TABLE 5.2 DCO Ratios
5.4 THE LEVEL SCHEME
Está naciendo un nuevo arquetipo humano: parte de su vida la vive cómodamente en los mundos virtuales del ciherespacio; conoce bien el funcionamiento de una economía-red; está más interesado en tener expenencias excitantes y entretenidas que en acumular cosas; es capaz de inter- accionar simultáneamente en mundos paralelos, y de cambiar rápidaniente de personalidad para adecuarse a cualquier nueva realidad —real o simulada— que se le presente. Los nuevos hombres y mujeres del siglo XXI no son de la misma naturaleza que sus padres y abuelos, los burgueses de la era industrial.
Para el psicologo Robert J. Lifton, los miembros de esta nueva generación son seres humanos «proteicos». Han crecido en urbanizaciones de interés común; su atención sanitaria corre a cargo de seguros médicos privados; tienen sus coches en leasing; compran cosas on-line; esperan recibir soft- ware gratuito, aunque están dispuestos a pagar por servicios complementarios y actualizaciones. Viven en un mundo de cuñas sonoras de siete segundos; acostumbran a acceder a la información y recuperarla rápidamente; sóIo prestan atencion unos instantes; son menos reflexivos y más espon- táneos. Piensan en sí mismos como intérpretes mas que como trabajadores. y quieren que se les con- sidere antes su creatividad que su laboriosidad. Han crecido en un mundo de empleo flexible (just- in-time) y están acostumbrados al trabajo temporal. De hecho, sus vidas son mucho más provisiona- les y mudables, y están menos asentadas, que las de sus padres. Son más terapéuticos que ideológi- cos, y piensan más con imágenes que con palabras. Aunque su capacidad de construir frases escritas es menor, es mayor la de procesar datos electrónicos. Son menos racionales y más emotivos. Para ellos, la realidad es Disneylandia y el Club Med, consideran el centro comercial su plaza pública, e igualan soberanía del consumidor con democracia. Pasan tanto tiempo con personajes de ficción (televisivos, cinematográficos o del ciberespacio), como con sus semejantes, e incluso incorporan a su conversación los personajes de ficción y su experiencia con ellos, convirtiéndolos en parte de su propia biografía. Sus mundos tienen menos límites, son más fluidos. Han crecido con el hipertexto, los vínculos de las páginas web, y los bucles de retroalimentación, tienen una percepción de la reali- dad unas sístermca y participativa que lineal y objetiva. Son capaces de enviar mensajes a la direc- ción de correo electrónico de alguien, incluso sin conocer su ubicación geográfica, ni preocuparse por ello. Ven el mundo comoun escenario y viven sus propias vidas como una serie de representa- ciones. En cada etapa de su vida, a medida que van probando nuevos estilos de vida, se van recons- truyendo. Estos hombres y mujeres prteicos tienen poco interés por la historia, pero están obsesio- nados con el estilo y la moda. Son experimentales y buscan la innovación. Las costumbres, las con- venciones, y las tradiciones apenas existen en su entorno, siempre acelerado y cambiante.
Estos nuevos hombres y mujeres están empezando a dejar atrás la
propiedad. El suyo es el mundo de la hiperrealidad y la experiencia momentanea: un mundo de redes, portales y conectividad. Para ellos, lo que cuenta es el acceso; estar desconectado es morir.
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Son los primeros en vivir en la era posmoderna, por usar la expresión del difunto historiador británi- co Arnold Toynbee (1).Esta nueva era contrasta claramente con la edad moderna, en la que la pose- sión y las relaciones basados en la propiedad privada daban forma a, prácticamente, cualquier tran- sacción economica, y se proyectaban sobre casi cualquier interacción social. En la era posmoderna, las diferencias las crea el acceso antes que la propiedad.
¿Qué hace que la era posmoderna sea tan diferente de la era moderna? La respuesta —tan compleja como elemental— sería ésta: la era posmoderna esta ligada a un nuevo estadio del capita- lismo basado en la mercantilización del tiempo, la cultura y la experiencia de vida, mientras que la era anterior correspondía a un estadio anterior del capitalismo, basado en la mercantilización de la tierra y de los recursos, la mano de obra humana, la fabricación de bienes y la producción de servi- cios básicos.
La modernidad
La modernidad —un período que se extiende aproximadamente desde la Ilustración euro- pea, en el siglo XVIII, hasta el final de la Segunda Guerra Mundial —contempló el triunfo de la pro- piedad privada como fundamento de la estructura de las relaciones humanas, y el auge del raciona- lismo, el cientifismo y el materialismo, la aparición de las ideologías, y de las concepciones lineales de progreso, la gran superestructura filosófica edificada sobre eí régimen de propiedad privada. Las ideas de la Ilustración sobre la naturaleza, la sociedad y la conciencia humana fortalecieron, en to- dos sus aspectos, un incipiente sistema capitalista basado en la propiedad privada y eí intercambio mercantil de propiedad y capital.
La era moderna se caracterizaba por la creencia —algunos dirían incluso fe de que el mundo se rige por leyes inmutables que podemos conocer y explotar en beneficio de la humanidad. Los modernos reemplazaron la fe por la ideología, convencidos de que nuestra mente era capaz de sinte- tizar la enorme reserva de conocimientos acumulados en teorías comprobables, que explicasen el origen, desarrollo y funcionamiento de la naturaleza. Francis Bacon, a veces considerado padre de la ciencia moderna, desarrolló una metodología para explorar correctamente sus secretos. Afirmaba que nuestra mente podía disociarse de la naturaleza y estudiarla como un observador neutral. Ba- con veía la naturaleza como una «vulgar ramera», cuya furia podía ~<contenerse, moldearse y con- formarse» para «extender los límites de nuestro poder hasta que podamos hacer cualquier cosa que sea posible». Armado con el método científico, Bacon estaba convencido de que disponíamos al fin de una metodología que nos daba «el poder de conquistar y someter» la naturaleza para «hacerla temblar hasta sus cimientos» (2).
Por su parte, el filósofo y matemático ilustrado René Descartes sustituyó la gran cadena del ser de Tomás de Aquino por una concepción mecánica del universo, cuyo funcionamiento sería tan automático y predecible como las manillas del gran reloj de Estrasburgo. Descartes despojó la natu- raleza de cualquier cualidad sustantiva y la redujo a lo que consideraba sus componentes cuantita- tivos (matemáticos) básicos. Su universo es fijo, regular y divisible. Es un mundo en el que la velo- cidad y la posición constituyen el armazón básico y principal de la misma realidad.
Los modernos introdujeron la idea del progreso. La Edad de Oro, decían, no se ubica en un pasado lejano, sino en un futuro negociable. Nuestra voluntad e ingenio (y no la intervención divi- na) conducirán a la humanidad a un nuevoparaíso terrenal: un mundo utópico de abundancia ma- terial. Un aristócrata francés, el marqués de Condorcet, predijo confiado:
No se ha fijado ningun límite para cl desarrollo de las facultades humanas.., la perfectibilidad del hombre es totalmente infinita; ... de ahora en adelante, el progreso de esta perfectibilidad, contra cualquier poder que pretenda impedírselo, no tiene otro límite que la propia duración del planeta sobre el que la natura- leza nos ha colocado? (3).
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La visión del mundo del ilustrado constituía un gran metarrelato —una teoría englobado- ra— que le permitía explicar el funcionamiento de un nuevo orden social basado en las relaciones de propiedad e impulsado por el desarrollo capitalista. Los filósofos e intelectuales del momento estaban convencidos de que el pensamiento racional y el cálculo matemático riguroso podrían reve- lar los secretos del universo, y dotar a ía especie humana de un poder cuasi divino con el que con- trolar la naturaleza (incluso la propia naturaleza humana). A finales del siglo XX, el gran filósofo y matemático británico Bertrand Russell escribió que la ciencia podría desarrollar en poco tiempo unas matemáticas del comportamiento humano tan precisas como las matemáticas de las máquinas (4).
El fundamento de esta recién adquirida confianza era la idea, fervorosamente sostenida, de que existía, de hecho, una realidad objetiva cognoscible. Si la ciencia se utilizaba para explorar su funcionamiento, y la tecnología para aprovechar sus productos, la propiedad privada distribuiría el botín de la conquista.
La mejor descripción de la nueva realidad que veían los filósofos modernos nos la ofreció Isaac Newton. El científico y matemático ilustrado veía el mundo poblado por objetos materiales autónomos —a la vez animados e inertes—, que interaccionaban de forma predecible según las le- yes inconmovibles de la gravedad. El universo de Newton se ha comparado a menudo con un cam- po lleno de bolas de billar: objetos duros con límites definidos chocando entre sí de acuerdo con las leyes de la física.
La sensibilidad moderna casaba bien con la idea de propiedad privada. Si el mundo natural es cognoscible y explotable, entonces aquellos que, a fuerza de ingenio y trabajo duro, transformen la naturaleza en objetos y mercancías, tendrán que ser recompensados con la posesión de los frutos de su trabajo. Así lo defendía John Locke en su teoría de la propiedad. De hecho, si todo en el mun- do —animado o inerte— estuviese bien delimitado, y fuese autónomo y fácil de caracterizar como objeto discreto, sería igualmente sencillo establecer su propiedad.
Los filósofos de la Ilustración superaron la mentalidad medieval. Cambiaron incluso eí mis- mo concepto de percepción, sustituyendo la imagen medieval de un universo jerárquico por un mundo de sujetos y objetos. Este cambio debe mucho al desarrollo de la perspectiva en el arte rena- centista europeo. Aunque los artistas del medievo conocían la perspectiva, raramente la utilizaban. Sus pinturas representaban, las más de las veces, un mundo constituido por múltiples relaciones superpuestas, una gran cadena del ser que va desde las ardientes calderas del infierno a las mismas puertas del cielo.
En el nuevo mundo horizontal, de paisajes cercados, territorios coloniales, y mercados capi- talistas, la mirada se dirige del cielo al horizonte, y la perspectiva se convierte en el punto de vista más adecuado para enfrentarse al entorno. La perspectiva, por su propia naturaleza, hace del artista eí centro del universo y reduce todo lo que cae bajo su mirada a un objeto expropiable. El método científico de Bacon y muchas de las concepciones ilustradas posteriores de la naturaleza, se centran en la noción de un mundo dividido en objetos y sujetos. En el mundo baconiano, toda actividad se resuelve en una lucha a vida o muerte entre sujetos compitiendo por apropiarse de los objetos de valor que los rodean. Al final, noqueda más que la voluntad subjetiva. Todo lo demás se convierte en un objeto para alimentarla y extenderla. El régimen de propiedad privada, basado en la posesión y control de las cosas en exclusiva, floreció en un medio en el que todo era o sujeto activo u objeto pasivo.
La posmodernidad
Ei conjunto de supuestos sobre la naturaleza de la realidad en que se basa la era posmoderna es completamente diferente. Estos supuestos acabaron por socavar las ideas modernas sobre la pro- piedad, sustentando la reestructuración de las relaciones humanas sobre los principios de acceso.
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Para empezar, los investigadores posmodernos rechazan la misma idea de una realidad fija y cognoscible. La primera grieta en la armadura ilustrada se abrió en el siglo XX, cuando el científi- co alemán Werner Heisenberg introdujo la idea de indeterminación en el debate científico. Según el principio de indeterminación de Heisenberg, es imposible que exista un observador imparcial que registre objetivamente los secretos de la naturaleza supuesto central del método científico baconia- no—. El propio acto de observar implica al observador con el objeto de estudio, sesgando los resul- tados. Heisenberg demostró que todo lo que hacemos —incluso nuestras observaciones— tiene con- secuencias. Lejos de ser objetivo, cada ser humano es tanto observador como participante, influye y recibe influencia del mundo que trata de manipular. Después de Heisenberg, era difícil seguir sos- teniendo la concepción baconiana de un mundo compuesto de sujetos cognoscentes activos y obje- tos pasivos. Igualmente sospechosa resultaba la idea newtoniana de un agente autónomo despla- zándose por el universo. Si incluso el acto de observar implica al observador con el objeto observa- do, la autonomía resulta ser más ficticia que real.
Las nuevas teorías sobre la materia y la energía dañaron aún más el metarrelato ilustrado. Recordemos que la física clásica define la materia como una sustancia física impenetrable. Las leyes de Newton están basadas en el principio de que dos partículas no pueden ocupar el mismo lugar al mismo tiempo, porque cada una es una entidad física discreta que ocupa cierta cantidad de espacio. Sin embargo, en los primeros años del siglo XX la concepción ortodoxa de los fenómenos físicos dio paso a otra, completamente distinta. A medida que los físicos profundizaban en el mundo de los átomos, empezaron a darse cuenta de lo ingenuas que eran las ideas anteriores sobre la materia só- lida dada en un espacio fijo. Lo que durante mucho tiempo llamamos objetos físicos sólidos, advier- ten los físicos, simplemente son patrones de energía. La aparente fisicalidad de los objetos —su esencia y fijeza— es una mera aproximación a la realidad.
Para su sorpresa, los tísicos descubrieron que el átomo no era inmóvil. De hecho, resultó que cl átomo no era una cosa, en su sentido material ordinario, sino un conjunto de fuerzas operando en interrelación. No obstante, las relaciones no pueden existir con independencia del tiempo. Como indicaba el difunto historiador y filósofo de la Universidad de Oxford, Robin G. Collingwood, «las relaciones sólo pueden existir en un tramo temporal de longitud suficiente para que el ritmo del movimiento pueda establecerse» (5). Como dijo el filósofo y Premio Nobel Henri Bergson, «una nota musical es la nada en un instante» (6). Necesita notas anteriores y posteriores en el tiempo. Si cada átomo es, por tanto, un conjunto de relaciones que operan en el tiempo, «en un instante con- creto, el átomo no tiene ninguna de estas cualidades» (7).
En consecuencia, se abandona la antigua idea de estructura, independiente del proceso. La nueva física afirma que es imposible separar lo que una cosa es de lo que hace. Nada es estático. Por consiguiente, las cosas no existen con independencia del tiempo, sino a través del tiempo.
Según la nueva física, la materia es una forma de energía, y la energía es pura actividad. Queda en el olvido la concepción cuantitativa de sustancias duras existentes en un «marco estatico de relaciones espaciales». El científico y filósofo Alfred North Whitehead asestó un golpe devasta- dor a la idea de que el espacio es la característica dominante de la naturaleza: «La noción de espacio, con sus relaciones geométricas, sistemáticas y pasivas, es completamente incorrecta.., la naturaleza es transición, y no hay transición sin duración temporal» (8).
¿Qué ocurre entonces con la propiedad? Una vez que los físicos inician la desconstrucción de la dura realidad física del mundo moderno, ¿ cómo poseer una tuerza, un patrón energético, o una relación temporal? ¿Cómo distinguir lo míoy lo tuyo en un mundo en el que los límites son una mera ficción social? Es interesante advertir que, en algunos casos, perder la visión en la primera infancia y recuperarla después puede resultar traunuitíco. La mente no ha aprendido a distinguir objetos individuales aislados, de modo que ci mundo se percibe como un borrón de colores y som- bras, un caleidoscopio de Ñrmas cambiantes. Todo es proceso y movimiento. No es fácil distinguir formas discretas, limitadas, lo cual apunta a que incluso nuestra Percepción ordinaria de un mundo
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de objetos bien delimitados, aislados, es Iruto de un aprendizaje, parte de nuestro desarrollo cogni- tivo.
Aunque muchos continuaban actuando corno si el mundo estuviese compuesto de objetos y sujetos, de cosas sólidas expropiables, las ciencias físicas, de forma sigilosa pero inexorable, estable- cieron nuevas coordenadas filosóficas para pensar la realidad. Hoy día la teoría del caos, la teoría de las catástrofes, la teoría de la complejidad y la teoría de las estructuras disipativas reflejan la cre- ciente importancia científica de la contingencia, la indeterminación, la codeterminación y la diversi- dad de la naturaleza. Allí donde la ciencia moderna buscaba verdades últimas y partículas funda- mentales, la nueva ciencia busca posibilidades inesperadas y patrones emergentes. Vemos la natu- raleza más como una secuencia de actos creativos, que como eí despliegue de la realidad según le- yes inalterables. La naturaleza está llena de sorpresas en cada uno de sus pliegues, y crea su propia realidad sobre la marcha.
En ningún otro campo ha sido mayor la repercusión de las nuevas ideas físicas, químicas y matemáticas que en las humanidades. Si no hay una realidad fija y cognoscible, sino, más bien, rea- lidades individuales que vamos creando al participar en el mundo y experimentarlo, entonces no puede existir un metarrelato general —una visión englobadora de la realidad . EI mundo, para los posmodernos, es una construcción humana. Lo crearnos con las historias que inventamos para ex- plicarlo, según como ellíamos vivir en él, afirman los semiólogos. Este nuevo mundo no es obíetivo, sino más bien contingente, no se compone de verdades, sino de opciones y posibilidades. Es un mundo creado por el lenguaje, unido por metáforas y significados consensuados y compartidos, que van cambiando con el paso del tiempo. La realidad no es una herencia que recibamos, sino algo que creamos enteramente al comunicárnosla.
EI lilósoto español José Ortega y Gasset señaló que babia tantas realidades como puntos de vista. Su teoría perspectivista puso en cuestión la concepcion moderna de una realidad simple, cog- noscible y objetiva con la de una multiplicidad de realidades, representaciones de la singular bio- grafía de cada ser bumano que ha vivido en la tierra. Ortega sintetizó la nueva manera posmoderna de pensar la realidad en la frase «yo soy yo y mi circunstancia» (9). Incluso la ciencia, afirman los pos-modernos, es una elaborada colección de textos o historias cuya autoridad, en última instancia, reside en su capacidad para convencer a sus lectores de su validez. El físico Werner Heisenberg ad- vierte que en lo que a la investigación física se refiere, «lo que observamos no es la naturaleza mis- ma, sino una naturaleza sometida a nuestro método de interrogación. El trabajo científico del físico consiste en interrogar a la naturaleza con nuestro lenguaje» (10).La realidad, por tanto, está en fun- ción del lenguaje que utilizamos para explicarla, describirla, e interaccionar con ella. La realidad, citando a Hamlet, no es más que «palabras, palabras, palabras».
En el mundo posmoderno, historias y representaciones se vuelven tan importantes como los hechos y las cifras, o incluso más. La nueva era disfruta con la semiótica el estudio de signos y signi- ficantes— y se preocupa tanto por las leyes gramaticales y semánticas, como se preocupaha la época moderna por las de la física. Para los investigadores, la búsqueda personal y colectiva del significa- do resulta más interesante que la preocupación científica por la verdad. El lenguaje es clave para