La cruel burla que articula el argumento de Calle Mayor ne- cesita varios espacios para desarrollarse. La mujer no puede
presentarse en los lugares propios del hombre. Ha de ser es- te último quien tome la iniciativa y la busque. Juan acude a la catedral en un día laborable por la mañana cuando sólo hay mujeres rezando. La aborda en la Calle Mayor a la misma ho- ra y, finalmente, finge declararse en una escena memorable mientras Isabel participa en una procesión de Semana Santa rodeada de beatas que la observan inquisitorialmente. Es, pues, una auténtica invasión o conquista del espacio femeni- no. Esta circunstancia la subraya el director cuando presenta a Isabel entrando en la catedral en una secuencia que termi- na con la imagen acechante de Juan, al que vemos de es- paldas mientras fuma a la espera de consumar su planificada «conquista».
Es habitual en estas películas y novelas sobre la ciudad pro- vinciana que el espacio femenino esté muy relacionado con la Iglesia, circunstancia que con algunas variantes también se da en las obras teatrales de Carlos Arniches, Jacinto Be- navente y los Álvarez Quintero. Se continúa así una vincula- ción –fiel correlato de lo que sucedía en la realidad– que vie- ne de la novelística decimonónica donde tantos ejemplos po- demos recordar. Sobre todo cuando las protagonistas son de clase media. Las mujeres pobres bastante tienen con sacar adelante sus hogares y las más ricas, especialmente las no-
bles, siempre son más libres a la hora de demostrar una fe que, por supuesto, no se les pone en duda. Pero las mujeres de las clases medias participan en todas las ceremonias y ri- tuales de una Iglesia sabia a la hora de darles la oportunidad de tener un mínimo protagonismo, aunque sea para el rope- ro del pobre o la organización de una colecta.
Juan Antonio Bardem, por voluntad propia y por la censura, en el montaje final no incluyó las escenas del guión original que daban cuenta de estas actividades en las que participa- ba una Isabel que, por otra parte, no tenía otras obligaciones. No importa. Los apuntes incluidos en la versión definitiva per- miten al espectador comprender que hay algo más que fe en todas estas actividades propiciadas por la Iglesia para las se- ñoras y señoritas.
Sí vemos estas escenas, con cortes, en la película de Miguel Picazo. Tula se encuentra especialmente a gusto en estas ac- tividades compartidas con otras mujeres de parecida edad y condición. Todas juntas forman un peculiar grupo donde se quintaesencia la mentalidad provinciana, hasta tal punto que el párroco –magistralmente interpretado por José Mª Prada– debe frenarlas: tienen demasiados prejuicios y temores fruto de una represión que salta a la vista. Pero este representan- te eclesiástico es la excepción en las obras y películas aquí
estudiadas, tal vez por reflejar la relativa modernización que experimentó la Iglesia española durante la década de los se- senta. En las novelas del siglo XIX y en las obras teatrales de las primeras décadas del XX, es fácil encontrar eclesiásticos que alientan la existencia de estos grupos femeninos, con- vertidos a menudo en verdaderos grupos de presión que ve- lan por el respeto a la moralidad más rígida. Incluso el siem- pre moderado Jacinto Benavente no duda a la hora de pre- sentar un obispo a la cabeza de uno de estos grupos, capa- ces de hacer la vida imposible a la virtuosa protagonista. En la comedia titulada Pepa Doncel (1928) encontramos esas mujeres ricas y nobles, que constituyen una sociedad carita- tiva convertida en un grupo de presión que actúa en el mar- co de Moraleda, la ciudad provinciana creada por el drama- turgo. Gonzalo, uno de los personajes, se lamenta de esta circunstancia con una alusión a la política contemporánea:
GONZALO.–¡Y decían que el Directorio iba a acabar con el caciquismo! Con el caciquismo de las señoras en provincias y pueblos no acaba ni el Juicio Final [...]
El Directorio como antídoto para este caciquismo femenino sólo se puede concebir en obras como la de Jacinto Bena- vente o como Los caciques (1920), de Carlos Arniches, ba- sadas en una visión superficial y puramente teatral del pro-
blema. Lo que nos interesa ahora, no obstante, es la predi- lección por estos grupos femeninos que manifiestan los cita- dos y otros autores que se ocupan de la ciudad provinciana. Para hablar de la misma podrían haber utilizado a los mari- dos, los verdaderos caciques sociales y económicos. Pero prefieren a sus esposas, agrupadas en unos colectivos que se adecuan mejor a la tonalidad que suele impregnar la vida provinciana. En la realidad histórica de la misma había con- flictos con la participación de los verdaderos representantes del poder –los que aparecen en las obras de Daniel Sueiro o Luis Mateo Díez–, pero en aquellas que se ocupan preferen- temente de la intrahistoria, o de la cotidianidad, el protago- nismo está mejor asumido por estos grupos de mujeres.
Los autores encuentran en estos colectivos la oportunidad de reflejar la mentalidad cerrada, autoritaria y retrógrada del pro- vincianismo que desean combatir. Y, como lo suelen hacer desde un regeneracionismo que busca un amplio consenso social, centran su crítica en unos grupos que apenas tienen defensa. De la misma manera que pocas obras, al menos de interés literario, defendían a las beatas utilizadas y hasta ca- ricaturizadas en la novelística decimonónica más o menos progresista, autores como Jacinto Benavente y Carlos Arni- ches encontraron en estas mujeres provincianas un blanco
seguro, poco comprometido políticamente y sin posible répli- ca para sus críticas. Se presentaba, además, como un tipo que por su rigidez y exageración caricaturesca propiciaba la sonrisa, máxime si se contaba con las veteranas actrices de carácter de la época. Pero era un tiro al aire, de ahí que no aparezcan en obras escritas con otros presupuestos ideoló- gicos más avanzados o que si lo hacen, recordemos las es- cenas de la película de Miguel Picazo o la intención original de Juan Antonio Bardem, lo hagan sin alcanzar un excesivo protagonismo. Lo provinciano no era consecuencia de un gru- po de mujeres reprimidas y siempre dispuestas a reprimir en nombre de la más retrógrada moralidad.