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Chapter 5. ELECTRO-MECHANICAL COUPLING

5.5 Further Experiments

5.5.2 Actuator diameter variation

Si bien la Poética de Aristóteles es redescubierta de forma muy paulatina solo a finales de la Edad Media, la idea del efecto catártico continúa presente como herencia de la Edad Antigua, esta vez al interior del cristianismo. Un estudio filológico de mediados de los años noventas, explora los orígenes de la función purificadora del alma y libradora de culpas que representa la sangre de Cristo en los escritos bíblicos (Kuller, The renaissance bible: Scholarship, sacrifice, and subjectivity). La autora observa que, en varios pasajes de la biblia, donde hoy se lee limpieza o purificación, el término original en griego era catarsis. Como consecuencia, postula que la catarsis de Aristóteles guarda relación, no sólo con un efecto fisiológico, sino con uno ceremonial, asociado a los orígenes rituales del teatro que ciertamente incluían sacrificios, al menos de animales, y derrame de sangre. Durante el Renacimiento, la fascinación por la filosofía antigua impulsa el redescubrimiento de la Poética, reactivando la discusión estética sobre los efectos del teatro y el significado de la catarsis. Sin embargo, los primeros humanistas del siglo XVI se ven tan fuertemente obnubilados por Séneca, que leen la catarsis desde una perspectiva tendenciosamente estoica (Alsina). Para Séneca, el teatro tiene que ser ejemplificador por medio de los castigos que recibe el héroe trágico, que resulta ser siempre culpable. La hamartía o error trágico aristotélico es en Séneca más bien una “entrega a la pasión” (Alsina). La tragedia provocaría aquí el efecto de fortalecer el alma en los espectadores para enfrentar los acaecimientos de la vida.

Era el comienzo de la catarsis moral, que termina de asentarse en el Barroco, especialmente en el círculo de los críticos y dramaturgos franceses. Coinciden aquí una interpretación cristiana de la Poética de Aristóteles, influenciada en gran medida por el

algo reciente Concilio de Trento, con una relectura del Ars Poética de Horacio18. La pregunta sobre las reales funciones de la tragedia en el clasicismo francés, enciende las más acaloradas disputas en torno al deber ser de la escritura teatral. Surgen en este contexto múltiples y variadas poéticas por parte de los más destacados autores teóricos y dramáticos de la época. Todas coinciden en una orientación que, en cuanto al contenido, claramente tiende a la instrucción moral, donde uno de los valores fundamentales es el decoro (bienséance). Aquí “(…) la tragedia se consideró un medio idóneo para influir en la corrección de las costumbres, en un medio para contribuir a que el hombre consiga desarraigar esas malas inclinaciones de su espíritu” (Alsina 13). Pero la exigencia del decoro provoca también la normativización de las formas dramatúrgicas, llegándose a establecer verdaderas reglas para las unidades espaciotemporales de las estructuras dramáticas. El debate entre poéticas se vuelve tan álgido, que en 1635 la Academia francesa, a cargo del cardenal Richelieu se adjudica el rol de resolver los conflictos estéticos (Acuña Velásquez). Si bien estas teorías asumen, como proponía Horacio, que el teatro debe deleitar, ese deleite se suele entender únicamente como un medio eficaz para el efecto final, que sería la corrección moral. Desde una perspectiva terapéutica, la catarsis moral que se le exige al teatro, o más bien a la escritura teatral en este contexto, consiste en una concepción doctrinaria de lo que es estar mejor. Este hecho evidencia que los efectos terapéuticos están siempre mediados por un sesgo político asociado a las valoraciones propias de cada contexto.

Inserto en este panorama, Corneille desarrolla el Discurso sobre la tragedia y los medios para tratarla según lo verosímil y lo necesario (1660). A pesar de su impronta rupturista, evidentemente no logra desmarcarse del moralismo dominante al interpretar la finalidad de la tragedia. Aquí la catarsis utiliza el terror y la compasión como medios para expulsar

18 Ars Poética o Epístola a los Pisones fue escrita alrededor del año 20 a.C aprox., por el romano

Horacio. Desde su experiencia como escritor lírico y satírico, configura su propia Poética en base a las conceptualizaciones de la de Aristóteles. Respecto a lo que aquí nos interesa, Horacio propone que la poesía tiene la función tanto de divertir como de enseñar. La obra de Horacio influencia fuertemente a Boileau que en su Art poétique (1674) destaca fundamentalmente el efecto del placer, en la emoción que genera la tragedia (Acuña Velásquez, 30).

–eliminar- “pasiones trágicas” en el espectador. No se eliminan el terror y la compasión sino específicamente aquellas emociones que en la tragedia conducen al personaje hacia su trágico final. La hamartía o error trágico ocurre en gran medida por culpa del héroe trágico, cuyas pasiones, entendidas casi siempre como tentaciones y deseos, lo hacen actuar de manera viciosa. La compasión del espectador frente a la desgracia del héroe trágico produce temor de sufrir una desgracia similar. El efecto resulta en que el espectador quiera evitar errar del mismo modo. El espectador, “que no es más que un hombre del común, debe sujetar las riendas de tales pasiones al temer que éstas lo hagan caer en una desgracia similar” (Corneille 339). Evidentemente el temor, más que la compasión, opera en esta catarsis.

Intentando una perspectiva algo más sensible, pero afiliado inevitablemente a la misma línea, Racine incorpora a la función moral, la necesidad de que la tragedia emocione al público. Pero esas emociones deben ser controladas por la razón, para que no vayan a rebasarse. En el prefacio a su obra Berenice (1671) el dramaturgo intenta una reivindicación del delectare horaciano, proponiendo como primera función de la tragedia otorgar al espectador “el placer de llorar y de ser conmovidos” (Racine 275). Sin embargo gracias a la catarsis esa conmoción se templa, se modera, y he ahí la función moral. La tragedia “conmueve” al terror y la compasión y con ello “les quita lo que tienen de excesivo y de vicioso, y las reduce a un estado de moderación conforme a la razón” (Racine, citado en Aspe 95). El bienséance juega aquí un rol central: la razón contiene o bien amaina a la emoción guardando así el principio del decoro. Gracias a la catarsis la racionalidad controla a las emociones, lo que deviene en virtud moral.

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