En la época de las migraciones de los visigodos a través de varias provincias romanas, en búsqueda de tierras donde asentarse, la familia de los Balthos, a la que pertenecía el primer rey, Alarico, aparece, sin lugar a dudas, como la estirpe más ilustre del pueblo. Sólo los Amalos ostrogodos superarían en nobleza a los Balthos, si ha de darse fe al testimonio, tal vez no imparcial, del historiador Jordanes. Consanguíneo de Alarico era —según el propio Jordanes— su sucesor Ataulfo, que también pertenecería, por tanto, al linaje de los Balthos. Pero esta primera nobleza visigoda se extinguió probablemente en Barcelona, en el verano del año 415, tras el asesinato de Ataulfo, por obra de Sigérico, a quien bastó un reinado efímero de siete días para acabar con la descendencia de su antecesor en el trono visigodo.
Aunque así se haya sugerido, la verdad es que faltan noticias que permitan afirmar con algún fundamento una relación de parentela entre el rey visigodo Teodorico I y la estirpe de los Balthos. Mas, en cualquier caso, la familia de ese monarca, fundador de la única verdadera dinastía que existió en el reino visigodo, la que ocupó el trono durante más de un siglo y a la cual pertenecieron siete sucesivos monarcas, tiene bien ganado, por esa sola circunstancia, todo el derecho a ser considerada también como una primera estirpe de la nobleza gótica, por encima de todas las demás familias aristocráticas de los reinos de Tolosa y de Toledo.
Por debajo de las estirpes reales, existió entre los visigodos una aristocracia de sangre, cuyos miembros fueron llamados seniores gothorum o seniores totius gentis. En torno a ellos se agrupaban —y constituían a la vez la razón de su poder social— clientelas y séquitos militares, ligados a sus señores por especiales vínculos de fidelidad y de servicio. Es probable que en la época tolosana perdurase todavía la memoria de viejas relaciones de naturaleza tribal e incluso «nacional». El relato de Hidacio sobre la expedición de Teodorico II contra los suevos, que provocó la derrota y muerte de su rey Rekhiario, dice que en el ejército visigodo figuraba una muchedumbre de guerreros «de diversas naciones con sus duques». Estos «duques nacionales» fueron seguramente los caudillos de distintos grupos populares, integrados bajo la autoridad del rey visigodo, pero con conciencia todavía de su identidad peculiar.
La instalación del pueblo visigodo en las Galias trajo consigo, sin embargo, importantes consecuencias que afectaron a la estructura y funciones de su aristocracia. El reparto de tierras convirtió a los seniores en grandes propietarios de tierras, que pudieron asentar en sus dominios a grupos de familias de un pueblo que pasaba de la vida nómada a la sedentaria. La Monarquía tolosana hubo de articular también una administración central y periférica —tanto civil como militar— para sustituir a la antigua administración del Bajo Imperio, y a ella se adscribieron —junto a personajes romanos al servicio de los nuevos señores— individuos procedentes de la aristocracia goda. Los grandes aristócratas visigodos llevaron el título castrense de «duque» y también los de «varón ilustre» y comes —conde, miembro de la «comitiva» regia—, que eran de tradición bajoimperial romana.
Conocemos a varios magnates de la época del reino de Tolosa, que tuvieron sin embargo que ver con la España contemporánea. Algunos de ellos desempeñaron funciones tanto civiles como militares: así, el duque Cyrila dirigió en 458 las operaciones en la Bética de un ejército de Teodorico II, y en 462 fue legado de su monarca en Galicia; y el duque Salla, en cambio, que en 460 había sido embajador de aquel rey ante los suevos, muchos años más tarde —en 483 bajo el rey Eurico— era el gobernador militar visigodo de Mérida. En 472, el conde Gautérico mandaba uno de los cuerpos de ejército que llevaron a cabo la ocupación visigoda de la Tarraconense, mientras el otro ejército lo dirigían su colega Heldefredo y el general romano Vicente, «duque de las Españas». Un «varón ilustre» importante, Goiarico, magnate áulico de la Corte de Alarico II, tras el derrumbamiento del reino tolosano, vino a morir en Barcelona, en 510, a manos del rey Gesaleico; al año siguiente, otro magnate, el conde Veila, éste partidario de Gesaleico, fue muerto a su vez en la misma ciudad por los ostrogodos, defensores de los derechos al trono visigodo del hijo legítimo de Alarico II, el todavía niño Amalarico.
Desaparecido el reino de Tolosa y convertida la Península Ibérica en el nuevo solar de los visigodos, la nobleza gótica constituyó, también en el siglo VI, un estamento social dirigente. A esta nobleza, que conservaba un fuerte componente militar, suele hacerse referencia, tanto en este siglo como en el siguiente, con el apelativo gothi, usado en plural. Así, fueron los gothi quienes en el año 555, ante el peligro bizantino, pusieron fin a la guerra civil que los enfrentaba, dieron muerte al rey Agila y reconocieron como único monarca a Atanagildo. Y tres cuartos de siglo después, en 630, fue esa misma oligarquía nobiliaria, omnes gothi de regnum Spaniae —«todos los godos del reino de España»—, según Fredegario, la poderosa colectividad que, en Zaragoza, donde se hallaba reunido el ejército, abandonó al rey Suínthila y proclamó en su lugar a Sisenando. éstos fueron también los gothi «demolidos» por Chindasvinto, en frase de la Crónica Mozarábica, y perseguidos «con acerba muerte» por Egica, siempre según la misma Crónica. Es probable que en esta época ya avanzada del siglo VII la expresión gothi no haya de entenderse en estricto sentido étnico, sino que se usara más bien para designar al estamento aristocrático dirigente, en el que se habría integrado cierto número de individuos de ascendencia hispanorromana.
En España, los seniores visigodos siguieron llevando los mismos títulos que en el período tolosano: duques, condes, «varones ilustres», etc. Con el título de «varón ilustre» figuran en las actas del concilio III de Toledo los cinco magnates godos que suscribieron la profesión de fe católica, como personajes cualificados de su pueblo. En el reino hispánico, la nobleza visigoda conservó las clientelas y séquitos y reconstruyó sus patrimonios. Eran «riquísimos», según las Vidas de Padres Emeritenses, los nobles godos —varios de ellos condes de ciudades— que fraguaron la conspiración arriana contra el obispo católico de la ciudad, Másona. La misma obra destaca igualmente la riqueza de los condes Gránista y Wildigern, que, por aquella época y también como reacción arriana frente a la conversión de Recaredo, se sublevaron en la Galia Narbonense.
Varias inscripciones del siglo VI permiten reconocer la presencia de magnates godos en las tierras romanizadas del mediodía de la Península, donde estarían emplazados sus patrimonios territoriales, base de su riqueza y que servirían a la vez para afianzar el dominio visigótico sobre la región. En el año 562 está fechado el epitafio fúnebre del «varón ilustre» Wiliulfo, hallado en la localidad cordobesa de Montoro, y en el 572 se halla datada otra inscripción menos segura, la del duque Zerezindo, procedente de Villamartín, en el «convento» —demarcación territorial— de écija. Otro magnate godo, el «ilustre» Gudiliuva, también tenía sus posesiones en la Bética, en la diócesis de Guadix, donde construyó varias iglesias, en 594, con la mano de obra de sus siervos. En el siguiente siglo VII —tal como se recordó antes—, el Joven Oppila, un aristócrata godo que sobresalía por su «gloriosa cuna» y gran riqueza, tenía posesiones en Villafranca de Córdoba, donde fue llevado a enterrar.