Particle fracture
Al 2 O 3 particles situated on grain
6.5 Add more detail to analysis of microstructures of deformed samples
En este pasaje, como en otros del Evangelio de la infancia, Mateo tiene profusión de citas y alusiones del Antiguo Testamento. Hay sólo otra sección de los evangelios escri- tos que tiene un número similar de referencias al Antiguo Testamento y son las narraciones de la pasión. En el cuá- druple relato de la vida pública de Jesús, en cambio, estas referencias aparecen muy raras veces, a no ser precisa- mente en Mateo que menciona con frecuencia el Antiguo Testamento. Pero, aun así, en relación con el resto de la obra, son los relatos de la infancia —tanto en Lucas como en Mateo— los que más abundan en alusiones al Antiguo Testamento.”
1. El lugar prominente del Antiguo Testamento en estas narraciones, parece sugerir que estamos frente a una espe- cie de técnica midráshica, encontrada no pocas veces en la literatura veterotesta- mentaria; técnica que tenía por finalidad primaria la edificación espiritual del pueblo, sin mucho interés por lo histórico como lo entendemos ahora. Así, en ausencia de una tradición apostólica auténtica por los hechos de la infancia, o su auténtica interpretación, estos evangelistas (Lucas y Mateo) han coleccionado remi- niscencias familiares vagamente recordadas, rellenando los esquemas con profusión de temas y citas del Antiguo Testamento, sea explícitas, sea incluso implícitas.
Este método midráshico es ventajoso para nosotros, por- que destaca —más allá de la “historia” como la entende- mos ahora— el mensaje religioso que el evangelista quiere comunicarnos; e incluso nosotros podemos emplearlo en nuestra contemplación, imitando a la Virgen, que —como dice Lc 2, 19. 51— “guardaba todas estas cosas, confirién- dolas (o dándole vueltas) en su corazón”. Es el “reflectir” ignaciano.
2. “Nacido Jesús en Belén de Judea” (v. 1).
Una de las afirmaciones más repetidas de los evangelios de la infancia es la ascendencia davídica de Jesús y su naci- miento en Belén.
2.1. Según el estilo peculiar de los evangelios de la infancia que indicamos más arriba, el episodio entero de los magos está montado sobre la cita de Miq 5, 1.
Este profeta, contemporáneo de Isaías, ha descrito, en los w. 11-13 del capítulo 4, los inútiles proyectos de las nacio- nes (Asiría, en este caso) contra Sión. A partir del v. 14 y en los primeros del capítulo 5, Miqueas canta la gloria futura de la dinastía davídica. A la fortaleza de Sión (v. 14 con
nota de BJ) se contrapone la pequenez aparente de Belén Efratá, de la cual saldrá el nuevo David:
“Mas tú, Belén Efratá, aunque eres la menor entre las fa- milias de Judá, de ti ha de salir aquel que ha de dominar en Israel y cuyos orígenes son de antigüedad, desde los orígenes de entonces (nota de BJ). Por eso Yahveh los abandonará hasta el tiempo en que dé a luz a la que ha de dar a luz (nota de BJ), y el resto de sus hermanos volverán a los hijos de Israel” (Miq 5, 1-3).
La mención de “la que ha de dar a luz” y el evidente para- lelismo con la profecía de Emmanuel de Is 7, 14 (con nota de BJ), sitúan la predicción (o promesa, como luego vere- mos) de Miqueas en una perspectiva mesiánica; y Mateo atribuye esta interpretación (2, 6) a los “sumos sacerdotes y escribas (con nota de BJ)”, consultados por Herodes. 2.2. Mateo introduce variantes curiosas en el texto de Mi- queas: el Efratá se convierte en “tierra de Judá”, con lo cual queda más clara la intención de individualizar la ciu- dad, distinguiéndola de su homónima de Galilea, en la tribu de Zabulón.
El calificativo de “la menor”, puesto por el profeta, es ne- gado expresamente por Mateo. O sea, la cita de Mateo lleva implícita una glosa explicativa de Miqueas: este había dicho que Belén era “la menor entre las familias de Judá”, añadiendo, sin embargo, que de ella nacería “aquel que ha de dominar en Israel”; y Mateo interpreta perfectamente el sentido profético cuando dice que “no eres, no, la menor, porque de ti saldrá un caudillo”.
Por último, la añadidura final (“que apacentará a mi pue- blo Israel”), tomada de 2 Sam 5, 2, subraya el carácter de segundo David que corresponde al Mesías prometido. 3. “Unos magos que venían de Oriente” (v. 1, con nota de BJ).
La indicación del origen es muy vaga; pero tal vez es cons- ciente en Mateo, que puede considerar esta indicación como suficiente para sus lectores.
Si se admite, como parece que debe admitirse, que ios magos del Evangelio son persas (un preciso dato arqueo- lógico del tiempo de Constantino muestra la antigüedad de la tradición que hace, a los magos, oriundos de Persia), podemos decir algo más sobre su condición: los magos de Persia, en sus orígenes, no tienen nada que ver con los prestidigitadores egipcios, ni con los astrólogos caldeos, ni en general con los adictos a la magia. En los libros sagra- dos del maz- deismo, “magos” equivalen a “seguidores de la doctrina de Zaratus- tra”. Fueron, según Herodoto, una de las tribus que poblaron la Media y con el tiempo vinie- ron a formar la casta sacerdotal dedicada al culto de Ahura Mazda, en la cual se conservó bastante pura la doctrina mazdeísta, que ofrecía interesantes puntos de contacto con las creencias mosaicas y, más concretamente, con la espe- ranza mesiáni- ca del Antiguo Testamento. Porque Zara- tustra había enseñado la existencia de dos principios eter- nos (Ahura Mazda, principio del Bien, y Anra Mazda, prin- cipio del Mal), entre quienes existía una lucha perpetua por el dominio del mundo, que acabaría con la victoria del Bien sobre el Mal; victoria debida, sobre todo, a la ayuda de un futuro Auxiliador, que será la “verdad encarnada” y nacerá de una virgen “sin que ningún hombre se le acer- que”.
Este concepto de Auxiliador mazdeísta es, sin duda, poste- rior a Zaratustra, que vivió en el siglo VI a. C.; consiguien- temente, puede ser muy bien efecto del influjo que en los persas ejercieron —durante la cautividad judía en Babilo- nia— las esperanzas mesiánicas del pueblo judío. Aún en la hipótesis, menos probable, de que dicho concepto —resto de la revelación primitiva— fuera, en los persas, anterior al contacto con los judíos, es muy posible que, al conocer las esperanzas de estos respecto del Mesías, lo identificaran aquellos con su esperado Auxiliador y fuera ganando te- rreno la idea de que el Mesías-Auxiliador había de ser un rey de los judíos.
4. “¿Dónde está el Rey de los judíos?” (v. 2).
La pregunta que la extraña caravana de los magos orienta- les repetía por las estrechas callejas de Jerusalén hubo de parecer duro sarcasmo a los judíos que la oyeron, someti- dos al poder romano; y se comprende también que susci- tara la turbación del suspicaz Herodes. Y, sin embargo, el hecho que anunciaban era el meollo de la esperanza me- siánica del pueblo judio, esperanza que para esas fechas habría traspasado ampliamente las fronteras geográficas de Palestina.
El conocimiento de los Libros Santos, traducidos al griego dos siglos antes de Jesucristo, había difundido, por todo el mundo, la esperanza de un rey que había de venir de Ju- dea: los historiadores romanos (Tácito y Suetonio), al des- cribir la guerra de los judíos del año 70 d. C., señalaban, como causa principal de su fanatismo, la fe ciega en sus profecías; pero creían que estas se habían cumplido en Vespaciano y Tito.
La pregunta de los magos estaba, pues, perfectamente en la línea de esta creencia, extendida por todo el Oriente. 5. “Pues vimos su estrella” (v. 2).
Constituye el elemento prodigioso del relato: los magos se han puesto en camino porque han visto “su estrella en el Oriente”. Y no es necesario pensar en un fenómeno natu- ral, sino que —siguiendo el estilo midráshico que dijimos tener en este relato— se puede pensar en la luz mesiánica anunciada por Isaías 9,1-5; 60,1-3. 5-6: “El pueblo que andaba a oscuras vio una gran luz”; “¡Arriba, resplandece, que ha llegado tu luz!”.
Además, Balaam profetizaba “una estrella de Jacob”: “Lo veo, aunque no para ahora, lo diviso, pero no de cerca: de Jacob avanza una estrella (con nota de BJ), un cetro (con nota de BJ) surge de Israel” (Núm 24, 17). Esta estrella no es nunca un fenómeno atmosférico, sino que está siempre personificada; y así creemos que hay una relación entre la estrella de Balaam y la del episodio de los magos. Los fa- mosos vaticinios de Balaam (Núm 21, 1; 24, 25), llamado por el rey de Moab para maldecir a Israel (Núm 23, 7), sólo pueden entenderse a la luz del género literario augural que describe los acontecimientos futuros con figuras astroló- gicas tomadas de la observación del Zodíaco: el parentesco de estos vaticinios con las bendiciones de Jacob (Gn 49) —otra pieza literaria augural de carácter astrológico— es evidente; y huelga decir que el carácter revelado de ambas profecías no es incompatible con su expresión literaria en imágenes astrológicas.
Ahora bien, en la mentalidad astrológica oriental, realeza y estrella se corresponden en la constelación de Leo y, más concretamente, en la estrella que luce en el pecho de este,
conocida con el nombre de Régulo: esto explicaría la na- turalidad con que los magos —conocedores acaso de los augurios de Jacob (Gn 49) y Balaam y acostumbrados al lenguaje astrológico oriental— hablan, como de cosa sabi- da, de la estrella del rey de los judíos.
El episodio de los magos nos brinda una prueba más de la providente condescendencia de Dios que se acomoda a las disposiciones naturales de los que quiere salvar. A los pastores —gente sencilla y dis
puesta a admitir sin trabajo lo sobrenatural— les envía unos ángeles; a los rabinos de Jerusalén, aferrados a la letra de la Ley, los invita, con ocasión de la pregunta de los magos, a fijarse en los libros sagrados que hablaban de la venida del Mesías; a Herodes, indiferente en materias religiosas y sensible tan sólo a los peligros de perder su reino terreno, le sacude la conciencia con la alarmante noticia de que ha nacido —y no precisamente en su pala- cio— un rey de los judíos. Y para los magos, que esperaban la venida de un Mesías-Auxiliador, cuya vida creían aso- ciada al curso de una estrella, produce milagrosamente este fenómeno extraño, cuya naturaleza en vano intenta- rán descubrir los hombres de ciencia, porque, en la mente de Dios, no estuvo sujeta a las áridas e inflexibles leyes astronómicas, sino sólo a la ley inefable y divina de su amor condescendiente, vaticinada en el Antiguo Testa- mento.
6. “Lc ofrecieron dones de oro, incienso y mirra” (v. 11, con nota de BJ).
6.1. El episodio de los magos se cierra con el homenaje de adoración al Niño, a quien “vieron con María su madre; y, postrándose, le adoraron” (v. 11).
Es curioso que los libros sagrados (Gn 3, 15; Is 7, 14; Miq 5, 2) se fijan en la madre, silenciando completamente al padre, de donde sería forzoso concluir el nacimiento vir- ginal del Mesías.
6.2. A la vez que la adoración —y de paso— Mateo men- ciona los dones que le ofrecieron al Niño, citando implíci- tamente a Is 60, 6, que dice que “un sinfín de camellos te cubrirá (a Jerusalén) […]. Todos ellos de Sabá vienen, portadores de oro e incienso”, pero añadiendo la mirra. También el Salmo 72 (71), cantando la gloria de Salomón con colores típicamente mesiánicos, decía:
“Los reyes de Tarsis y de las islas le traerán tributo; los reyes de Sabá y de Seba le pagarán tributo; postraránse ante él todos los reyes, le servirán todas las naciones. Y mientras viva, se le dará el oro de Sabá” (w. 10-11.15). La teología alusiva de Mateo ve, sin duda, en esta ofrenda, el cumplimiento de las profecías mesiánicas. La mirra no figuraba en las descripciones proféticas; pero el hecho de que Nicodemo la empleara para embalsamar el cuerpo de Jesús Un 19, 39), motivó tal vez la explicación simbólica tradicional, según la cual el oro significa la realeza, el in- cienso la divinidad y la mirra la pasión.
Herederos de aquellos primeros gentiles, llamados a ado- rar al recién nacido Mesías, no debemos contentarnos con el frío reconocimiento de su mesianidad: a la adoración rendida, deberá acompañar la ofrenda generosa de nuestro ser que, en Ejercicios, podría tomar la forma de las “obla- ciones de mayor estima y mayor momento, haciendo con- tra su propia sensualidad y contra su amor carnal y mun-
dano…”, como san Ignacio lo indica en la oblación al Rey eternal (EE 97-98).
6.3. Se ha pretendido que el relato de los Magos no sería de Mateo. Habría entonces que admitir la obra de un fal- sario genial, que se posesionaría de la manera de escribir del mismo —su hábito de citar el Antiguo Testamento— y que, incluso, expresaría la idea profunda de su teología. ¿Por qué no ver aquí la obra del evangelista que, antes de comenzar su Evangelio —y como “prólogo” del mismo— nos presentaría su “argumento”: Jesús, Hijo de David e hijo de Abraham (Mt 1,1), Mesías de los judíos e Hijo de Dios, no ha sido recibido por su pueblo? Los judíos, que conocían las profecías, no han querido ver su realización (como tampoco la verán cuando la resurrección, Mt 28, 11-15). Los gentiles, que ignoraban las profecías, han reci- bido de los judíos su tenor y su interpretación; y han ido a Belén a adorar el Niño, marcado por la estrella.
Jesús, el Mesías de los judíos e Hijo de Dios, es el Salvador de todos los hombres, sin “distinción entre judío y griego, pues uno mismo es el Señor de todos, rico para todos los que lo invocan, pues todo el que invoque el nombre del Señor se salvará” (Rom 10, 12-13, citando a Jl 3, 5).
7. No hemos contemplado los w. 3-8, que se refieren a la reacción de Herodes, a la consulta que hizo a los “sumos sacerdotes y escribas del pueblo” (v. 4, con nota de BJ) y al diálogo que tuvo con los magos encargándoles que, cuando encuentren al Niño, se lo comuniquen, “para ir yo también a adorar”: todos estos versículos sirven de preparación para el relato de la huida a Egipto (w. 13-18) y de su vuelta de allí (w. 19, 23).
8. Dijimos más arriba, en el punto 2.1, que el anuncio de un profeta podía ser o predicción o promesa.
La predicción pertenece al orden del “saber” y dice de an- temano lo que va a suceder. No compromete, por tanto, la libertad de quien la hace en último término (Dios, por boca del profeta, que por eso se llama “profeta”: habla “en nombre de Dios”), sino sus dotes.
La promesa compromete algo más que el saber anticipado: quien promete, com-promete su libertad. Pone delante de sí (pro-mete), en un camino que aún está por hacerse, un “punto”; y declara que la vida ha de pasar por ese “punto”. La promesa supone continuidad y fidelidad. Establece un vínculo entre el que promete (Dios, en último término que, como dijimos, habla por boca del profeta) y el que recibe la promesa.
La predicción es “neutra” y no tiene vínculo de fidelidad entre el que predice y el que oye (el pueblo de Dios, a quien se dirige la predicción).
¿Hay predicciones en la Biblia?
Es posible, pero están siempre al servicio de la promesa. Por eso, lo que interesa a los evangelistas, cuando citan —explícita o implícitamente— una profecía, es ante todo la promesa; y su recurso a la Escritura está al servicio de la certeza de que Dios es un padre, un pastor y que se ocupa de su pueblo como de una viña y que medita, en su cora- zón, su proyecto salvífico, que adelanta en “promesas”.