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6. NUMERICAL MODELLING

6.1 AVAILABLE DATA 1 Hind cast data

6.2.1 Study area

La Dinastía XI y la formación del Imperio Medio

El fundador del Imperio Medio es, por derecho propio, Mentuhotep II, quin- to soberano de la Dinastía XI tebana. Sucesor de Inyotef III, Mentuhotep II (2061-2010) utilizó durante su largo reinado sucesivamente tres titulaturas diferentes, lo cual ha sido motivo de confusión entre los egiptólogos hasta no hace muchos años. Actualmente, sin embargo, los motivos de estos cam- bios de nombre en su protocolo parecen estar claros. El primer cambio de- bió producirse indudablemente tras la caída de Heracleópolis y la total ane- xión del norte de Egipto; el segundo con probabilidad al consumarse la centralización administrativa del Doble País. Estos cambios, en todo caso, señalan acontecimientos considerados especialmente importantes por el propio faraón que tuvieron lugar durante su reinado, y nos indican elocuen- temente cuáles fueron las principales preocupaciones políticas de Mentuho- tep II.

De la guerra de unificación y, en particular, de la caída de Heracleópolis conocemos realmente pocos detalles: es sorprendente que ningún texto con- temporáneo nos hable de este hecho capital acaecido en torno al 2040, que marca el inicio del Imperio Medio, y que sólo dispongamos para el mismo de algunas evidencias arqueológicas. La caída de la capital del reino del Bajo Egipto acarreó, en todo caso y como consecuencia inmediata, un nue-

vo intento de invasión del Delta por parte de los beduinos asiáticos. Lo sa- bemos porque Mentuhotep II tuvo que desencadenar una nueva guerra para expulsarlos, y no se contentó con ello sino que los persiguió hasta sus bases infligiéndoles un serio castigo que consiguió alejar el peligro que represen- taban durante bastantes años.

Una vez unificado Egipto, Mentuhotep II consagró la mayor parte de sus esfuerzos al restablecimiento de la autoridad real y de la prosperidad económica interior. Para ello, tomó una importante serie de medidas que podemos enumerar como sigue: en primer lugar, una enérgica política de centralización, que le llevó incluso a la supresión de algunos principados hereditarios en el Alto Egipto, aprovechando las circunstancias de la pa- sada guerra civil. En los nomos hereditarios subsistentes, los nomarcas debieron sentirse de todos modos estrechamente controlados por el poder real. La capital política del Estado quedó fijada definitivamente en Te- bas, y se creó un nuevo e importante cargo administrativo: el de goberna- dor del norte. Se potenció de nuevo la administración centralizada, de acuerdo con el modelo heracleopolitano y, en última instancia, menfita. El poder central era de nuevo dirigido por el visir, y controlaba estrecha- mente en particular a los funcionarios provinciales, los cuales eran fre- cuentemente cambiados de lugar para impedir que, con el tiempo, pudie- sen llegar a formar nuevas dinastías hereditarias en los nomos direc- tamente dependientes del Estado.

El mejor indicio de la reactivación económica interior nos lo da la im- portante actividad constructiva emprendida por Mentuhotep II especialmen- te en el Alto Egipto. Entre otras, realizó grandes construcciones en el templo de Osiris en Abido y en los de Montu en Tod y Ermant. Estas cons- trucciones, por otro lado, nos dan pie a conocer las tendencias religiosas do- minantes en este momento: Por un lado hay que reconocer la manifiesta pre- dilección de los reyes de la Dinastía XI por Montu, un dios de marcado carácter guerrero de la región de la Tebaida. Pero también es preciso señalar la creciente popularidad de Osiris, notoria ya desde fines del Imperio Anti- guo y que explica la importancia alcanzada por Abido, su principal centro de culto en el Alto Egipto.

En lo referente a la política exterior, Mentuhotep II reasumió las tenden- cias imperialistas de finales del Imperio Antiguo. Además de sus campañas contra los beduinos asiáticos ya mencionadas, el faraón llevó a cabo otras contra los chemehu y los tehenu de la zona de Libia. En el sur, un reino in- dependiente se había formado en Nubia, fundado verosímilmente por algún funcionario egipcio aprovechando el estado de guerra existente entre Hera- cleópolis y Tebas. Contra él dirigió también sus armas Mentuhotep II en una serie de campañas que le llevaron hasta la región de Uauat y que le asegura- ron el control de Nubia hasta la 2.ª catarata.

El fundador del Imperio Medio fue enterrado a su muerte en un fastuoso templo-tumba que se había hecho construir en la orilla izquierda de Tebas,

en Deir el-Bahari. Su sucesor fue su hijo Mentuhotep III (2010-1998), quien accedió al trono siendo ya de edad avanzada a causa del largo reinado de su padre.

Del reinado de Mentuhotep III no sabemos gran cosa. Tal vez lo más im- portante fue el envío de una numerosa expedición comercial de 3.000 hom- bres al país de Opone. Con esta expedición, que alcanzó el mar Rojo a tra- vés del Wadi Hammamat, se reemprenderán los contactos comerciales con Opone —situado en la costa meridional africana del mar Rojo— interrum- pidos desde el final del Imperio Antiguo.

Mentuhotep III prosiguió la política constructiva de su padre en el Alto Egipto, y fortificó el Delta oriental para detener las incursiones asiáticas, enlazando con ello con las realizaciones de los reyes heracleopolitanos de la Dinastía IX/X. En cambio, su monumento funerario en Deir el-Bahari ape- nas está comenzado. De hecho, sabemos que el final del reinado de Mentu- hotep III está marcado por una serie de problemas en el Alto Egipto, uno de los cuales es el hambre, lo cual demuestra que la situación económica no era aún todo lo brillante que pudiera creerse. En medio de disturbios políticos imposibles de precisar acabó oscuramente el reinado de Mentuhotep III y llegó al trono su sucesor, Mentuhotep IV.

El nuevo faraón Mentuhotep IV (1998-1991) es indudablemente un usurpador, cuyo nombre es omitido por el Canon Real —lista de reyes— de Turín. No sabemos en qué condiciones accedió al trono, pero el hecho de que adoptase un nombre solar en su protocolo ha hecho pensar en la posibi- lidad de un intento de revalorización de concepciones político-religiosas del Imperio Antiguo. El principal hecho conocido de su reinado es la expedi- ción que dirigió su visir Amenemes, cuyo objetivo era el control efectivo de la zona del Wadi Hammamat y de la costa del mar Rojo, donde se inició la construcción de un puerto definitivo desde el que zarparían en adelante las expediciones comerciales con destino a Opone.

El reinado de Mentuhotep IV acabó nuevamente entre disturbios, distur- bios que tal vez no habían cesado a todo lo largo del mismo. En efecto, se habla de un interregno al final de la Dinastía XI, y también de la existencia de no menos de dos pretendientes al trono además de Amenemes I, segura- mente el antiguo visir de Mentuhotep IV, quien se proclamó faraón fundan- do la Dinastía XII.

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