4. RESEARCH METHOD AND MATERIAL
4.3. Accident analysis material
El potencial tecnológico de la agricultura y la ganadería no debe ser subestimado. La dinámica del complejo muestra el peso creciente de la incorporación de nuevas tecnologías, incluidas aquellas vinculadas a los nuevos paradigmas tecnológicos. Por una parte, al “importar” tecnología desde otros sectores, el complejo tiene también que adaptarla y, en algunos casos, mejorarla. Además, es preciso hacer esfuerzos complementarios de adaptación en materia de producción, dado que los recursos naturales son muy heterogéneos y varían grandemente entre países e incluso entre regiones de un mismo país (diferencias con respecto a abundancia, facilidad de acceso, calidad y especificidades edafológicas y climáticas, entre otras)18.
Un factor adicional que se debe tener en cuenta es la existencia en el complejo agroalimentario de marcadas tendencias hacia un mayor grado de sofisticación tecnológica de los bienes que se producen, originadas por la diferenciación de productos y por temas clave para el consumidor, como la trazabilidad y la inocuidad de los alimentos, así como por la indispensable incorporación de servicios para la comercialización: logística, empaque, transporte y distribución en general, incluido el mejoramiento de las oficinas de aduana y logística portuaria para las exportaciones. Son oportunidades “hacia delante” para integración de nuevos productos y actividades relacionados con la cadena productiva agroalimentaria, que no han sido suficientemente exploradas en la región. También hay grandes oportunidades “hacia atrás”, referidas a la generación de insumos para la agricultura (maquinaria, semillas, agroquímicos, servicios de asistencia técnica), a partir de la interacción con industrias tecnológicas de punta. Cabe observar que el avance hacia bienes con más valor agregado no necesariamente implica mayores grados de procesamiento industrial, pero sí requiere un más denso contenido de conocimientos e innovación,
18 La variabilidad de condiciones no se limita al ambiente físico, sino que abarca también la dimensión social. Por ejemplo, la tecnología no se acepta de igual manera en distintos marcos institucionales, de tenencia de la tierra, culturales o de incentivos, entre otros.
no solo en relación con la materia prima de origen agropecuario, sino también con las restantes etapas del complejo agroalimentario (incluidas la logística y la comercialización) (CEPAL, 2008a).
A lo largo de los años, en varios de estos ámbitos se han realizado programas de investigación y producción que fueron construyendo las capacidades que habrían de transformarse en “insumos” de la biotecnología. Es así que en casi todos los INIA, los programas para el mejoramiento de plantas sentaron las bases del desarrollo posterior de híbridos. Algo similar ocurrió con el control de plagas, ya que en el caso de los institutos de salud pública, la existencia de varias de las enfermedades endémicas condujo a que se emprendieran programas de investigación que, en algunos casos, se tradujeron en la creación y posterior producción de vacunas. Todo esto fue generando incipientes “insumos” para los futuros avances de la biotecnología a nivel regional.
Las primeras aplicaciones tecnológicas a la producción agrícola datan de los años ochenta y estuvieron asociadas a procedimientos de micropropagación vegetal (de baja complejidad tecnológica y fácil acceso para empresas pequeñas y medianas en países en desarrollo); las mayores adelantos se dieron a raíz de las posibilidades abiertas por la ingeniería genética y la genómica en la identificación y desarrollo de nuevas características en insumos y productos. Desde mediados de los años noventa, las actividades biotecnológicas se concentraron en la búsqueda de complementariedades entre los agroquímicos y las semillas, en procura de crear paquetes agronómicos que consolidaran estrategias de apropiación de la innovación y de difusión en la fase agrícola. El lanzamiento de semillas resistentes a los herbicidas y a los insectos, con marcas propias, fue acompañado de una oferta amplia de servicios para el productor agrícola. En esta forma comenzaron a delinearse paquetes tecnológicos completos (desde las semillas transgénicas hasta los herbicidas, pasando por las tecnologías de proceso), adaptables a cada requerimiento edáfico y climático particular. Uno de los casos que se describe más adelante es el de la soja transgénica, en la Argentina, el Brasil y otros países de América del Sur, marco en el que se configuró un sistema de innovación que comprendía no solo las semillas, sino también los fertilizantes, la maquinaria y la creación y adaptación de técnicas para potenciar el sector.
De esta manera, con el uso de la biotecnología se ha llegado, entre otros logros, al cultivo de tejidos libres de virus, la disponibilidad de semillas modificadas genéticamente, el diagnóstico molecular de enfermedades de plantas y animales, la transferencia de embriones en el ganado, el uso del genoma para identificar y transferir genes portadores de características deseables (por ejemplo, resistencia a plagas y enfermedades y al estrés hídrico y de temperatura, con mayor o menor contenido de determinadas sustancias). Algunas de estas aplicaciones, en particular las que se relacionan con organismos genéticamente modificados (OGM), han generado controversias y su difusión es resistida en algunos países. A pesar de ello, sus efectos sobre la productividad y la rentabilidad han sido, en general, muy significativos y constituyen un frente en rápida expansión en la innovación agrícola.
Por otra parte, los avances en la secuenciación e identificación de nuevos genes, en forma complementaria con el surgimiento de disciplinas inéditas, permiten estudiar la relación de los genes con las distintas funciones de los seres vivos, lo que ha reforzado el carácter multidisciplinario, recombinatorio y acumulativo de la moderna biotecnología. Su uso hace posible identificar con precisión los genes responsables de ciertos atributos, deseados o no deseados, a partir de la extracción de material vivo, como sangre, pelo y células epiteliales, entre otros, y de las pruebas que validan la presencia de tal conjunto de genes. De esta manera, los mecanismos subjetivos de identificación de calidad (pedigree), o los que dependen de la medición de rendimientos ex post, son reemplazados por criterios objetivos que se obtienen directamente. Al mismo tiempo se facilita y acelera la posibilidad de tipificar la calidad de la materia prima que ingresa a la industria, lo que abre las puertas a la diferenciación del producto final y de precios. Por consiguiente, estos avances permiten la modificación de las especies con el objeto de mejorar la calidad de los alimentos (carnes, leche), o la industrialización de materias primas (cueros, grasas, pelos). En el caso de la leche, en particular, se han modificado los perfiles genéticos de los animales, para así obtener tipos transgénicos, cuya leche contiene los denominados “nutracéuticos”, con el propósito de dotar a la leche de una serie de elementos que previamente provenían de aditivos nutrientes, medicamentos o ambos. Se trata de que los animales produzcan naturalmente (mediante instrucciones genéticas modificadas) elementos que durante décadas fueron sintetizados por la vía farmoquímica (Bisang, Campi y Cesa 2007).
4. El uso de la biotecnología en América Latina: El caso de la