Chapter 2 Background
2.3 Joining of aluminum at high temperatures: the oxide problem
2.3.3 Mechanisms of wetting and joining of aluminum at high temperature
al Talmud, las primeras palabras que aprendía a balbucir el niño hebreo eran abba e imma.
Abba habría que traducir por papá (aitatxo). Y ciertamente nadie se hubiera atrevido a
llamar así en la comunidad primitiva a Dios, de no haberlo hecho Jesús. El mismo que nos ha asegurado que si no cambiamos y nos hacemos niños, no entraremos en el reino de los cielos (Mt 18, 3), ha sido el primero en vivir en una actitud de intimidad y confianza total en el Padre. Aprender a orar como Jesús, es comprender que Dios es nuestro Padre. Jesús no ora a un Dios lejano al que hay que informar detalladamente de nuestras necesidades. No se dirige a un Dios al que hay que hablar mucho para convencer. «Vosotros al orar, no charléis mucho como los gentiles que se figuran que por su palabrería van a ser escuchados. No seáis, pues, como ellos, porque vuestro Padre sabe lo que necesitáis antes de pedírselo» (Mt 6, 7- 8). La oración de Jesús no es una invocación a un Dios al que hay que informar, convencer y persuadir, sino el diálogo sencillo y confiado con un Padre atento a nuestras necesidades. La oración del «Padre nuestro», el modelo que Jesús dejó a sus discípulos, cuando se compara con otras oraciones judías de la época, destaca sobre todo por su concisión y sobriedad. Es una oración confiada y sencilla al Padre que está en los cielos y que según Jesús solamente sabe «dar cosas buenas a los que se las pidan» (Mt 7, 11).
La adhesión fiel a la voluntad del Padre
Jesús no vive en primer lugar para orar sino para hacer la voluntad del Padre. Así se transparenta a través de toda la tradición sinóptica y así entiende Juan la vida de Jesús en cuya boca pone estas palabras: «Mi alimento es hacer la voluntad del que me ha enviado y llevar a cabo su obra» (Jn 4, 34). Ese es el objetivo de su vida: cumplir la voluntad del Padre, buscar el reino de Dios y su justicia.
Cuando se estudia la oración de Jesús, se puede observar que no es sino expresión viva de su adhesión consciente, obediente, filial a la voluntad del Padre. No trata Jesús de modificar la voluntad del Padre adaptándola a la suya, sino de ajustar fielmente su voluntad a la del Padre. No se trata de cambiar la voluntad de Dios para que cumpla la nuestra. Se trata más bien de cambiar nuestra voluntad para cumplir la de Dios. Así gritaba Jesús en vísperas de su muerte: «Abba, Padre; todo es posible para ti. Aparta de mí este cáliz; pero no sea lo que yo quiero sino lo que quieras tú» (Mc 14, 36). Un cristiano debe saber que al orar, nosotros no buscamos realizar nuestra voluntad sino la voluntad del Padre. Al orar, no pedimos que se haga nuestra voluntad sobre la tierra; siguiendo a Jesús decimos «hágase tu voluntad así en la tierra como en el cielo» (Mt 6, 10).
La oración de Jesús tiene como contenido su propia misión. No es una oración aislada de la vida, al margen de su actividad y de su misión. Jesús en su oración buscala adhesión fiel a la voluntad del Padre en su vida concreta. Es importante observar cómo, en la predicación de Jesús, la oración va unida constantemente a la idea de vigilancia. Esta es la exhortación de Jesús. «Vigilad y orad» (Mt 26, 41). La acogida del reino de Dios, el cumplimiento de la voluntad del Padre exige una actitud vigilante que se concreta en la oración. Jesús concibe la oración como la expresión y el medio concreto de vivir en actitud vigilante en medio de las dificultades de la vida.
«Vigilad, pues, orando en todo tiempo para que tengáis fuerza» (Lc 21, 36).
Esta actitud de oración vigilante es necesaria sobre todo en las situaciones difíciles, porque «el espíritu está pronto, pero la carne es débil» (Mc 14, 38). Y el mismo Jesús
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que, según S. Pablo, es el Hijo enviado por el Padre «en una carne semejante a la del pecado» (Rm 8, 3) ha necesitado orar para enfrentarse a las situaciones difíciles. La oración de Jesús no es un espectáculo que nos ofrece para nuestra edificación y ejemplo. Si su oración nos sirve de ejemplo y tiene sentido para nosotros es porque tenía sentido para él.
El ejemplo más claro es la oración del huerto. Solamente en la oración y con la oración supera Jesús la tristeza y el miedo, recobra de nuevo su serenidad y se dispone totalmente a cumplir hasta el final la voluntad de su Padre. Pero hay que decir más. Ya en esta misma oración, Jesús está cumpliendo su misión salvífica. En esta noche de oración, Jesús sometiéndose a la muerte la ha vencido, muriendo a su propia voluntad vive ya totalmente para la voluntad del Padre y obedeciendo al Padre hasta la muerte nos salva a todos los hombres.
Petición humilde al Padre
La oración de Jesús ha sido también una petición humilde al Padre. ¿Qué ha pedido Jesús al Padre? ¿Por quiénes ha pedido?
Jesús ha pedido en primer lugar por sus discípulos, por sus amigos, por aquellos hombres con los que comparte su vida. Probablemente, antes de su elección, antes del episodio de Cesárea de Filipo, Jesús oraba por ellos (Lc 3, 21-22). Es legítimo pensar así pues más tarde Jesús descubrirá que en su oración silenciosa al Padre están presentes los problemas y las dificultades de sus discípulos. «Simón, Simón. Mira que Satanás ha solicitado el poder cribaros como trigo, pero yo he rogado por ti, para que tu fe no desfallezca» (Lc 22, 31).
Cuando más tarde S. Juan nos quiere descubrir esta oración de Cristo por sus discípulos, nos presenta a Jesús pidiendo para que no queden huérfanos en el mundo: «Padre santo, cuida en tu nombre a los que me has dado» (Jn 17, 11); que vivan en la unidad: «Que todos sean uno como tú, Padre, estás en mí y yo en ti» (Jn 17, 21); que se vean libres del mal: «No te pido que los retires del mundo sino que los guardes del mal» (Jn 17, 15); que vivan en la verdad:
«Conságralos en la verdad. Tu palabra es la verdad» (Jn 17, 17); que vivan en la alegría: «Te digo estas cosas en el mundo para que tengan en sí mismos mi alegría colmada» (Jn 17, 13); que alcancen la salvación: «Padre, quiero que donde yo esté, estén también conmigo los que tú me has dado, para que contemplen mi gloria» (Jn 17, 24). En una palabra, Jesús pide para los suyos, el reino del Padre: reino del amor y la unidad, reino de la verdad, reino de salvación.
Pero la oración de Jesús no se limita a los suyos. La actitud de Jesús es amplia: «No ruego sólo por éstos, sino también por aquellos que por medio de su palabra creerán en mí» (Jn 17, 20). Según S. Juan, Cristo ora por su Iglesia, por la unidad de los creyentes; ora «para que el mundo crea» (Jn 17, 21). Esta oración amplia de Jesús se extiende a sus enemigos. Entonces la oración se convierte en perdón: «Padre, perdónales porque no saben lo que hacen» (Lc 23, 34). Un cristiano debe saber que orar como Jesús exige esta actitud de perdón:
«Yo os digo: Amad a vuestros enemigos y rogad por los que os persiguen» (Mt 5, 44).
¿Ha pedido Jesús por sí mismo? Según S. Juan, Jesús ha pedido para sí mismo la glorificación, la resurrección.
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«Así habló Jesús y alzando los ojos al cielo dijo: “Padre, ha llegado la hora; glorifica a tu Hijo, para que tu Hijo te glorifique… Ahora, Padre, glorifícame, tú, junto a ti, con la gloria que tenía junto a ti antes de que el mundo fuese”» (Jn 17, 1. 5).
Esto no contradice la información sinóptica. Según los sinópticos, ante la cruz, Jesús pide que se haga la voluntad del Padre y no la suya, pero esto no impide que al mismo tiempo, con todas sus fuerzas, llorando y gritando exprese al Padre sus deseos de verse libre de la muerte (Mc 14, 36).
Y Jesús será escuchado en esta oración. No es que Dios va a librar a Jesús de la cruz, sino que el Padre le arrancará del poder de la muerte. Así dirá S. Pedro: «Cristo no fue abandonado en el Sheol ni su carne experimentó la corrupción. A este Jesús, Dios le resucitó» (Hch 2, 31-32). Jesús ha sido escuchado por el Padre en un sentido mucho más profundo del que aparecía en su oración. «Habiendo ofrecido en los días de su vida mortal ruegos y súplicas con poderoso clamor y lágrimas al que podía salvarle de la muerte, fue escuchado por su actitud reverente, y aun siendo Hijo, con lo que padeció, tuvo que aprender por experiencia qué es la obediencia y llegado a la perfección, se convirtió en principio de salvación eterna para todos los que le obedecen» (Hb 5, 7-9).
Al expresar ante el Padre sus deseos, el cristiano debe saber que siempre nuestra petición es escuchada, muchas veces, de una manera mucho más profunda, real y verdadera de lo que nosotros podemos captar. «Porque todo el que pide, recibe; el que busca, halla; y al que llama, se le abrirá» (Lc 11, 10).
La acción de gracias y glorificación del Padre
Pero, antes de terminar tenemos que señalar algo más. Quizá, el rasgo más profundo de la oración de Jesús. La oración de Jesús, que es diálogo íntimo con el Padre, adhesión fiel a su voluntad, petición humilde y confiada, es una oración eucarística, es acción de gracias al Padre. A lo largo de su vida, Jesús no puede menos de prorrumpir en un grito de alegría y acción de gracias al Padre. El reino de Dios llega a la tierra y la buena noticia es anunciada a los pobres, a los pequeños. La atención de Jesús no se detiene tanto en el pasado, en lo que Yahveh hizo por el pueblo, sino en el presente.
La acción de gracias de Jesús al Padre nace en primer lugar del hecho de que descubre en medio de los acontecimientos de su vida la presencia y la actividad amorosa del Padre. «Yo te bendigo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a sabios y prudentes y se las has revelado a los pequeños. Sí, Padre, pues tal ha sido tu beneplácito» (Lc 10, 21). Jesús vive agradecido al Padre que actúa en él y por medio de él. S. Juan, más tarde, pondrá en boca de Jesús: «El Padre que permanece en mí es el que realiza las obras» (Jn 14, 10). No es, pues, extraño que el mismo S. Juan nos presente a Jesús, consciente de esta presencia activa del Padre, orando agradecido a Dios, aun antes de resucitar a Lázaro:
«Padre, te doy gracias por haberme escuchado. Ya sabía yo que tú siempre me escuchas» (Jn 11, 41-42).
Jesús ha vivido su vida preocupado por la gloria del Padre. En el evangelio de S. Juan queda resumida toda su vida así: «Yo te he glorificado en la tierra llevando a cabo la obra que me encomendaste realizar» (Jn 17, 4). Es normal que también su oración haya sido una búsqueda de la gloria del Padre. Así nos lo presenta S. Juan ante la cruz:
«Ahora, mi alma está turbada y ¿qué voy a decir? ¿Padre, líbrame de esta hora? Pero si he llegado a esta hora para esto. Padre, glorifica tu nombre» (Jn 12, 27). No es
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extraño que al querer enseñar a sus discípulos cómo tienen que orar, le haya nacido a Jesús del corazón esta primera petición: «Padre, santificado sea tu nombre».
El nombre de Dios es santificado cuando su reino viene a los hombres, y el reino de Dios llega hasta nosotros cuando la voluntad de Dios se hace sobre la tierra. Así dice la oración cristiana: «Padre, santificado sea tu nombre, venga a nosotros tu reino, hágase tu voluntad». Podemos estar seguros de que estas peticiones han llenado las horas y las noches de oración que Jesús ha pasado en diálogo con su Padre, glorificándole desde la tierra.