Chapter 2 Background
2.4 Aluminum alloy solidification
2.4.1 AA3003: alloy description and solidification characteristics
Sin temor a equivocarnos, podemos decir que la causa a la que Jesús dedicó su tiempo, sus fuerzas y todo su ser fue el reino de Dios entre los hombres. La venida del reino de Dios está en el corazón de su pensamiento y de toda su actuación. Es el núcleo central de toda su predicación, la convicción más profunda, la pasión que anima toda su vida, el eje de toda su actividad. No está equivocado Marcos cuando, con su lenguaje propio, resume así la predicación de Jesús: «Proclamaba la buena noticia de Dios: El tiempo se ha cumplido. El reino de Dios está cerca; convertíos y creed en la buena noticia»
(Mc 1,14-15; cfr. Mt 4, 17). Es indudable que Jesús entendió su misión como proclamación y servicio al reino de Dios.
Este hecho tiene unas implicaciones que, con frecuencia, son olvidadas por los creyentes:
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Todo el mensaje y la actividad de Jesús está al servicio del reino de Dios y obtiene su sentido desde ahí. Todo está subordinado a la idea del reino de Dios y todo adquiere su unidad, su verdadero significado y su fuerza apasionante desde esta realidad del reino. Esto quiere decir que la venida del reino de Dios nos ofrece la clave para captar el sentido que Jesús dio a su vida, y el proyecto que él quería ver realizado entre los hombres. Si no comprendemos el contenido del reino de Dios y no descubrimos la fuerza y el atractivo de su llamada, corremos el riesgo de no comprender gran cosa de Jesús. Una comprensión deficiente, falsa o parcial del reino de Dios nos conduciría a una visión deficiente, falsa y parcial de nuestra fe cristiana.•
Jesús directamente predica el reino de Dios y no a sí mismo. Lo que para él ocupa el punto central no es su persona, sino la misión a la que se siente llamado. No se anuncia a sí mismo. No está en primer plano. «Es verdad, y no tenemos por qué ocultarlo, que Jesús proclama el reino de Dios y no a sí mismo. El hombre Jesús es el hombre auténtico (en absoluto) precisamente porque, volcándose en Dios y en el hombre necesitado de salvación, se olvida de sí mismo y existe únicamente en este olvido» (K. Rahner). Esto quiere decir que para comprender a Jesús hay que partir de algo distinto a él, es decir, del reino de Dios a cuyo servicio vive entregado. Más aún. Puesto que Jesús es «servicio al reino de Dios», el encuentro con él sólo es posible en esa actitud de servicio al reino. Creer en Cristo no es simplemente aclamarlo cultualmente y adorarlo como Señor, sino seguirle en su servicio y entrega al reino de Dios, creer en la causa de Dios como él creyó, luchar por lo que él luchó, esperar la liberación que él esperó y alcanzó. «No todo el que me diga: Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos, sino el que haga la voluntad de mi Padre celestial» (Mt 7, 21; Lc 6, 46).•
Jesús no habló simplemente de Dios, sino del reino de Dios. No fue un teólogo dedicado a exponer teóricamente una doctrina de Dios, sino un profeta entregado a anunciar la causa de Dios entre los hombres. Jesús no ha pedido que se comprenda mejorPágina 38 de 157
la esencia de Dios. Ha buscado con todas sus fuerzas que Dios sea acogido entre los hombres y se imponga su reinado. Este reino de Dios es el valor absoluto al cual todo debe ser sacrificado. La fe cristiana no consiste en la aceptación teórica de una determinada concepción de Dios. Lo que especifica primariamente al cristiano no es una determinada idea de Dios, distinta de otras, sino la búsqueda del reino de Dios, y la justicia, la fraternidad y la liberación que implica. «Buscad primero su reino y su justicia, y todas esas cosas se os darán por añadidura» (Mt 6, 33). Esto no significa minimizar o quitar importancia a lo demás, sino situarse en la perspectiva exacta, y adoptar la debida actitud ante Dios.
Jesús se dejó penetrar con tal fuerza por la realidad del reino de Dios que su fe resultó contagiosa para los que le escuchaban. Es indudable que el mensaje y la actuación de Jesús tenían algo de nuevo, peculiar, apasionante para los discípulos. El reino de Dios tenía algo atrayente y fascinante en los labios y los gestos de Jesús. Una noticia nueva y sorprendente: «El futuro es de Dios. No hay que temer. Algo grande se ha puesto en marcha. Dios se abre camino en la historia de los hombres. Hay futuro para todos. Dios está cerca. Es posible cambiar y ser distintos. Siempre se puede empezar. Siempre nos podemos levantar. Tiene sentido buscar una justicia imposible, una liberación inalcanzable. Se acerca el reino de Dios y su justicia. Tienen suerte los pobres, los que no tienen sitio en la sociedad humana, los que no tienen nada que esperar de la vida. Creed esta buena noticia».
Jesús presenta el reino de Dios como una alternativa apasionante, como un reto a nuestros miedos y esperanzas, como una exigencia decisiva, como una esperanza capaz de abrirnos creadoramente al futuro. Para los que escuchan a Jesús, la venida del reino de Dios tal como él la anunciaba era una buena noticia.
Sin embargo, el lenguaje de Jesús sobre el reino de Dios resulta ambiguo o vacío de sentido para la mayoría de nuestros contemporáneos. Las imágenes y los símbolos empleados por Jesús no son fácilmente accesibles al hombre de hoy. Los cristianos corremos el riesgo deplorable de seguir usando imágenes, símbolos y mitos que no sugieren nada y que están vacíos de contenido incluso para nosotros mismos. ¿Qué pedimos cuando oramos: «Venga a nosotros tu reino»?
¿Cómo pudo Jesús entusiasmar a sus oyentes? ¿Cómo puede ser Jesús hoy buena noticia para los hombres? «Una buena noticia se refiere a un acontecimiento feliz que no es todavía conocido, aunque todo el mundo lo espera y lo busca» (J. Potin). ¿Ha anunciado y ofrecido Jesús algo que todavía no es conocido por los hombres pero que, en el fondo, esperan y buscan? La realidad que se encierra detrás de este lenguaje del «reino de Dios» ¿puede ser todavía hoy una buena noticia para alguien?
1 - Instauración del Reino de Dios
Antes que nada, puede ser conveniente el señalar algunas concepciones falsas del reino de Dios que nos pueden conducir a deformar totalmente el sentido del mensaje y la actuación de Jesús.
Una transformación de la vida
La expresión tan frecuente en boca de Jesús de reino de Dios (malkûtâ d’alâhâ) tenía un significado algo distinto al que puede tener la palabra reino para un occidental. No tiene un significado estático, espacial, como si designara un territorio, un lugar en donde reina Dios. Se trata de un concepto dinámico y designa el acto de reinar, el señorío, la
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actuación real de Dios. Por otra parte, no se trata nunca de algo abstracto, sino de un acontecimiento concreto, algo que se está realizando, una intervención concreta de Dios en la vida de los hombres. De ahí que la expresión reino de Dios deba traducirse mejor al castellano como reinado de Dios.
Cuando Jesús habla del reino de Dios, está hablando de la fuerza que tiene la actuación de Dios entre los hombres. Jesús habla de la acción de Dios, que interviene en la historia de los hombres y la lleva hacia una meta de plenitud y de sentido.
Pero, según toda la tradición bíblica, Dios siempre interviene para modificar el orden de cosas existente y establecer una nueva situación. El reino de Dios supone un nuevo orden de cosas. «Allí donde la historia de los hombres continúa simplemente como estaba, no ha llegado la verdad del reino» (X. Pikaza). Donde las cosas no cambian, no está actuando Dios.
Más en concreto, el reino de Dios, según la tradición de Israel, no consiste simplemente en gobernar de manera neutral o imparcial a los hombres. La justicia de Yahveh rey consiste en romper la situación para abatir a los poderosos y opresores, y defender a los desvalidos, los débiles, los pobres y explotados (Sal 72, 4. 12-15; Is 29, 19- 20). El reino de Dios que anuncia Jesús es subversivo en el sentido de que supone siempre una amenaza para todo orden establecido y una llamada constante al cambio y a la transformación en favor de los oprimidos. Dios no reina sino para transformar nuestra historia, ir suprimiendo las diversas injusticias e ir impulsando a los hombres hacia el fin de toda opresión.
Lucas ha puesto en boca de María el cántico del Magníficat que recoge muy bien la predicación profética sobre el reino de Dios, y anticipa exactamente el mensaje de Jesús: «Su brazo interviene con fuerza, desbarata los planes de los arrogantes, derriba del trono a los poderosos y levanta a los humildes; a los hambrientos los colma de bienes y a los ricos los despide vacíos» (Lc 1, 51- 53). Cuando Jesús anuncia que el reino de Dios está cerca, quiere decir que una transformación profunda se va a producir, un nuevo orden de cosas está próximo: los planes de los arrogantes desbaratados, los poderosos abatidos de sus puestos de poder, los pobres elevados, los hambrientos saciados, los ricos empobrecidos.
No hemos entendido a Jesús mientras no hemos escuchado esta llamada: «Un nuevo orden de cosas introducido por Dios está a vuestra disposición. Una verdadera revolución del mundo está cercana. No preguntéis cuándo será un logro definitivo. Vosotros decidios ahora. Creed en esta buena noticia. Comprometeos en este cambio. Aceptad esta oferta de Dios. Acoged esta transformación. Buscad el reino de Dios y su justicia en favor de los desvalidos, los empobrecidos, los indefensos. Todo lo demás es accidental. Se os dará por añadidura».
Una realidad que acontece entre nosotros
La expresión, tan frecuente en Mateo, de reino de los cielos, no significa el cielo, lugar de recompensa y disfrute eterno con Dios, sino que es una expresión para designar el reino de Dios, evitando el nombre divino de Yahveh. Es necesario tener esto muy presente para no deformar el sentido de muchas expresiones evangélicas (v. gr. Mt 5, 3. 20; 7, 21; 18, 1-3; 19, 12; 19, 23-24).
El reino de Dios que anuncia Jesús no es algo ultramundano, que se realizará un día, en la otra vida, en el más allá. Es algo que acontece ahora, que está ya en marcha entre nosotros (Mt 12, 28 = Lc 11, 20; 17, 21). Es cierto que no se realizará de forma
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plena y definitiva sino en el futuro de Dios, pero el proceso del reino de Dios, el crecimiento, la lucha por el reino tiene lugar ahora, entre los hombres, en el seno de la sociedad humana. Es totalmente falso entender el mensaje de Jesús como una llamada a vivir esta vida haciendo méritos para alcanzar un día el reino de los cielos. Esta visión de la fe cristiana es paralizadora y contraria a la dinámica que Jesús quiere introducir en la historia de los hombres. A partir de una concepción ultramundana del reino de Dios, fácilmente se reduce la fe cristiana a unos actos religiosos y a unas prácticas que le preparan al individuo para el cielo, pero que están al margen de la vida, las luchas y los afanes de la vida. Entonces, se pierde el valor de esta vida terrestre y ya no se entiende la historia «como camino de liberación y de justicia donde el reino se anuncia y se realiza inicialmente». Como dice muy bien X. Pikaza: «Este mundo no es una sala de espera del reino de Dios. Ni tampoco el reino de Dios mismo. Pero es el campo de batalla y el solar de construcción del reino que viene del mismo Dios a la tierra».
Cuando pedimos: «Venga a nosotros tu reino», pedimos que el futuro de Dios se vaya haciendo realidad entre nosotros, que la justicia del reino de Dios se vaya imponiendo ya desde ahora. Así ve M. Machovec la fe de los primeros creyentes: «Una orientación comprometida hacia un futuro que no se espera pasivamente, desde lejos, sino que se busca como algo querido, actual, como valor de la vida humana, como liberación interior, como fuerza, como fe, para usar el término de los primeros cristianos. Mediante este cambio, mediante esta conversión, un grupo de simples descontentos, un grupo de soñadores de un fin quiliástico de la historia, se convirtieron en los primeros creyentes de Jesús».
No hemos entendido a Jesús si no nos sentimos llamados desde ahora a entrar en un proceso de cambio y transformación de la sociedad humana. No hemos escuchado su mensaje, si no entendemos la vida y la historia de los hombres como un caminar hacia la liberación progresiva de toda injusticia incompatible con el reinado de Dios en los hombres. No hemos escuchado a Jesús si no nos encontramos comprometidos en ninguna acción transformadora del mundo actual.
La pregunta que nos tenemos que hacer no es: «¿Entraré un día en el reino de los cielos?», sino «¿he entrado en la dinámica del reino de Dios?».
La creación de una comunidad nueva
Jesús dirige su mensaje del reino de Dios no a cada individuo, de manera aislada y separada, sino a todo el pueblo. Las exhortaciones de Jesús están siempre en plural, no en singular. La buena noticia del reino de Dios es algo que concierne a toda una comunidad. Jesús no habla simplemente a la intimidad de cada persona, sino a una comunidad que él intenta movilizar y poner en marcha.
Es cierto que la llamada de Jesús está pidiendo una respuesta personal de cada uno. Nadie recibe el reino por otro. Cada uno estamos llamados a una decisión
personal, insustituible e intransferible. Pero la llamada de Jesús es a entrar en la comunidad humana en que puede reinar Dios.
Todo individualismo queda excluido. No se trata de salvar nuestra alma alcanzando así el reino de Dios, ni siquiera de desarrollar plenamente nuestra personalidad o vivir en plena armonía con nuestro destino individual. Naturalmente, la conversión al reino de Dios conduce al hombre a su liberación, su realización personal y su armonía. Pero la llamada de Jesús es a entrar en el reino de Dios, a realizar el reino de Dios en medio de nosotros, el reino del Padre que solamente reina en cuanto crea solidaridad, fraternidad, comunidad.
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No se ha entendido bien el mensaje de Jesús cuando la preocupación última del cristiano es la salvación de su propia alma, o la realización de su propio destino. Este individualismo deforma el mensaje de Jesús y falsea la realidad del reino de Dios. Por otra parte, resulta bastante cómodo, pues permite vivir la fe cristiana relativamente despreocupado de los otros, sin tener por ello mala conciencia.
Incluso, por motivos religiosos y evangélicos (?) se puede vivir eludiendo todas las cuestiones e interrogantes que plantea la injusticia estructural de nuestra sociedad.
No hemos entendido todavía el mensaje del reino, si vivimos ignorando tranquilamente nuestra responsabilidad en la sociedad actual y si el evangelio no nos está llevando prácticamente a hacer una opción por un tipo de sociedad diferente. Si yo no vivo creando fraternidad, promoviendo un estilo nuevo de solidaridad, compartiendo mi vida con los hombres de hoy, ¿cómo puedo decir que he entrado en la dinámica del reino del Padre?
Abarca la vida entera de los hombres
Una de las deformaciones más extendidas entre los cristianos ha sido la de considerar el reino de Dios como una realidad puramente interior y espiritual. El reino de Dios queda confundido con el reino de la gracia interior. Dios reina en la intimidad del alma humana, en el corazón de las personas.
Durante muchos siglos ha influido en los cristianos la interpretación que de Lucas 17, 21 han dado muchos Padres y también Lutero: «El reino de Dios viene sin dejarse sentir. Y no dirán: Vedlo aquí o allá, porque el reino de Dios ya está dentro de vosotros».[2] Según esta interpretación, el reino de Dios pertenece únicamente al mundo interior del hombre. «El reino se interpreta en esta perspectiva como don que Dios ofrece a cada uno de los hombres; es la riqueza interior que plenifica al individuo, haciendo que descubra el sentido de su vida, el valor infinito de su alma, la presencia de un amor de Dios que le cobija como Padre y la exigencia de una fraternidad interhumana entendida de manera predominantemente intimista y sentimental» (X. Pikaza).
Naturalmente, la conversión al reino de Dios implica una vida interior, pero el mensaje de Jesús nos invita no a la interioridad, sino a una decisión que compromete a toda la persona. En el reino de Dios no se entra por la intensificación de nuestra experiencia espiritual o por un esfuerzo de elevación interior hacia lo divino. Entramos en el reino de Dios en la medida en que somos capaces de adherirnos prácticamente al proceso de liberación y salvación integral que Dios ha iniciado ya desde ahora, a partir de Jesucristo.
No hemos entendido el mensaje de Jesús si todavía vivimos en dos campos distintos y sin punto de contacto alguno entre sí: el mundo interior, de la gracia, la oración y el encuentro con Dios, y la realidad diaria de nuestra vida inmersa en un contexto social, cultural, político.
«Es evidente que el reino de Dios, al contrario de lo que muchos cristianos piensan, no significa algo puramente espiritual o fuera de este mundo. Es la totalidad de este mundo material, espiritual y humano, ahora introducido en el orden de Dios. Si así no fuera, ¿cómo podría Cristo haber entusiasmado a las masas?» (L. Boff).
Más allá de la Iglesia
Otra falsa interpretación del reino ha sido el confundirlo con la Iglesia. Para muchos cristianos, entrar en la Iglesia es entrar en el reino, pues el reino de Dios existe allí donde
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está la Iglesia. Según esta concepción, el reino de Dios se realiza dentro de la institución eclesial, y crece y se desarrolla en la medida en que crece y se desarrolla la Iglesia (cfr. la falsa interpretación de la parábola del grano de mostaza de Mc 4, 30-32).
Sin embargo, la Iglesia no puede ser simplemente identificada con el reino de Dios, que actúa y se extiende más allá de esta institución a la que al menos dos tercios de la humanidad actual prácticamente desconoce. Sin pretender tratar aquí de la relación que existe entre reino de Dios e Iglesia, tenemos que situar correctamente desde ahora a la Iglesia como una comunidad al servicio del reino de Dios.
La Iglesia es una comunidad cuya razón de ser es continuar anunciando el reino de Dios inaugurado en Jesús de Nazaret. Ayudar a los hombres a descubrir que la existencia humana está envuelta por el amor de Dios y que, solamente abriéndose a él, encontrará la humanidad su centro, su identidad, su sentido y su meta. Pero la Iglesia desvirtúa todo el sentido de su mensaje si se predica a sí misma, si habla de sí misma y para sí misma, si solamente busca el que los hombres la reconozcan, la valoren, la aprecien. La Iglesia tiene que preguntarse constantemente si su mensaje es una buena noticia para los