadas de piel de cebra y mesas de cocotero. ¡Nuestro restaurante es un concepto exclusivo y una aventura a través del más realista interior de la selva que nunca se ha creado!” (Verdú 2003). Pero el capitalismo no es una sociedad que promueva ciudadanos capaces de gozar la estética, sino ciudadanos requeridos de entretenimiento, aventura y diversión para salir de la aburrición en la que los hunde el vaciamiento de sentido.