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Las Vegas, Hard Rock, hoy en día

El casino estaba lleno de rock and roll.

La clientela era la flor y nata de Los Ángeles.

La música era tan ensordecedora que podía romper los cristales. El aire era tan frío que me quemaba los ojos.

Entré en el casino circular como Kevin Lewis me había enseñado: descarado, arrogante, mirando lascivamente a las camareras rubias con pantalón corto negro y ajustado y medias oscuras, caminando con grandes zancadas, como si el miembro me llegara a la rodilla. Llevaba el pelo peinado hacia atrás y dos botones de la camisa de seda desabrochados para mostrar pecho. La americana de Armani, demasiado cara para no ser prestada, me envolvía como si fuera una larga capa negra.

Me detuve en la entrada de la zona del Blackjack. El Hard Rock era un casino relativamente pequeño, un círculo de mesas de juego que rodeaban el bar más famoso de la ciudad. Aquí todo estaba vinculado con el mundo del espectáculo: hermosas modelos y actrices de Los Ángeles que venían a pasar el fin de semana con sus novios productores, celebridades cinematográficas saliendo de marcha con estrellas del deporte y grandes apostadores varios. El decorado no desentonaba con el ambiente: predominaban los tonos de madera y el terciopelo de lujo, todo era juvenil y llamativo, agresivo y descarado, desde la Harley-Davidson personalizada del vestíbulo hasta la enorme piscina a lo Playboy del exterior. El edificio albergaba una de las mayores colecciones de objetos de culto del rock del mundo, pero nadie iba al Hard Rock para contemplar los vestidos de las estrellas del

rock; las personas que se acercaban al famoso casino lo que querían era admirar a las estrellas del rock en persona o más bien ser ellas como estrellas, aunque sólo fuera por una noche.

Yo no había ido al Hard Rock para sentirme como una estrella. Yo estaba haciendo realidad otra fantasía.

Inicié mi ronda por las mesas de Blackjack, sintiendo cómo las fichas daban brincos en mis bolsillos. No estaba seguro de cuánto dinero llevaba encima, sólo de que Kevin me había asegurado que era suficiente para interpretar el papel a la perfección.

Había examinado el casino dos veces cuando localicé a mi cómplice. Una gorra de béisbol ajustada sobre la frente, unas gafas gruesas y redondas sobre la nariz, una barba incipiente en la mandíbula. Encorvado en el tercer puesto de una mesa de Blackjack, no se parecía en absoluto al niño prodigio con la sudadera del MIT con el que me había reunido en el aeropuerto ni al joven culto y refinado que me había invitado a cenar en el Nobu cuando llegamos al hotel. Parecía un tipo que se estaba gastando la nómina jugando a las cartas porque no tenía nada mejor que hacer.

Aunque no giró la cabeza, me dio la impresión de que sabía que yo estaba ahí. Levantó los codos de la mesa y cruzó los brazos sobre el pecho. Mi cuerpo se tensó. Luego me acordé que tenía que interpretar un papel. Los tipos que llevan una americana de tres mil dólares no se ponen nunca nerviosos.

intentando decidir mi apuesta, Kevin miró al crupier y preguntó:

—Me han dicho que han puesto una cámara web en la mesa de billar. ¿Es verdad?

El crupier asintió. Ni se le pasó por la cabeza que Kevin acabase de pasarme el recuento de la baraja. «Billar», ocho positivos. Cogí una sola ficha morada y la coloqué en el círculo de apuestas.

Si el dinero hubiera sido mío me hubiera quedado sin aliento con la primera carta: un feísimo seis. Pero esa noche yo era una extensión de Kevin. Era su gorila: no iba ni a pensar ni a dejarme llevar por el pánico, ni siquiera iba a respirar por mi cuenta. Me limitaría a seguir las señales que me fuera dando.

En la siguiente hora subió y bajó mis apuestas con gestos de la mano, cambios en la postura de los brazos, hablando con el crupier, las camareras e incluso los otros jugadores. No me miró ni una sola vez. Y no parecía que estuviera pendiente de las cartas.

Al cabo de poco ya había ganado cinco mil dólares y tenía el cuerpo tan saturado de adrenalina que apenas podía quedarme quieto en el taburete. Estaba en forma, jugando a las cartas como un profesional. Gracias a la investigación que había realizado, sabía lo suficiente sobre la estrategia básica como para sacar partido de las pistas que me iba dando Kevin. Empezaba a sentirme invencible cuando se me ocurrió mirar a mi alrededor.

A unos metros detrás del crupier, dos hombres trajeados estaban observando mi juego atentamente. Ambos llevaban etiquetas identificativas en la solapa y uno de ellos hablaba por teléfono.

Kevin también debió de haberlos visto, puesto que de repente se levantó de la mesa.

—Por hoy ya tengo bastante —dijo cambiando sus fichas por otras de mayor valor. Mientras el crupier intercambiaba fichas negras por moradas, Kevin se levantó la gorra y se pasó los dedos por el pelo—. Me parece que voy a ver esa mesa de billar de la que habla todo el mundo.

Se fue de la mesa arrastrando los pies y con las manos en los bolsillos. Conté hasta sesenta —el minuto más largo de mi vida— y me levanté. Los dos hombres me observaron mientras atravesaba todo el casino. No pude respirar tranquilo hasta que salí a la calle y sentí en el rostro el aire caliente de Las Vegas.

Encontré a Kevin en una cabaña privada que daba a una de las muchas cascadas artificiales de la laguna serpenteante. Estaba tendido en una hamaca del salón, bebiendo un vaso helado de limonada. Aún llevaba la gorra de béisbol, pero se había cambiado las gafas redondas por unas gafas de sol envolventes.

Me senté en una silla a su lado y contemplé a la camarera, anatómicamente perfecta, con un bikini de color verde mar y zapatillas blancas, que añadía alegremente otra bebida a la cuenta de «Jamie Chin».

Cuando se fue, me incliné hacia Kevin y le pregunté: —¿Lo echas de menos?

Sabía que era una pregunta cargada de implicaciones. Habían pasado casi tres años desde el robo y a Kevin aún le incomodaba hablar de los acontecimientos de sus últimos días como miembro del equipo de contadores de cartas del MIT. No había averiguado de modo concluyente quién estaba

detrás del robo y el allanamiento. Tenía sus sospechas, pero nunca me las reveló. Yo me preguntaba si la traición no procedería del hombre que lo había iniciado todo: Micky Rosa. Al fin y al cabo, había sido menospreciado por el equipo y tenía a otros comandos trabajando en el mismo territorio. Pero nadie del equipo —y aún menos Kevin— se atrevería a expresar esas sospechas en voz alta y no había ninguna prueba que vinculara a Micky con el robo.

Después del incidente, Kevin disolvió oficialmente su comando y dejó el juego en equipo. Siguió jugando por su cuenta y a veces contaba cartas, pero la doble vida que había llevado durante más de cuatro años había llegado a su fin.

La transición a un estilo de vida más normal no le resultó fácil. Durante los seis meses siguientes cambió de trabajo tres veces hasta que al final le contrató una empresa de nueva creación con sede en Boston. Seguía pasando la mayor parte del tiempo jugando con números, pero ahora los números estaban en hojas de cálculo en lugar de barajas de cartas. En cuanto a sus ganancias, invirtió la mayor parte del dinero en un bar que abrió con unos amigos en el centro de la ciudad.

Incluso al cabo de tres años, las consecuencias de la doble vida que había llevado Kevin aún eran patentes. Para empezar, recientemente había tenido que pasar por otra inspección de Hacienda. Aunque había vuelto a salir indemne, no había podido librarse de la sensación de que alguien le vigilaba, «por si acaso».

En cuanto a los antiguos compañeros de Kevin, hacía tres años que no hablaba con Fisher. Aún se veía con Martínez de vez en cuando, pero había tensión entre ellos y Kevin dudaba que volvieran a ser amigos algún día. Por lo que sabía Kevin, el equipo de Martínez y Fisher seguía asaltando Las Vegas periódicamente desde una base de operaciones en la Costa Oeste, pero los miembros fundadores hacía tiempo que se habían convertido todos en dinosaurios y ya no podían jugar en ninguno de los casinos del Strip. En consecuencia, Martínez y Fisher habían reclutado a una nueva hornada de chicos prodigio; según los últimos datos, su equipo contaba con más de dieciséis miembros y había ganado casi medio millón de dólares sólo en el último año.

Jill y Dylan se divorciaron seis meses después del robo. Aunque ninguno de los dos consideraba que el Blackjack fuera el principal culpable de su ruptura, tampoco descartaban totalmente los efectos de la vida en Las Vegas. Quizá la presión les había llevado a quemarse antes de tiempo. Fuera cual fuera el motivo, ya no se hablaban. Jill se había mudado a Hartford, Connecticut, donde trabajaba como consultora corporativa y era muy valorada en su profesión. Y Dylan iniciaba en el sur de Francia una nueva y prometedora carrera en el sector publicitario.

Andrew Tay seguía viviendo en Boston y tres noches a la semana se iba a la residencia universitaria para desplumar a los estudiantes de primer curso en la mesa de póquer. A veces, cuando volvía a su piso de Back Bay bien entrada la noche, se encontraba con Micky Rosa en la entrada del Pasillo Infinito. El último rumor era que Micky y Kianna vivían juntos en el apartamento de Micky y que habían formado varios nuevos equipos del MIT. Era una especie de círculo poético, un círculo que había comenzado a girar antes de Kevin y que seguiría rodando hasta mucho tiempo después.

—¿Lo echas de menos? —repetí, sintiendo el rocío de la cascada artificial—. ¿Echas de menos la emoción, el dinero, el juego?

Kevin me miró a través de sus gafas oscuras.

han reaccionado. Hay que ir con muchísimo más cuidado. Y tienes que ser muchísimo más listo. Y, aún más importante, tienes que reclutar a gente de total confianza.

—Bueno —bromeé, alisándome la camisa de seda—, yo ya tengo la ropa adecuada, si es eso a lo que te refieres…

Kevin sonrió: