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5.3 Accelerated ageing

Los datos

LIBBY: Profesor, cuando trazamos el plan de estas entrevistas,

dijiste que necesitábamos una entera sobre los datos. Y es lo que tenemos esta noche en la agenda. Suena muy científico. ¿Crees que podemos resolver este problema de si existen o no los absolutos morales sirviéndonos del método científico? ¿O se trata de una cuestión meramente filosófica?

‘ISA: No es que sea ni la una ni la otra. La filosofía también es

científica, aunque no es una ciencia de laboratorio ni tampo- co una ciencia matemática.

LIBBY: ¿Cómo puede ser ciencia entonces? No utiliza los métodos

científicos.

‘ISA: Sí que lo hace. El método científico en el sentido más

amplio de la palabra presupone que la realidad es racional e inteligible. Los antiguos paganos no se basaron en este presu- puesto ni tampoco los nihilistas modernos, así que no viene automáticamente. En segundo lugar, el método científico presupone que la razón humana es capaz de descubrir la rea- lidad (de paso digo que la mayoría de las filosofías modernas es escéptica con relación a estos dos presupuestos). En tercer lugar, exige que se presenten buenos argumentos o pruebas para alcanzar conclusiones. Cuarto, estipula que una buena

prueba implica que nuestras teorías deben ser controladas por los datos y no al revés. Los datos justifican la teoría: la teoría que mejor explique los datos gana. No siempre tienen que ser datos empíricos, pero sí tienen que ser datos: algo que se nos da a todos nosotros, algo que cada quien puede experimentar como dado y no inventado por él mismo. (La misma palabra

datos, del latín data, significa «lo que se da».)

LIBBY: ¿Por eso crees que es importante dedicar toda la entrevis-

ta a los datos: con el fin de tener nuestros datos en orden antes de debatir sobre la teoría?

‘ISA: Eso es. Uno de los motivos por los que a mí no me gusta el

deconstruccionismo para nada es que niega este principio básico: primero los datos y después la interpretación; los datos controlan la interpretación. Ellos invierten el orden.

LIBBY: Pero esta inversión no es algo nuevo, ¿verdad? ¿Acaso no

coloreamos cada uno de nosotros nuestros datos con nuestra interpretación? No es fácil ser totalmente objetivo. A lo mejor, ni siquiera es posible.

‘ISA: Pero siempre se ha reconocido esa idea como una tentación y

nunca se la ha justificado como una filosofía completa. LIBBY: ¿Y cómo sabes que no es lo único que podemos hacer?

¿Cómo sabes que podemos ser objetivos?

‘ISA: Si ni siquiera intentamos ser objetivos, nunca lo sabremos,

porque nunca tendremos los datos. Lo único que quiero hacer es al menos intentar ser lo que la gente trabajadora llama «honesto» —como cuando decimos «un día de traba- jo honesto»— y lo que los científicos trabajadores llaman «objetivo». No te aseguro al cien por cien que vaya a tener éxito.

LIBBY: Me alegra mucho escuchar que lo admites, profesor. Creo

‘ISA: Tal vez esta experiencia tuya revele un dato interesante de

tu psique, Libby, pero no nos ayuda a encontrar y definir nuestros datos, que es lo que se supone que deberíamos hacer en esta entrevista, ¿verdad?

LIBBY: Creía que se trataba de tu psique... pero bueno, dejémos-

lo así. ¿Dónde buscar los datos si uno quiere saber si existen o no los absolutos morales?

‘ISA: Es una pregunta importante. Una de las objeciones más fuer-

tes de los positivistas lógicos a la filosofía tradicional fue ésa: que no tenía datos como los tenían las ciencias positivas. Y creo que esta objeción se encuentra en las mentes de mucha gente que es escéptica con la filosofía, escéptica con el poder de la filosofía para resolver, afirmar o demostrar algo con certeza. LIBBY: ¿Y cuál es tu respuesta a esta objeción?

‘ISA: Una muy simple. La filosofía posee datos: la experiencia ordi-

naria.

LIBBY: Eso se llama fenomenología, ¿no es cierto?

‘ISA: No me interesan los términos técnicos, pero básicamente,

sí.

LIBBY: Por lo visto, quieres encontrar alguna experiencia moral

que te sirva como dato. ¿Dónde la buscas?

‘ISA: Creo que podemos distinguir por lo menos cuatro niveles o

círculos u horizontes de experiencia moral que todos tenemos. La más inmediata es la personal, o sea, la experiencia moral individual. Los tres términos morales más básicos —el bien, la justicia y el deber— confluyen ahí. Para todo el mundo tie- nen un significado.

LIBBY: ¿Podrías dedicar un minuto a mostrarnos lo que dices en

detalle antes de pasar a los otros tres niveles?

‘ISA: Por supuesto. Estas tres palabras vienen de tres experiencias

ciertas cosas no sólo como deseadas sino también como desea-

bles: como realmente buenas por lo que son y por lo que somos

nosotros. En realidad necesitamos de cosas como el conoci- miento, la salud y los amigos. Allí está el bien.

Después viene lo justo. Todos experimentamos que algunos actos son justos y otros injustos. Algunas cosas no son justas, ni están bien, ni son correctas. Hasta los niños lo saben. Intui- tivamente también sabemos que la gente —tanto nosotros como los demás— tiene derechos. No es justo que te maten, porque tienes derecho a vivir. No es justo que te roben tu dinero, porque tienes derecho a la propiedad privada.

Tenemos, finalmente, el deber. Todos experimentamos la obli-

gación moral a hacer algunas cosas y a evitar otras.

LIBBY: Te refieres a la conciencia, ¿verdad?

‘ISA: Conciencia es una palabra que usamos para aquella facultad de

nuestra alma o de nuestra psique que... bueno, de hecho la con- ciencia tiene tres funciones: te informa que deberías hacer el bien y evitar el mal (y también te informa sobre qué cosas son buenas y qué cosas son malas); te mueve o impele suavemente a hacer el bien y a evitar el mal; y después hace que te sientas culpable si escoges el mal en vez del bien. Como ves, la con- ciencia opera en tu inteligencia y en tu voluntad y en tus senti- mientos. Así que las experiencias morales ordinarias acerca del bien, de lo justo y del deber constituyen nuestros datos. LIBBY: Pero se trata de datos privados.

‘ISA: Sin embargo, todos los tienen.

LIBBY: No tienes, entonces, ningún dato público y observable,

¿verdad?

‘ISA: Sí los tengo. Se hallan en el segundo nivel de los datos: el

comportamiento moral interpersonal, o sea, el cómo nos tra- tamos unos a otros.

LIBBY: Pero cómo nos tratamos unos a otros es un puro hecho

empírico. Cómo sentimos que deberíamos tratar a los demás es una cuestión de valores morales. Ahora bien, estos valores no son datos públicos y observables. Los animales también ven cómo nos tratamos unos a otros, pero no tienen ningún sentido moral. ¿De qué modo puedes percibir la moral con datos?

‘ISA: En tu objeción presupones una distinción radical entre

hechos y valores que, como vimos esta mañana, proviene del positivismo lógico y conduce directamente al relativismo moral. Yo rechazo este presupuesto. ¡Los valores también son hechos!

LIBBY: ¿Dónde aparecen esos hechos en los datos públicos y

observables, entonces?

‘ISA: En los datos como... debatir, no sólo pelearse sino debatir o

discutir sobre lo justo y lo injusto, sobre quién tiene razón y quién tiene derechos. También al elogiar a otros por haber hecho algún bien y culparlos por haber hecho algo malo. Los animales no lo hacen. Tenemos, además, la experiencia de reci- bir elogios o la culpa; cuando la gente nos aprueba o nos acusa lo hace por acciones éticas y no porque estamos «condiciona- dos» o porque seguimos el instinto animal. Otra experiencia de hecho es la de mandar a alguien hacer el bien o mandarle que deje de hacer el mal. No mandamos a una máquina. Un mandato implica que tenemos libre albedrío para obedecer o desobedecer. De hecho tampoco mandamos a los animales; a ellos los condicionamos, los entrenamos. Añadamos a ésta la experiencia del otro lado de la moneda: recibir el mandato de hacer el bien y de evitar el mal. Contamos, además, con otras experiencias: la de aconsejar o asesorar a alguien a hacer el bien y a evitar el mal y la de recibir consejo; la de recompensar

y castigar junto con la de ser recompensado y ser castigado. No se trata sólo de condicionar como diciendo: «Te voy a causar dolor hasta que dejes de hacer X», sino de razonar sobre lo

bueno y lo malo: «Te voy a castigar por haber hecho X, dado

que Xestá mal y mereces ser castigado». Se trata de justicia y

no simplemente de poder o de éxito. ¿Ves la diferencia entre la experiencia animal y la experiencia moral humana? Creo que he mencionado diecisiete diferencias, diecisiete cuestiones morales, experiencias morales, experiencias genuinamente humanas que no compartimos con las máquinas ni con las plantas y ni siquiera con los animales.

LIBBY: Me parece que los psicólogos no estarían de acuerdo con-

tigo en este punto.

‘ISA: Algunos sí, otros no: los que dicen tener sentido común no,

los humanos sí.

LIBBY: Ya veo. El que no está de acuerdo contigo no es humano.

‘ISA: Sabes que no quería decir eso.

LIBBY: Sí, pero me divierto desactivando la bomba que me tiras-

te esta mañana con lo de «¡Qué serios sois todos vosotros!». ‘ISA: Esta vez tú ganas, Libby. Y ahora, ¿podemos volver al tema?

LIBBY: ¿O sea, a tu conferencia?

‘ISA: O sea, a mi respuesta a tus preguntas.

LIBBY: Mi pregunta ahora es ésta: ¿puedes demostrar que los psi-

cólogos se equivocan al afirmar que solamente somos anima- les inteligentes? ¿Puedes demostrar que hay una diferencia de calidad?

‘ISA: Todos nos percatamos de estos diecisiete datos morales pro-

cedentes de la experiencia. Tenemos experiencias morales. Si no existe ninguna diferencia de calidad entre nosotros y los animales, entonces los animales también tienen que ser agen- tes morales. Supongo que no sabemos con certeza absoluta si

los animales no son agentes morales, pero sí que sabemos que nosotros lo somos. No podemos entrar en sus mentes pero en las nuestras sí, a no ser que seamos psicólogos profesionales. Son los únicos que dudan que seamos agentes morales y creen que somos iguales que los animales.

LIBBY: Por tanto, ¿todo el mundo es sano de mente menos los

psicólogos?

‘ISA: Los que niegan el libre albedrío y la responsabilidad moral y

creen que somos simplemente animales con cerebros más gran- des, sí. Cualquier ser humano lo sabe mejor. Hay ideas tan estú- pidas que sólo un doctor en Psicología puede creer en ellas. LIBBY: Les tienes bastante manía a los psicólogos.

‘ISA: No a todos. Como dije antes, algunos niegan nuestra huma-

nidad, pero otros no. Sin embargo, hay quienes simplemente no ven lo que todos vemos. A lo mejor lo ven, pero no se deci- den a creerlo, como un budista que no cree que la materia sea real, aunque la ve.

LIBBY: Supongo que los psicólogos te contestarían que estás for-

mulando una pregunta metafísica acerca de lo que en último término constituye la realidad, mientras que ellos son sólo científicos que intentan explicar las conexiones entre los fenó- menos, las causas y los efectos, y el único fenómeno que aquí se trata es el comportamiento humano. Es nuestro único dato. El resto es pura teoría: libre albedrío, responsabilidad, con- ciencia y ética.

‘ISA: No, son datos también, datos primarios. Todos lo sabemos

por propia experiencia, no por teoría. El empirismo es la teoría, el «-ismo». Restringir la experiencia a la sola experiencia sen- sorial es teoría.

LIBBY: Bueno, ellos no lo aceptarían. La experiencia moral no es

‘ISA: Pero causa comportamientos o impide comportamientos.

Afecta al comportamiento.

LIBBY: Según tu teoría, pero no según la de ellos.

‘ISA: No, no es cuestión de teoría; es una cuestión de datos, si lo

miras bien. Mira dentro de ti. También ahí hay datos, que moldean comportamientos visibles. Cuando desobedeces a tu conciencia, te comportas de manera diferente. Cuando igno- ras tu experiencia moral, cambia tu experiencia visible. Sales y matas gente. Pero no puedes matar a nadie sin matar antes a tu conciencia.

LIBBY: De todos modos, se trata de un dato privado: la concien-

cia. Y la conexión entre conciencia y comportamiento no es visible. Sólo lo es el comportamiento.

‘ISA: Pero podemos experimentar el hecho de que la conciencia

afecta al comportamiento.

LIBBY: Esa experiencia, con todo, esa experiencia acerca de la

conexión entre la conciencia interior y el acto externo es tan invisible como la misma experiencia interior. Dame algo que sea totalmente público.

‘ISA: Vale, aquí está el tercer nivel de los datos morales: el len-

guaje moral, el discurso moral público.

LIBBY: ¿Las palabras son datos? ¿Como en el diccionario?

‘ISA: No, el significado de las palabras morales, el hecho de que

entendemos estos significados. Las diecisiete experiencias morales que recorrimos antes corresponden a diecisiete pala- bras y cada una de estas palabras tiene su significado. Todos entendemos estos significados. Y eso es un dato. ¿Lo ves? El lenguaje común contiene una riqueza de significados. Los filósofos los «desempaquetan» y los examinan. Ésos eran los datos que siempre analizaba Sócrates. Se trataba básicamente de preguntas morales —bueno, en realidad, eran siempre pre-

guntas morales— las que analizaba. He aquí al padre de la filosofía, al primer filósofo, que tiene un montón de datos y un método filosófico apropiado: el análisis lógico del lengua- je ordinario.

LIBBY: ¿Y de qué manera las palabras pueden ser datos?

‘ISA: Porque vienen de las experiencias comunes. Son como fósi-

les de la experiencia.

LIBBY: Anda, eso sí que tiene sentido. Mmm... ¿no dijiste que

había cuatro niveles de datos? Apenas tenemos tres, según mi cuenta: la experiencia moral individual, el comportamiento moral interpersonal y el lenguaje moral público.

‘ISA: Correcto. El cuarto sería la historia humana...

LIBBY: ¿Te refieres a lo que hemos aprendido de los tontos del

pasado?

‘ISA: Eso también, pero pensaba más bien en toda la sabiduría del

pasado. La tradición moral. La tradición como una especie de memoria moral colectiva. Yo creo que la mayoría de nuestras instrucciones morales procede de esa fuente.

LIBBY: ¿Crees que procede de la tradición más que de la experiencia?

‘ISA: La tradición es experiencia: la experiencia que se expande

más allá de los estrechos confines de lo individual y del pre- sente. Chesterton llamaba a la tradición «la democracia de los muertos».

LIBBY: ¡Bah! Está claro que ya no se trata de una norma univer-

salmente aceptada. Me refiero a la tradición. De hecho, la idea de que el pasado sea algo normativo es probablemente la característica que más distinga a las sociedades premodernas de las sociedades modernas. La tradición todavía existe —es verdad que de eso no cabe la menor duda—, pero ya no nos ata. Hoy día la mayor parte de la gente nos hemos emancipa- do de la tradición.

‘ISA: ¡Y de la moral!

LIBBY: A lo mejor ahí tienes razón: has dicho una verdad a

medias. Quizás hemos sacrificado la moral por el éxito. ‘ISA: Resulta que la moral es el secreto del éxito para una socie-

dad, y si la tradición te da la moral, entonces la tradición es el secreto del éxito social. Lo puedes constatar empíricamen- te en la historia. Las sociedades que fueron las más tradiciona- les resultaron al mismo tiempo las más morales y las más exi- tosas. Las tres sociedades que han prevalecido por más tiempo, las tres sociedades con mayor éxito de la historia de la humanidad, las más justas y pacíficas, fueron fundadas por los moralistas que establecieron la tradición a la que esas sociedades permanecieron fieles. Me refiero a Moisés, Confu- cio y Mahoma. La tradición mosaica está viva todavía después de casi cuatro mil años tanto en el cristianismo como en el judaísmo. El confucianismo duró dos mil años y el islam sigue creciendo después de casi mil quinientos años. Estas sociedades son las bases o bancos de datos para la ética más ricos del mundo.

LIBBY: Sin embargo, cada sociedad es distinta; no se puede sim-

plemente clonar la sociedad ideal. Podemos aprender algo de cada una, creo, pero la tradición de cada sociedad tiene sólo una relevancia limitada respecto a otras sociedades. Estados Unidos, por ejemplo, no es una sociedad mosaica ni confucia- na ni islámica.

‘ISA: No, y se está degenerando rápidamente justo porque no lo

es, porque no tiene raíces, no tiene tradición moral.

LIBBY: Bueno, ¿crees que Estados Unidos se está volviendo inmo-

ral porque no es tradicional? ¿Es ésta la principal razón? ‘ISA: Creo que la razón principal es la decadencia de la familia,

humana. Familia significa «tradición». La familia es lo que mantiene la tradición, pues la pasa de una generación a otra.

Generación es una palabra relacionada con la familia. Cuando

el «conflicto generacional» se agranda, la sociedad se resbala por las resquebrajaduras del terreno. Adiós.

LIBBY: Mmm, vamos a ver si podemos encontrar el camino de

vuelta a nuestro orden del día: los datos. Dices que tenemos cuatro áreas de datos o de experiencias morales: la experiencia moral individual, el comportamiento interpersonal, el len- guaje moral y la tradición histórica, ¿verdad?

‘ISA: Sí.

LIBBY: Vale, entonces, ¿qué hacemos ahora con los datos? ¿Cómo

nos movemos de los datos a las pruebas? ¿De qué manera pue- den tus datos morales demostrar el realismo moral?

‘ISA: Esta tarde te daré una prueba. Te daré más mañana o cuan-

do tengamos nuestra siguiente cita para tratar este asunto. Esta tarde quiero hablar sólo de una, porque es la que más se acerca a los datos. Y por este motivo es la más fuerte, la más simple y la más obvia de todas las pruebas a favor del realis- mo moral. De hecho, es tan fuerte que no parece un argumen- to; parece casi forzado ponerla en forma de argumento lógico. Casi, casi es el dato mismo.

LIBBY: ¿De qué se trata?

‘ISA: Del hecho de que la experiencia moral primera y fundante

que tenemos es siempre realista. Sólo después se hace uno relativista: después, en la vida del individuo o de la sociedad. A veces una ideología sofisticada sugiere el cambio al relati- vismo. Pero todos nos acordamos de cómo era la experiencia moral antes de que nos volviéramos sofisticados. Era realista. Chocábamos contra la ley moral como si fuera un muro. Por eso los niños pequeños ven siempre todo en «blanco y negro».

LIBBY: Son simplistas. Cuando maduramos, perdemos el simplis-

mo (al menos, algunos). ¿Acaso piensas que no deberíamos hacerlo?

‘ISA: Si deberíamos o no es algo sobre lo que hay que discutir. Pero

el dato, el hecho, es que siempre empezamos como realistas; le damos un sentido absoluto al «bien y al mal», a lo «justo e injusto», a lo que «se debe y no se debe» hacer.

LIBBY: Eso no prueba que tuviésemos razón cuando éramos tan