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CHAPTER 5 RESEARCH FINDINGS AND DISCUSSIONS

5.6 FINAL DISCUSSION

5.6.2 Additional information

lizar aquel osado movimiento estratégico que fue la invasión de Sicilia, el mismo Tucidides arrincona cualquier duda que a ese respecto pudiera abrigarse. Su propio énfasis quizá se colocara en el temor que impidió a la oposición en minoría manifestar su pa­ recer, y votar incluso; mas nos es lícito mutar ese én­ fasis en el sentido de que tal minoría no fuera en ver­ dad una minoría exigua.

Así pues, en la medida en que el mecanismo de las tomas de decisión entraba enjuego, la aceptación por parte de los atenienses de aceptar el desafío espartano y entrar en la Guerra del Peloponeso pudo haber sido sopesada en el interés nacional. Todos los grupos principales de interés en aquella sociedad participa­ ron activamente tanto en las discusiones como en la decisión final. Esto no completa el análisis: también habremos de considerar si el interés nacional estaba correctamente calibrado. Pero antes desearía su­ brayar que no estoy emitiendo un juicio sobre los va­ lores que contribuyeron a la determinación ateniense de su interés nacional, de igual form a que no puede inferirse que yo sea un partidario de la esclavitud por el hecho de que insista en que ésta y los más cimeros frutos de la cultura helena estén inseparablemente condicionados.

Tal “ relativismo m oral” (como a veces inadecua­ damente se le llama) puede turbar a algunos; mas ésa es la lección correcta que puede extraerse de los “ ha­ llazgos de la psicología, la antropología y la observa­ ción política” . No nos han enseñado que debemos si­ lenciar la predisposición a juzgar nuestra política (o la ajena) en términos morales, sino que hemos de reco­ nocer que otras sociedades pueden actuar y han ac­ tuado de buena fe de acuerdo con términos morales

distintos a los nuestros, e incluso aberrantes a nues­ tros ojos. La explicación histórica y el juicio moral no son idénticos. Si se posee una fe mística en el Estado "orgánico” , o si se cree en Absolutos, sean o no pla­ tónicos, entonces se posee un único criterio para medir cualquier acción política: pasada, presente o futura. Pero si tal es el caso, entonces el análisis his­ tórico sobra. Platón no hacia concesión alguna a este respecto: todos los Estados existentes, afirm aba repe­ tidamente, están incurablemente enferm os; el Estado justo, el Estado ideal será el gobernado por filósofos- reyes mediante su aprehensión de las Formas ideales, no de un estudio de las sociedades históricas.

En una sociedad plural, por otro lado, tampoco es el caso que los criterios inórales queden registrados al punto com o tales: la moral y los intereses no son claramente separables. En una reciente obra sobre los Estados Unidos y el orden mundial redactada por un reconocido experto, leemos las siguientes frases en una sección que lleva por titulo “ <? Cuál es el interés nacional am ericano?” :

Con la excepción de los círculos de la Extrema Derecha ya no está de moda atribuir valores únicos y cualidades especiales a los Estados Unidos, a su estilo político, a su forma de entender la vida pública y pri­ vada. Las cualidades especiales a veces admitidas, son con mayor frecuencia objeto de chanza que de enco­ mio. Sin embargo, existen tales valores, y éstos de­ mandan protección en un mundo de rapidísimo e inesperado cambio... [Su] articulación constituye la esencia de mi definición del interés nacional... un in­ terés que, a mi juicio, parece tanto moral como ase­ quible. ¿Cuáles son esos valores? Frente a las cada vez más poderosas burocracias gubernamentales y

privadas, que pronto se reforzarán con el perieccio- namiemo de la recuperación automática de datos, yo deseo conservar para la libertad individual una am· plia zona, franca de manipulación por parte del go­ bierno, de las corporaciones, de los sindicatos, de los partidos políticos, de los clubs sociales, de las asocia· dones suburbanas y de las computadoras. Frente a la creciente capacidad de dominio sobre todas las For­ mas de vida —ya sea merced a las armas o a las dro­ gas—, mi deseo es afirmar la necesidad de un máximo respeto para la vida humana por sí misma.17 La libertad individual frente a la manipulación y el máximo respeto concedido a la vida humana cons­ tituyen indiscutibles valores ; mas puede dudarse que los tales vengan a ser una definición operacional ade­ cuada del interés nacional sobre el que se construye una política exterior. La mayoría de nosotros estará de acuerdo en que desde los dias de la antigua Atenas se han realizado eminentes progresos morales : la es­ clavitud legal se ha visto abolida; casi nadie discute el principio del gobierno popular, de la democracia; ningún dirigente democrático se atrevería a hablar públicamente sobre el imperio en el mismo tono en que lo hacia Perides; el progreso material ha conse­ guido hacer hipotéticamente innecesario el asegu­ rarse bienes materiales y políticos a expensas de Esta­ dos siervos. Con todo, la doble dificultad inherente al interés nacional, a saber, su determinación y su reali­ zación en la práctica, no parece que haya sido efecti­ vamente resuelta.

Esta posición no se ve de ninguna manera com ­

17. E. B. Haas, Tangir o/ Hopes (Englewood Cliffs, N. J ., 1969), pp. 234-235.

prometida por el hecho de que los dirigentes políticos afirmen que sus líneas políticas se corresponden con el interés nacional y las alternativas no. Ello ha sido asi a lo largo de toda la historia, y apoyo gustoso su “ sinceridad” , tanto como la de sus seguidores y sus oponentes. Mas la discusión se lleva por lo común al plano de la retórica, dirigida a la persuasión y no a la demostración, y, por tanto, no revela la verdad de las pretensiones de unos y otros. Com o tampoco lo hace su éxito o su fracaso electoral.

Escribiendo sobre la forma en que la burocracia funciona en las democracias occidentales, Henry Kis­ singer afirm a: “ El premio colocado en el estamento letrado hace que las tomas de decisión se conviertan en una serie de ajustes entre intereses especiales: pro­ ceso que cuadra mejor a la política interior que a la exterior".1* Escribió tales frases con censura, pero son muchos los politólogos que, concordando con su descripción de lo que sucede, juzgarían tal práctica de forma positiva, como si la tal fuera precisamente lo que es de esperar en un proceso democrático. No obstante, el interrogante surge al punto: ¿d e qué in­ tereses se trata? ¿Q u é zona, dentro del espectro de intereses que constituye la sociedad, es ésa que se muestra receptiva a la acción de los letrados a la hora de tomar decisiones? ¿ Qué sucede si ese ajuste es más parcial con un interés que con o tro?

Tras el término “ ajuste” se oculta un modelo m a­ temático que a mi juicio es totalmente inaplicable a los problemas sociales. Ello es obvio en la política ex­ terior. Gran Bretaña hubo de hacer frente a la cues­ tión de su ingreso en el Mercado Común y la opción

18,- Kissinger. “ Domestic Structure” ll:S * l, p. 516.

era estrictamente binaria: si o no, sin que existiera vía intermedia. Así, “ ajustes" tales como la concesión, por parte del Mercado Común, de un plazo de diez años para retirar el trato preferenrial a las im porta­ ciones de carne de ternera y de lana procedentes de

Nueva Zelanda significa tan sólo una exigua conce­ sión a los opositores al ingreso en el Mercado Cómun. Un grupo de intereses prevaleció sobre otro, eso es todo. De igual manera y para volver a los ate­ nienses: o invadían Sicilia o no la invadían; no es da­ ble imaginar un “ ajuste” dotado de sentido.

A la vez, oculto tras el concepto de ajuste entre in­ tereses especiales se vislumbra el concepto, más gene­ ral ahora, de “ consenso” . En un ensayo publicado en

1961, P. L. Partridge sugería que “ las notables disputas contemporáneas acerca de derechos y liber­ tades tienden cada vez menos a levantar problemas de gran generalidad en las opciones [...] ¿Acaso no existe una aceptación prácticamente universal de la creencia en que las continuas innovaciones tecnológicas y eco­ nómicas, la expansión ininterrumpida de los recursos económicos, un standard perpetuamente en alza de ‘bienestar material’, son los principales propósitos de la vida social y de la acción política, y, de consuno, los criterios rectores para juzgar sobre el progreso o la validez de un régimen social?... Tales son los criterios que, por ser ‘construidos desde dentro’ , vuelven cual­ quier filosofía social alternativa o impotente o b a­ lad i” .19

19. “ Politics” 11 -.261, pp. 222*22S. Cf. : “ En el mundo occidental t...| existe hoy un aproxim ado ctmstmo entre inteUdualeí en lo relativo a los pro­ blemas politicas: la aceptación del Weljate Statt; la deseabilidad de un po­ der descentralizado; un sistema de economía mixta y de pluralismo politico. En ese sentido, también, la edad de la ideología ha expirado” :

Con esta opinión se emparejan cierto número de dificultades. La primera es la cuestión de si es bas­ tante mantenerse en un nivel de “ gran generalidad” . El postulado de una continuada innovación tecno­ lógica y económica y todo lo'demás no me parece que sea mucho más útil, operativamente hablando, que la creencia en la libertad individual contra la m anipula­ ción. Incluso sin una “ filosofía social alternativa” , existe am plio espacio para que en él se desarrolle un conflicto acerca de las prácticas más idóneas para de­ sarrollar esa continuada innovación tecnológica y económica y ese standard, de bienestar material de continuo en alza. El problema de la contaminación del medio ambiente nos brinda suficiente evidencia para justificar estas afirmaciones, con tal de que lo extendamos desde los actos de autonegación intelec­ tual (cuales son la restricción de la propia dieta a los “ alimentos orgánicos” ) a graves dem andas políticas del tipo de las que amenazan los cálculos al uso sobre el provecho que se espera obtengan las grandes cor­ poraciones.

Una dificultad más seria emerge de lo que se ex­ plicita en una cautelosa nota que Partridge añade a sus observaciones: “ Es ciertamente posible que el consenso, político y moral, sea acaso más superficial de lo que aparenta; y que existan conflictos o frustra­ ciones incubándose en suelos sociales más profundos de los que la mayoría de nosotros estamos sensibiliza­ dos para percibir” . Si dejam os a un lado la metáfora agrícola, podríam os expresar esto de otro m odo, a saber, diciendo que tal consenso es únicamente iluso-

Daniel Bell, The End of Ideology (edición revisada, Nueva York y Londres. 1965). pp. 402-403. Las palabras que he subrayado son cruciales para la discusión que sigue en el texto.

rio, que los “ valores sociales coherentes” en general se ubican tan sólo “ en esa parte de la población que participa del poder social” .20

De esta suerte, un importante estudio sobre el credo politico de los votantes americanos al tiempo de las elecciones presidenciales en 1964 reveló “ no sólo una separación sino también un conflicto entre sus actitudes acerca de, por un lado, los programas y operaciones prácticas del Gobierno, y, por otro, sus convicciones ideológicas y sus conceptos abstractos acerca de la sociedad y su dirección” .21 Es decir, lo que sucedía al referirse a las respuestas formuladas a preguntas tales com o: ¿tiene el Gobierno Federal la responsabilidad de tratar de reducir el desem pleo?, y, por otra parte, ¿se ha excedido el Gobierno Federal al regular la libre gestión empresarial y al interferir en el sistema de libre em presa? Tan agudo era el con­

flicto que, mientras un sesenta y cinco por ciento del muestreo electoral (escogido entre los blancos) eran clasificados como completa o predominantemente “ liberales” en el “ espectro operacional” , la cifra des­ cendía al dieciséis por ciento en el “ espectro ideo­ lógico” .12

Tal patente falta de coherencia refleja de seguro carencia de conocimiento, ausencia de formación cívica y apatía; pero esto no es todo. Existe también un notable elemento de alienación política cuando