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A SEDIMENT BUDGET ANALYSIS 1 Introduction

Ebb dominated: Fluvial sediment

2.5 A SEDIMENT BUDGET ANALYSIS 1 Introduction

Menfis

En el capítulo anterior hemos analizado, de forma general, los diversos elementos que caracterizan la cultura material egipcia de época del Impe- rio Antiguo. En el presente capítulo nos proponemos, esencialmente, ex- poner lo que podríamos llamar la distribución geográfica de esta misma cultura. En este cometido, algunas repeticiones serán inevitables. Empe- zaremos por Menfis, la capital del Estado, y su inmensa necrópolis, que sin lugar a dudas reúne por sí sola la gran mayoría de restos de esta época.

La antigua Menfis se encontraba situada en una ancha llanura aluvial en el extremo sur del Delta, en la zona de transición por consiguiente entre el Alto y el Bajo Egipto. En esta zona el Nilo discurre pegado a la cordille- ra arábiga por el este, y deja a su izquierda lo que en la actualidad no es otra cosa que un extenso palmeral, más allá del cual se levanta, por el oes- te, el altiplano de Saqqara con sus impresionantes construcciones funera- rias. No obstante, de lo que hubo de ser la magnífica ciudad de los vivos no subsiste en la actualidad casi nada que sea visible, a excepción de informes montículos de adobes y escombros hacia el norte del palmeral, y hacia el sur los restos en piedra, pero mal conservados, del templo de Ptah, fecha- bles por lo demás en época muy avanzada. En sus alrededores se encuentra

la aldea moderna de Mit Rahina, a una treintena de kilómetros de El Cairo, única y bien humilde perpetuación hasta el presente de la otrora brillante ciudad.

La llanura de Mit Rahina, pues, oculta los restos de la Ciudad del Muro Blanco, así llamada por sus fundadores los primeros reyes tinitas, convertida definitivamente en capital del Estado por los reyes de la Di- nastía III, y que sobrevivió como el más activo centro urbano —si no el más importante— egipcio hasta el final de la historia faraónica. Aquí se construyó durante la Dinastía I el palacio real, seguido sin duda por otros construidos por los faraones del Imperio Antiguo. El templo de Ptah, primitivo dios originario del lugar, fue pronto acompañado de otros templos dedicados a otras divinidades, como Sacmis, la diosa león originaria también de Menfis y considerada la esposa de Ptah; a estos dos dioses se unió, en un momento dado, Nefertem, el dios del loto per- fumado, al que se consideró hijo de aquéllos, completándose así la tría- da menfita.

El clero menfita, como es lógico suponer, cobró pronto especial im- portancia a la sombra de Ptah, convertido en dios de la capital del reino. Según sus especulaciones teológicas, Ptah era un dios primordial que creó el mundo por el pensamiento y la palabra. También era el inventor de las técnicas, convirtiéndose en el patrón de artistas y artesanos, tan abundan- tes en Menfis: sus hijos, los enanos patecos, son representados frecuente- mente como auxiliares en los trabajos metalúrgicos, y mucho más tarde los griegos identificarían, significativamente, a Ptah con Hefesto. Ptah es- taba también vinculado a la monarquía, era el dios que regía las fiestas ju- bilares heb-sed, y la coronación de los reyes debía celebrarse en el templo de Ptah. Es posible que el desarrollo de estas concepciones que vincula- ban a la monarquía con el dios Ptah llegasen a su momento álgido hacia finales de la Dinastía IV, durante el reinado de Shepseskaf y el de su hipo- tético sucesor y último representante de la dinastía, Dedefptah, y que esta ascensión del clero menfita fuese sentida como una amenaza por el clero heliopolitano.

Tal vez los sacerdotes de Re llegaran a temer la excesiva influencia de los sacerdotes de Ptah en la corte, cerca del rey, y tal vez ello desencadena- se los oscuros acontecimientos que pusieron término a la Dinastía IV y en- tronizaron a la V. En todo caso, el colegio sacerdotal de Ptah parece haber propiciado, si no protagonizado, destacadas especulaciones de índole teoló- gica, moral y humanística, que se generalizaron en los ambientes cultos de Menfis durante la Dinastía V y que son de capital importancia para conocer la evolución del pensamiento especulativo egipcio.

Por su parte Sacmis, originariamente una diosa sanguinaria y destructo- ra, había sido convertida en una divinidad propicia, gracias a los rituales uti- lizados para calmarla y atraerla a la civilización. Como diosa responsable de las epidemias, también sabía la manera de ponerles remedio, de manera que

los sacerdotes de Sacmis en Menfis organizaron las más antiguas corpora- ciones de médicos y veterinarios de Egipto.

Todavía conocemos otras antiguas divinidades de la región menfita. Una de ellas es Sócares, divinidad ctónica del límite del desierto occidental. Sus características y su proximidad a la necrópolis menfita hicieron pronto de ella una divinidad funeraria. Otra de estas divinidades es el toro Apis, al principio simplemente símbolo de la fecundidad. Pronto, sin embargo, el toro Apis se asoció al dios Ptah, convirtiéndose en su heraldo, su manifesta- ción como alma magnífica.

Menfis, pues, era un centro religioso de primer orden. Además, su con- dición de capital del Estado la convirtió en el principal centro administrati- vo de Egipto, donde quedaron centralizados todos los servicios de la admi- nistración. Ello produjo en la ciudad una gran concentración de gente letrada que propició, en estos círculos, la difusión de gran número de espe- culaciones intelectuales y el progreso de las ciencias.

Pero también sabemos que, en épocas posteriores, Menfis fue el princi- pal centro artesano e industrial de Egipto, que en ella se encontraban el ar- senal de armas y los astilleros, y no hay ninguna razón para no pensar que todo ello no hubiera empezado en el Imperio Antiguo, sino todo lo contra- rio. La situación era propicia, siendo Menfis como era la capital del Estado, y su dios Ptah el patrono de los artesanos; como mínimo, los relieves de la necrópolis menfita nos ilustran muchas de estas actividades.

Si a ello añadimos la afluencia a Menfis de un importantísimo tráfico comercial, atraído por sus riquezas, hemos completado el cuadro de una bri- llante ciudad cosmopolita, indudablemente la mayor de todo el mundo en esta época.

El nombre con el que la conocemos actualmente no deriva del origina- rio, Muro Blanco, sino del del barrio artificial construido para mantener el culto funerario de la pirámide del faraón Fiope I, de la Dinastía VI, que se encontraba en Saqqara: Mennofre en egipcio, nombre que significa La Per-

fección Permanente, deformado en Menfis mucho más tarde por los grie-

gos. Por otro lado, es interesante señalar que otro topónimo menfita antiguo se ha convertido en un topónimo prestigioso actual: el templo mayor de Menfis y, por extensión, la ciudad que lo albergaba, eran popularmente lla- mados Hikuptah, La Residencia del ka de Ptah; es muy probable que de este nombre, extendiendo su significación a todo el país, sacasen los grie- gos el nombre de Egipto.

En Heluán, en la orilla oriental del Nilo frente a Menfis, ha sido exca- vada una necrópolis de más de 10.000 tumbas pertenecientes a indivi- duos de todas las clases sociales, fechada en el Período Tinita. Se trata, como es obvio, de la necrópolis privada más importante de los primeros habitantes de Menfis. Los reyes y los personajes más importantes de la corte, en cambio, optaron por hacerse enterrar al otro lado de Menfis, en Saqqara.

La fundación de Menfis

Según una tradición constante, documentada desde tiempos del Imperio Nuevo hasta época griega, el unificador de Egipto y primer faraón llevaría el nombre de Menes. Teniendo en cuenta que quien inauguró la necrópolis real menfita fue Aha, fundador de la Dinastía I, la crítica histórica parece estar cada vez más de acuerdo en que ambos nombres corresponden a un único personaje, cuyos hechos nos son conocidos en parte por la documen- tación antigua, en parte por la tradición posterior. Esta tradición, recogida por el historiador griego Heródoto, nos cuenta que fue Menes o Mina el fun- dador de la ciudad de Menfis, en la que realizó numerosos trabajos hidráu- licos y construyó el templo de Ptah, dios de la localidad. Leamos las pala- bras del griego Heródoto sobre la fundación de Menfis:

Los sacerdotes dijeron que Mina, primer rey de Egipto, protegió Menfis con un dique. El río corría todo a lo largo de la montaña de arena, del lado de Libia; pero Mina, desde arriba, como a unos cien estadios de Menfis hacia el sur, formando un recodo con terra- plenes secó el antiguo cauce y desvió el río por un canal de modo que corriese entre las montañas. Todavía hoy los persas en este recodo del Nilo, a fin de que su curso se man- tenga desviado, ejercen gran vigilancia, y lo refuerzan todos los años; porque si el río, en este lugar, llegase a romper el dique y se desbordase, toda Menfis peligraría de quedar sumergida. Pero cuando este Mina, que fue el primer rey de Egipto, hubo secado el espa- cio del que fue alejado el Nilo, allí fundó la ciudad que ahora se llama Menfis —Menfis, en efecto, se encuentra ya en la parte estrecha de Egipto—; y en las afueras de esta ciu- dad hizo excavar un lago alimentado por el río, que la rodea por el norte y el oeste —pues del lado de Levante la limita el mismo Nilo—; y además, hizo levantar en la ciu- dad el templo de Hefesto (Ptah), que es grande y digno de mención.

(Heródoto, Historias, cit.)

La fundación de Menfis por Menes había sido considerada prácticamen- te como mítica, hasta el descubrimiento y excavación, en el norte de Saqqa- ra, de la necrópolis real correspondiente a la Dinastía I, justo frente al em- plazamiento de Menfis. Ello implica, por consiguiente, no sólo la existencia de la ciudad ya en esta lejana época, sino también su identificación con la capital de la naciente monarquía faraónica, cosa que viene también a dar la razón al historiador egipcio Manetón cuando afirma que el palacio real de Menfis fue construido por Atotis, sucesor inmediato de Menes, en quien la crítica histórica tiende a ver al rey Dyer, sucesor de Aha. Menfis, pues, fue la primera capital del Egipto unificado, y en ella construyeron los primeros faraones su palacio. Sus tumbas fueron erigidas en una meseta desértica que domina el fértil Valle del Nilo a la altura de Menfis y que recibe el moderno nombre de Saqqara.

Sin embargo, ¿por qué Menes eligió, para fundar su capital, precisamen- te el emplazamiento de Menfis, la actual Mit Rahina a cerca de 30 km al sur del actual El Cairo? La capital del reino del Alto Egipto, del que era sobera- no Aha, se encontraba en Hieracómpolis, al sur de Tebas y relativamente cerca de la frontera nubia, muy lejos por tanto del Bajo Egipto. Era, pues, lógico, que Aha decidiese acercar su residencia al territorio que se acababa de conquistar. Sin embargo, al elegir el emplazamiento de Menfis Aha/Me- nes hizo algo más. En efecto, el primer faraón pasó a ser simultáneamente rey del Alto y rey del Bajo Egipto, y el nomo menfita se encuentra precisa- mente en el límite de los dos Egiptos. Efectivamente, Menfis está muy cer- ca del extremo sur del Delta, y su nomo era considerado el primero del Bajo Egipto; la frontera sur del nomo era asimismo la frontera entre el Alto y el Bajo Egipto, y recibía el significativo nombre de Balanza del Doble País. Es, por consiguiente, obvia la voluntad del monarca de establecer su capital en un punto intermedio entre los dos reinos que acababan de quedar unifica- dos en su persona.

Ya hemos mencionado que, para ser enterrados, los primeros reyes del Alto y del Bajo Egipto eligieron un lugar al occidente de su residencia, so- bre una meseta más allá de la tierra cultivable que constituye el primer con- trafuerte de la cordillera Líbica, la cual cierra el Valle del Nilo por el oeste. Esta meseta constituye, pues, el núcleo originario de la necrópolis menfita, necrópolis que ha llegado a ser la más extensa de Egipto y la de existencia más dilatada. Esta meseta, que domina el emplazamiento de la antigua Menfis en el valle fluvial, es conocida por los arqueólogos con el nombre de un pequeño pueblecito que se encuentra en su falda: Saqqara.

La necrópolis menfita

De hecho, Saqqara no es sino la parte central de la inmensa necrópolis men- fita, que de norte a sur se extiende sobre una longitud de más de 30 km al occidente del Valle del Nilo. Esta necrópolis, indivisa para los antiguos egipcios, ha sido dividida en sectores geográficos modernamente, asignán- dose a cada sector el nombre de poblaciones árabes próximas, aunque em- plazadas en el valle. Dichos sectores, de norte a sur, son:

— Abu Rauash, donde se encuentra una pirámide de Didufri (Dinastía IV). — Guiza, donde se encuentran las tres célebres pirámides de Quéope, Quefrén y Micerino, con sus respectivos templos funerarios y la también célebre Esfinge (Dinastía IV).

— Zauiyet el Aryan, donde se encuentra una pirámide atribuida a Jaba (Dinastía III). — Abu Gorab, donde se encuentra el templo solar de Niuserre (Dinastía V). — Abusir, donde se encuentran las pirámides de Sahure, Neferirkare y Niuserre (Dinastía V).

— Saqqara, el sector más cercano a la ciudad de Menfis, que a su vez se subdivide en una zona norte y una zona sur.

— Dahshur, donde se encuentran la Pirámide Roja y la Pirámide Romboidal, am- bas atribuidas a Esnofru (Dinastía IV), así como las pirámides de Amenemes II, Sesos- tris III y Amenemes III de la Dinastía XII, ya en el Imperio Medio.

A estos sectores, todos sobre la cordillera Líbica y a occidente del Nilo, hay que añadir el de Heluán, a oriente del río y a la altura de Mit Rahina, donde hay una necrópolis civil, ya mencionada, de tiempos de las dinastías I y II.

Todos estos sectores de la necrópolis menfita están comprendidos, lógi- camente, dentro de los límites del nomo del Muro Blanco, nombre éste que recibió originariamente la ciudad que con posterioridad los griegos denomi- naron Menfis. Muro Blanco parece ser el nombre que el propio Menes atri- buyó a la capital por él fundada, nombre que sería en todo caso el oficial tanto de la ciudad como de su nomo.

De hecho, parece seguro que al principio la residencia real no estuvo siempre en el emplazamiento originario de Menfis, en Mit Rahina. El des- plazamiento del lugar de residencia de los faraones del Imperio Antiguo dentro de los límites del nomo del Muro Blanco es precisamente el factor que explica que la necrópolis menfita se extienda desde Abu Rauash hasta Dahshur. De este modo, tumbas y pirámides reales nos informan del lugar aproximado en que se erigía la residencia de sus respectivos propietarios, siempre cercana. Así, sabemos que a partir de la Dinastía III se registra una tendencia progresiva a alejarse del núcleo originario de Menfis, que culmi- na durante la Dinastía IV, época de utilización del sector de Guiza, 18 km al norte de Saqqara, y del de Abu Roash, a 8 km al norte de Guiza. Como es lógico, la corte siguió a la residencia faraónica en sus desplazamientos, y por ello las pirámides están siempre rodeadas de lujosas mastabas, enterra- mientos de funcionarios, sacerdotes y demás cortesanos que de este modo seguían estando cerca de su soberano también en el Más Allá.

Sin embargo, el núcleo originario menfita, fundado por Menes en Mit Rahina y en el que se levantaba el templo de Ptah, seguía manteniendo su prestigio, de modo que a partir de la Dinastía V los faraones acercaron nuevamente su residencia al mismo, y con ella sus pirámides. Con la Di- nastía VI, Menfis y su necrópolis inmediata de Saqqara alcanzaban una segunda época de esplendor, al volver a ella los últimos faraones del Im- perio Antiguo.

Menfis y su necrópolis fueron escenario de las violentas convulsiones revolucionarias que marcan el final del Imperio Antiguo. Su prestigio, de todos modos, permaneció incólume a lo largo de toda la historia del Egipto Antiguo, y los faraones siguieron celebrando las ceremonias de coronación en su palacio real, de acuerdo con los primitivos ritos de época de la Dinas- tía I, hasta los tiempos de los Ptolomeos.

La necrópolis de Saqqara. Las tumbas reales tinitas

Las dos primeras dinastías de faraones eran originarias, según Manetón, de Tinis, localidad de emplazamiento cercano a Abido; y en Abido preci- samente se excavó el siglo pasado una necrópolis real correspondiente a ambas dinastías. Con todos estos datos, era lógico suponer que los reyes tinitas tenían su capital en Tinis y que por ello se hicieron enterrar en Abi- do, cerca de su lugar de residencia. Sin embargo, las excavaciones de Saq- qara-Norte a partir de 1936 pusieron al descubierto una serie de tumbas de reyes de la Dinastía I, reyes cuyas tumbas abidonianas ya eran previamen- te conocidas. Tras las polémicas que es de suponer, y ante la evidencia de la superior riqueza y magnitud de las tumbas menfitas, así como ante la imposibilidad de demostrar que los cuerpos de los reyes hubiesen sido efectivamente enterrados en Abido, se llegó a la conclusión generalizada de que las verdaderas tumbas de los reyes tinitas son las de Saqqara, mien- tras que en Abido no habría sino unos cenotafios en los que los reyes se hicieron representar, junto a la tumba y santuario de Osiris, el dios de ul- tratumba.

No obstante, Daumas ha resaltado más recientemente que la personali- dad del rey, a semejanza de la de los dioses, era muy compleja, y estaba compuesta de diversos elementos. Dichos elementos, después de la muerte del rey, podían por consiguiente irse a diferentes lugares, de modo que cabe pensar en la posibilidad de que el cuerpo fuese efectivamente enterrado en Saqqara, mientras que las entrañas —que más adelante serían guardadas en los vasos canopos— serían enterradas en Abido. Esta explicación parece justificar de forma satisfactoria la multiplicidad de tumbas reales.

La necrópolis de los reyes de la Dinastía I en Saqqara-Norte está com- puesta por una serie de mastabas alineadas aproximadamente en dirección norte-sur. La más antigua es la de Aha, aproximadamente en el centro de la necrópolis. A ésta la siguen, en dirección sur, las de Dyer y Uadyi, y poste- riormente en dirección norte las de Den y Andyib, para terminar nuevamen- te hacia el sur con la de Qa, último monarca de la dinastía. Estas mastabas son ya del tipo clásico que adoptará esta clase de enterramientos durante el Imperio Antiguo. Básicamente están constituidas por una superestructura construida, que puede alcanzar más de cinco metros de altura, bajo la cual

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