is 0. 66 Since the alignment in this case is an estimated one standard deviation below the curve drawn through experimental points by Newton
5.5.3 Additional Information From the DCO Ratios
Es probable que la cuestión del accesosea objeto de un debate tan apasionado como el que suscitó la cuestión de los derechos de propiedad a lo largo de la era moderna, pues eí acceso es un fenómeno potencialmente mucho mayor. Mientras que la propiedad es solamente un asunto de míos y tuyos, el acceso nos pone ante un grave dilema cultural: quién controla la experiencia dc vida.
La revolución de las comunicaciones digitales posibilitó el cambio de los mercados geográ- ficos por eí ciberespacio, inaugurando nuevos modos de organización de las relaciones humanas. La unión en una red integrada de los ordenadores, las telecomunicaciones, la televisión por cable, los electrodomésticos, las emisoras convencionales de radio y televisión, la edición y el entreteni- miento permite a las empresas ejercer un control sin precedentes sobre las distintas maneras en que nos comunicamos.
Hace más de veinte años, Daniel Bell observó que, en la próxima era, “el control sobre los servicios de comunicación será una fuente de poder, y el acceso a la comunicación será indispensa- ble para la libertad” (1). EI filósofo francés Jean-François Lyotard lo subrayaba: en el nuevo mundo posmoderno, «la cuestión central es, cada vez más la de quién tendrá acceso» (2).
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Los nuevos magnates empresariales
Un puñado de grandes compañías mediáticas están enzarzadas en un combate de propor- ciones épicas por el control de los canales de comunicación y los recursos culturales, dominios am- bos que constituirán gran parte de la esfera comercial del siglo XXI. Mientras que en el siglo XX, compañías como Standard Oil, DuPont, Ford, U.S. Steel o Sears ocupaban el lugar central de un mercado dedicado a la producción y venta de bienes, en el siglo XXI serán compañías como Disney, Time Warner, Bertelsmann, Viacom Sony, News Corporation, TCI, General Electric, PolyGram y Seagram las que dominen el mercado mediático mundial, y establezcan las condiciones de acceso a los recursos culturales y las experiencias mercantilizadas. En 1997, el volumen de ventas de cada una de estas diez compañías osciló entre los 10.000 y los 25.000 millones de dólares. Un segundo grupo de unos cuarenta gigantes mediáticos regionales de Europa Occidental, Estados Unidos, Asia y Latinoamerica controla buena parte de los contenidos y canales de comunicación restantes, con unas ventas anuales que oscilan entre los 1.000 y los 5.000 millones de dólares (3).
Las compañías mediáticas estadounidenses encabezan el mercado mundial y han estableci- do las reglas del juego en la contienda internacional por el control de las comunicaciones y los re- cursos culturales mercantilizados. Los editorialistas de Vanitv Fair reflexionaban recientemente sobre la importancia histórica del cambio de la producción industrial a la producción cultural, que acontece en Estados Unidos tras el final de la guerra fría. Escribían:
La supremacía estadounidense ya no se basa en su condición de gigante de la industria armamentísti- ca sino en la de superpotencia del entretenimiento y la información mundial (4).
El imperio Disney es un claro ejemplo de las nuevas fuerzas comerciales que ahora están consolidando su control sobre buena parte de los mercados mediáticos y culturales. En 1995, Dis- ney protagonizó una fusión con Capital Citjes/ABC. El montante del acuerdo ascendió a 19.000 millones de dólares y de él nació una compañía mundial de producción y d¡stríbt¡cion de entrete- nimiento, con unos ingresos conjuntos de 16.500 millones de dolares (5). Disney tiene también in- tereses en las edito-riales Hyperton y Chilton, en cuatro grupos editores de revistas —incluyendo
Women’s Wear Daily—, en 681 tiendas Disney, así como en cadenas televisivas y redes de televisión por cable, como Lifetime, A&E, The History Channel, y ESPN. Disney es también propietaria de un equipo de la National Hockey League, de otro en franquicia en la Major League, y asimismo de once periódicos y cuatro compañías musicales (6).
Otras compañías también están entrando en “megatratos” con el proposito de controlar un amplio sector del panorama comunicativo y cultural. La fusión de Paramount y Viacom reunió en una sola compañía el archivo dc 50.000 películas de aquélla, los 300.000 títulos del catálogo de la editorial Simon & Schuster, las 500 tiendas de Blockbuster Entertainment, más la MTV y Nickelo- deon, así como algunos parques temáticos y emisoras de televisión y radio. Así, no es necesario encarecer el poder que adquiere en la industria de la producción cultural (7).Sumando influencias, esta vez Viacom se fusionó en el otoño de 1999 con la CBS. Esta nueva fusión convirtió a Viacom en líder de las industrias de la comunicación y el entretenimiento. Un acuerdo de 36.000 millones de dólares creó una empresa mundial valorada en más de 80.000 millones con unos ingresos anuales de más de 20.000 millones.
A la transición hacia el capitalismo cultural contribuyó, en 1996, la aprobacion de ía ley de telecomunicaciones, una pieza legislativa fundamental qt¡e abrió el mercado mediático a nuevos competidores, como las grandes compañías regionales de la telefonía y el cable. Ahora los estudios de Hollywood y diferentes compañías de la televisión, el cable, la telefonía o eí software están se- llando alianzas estratégicas y fusionándose para controlar un sector —cuanto más grande, mejor del mercado de las comunicaciones. Su objetivo es convertirse en proveedor exclusivo de comuni- caciones y servicios culturales para empresas y particulares. Valga como ejemplo ei caso de U.S.West, una de las mayores compañías telefónicas, que, inmediatamente después de aprobarse la
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ley de telecomunicaciones, compró Continental Cablevision, la tercera compañía estadounidense en el sector del cable. Otra compañía telefónica, Sprint, se apresuró a responder sellando una alian- za con tres empresas del cable: TCI, Comcast y Cox (8).
Mientras tanto, las compañías locales de telefonía y cable advirtieron la ventaja estratégica que supone controlar el último kilómetro del tendido, el que llega a las puertas de empresas y hogares. El control de este último tramo sitúa a las compañías telefónicas regionales en una posi- ción muy favorable para la venta de muy diversos servicios, desde distribución dc datos a entrete- nimiento. hace unos años, Pacific Telesis, Belí Atlantic y Nynex formaron un proyecto conjunto con la Creative Artists Agency de Michael Ovitz, con el propósito de producir entretenimiento en vídeo para distribuirlo por sus canales VDT. Las compañías telefónicas locales se dieron cuenta de que el éxito dependía de controlar tanto el contenido como el cauce de distribución. Éste les da acceso al cliente, y de aquél se obtiene el beneficio. Paris Burstyn, analista de GeoPartners Inc. (Cambridge, Massachusetts), declara: «La distribución es una mercancía. El contenido es un servicio que da va- lor añadido, y en éste los beneficios son más altos» (9).
En la escena mundial, los gigantes mediáticos o bien se compran unos a otros, o bien forman proyectos conjuntos para compartir las oportunidades de mercado. Cada una de las diez mayores compañías mediáticas tiene, por término medio, proyectos conjuntos de uno u otro tipo con al me- nos seis de sus pares. Se benefician también de distintas alianzas estratégicas con empresas mediá- ticas de menor tamaño en los mercados regionales. Seagram, propietaria de la Universal, tiene también un 15 % de Time Warner. Por otra parre, TCI es también un accionista mayoritario de Ti- me Warner (10). En una economía-red basada en alianzas a corto plazo, «nadie puede permitirse un enfado con la competencia», añrma el presidente de TCI, John Malone, «puesto que, en realidad, son socios en un sector y competidores en otro» (11).
Hasta 1997, a las compañías mundiales les resultaba difícil fusionarse o formar proyectos conjuntos a causa de las múltiples restricciones que imponían las legislaciones nacionales sobre el mercado de las telecomunicaciones. En algunos países, las telecomunicaciones estaban en manos de compañías estatales; en otros, las empresas eran de capital privado, pero constituían monopolios regulados legalmente. Sin embargo, en 1997 delegados de sesenta países firmaron un acuerdo, bajo el auspicio dé la Organización Mundial del Comercio, para acabar con los monopolios estatales y abrir los mercados locales a la competencia, permitiendo la inversión extranjera. Así nacía un mer- cado mundial de las telecomunicaciones valorado en unos 600.000 millones de dólares (12).El en- tonces director general de la OMC, Renato Ruggiero, anunció el acuerdo declarando que «es una buena noticia para la economía internacional; es una buena noticia para los negocios; y es una bue- na noticia para los usuarios del teléfono, y quienes quieren serlo, en todo el mundo» (13). El presi- dente Clinton se hizo eco de este entusiasmo, declarando que el pacto “difundiría los beneficios de la revolución tecnológica entre los ciudadanos de todo el mundo” (14). Aunque algunos críticos cuestionaron que un mercado mundial libre de las trabas que imponían los monopolios telelonicos estatales beneficiase a los más desfavorecidos, especialmente en los países en vías de desarrollo, todos coincidieron en que el pacto aceleraría las fusiones.
Amparándose en el acuerdo mundial de telecomunicaciones, una operadora extranjera puede, por ejemplo, tener todas las acciones de una compañía telefónica estadounidense, siempre que su país de origen facilite recíprocamente el acceso a sus mercados. (Algunos paises, como Ca- nadá o Japón, han establecido condiciones más restrictivas (15).Durante las etapas iniciales de la desregulación, buena parte de los esfuerzos se encaminaron a garantizar el acceso a uno de los mercados mundiales más lucrativos, el que constituyen las, aproximadamente, 5.000 empresas que se gastan al año más de 90.000 millones de dólares en sofisticados servicios de telecomunicaciones para mantener sus redes comerciales (16). Un buen ejemplo de esos poderosos proyectos conjuntos formados a consecuencia del acuerdo de la OMC nos lo proporciona la alianza que constituyeron en julio de 1998 AT&T y British Telecom, dos de las mayores compañías telefónicas del mundo.
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Han creado una compañía de propiedad conjunta que ofrecerá servicios telefónicos, de Internet y de datos a compañías multinacionales en más de cien países por un valor anual de 10.000 millones de dólares (17).
Incluso antes de que se firmase el acuerdo de la OMC, el presidente de MCI, Gerald U. Tay- lor, predijo que «una vez suscrito, probablemente surjan entre cuatro y seis grupos mundiales en los próximos cinco años» (18). El Financial Times coincide con Taylor cuando afirma que, finalmen- te, sólo quedarán «un puñado de gigantes dominando el mercado mundial» (19). Las apuestas son elevadas. El mercado mundial de las telecomunicaciones sólo tiene por delante el sanitario y el bancario, y ya duplica la tasa de crecimiento de la economía global (20). Con unos beneficios espe- rados hacia el 2010 por encima del billón de dólares, la batalla por el control de los mercados será intensa y cruenta (21).
Las compañías de telecomunicaciones se están volcando en asegurarse las vías de acceso a Internet y el ciberespacio, en la esperanza de controlar un mundo electrónico en el que, a lo largo del siglo que viene, cientos de millones de personas pasarán la mayor parte de su tiempo (de ocio y negocio).Como la industria de telecomunicaciones, el ciberespacio fue desregulado en 1995, cuando la National Science Foundation, dependiente del gobierno estadounidense, traspasó la gestión de la red a proveedores comerciales. Hoy día, éstos son los que garantizan nuestro acceso al ciberespa- cio. Mañana, estará en manos de los grupos mundiales constituidos por los gigantes de las teleco- municaciones, los medios de comunicacion y la informática. El objetivo, una vez más, es controlar la transmisión digital de voz, vídeo, datos y otros productos en cada region y mercado del mundo. La mayor parte de las cadenas de televisión, incluyendo a la CNN, la NBC, la CBS y la Fox, ofrecen ya servicios online. Mientras tanto, Microsoft ha integrado su navegador en su sistema operativo Windows, y esta empezando a comprar compañías que producen contenidos para Internet.
Buena parte del entusiasmo inicial ante el potencial de Internet para crear una esfera pública más participativa se ha debilitado con su repentina comercializacion. La publicidad está en pleno auge en la red. Mientras los consumidores no estén dispuestos a pagar mayores tarifas de acceso, las empresas que mantienen los portales no tienen más remedio que incluir vínculos publicitarios para financiar sus operaciones. Así, sus clientes se ven expuestos a una descarga de anuncios publi- citarios al conectarse a la red: es parte deí precio que han de pagar por asegurarse el acceso al cibe- respacio.
Ser capaz de controlar, por un lado, tanto la infraestructura de las naciones como las vías de acceso y los portales que cientos de millones de personas emplearán para comunicarse, así como, por otro, buena parte de los contenidos culturales que fluyen a través de los cables y eí espacio ra- dioeléctrico, les proporciona a las empresas mediáticas mundiales un poder sin parangón. Ben Bagdikian, historiador y critico de los medios de comunicación, escribe:
No hay nada en la historia que se pueda comparar al poder de este conglomerado empresarial para pe- netrar en el panorama social. Mediante el uso de viejas y nuevas tecnologías, a través del intercambio de ac- ciones, alianzas y proyectos conitintos, y otras formas de cooperación, este puñado de gigantes ha creado lo que, de hecho, no es otra cosa que un nuevo cartel de las comunicaciones... No está sólo en juego una estadís- tica financiera, como los índices de producción de mercancías industriales convencionales (las neveras o la ropa). Lo que está en juego es la posesión de poder para envolver a todo hombre, mujer o niño... con imágenes y palabras controladas, para socializar a cada nueva generación de estadounidenses, para alterar la agenda política del país. Ese poder supone la capacidad de ejercer una influencia que, en muchos aspectos, es mayor que la de las escuelas, la religión, los padres o el propio gobierno (23).
El fin del Estado-Nación
Con la desregulación y comercialización de los sistemas mundiales de radio y televisión, por una parte, y de las telecomunicaciones, por otra, los Estados-nación van perdiendo paulatina-
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mente su capacidad de supervisar y controlar las comunicaciones dentro de sus propias fronteras. Los gigantes de la comunicación están erigiendo una red mundial de telecomunicaciones que sos- laya a aquellos, cambiando a la vez la propia naturaleza de la vida política.
Hace ya más de veinte años, en el alba de la era mediática, un funcionario del gobierno es- tadounidense apuntaba que «el comercio ya no tiene más patrial que los sistemas de telecomunica- ciones» (23). En torno a laIs redes de comunicaciones privadas se están forjando nuevas comu- nidades de intereses, cada vez menos ligadas a la geografía. Muchos profesionales pasan más tiem- po en el ciberespacio que en el espacio geograifíco, y se identifican más con sus direcciones virtua- les que con íats geográficas. Hoy día, las mayores multinacionales cuentan con sofisticados siste- mas de comunicaciones para sostener su red mundial de operaciones. Su alcance es impresionante: menos de 500 empresas mLiltinacionales absorben un tercio de todas las exportaciones fabriles, tres cuartas partes del tráfico de mercancías, y cuatro quintas partes del de tecnologías y servicios em- presariales (24).Las alianzas entre las nuiltinacionales mediáticas y las mayores empresas de manu- facturas y servicios es muy poderosa. Su capacidad para controlar conjuntamente el flujo de comu- nicaciones, bienes y servicios supone una amenaza formidable para el poder político ejercido tradi- cionalmente por los Estados.
Los neoliberales afirman que la desregulación de las emisoras de radio y televisión, de las telecomunicaciones y de otros servicios mediáticos es el modo más eficiente de reducir las barreras de entrada en los mercados e incentivar la innovación. Creen que estimulando la competencia, se abrirán nuevas oportunidades para los negocios, y eso redundan en un mayor acceso a las nuevas redes que ahora se están creando. Lsther Dyson, George Gilder, George Keyworth y Alvin Toffler, cuatro de los principales apostóles de la revolución del ciberespacio, afirman que “el progreso tec- nológico está transformando el mercado de las telecomunicaciones: de un mercado de monopolios naturales y economíasde escala” estamos pasando a un mercado competitivo prototípico. EI desa- fío para el gobierno», dicen, «será crear un marco en el que las nuevas tecnologías y competidores puedan romper los monopolios naturales del pasado» (25).
Para prestamistas institucionales, como el Banco Mundial, la desregulacjón de las telecomu- nicaciones se ha convertido en un quid pro quo a la hora de negociar créditos con los países pobres, en la convicción de que su privatización es el mecanismo más efectivo para estimular su desarrollo. Otros alegan que tales políticas alientan, en realidad, una nueva forma de colonialismo, que empo- brece aún más a los países más desfavorecidos— (26) Jill HilIs, profesor de economía internacional en la Universidad de Londres, indica que cuando un país del Tercer Mundo traspasa sus redes de telecomunicaciones a un operador extranjero «suele acabar perdiendo los ingresos que le traería la red, además del capital que se pierde después con la repatriación de los beneficios» (27). La pura verdad, afirman los críticos, es que «allí donde la empresa privada posee tanto la infraestructura doméstica como los enlaces internacionales, los países en vías de desarrollo vuelven a su anterior condición de colonía» (28).
El acuerdo internacional de telecomunicaciones firmado en 1997 propicióel debilitamiento de los gobiernos nacionales al privarles de una de sus más fundamentales competencias legislati- vas: el derecho a establecer las condiciones en que se estructuran las telecomunicaciones y se acce- de a ellas dentro de sus fronteras. Ahora mismo, en los círculos políticos estadounidenses hay una propuesta en discusión que amenaza con rematar el proceso desregulador. Si triunfase, los gobier- nos habrían perdido sus últimas prerrogativas sobre las telecomunicaciones.
La televisión, la radio, y otros medios de comunicación se sirven en sus transmisiones del espacio radioeléctrico de la atmósfera terrestre. Este espacio se considera patrimonio público de cada país, y está controlado y administrado por el gobierno en representación de la ciudadanía. El gobierno estadounidense fue uno de los primeros en atribuirse su propiedad, al constituir la Fede- ral Comunications Commission (FCC) en 1927. Desde entonces, la FCC distribuye este espacio en- tre radio, televisión, telefonía móvil, mensajería, servicios vía satélite, la transmisión local de seña-
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les audiovisuales de baja frecuencia, y otros medios de comunicación, mediante la concesión de licencias renovables. Para conservar sus Iicencias, las compañías emisoras tienen que respetar la legislación que establece ei gobierno para salvaguardar los «intereses públicos». Algunos de los más poderosos institutos de estudios políticos estadounidenses abogan ahora por la supresión de la FCC, y la completa privatización del espacio radioeléctrico, de modo que operadores privados puedan com¡ prar y vender libremente las frecuencias en el mercado como si se tratase de «inmue- bles eléctricos».
El primero en proponer esta medida fue el abogado Leo Herzel, en un artículo publicado en los años cincuenta en la University of Chicago Law Review (29). En los años noventa, la idea fue recu- perada por la Progress and Freedom Foundation, un instituto de estudios políticos de Washington estrechamente vinculado a Newt Gingrich, portavoz del Partido Republicano en el Congreso esta- dounidense. Según un informe de este instituto, se espera que el mercado mundial de la informa-