• No results found

Particle fracture

Al 2 O 3 particles situated on grain

4.8 Simulation of extrusion process using Abaqus version 6

1. Una primera aproximación al texto podríamos hacerla desde un paralelo con el relato de la anunciación a Zaca- rías (1,11 ss.) o a María (1, 26 ss.); o con muchos pasajes del Antiguo Testamento, como la anunciación a Abraham (Gn 1-20), a Moisés (Éx 3, 2-12), a Gedeón (Je 6, 11-21) y el anuncio del nacimiento de Sansón (Je 13, 2-20).

En todos estos “anuncios” se hallan los siguientes elemen- tos: 1) presentación del sujeto que recibirá el mensaje; 2) aparición del ángel; 3) turbación que experimenta el suje- to; 4) mensaje comunicado por el ángel; 5) pregunta que expresa una duda; 6) signo dado en respuesta; 7) partida del ángel.

En el caso de la aparición del ángel a los pastores, parece que se dieran estos elementos: 1 en el v. 8, 2 en el v. 9, 3 en el v. 9b, 4 en los vv. 10 s., 6 en el v. 12 y 7 en el v. 15. Pero falta el elemento 5 y también, entre el 5 y el 6, se inserta una secuencia con la aparición del ejército celestial de los ángeles y el himno angélico, que resulta heterogéneo con el género literario de los anuncios de ángeles y que trae con- sigo una modificación del elemento 7, pues ya no se trata de la partida de un ángel, sino de ángeles.

Podríamos, por tanto, contemplar esta escena evangélica teniendo en cuenta sobre todo lo característico de la mis- ma, que no se da en otras “anunciaciones”, sean del Anti- guo Testamento, sean del Nuevo (Mt 1, 18-24); o repe- tir—en el sentido ignaciano del término— las contempla- ciones que hemos hecho con anterioridad en estos mismos Ejercicios o en otros.

2. Otra aproximación al texto de la aparición de los ángeles a los pastores la podríamos hacer recordando lo que era en aquellos tiempos el anuncio del nacimiento de un príncipe real.

El ángel trae a los pastores, la “buena nueva” del naci- miento de “un Salvador, que es el Cristo Señor, que os ha nacido hoy, en la ciudad de David” (v. 11).

Este lenguaje nos recuerda, de manera sorprendente, el estilo de las cortes helénicas cuando se anunciaba el naci- miento de un príncipe real: se ha encontrado una inscrip- ción del año 9 a. C., que dice que:

“Cada uno puede considerar con razón este acontecimien- to —el nacimiento de Augusto— como el origen de su vida y de su existencia, como el tiempo a partir del cual no debe arrepentirse de haber nacido. La Providencia ha suscitado y adornado maravillosamente la vida humana dándonos un Augusto, para que sea benefactor de los hombres, nuestro Salvador para nosotros y para aquellos que ven- drán después de nosotros. El día del nacimiento de Dios ha sido para el mundo el comienzo de las buenas recibidas gracias a él.”

Pero este paralelismo no da razón de todo el pasaje de Lucas: la proclamación del heraldo imperial no tiene en cuenta a los ángeles, ni un “signo” como el que menciona el relato de la aparición de los pastores (que es lo que tam- bién falta en otros anuncios de ángeles, tanto en el Antiguo Testamento como en el Nuevo Testamento) ni tampoco el himno angélico.

Explica algo, pero no todo en el pasaje evangélico que es- tamos contemplando.

3. El versículo central del pasaje de Lucas es 11b, que pa- rece inspirarse en la terminología de la predicación cris- tiana primitiva: el ángel tiene el mismo papel que los apóstoles en los Hechos de los Apóstoles (obra también de Lucas). Como ellos, anuncia al Cristo Señor. Pero mientras que la predicación cristiana primitiva proclamaba el seño- río de Jesús en el cuadro de su glorificación después de la resurrección, quien lo había manifestado en toda su dig- nidad, Lucas, en su Evangelio de la infancia, lleva este Señorío de Jesús a los mismos orígenes de su vida en la tierra.

Jesús nace Señor y sin duda esta idea es la que lleva a Lu- cas a tomar, por un momento, el estilo de los anuncios de nacimientos reales. Pero lo que sobre todo ha querido mostrar es que, ya desde el nacimiento de Jesús, el Evan- gelio o Buena Nueva pascual había sido anunciado.

El niño en el pesebre era ya Cristo Señor y el día de su nacimiento —en el “hoy” del mismo— el Evangelio de la Pascua comenzaba entre los hombres.

4. En el versículo siguiente, el 12, se habla de un “signo”. Pero es curioso que este “signo” sea que los pastores “en- contrarán a un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre”, con la advertencia explícita de que “esto os ser- virá de señal de que hoy os ha nacido, en la ciudad de Da- vid, un Salvador, que es el Cristo Señor”.

4.1. Estamos acostumbrados a otro tipo de “signo” o señal. Por ejemplo, el que da el ángel a la Virgen, para confir- marla en lo que le acaba de decir (Lc 1, 35: “el Espíritu Santo vendrá sobre ti”): “Mira, también Isabel, tu parienta, ha concebido un niño […] porque ninguna cosa es imposi- ble para Dios” (Lc 1, 36-37).

Es evidente que esto es extraordinario (Lc 1, 36: “este es ya el sexto mes de aquella que llamaban estéril”) y vale como “signo” o señal de la anterior afirmación: “Vas a concebir y dar a luz un hijo” (Lc 1, 31).

Además, el “signo” dado a la Virgen se entiende como res- puesta a una pregunta de la misma (Lc 1, 34: “¿cómo será esto, puesto que no conozco varón?”) y aquí los pastores no han hecho ninguna pregunta, sino que sólo han recibi- do el anuncio del ángel.

4.2. Este “signo” o señal que reciben los pastores se parece a los que acompañan la misión de los apóstoles, después de la resurrección y Pentecostés, mencionada en los He- chos (obra también de Lucas): es una constante de esta misión que sea acompañada de “signos” del “gran poder”, manifestado en este tipo de misión: testimonios de estos son todos los “sumarios” de los Hechos de los Apóstoles (Hech 2, 43; 4, 33; 5, 12. 15 s.; 8, 6-13; 14, 3); también 2 Cor 12, 12.

Este tipo de “signo”, propio del tiempo del Espíritu que se comunica a los hombres “en los últimos días”, ya no son fenómenos llamativos, destinados a garantizar una pro- mesa que se cumplirá en el futuro, sino la aparición de una nueva realidad que hace irrupción en la historia de los hombres: el Reino, en el lenguaje de los sinópticos, y el Espíritu, en la óptica particular de Lucas.

El papel de estos “signos” no es dar confianza en que se cumplirá una promesa, sino un apoyo a un llamado a la conversión, propio de la proclamación kerigmática de los primeros tiempos de la Iglesia. De donde su fuerza no na-

ce, como en los otros signos, de lo extraordinario, sino del poder que tiene ante un corazón ya “compungido” por la predicación apostólica (Hech 2, 37).

En otros términos, no sorprenden, sino que anuncian ke- rigmá- ticamente un llamado de Dios. En este sentido, el “signo” más eficaz es la misma cruz, como dice san Pablo: “Nosotros predicamos a Cristo crucificado, para los lla- mados, lo mismo judíos que griegos, un Cristo, fuerza de Dios y sabiduría de Dios” (1 Cor 1, 23-24, con nota de BJ). 4.3. Lo que acabamos de decir de la cruz nos hace entender mejor por qué a los pastores les fue dado, como “signo”, el pesebre: es. junto con la cruz, el signo más eficaz del lla- mado del Dios de la misericordia, que “tanto amó al mun- do que le dio a su Hijo único” (Jn 3, 16), primero en un pobre pesebre y luego en una cruz.

Es el “signo”, en el pesebre, del paso “de Creador a hacerse hombre” y, en la cruz, “de vida eterna a muerte temporal”, como nos lo dice san Ignacio en el “coloquio” del primer “ejercicio” de la Primera semana (EE 53).

Ambos a dos —pesebre y cruz— son “signos” pascuales (o sea, del “paso”) del Señor: el uno, al comienzo de su vida entre nosotros; y el otro, al término de su misma vida, para resucitar a una vida mejor.

4.4. La primera “predicación” de Dios a los hombres —los pastores, en Lucas— es hecha por ángeles, pero según el modelo de lo que será luego la predicación o kerigma de los apóstoles. Por eso ambas palabras —ángeles y apósto- les— aunque diversas, se aproximan bastante en su signi- ficación: la primera indica más bien el “mensaje” que trae el enviado y la segunda, el “envío” del mensajero.

Los “signos” que ofrecen estos predicadores —ángeles o apóstoles— no suponen la fe, como los que había hecho el Señor (Mt 8, 10, con nota de BJ; y Mt 13, 58, donde el Se- ñor no podía hacer milagros en Nazaret, porque no tenía fe), sino que la aumentan en el oyente. No se dirigen a su “cabeza”, sino a su “corazón” (v. 19).

5. Después de recibir la “predicación” de los ángeles, los pastores se convierten, ellos mismos, en predicadores (vv. 17-18). Uno de sus oyentes es María: “María, por su parte, guardaba todas estas cosas confiriéndolas (dándole vuel- tas) en su corazón” (v. 19).

En contraste con los betlemitas, cuya admiración (v. 18) se extinguirá pronto, María escucha con un “corazón noble y bueno” y guarda todo lo que escucha con cuidado: el im- perfecto syntérei (conservaba) sugiere una impresión pro- funda y durable; el participio presente symballousa (confi- riéndolas) prolonga este efecto (como Dn 8, 28 —”guardé estas cosas en mi corazón”—, lo que significa guardar un discurso o mensaje en el corazón).

María es aquí —y luego en Lc 2, 51— el tipo de los creyen- tes “que oyen la palabra de Dios y la cumplen” (Lc 8, 21), como lo tendríamos que hacer nosotros: el verbo “conser- var”, junto con el “conferir” (o darle vueltas), expresa un esfuerzo de reflexión y de asimilación (o apropiación) de la palabra de Dios, similar al que nos recomienda san Ignacio cuando nos dice —durante toda la Segunda semana, a par- tir de las contemplaciones de la infancia— que debemos “reflectir para sacar provecho” (EE 106 y passim).

6. La proclamación o “predicación” de los ángeles termina con un himno: “Gloria a Dios y paz a los hombres” (Lc 2,

13-14), que es otro elemento que, como vimos al principio, nos aparta del “esquema” de los “anuncios” tanto del An- tiguo Testamento como del Nuevo Testamento. En Lucas, por ejemplo, ni el Magníficat ni el Be- nedictus forman parte de las “anunciaciones” a María o a Zacarías.

El himno lo es de alabanza, tema tan propio de Lucas (2, 20, con nota de BJ): aquí es una liturgia angélica, que tie- ne sus raíces en el Antiguo Testamento (Is 6, 3; Sal 29, 1 ss., con nota de BJ) y tal vez en Mt 18, 10 y en 1 Cor 11, 10, ambos con nota de BJ.

El culto de alabanza que celebramos nosotros, como co- munidad creyente, no es sino un eco terrestre de la liturgia angélica.