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INTRODUCCIÓN
El proceso de politización y la práctica partidaria de mujeres de sectores populares en el PAN no podría explicarse del todo sin atender al campo sociopolítico. El barrio y la parroquia forman parte de la vida cotidiana de los habitantes de las ciudades fronterizas. Aquí se enfrentan, de manera colectiva y especialmente entre mujeres, las más diversas tareas: desde la defensa de la vivienda y de los servicios urbanos básicos, la convivencia familiar y la educación religiosa, hasta la confrontación con la inseguridad. Es así que, a partir de la participación social urbana popular y el activismo parroquial (por llamarle de alguna manera), muchas mujeres de las colonias de trabajadores de Ciudad Juárez y Tijuana transitaron hacia el mundo de lo público/político y, tal vez de manera un tanto sorpresiva, hacia un partido de clases medias y moralmente conservador, como es el caso del PAN. Del mismo modo la participación en organismos femeninos de derecha de la sociedad civil, orientados a la educación cívica y política, les aportó una plataforma de politización y ascenso en la estructura partidaria y en la competencia por los cargos de representación política.161
Las historias narradas, como huellas de la memoria, dan pie para abordar las razones y los modos de la elección que tomaron tantas mujeres que pasaron del activismo social al político. Historias que expresan, sobre todo, su punto de vista sobre el proceso de politización y, por tanto, de cómo construyen su identidad y las formas a las que han recurrido para llegar a navegar en las aguas de la política. Al analizar la narrativa desde los tres grandes campos, el de la familia, el de la sociopolítica y el de la política misma, es interesante observar, en un primer momento, el entrelazamiento de nociones y principios de un campo en otro. Para desmenuzar y separar los relatos de cara al cuestionamiento sobre el papel que desempeña el campo sociopolítico en el camino de la politización, conviene esbozar lo que aquí entiendo por este campo que, en efecto, parece problemático en términos de su caracterización.
Se trata de un espacio no sólo físicamente delimitable, aunque la imagen de la casa, el barrio y la parroquia induzcan a pensar en ese sentido. Se trata también, y sobre todo, de un espacio que es resultado de un complejo entramado de relaciones sociales, y que, simultáneamente, también las genera y transforma. Relaciones que hacen posible y normalizan la salida de la casa de las mujeres permitiéndoles romper con el aislamiento doméstico.
161 Estos organismos, de los cuales ANCIFEM fue el más importante, no se aborda aquí. Hasta donde pude observar,
su esfera de influencia se orientó muy centralmente a mujeres de clase media y alta. Una de las militantes de este perfil socieconómico se explaya sobre este organismo, por lo cual lo registro. Véase también el capítulo 6.
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El entorno habitacional, con las escuelas de los hijos, los mercados y la iglesia, entre otros centros de actividad social, se ha caracterizado como un área en el que destaca la actividad de las mujeres. Si bien el porcentaje de participación de los hombres en las organizaciones civiles y políticas es más alto que la femenina, la diferencia casi desaparece cuando se trata de organizaciones de padres de familia y asociaciones religiosas. La participación femenina se concentra notablemente en estas áreas: escuela e iglesia.162
Tarrés (1991) les ha llamado campos de acción femenina. Llamando la atención sobre la importancia de abordar el estudio de estos campos en aras de visibilizar y hacer comprensible el papel que las mujeres desempeñan en la sociedad. Iluminar estos campos de acción femenina contrarresta el efecto de ocultamiento y distorsión de una visión binaria que sólo considera el mundo de lo privado, por un lado, y el de la política, por otro.
A riesgo de repetir lo que se ha señalado ya en apartados anteriores, la precariedad del entorno habitacional de la periferia de ciudades como Tijuana y Ciudad Juárez debe tenerse en cuenta. Las familias recién llegadas se instalaban en terrenos de dudosa pertenencia legal, a menudo en asentamientos urbanos provisionales (o con aspecto provisional), si bien no necesariamente espontáneos, organizados frecuentemente por líderes sociales del PRI o, incluso, vinculados a partidos o grupos políticos de la electoralmente minoritaria oposición de izquierda, como el Comité de Defensa Popular (CDP), tratándose de Ciudad Juárez, o de grupos políticos como el CUCUTAC, en Tijuana (Moctezuma, 1985).
A partir de una muy extensa bibliografía que, sobre todo durante los años setenta y ochenta se orientó, desde distintas miradas, a analizar las organizaciones y las movilizaciones urbano populares, se puede afirmar que el activismo urbano popular ha sido, a menudo, canal de vinculación con la política formal, de construcción de liderazgos y de empoderamiento de las mujeres: de traducción política de lo social (Tuñón, Esperanza, 1997; Guadarrama, 1994; Massolo, 1992; Sevilla, 1998). En ese sentido, el espacio sociopolítico puede observarse como un campo liminal a la manera en que lo acuñó Turner (1987; Melgar, 1998). Son espacios de iniciación, que no son “ni lo uno ni lo otro”, que conforman un espacio de ambigüedad y tránsito que es atributo de una fase intermedia.
En este campo, la noción de habitus implica un ejercicio sobre bases distintas a las disponibles en el campo de la familia y en el de la política. No se parte, en este caso, de parámetros delimitados sobre sus propiedades, sus leyes generales o “el espíritu de los sociopolítico”, salvo, tal vez, por su carácter intermedio, de tránsito. La adquisición del habitus, que se transmite en la práctica social/urbana cotidiana, genera cierto tipo de disposición y respuestas delineando un mapa cultural en el que las mujeres construyen un espacio de intersubjetividad de género, y de clase, al tiempo que eligen, deciden, consienten o transgreden tanto al orden patriarcal como al autoritarismo político, en un momento dado.
Valga considerar, por lo demás, que es a través de la participación de las mujeres en el campo de lo sociopolítico que el PAN pudo contar con la posibilidad de avanzar electoralmente (y
162 El 18% de las mujeres han participado en organizaciones de padres de familia, y 10% en asociaciones religiosas,
frente a los hombres que en las organizaciones de padres participan con el 20% y el 12%. Instituto Nacional de las Mujeres, 2008, p.12). También Baud, 2018.
127 presionar por la apertura democrática), al tiempo que, desde la perspectiva de la subjetividad, las mujeres panistas transitaron al campo de la política transgrediendo pautas sexistas (en cuanto a la moral social) y autoritarias (por lo que se refiere al poder político).