el impacto positivo del trabajo remunerado de las esposas sobre las desigualdades de género en los hogares migrantes37. Las precariedades económicas que carac-
terizan estos hogares, sumada a la facilidad con que las esposas logran empleo estable como trabajadoras domésticas o niñeras, resultan en una alta participación de las mujeres en el trabajo remunerado, lo que en sentido general favorece una distribución más equitativa de las tareas domésticas y de la autoridad en el hogar. Pero la situación anterior no se presta a interpretaciones simplistas. El empodera- miento de las mujeres en el hogar implica simultáneamente la pérdida de poder y autoridad de los maridos, lo que puede generar todo tipo de dificultades. Cuando el mercado de trabajo del país receptor resulta en situaciones de desempleo o ines- tabilidad laboral masculina38, el rol de la mujer como proveedora puede generar
fuertes tensiones que se manifiestan en mayores índices alcoholismo masculino, violencia intrafamiliar y separaciones maritales (Ruiz, 2002; Menjívar, 2003). El he- cho de que la mujer trabaje no la exime de responsabilidades domésticas ni conduce siempre a una distribución más igualitaria de estas tareas con la pareja, por lo que muchas migrantes enfrentan los rigores de largas jornadas de trabajo remunerado seguidas de jornadas extenuantes de labores domésticas. Algunos estudios encon- traron que la disposición de los hombres a asumir responsabilidades en el hogar es mayor cuando ambos están empleados y la diferencia de ingresos es menor39. En
estos casos el hombre sigue cumpliendo (parcialmente) la función de proveedor y la amenaza a su rol masculino es menor, sobre todo cuando ambos ven el trabajo femenino como una aberración temporal, a ser superada a medida que mejoren las
37 Ver la amplia bibliografía sobre este tema en Pessar (2003) y Menjívar (2003).
38 Por ejemplo, los estudios realizados en California y otros estados de los EEUU mostraron que las car-
acterísticas del mercado de trabajo y otros factores del contexto de recepción tendían a favorecer mayores índices de empleo femenino: las mujeres pronto conseguían empleos estables como trabajadoras domésticas o niñeras, mientras los hombres se congregaban cotidianamente en puntos de encuentro donde podían ser o no contratados como jornaleros por el día. Eventualmente muchos de ellos conseguían empleo estable en restaurantes, como jardineros o en otras tareas, pero en general presentaban mayores índices de desempleo e inestabilidad laboral. 39 Ver por ejemplo Menjívar (2003). Pessar (2003) cita varios estudios con resultados similares.
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Capitulo 3condiciones económicas de la familia. En este contexto, la renuencia de los hombres desempleados a asumir mayores responsabilidades domésticas –y la disposición de las mujeres a cumplir dobles jornadas agotadoras- se interpreta como una forma de afirmar las normas patriarcales que forman parte de la identidad cultural de la familia, en una situación donde éstas se ven gravemente amenazadas (Ibid). En efecto, la renegociación de tareas y responsabilidades observada en muchos hogares migrantes puede ser una respuesta temporal a las difíciles condiciones económicas que enfrentan estos hogares y no una transformación de fondo de las ideologías patriarcales tradicionales. Esto refuerza la percepción de muchas autoras en cuanto a que los avances de las migrantes en materia de igualdad de género suelen ser bastante modestos y no deben analizarse de manera aislada sino en el contexto más amplio de la simultaneidad de opresiones experimentadas por la población migrante. Las mejorías en las relaciones de género no siempre se acom- pañan de avances en otras esferas, como el trabajo remunerado y la vida social, donde las mujeres siguen enfrentando una fuerte carga de discriminación. Esto explicaría por qué cuando las mujeres migrantes manifiestan insatisfacción con sus condiciones de vida, sus quejas se centran en problemas vinculados a la clase, etnia o raza y condición legal con más frecuencia que al género (Pessar, 2003).
Lo anterior permite entender los hallazgos de varios estudios40 en torno a la decisión
de migrantes familiares cubanas y dominicanas de abandonar el trabajo remunera- do y retornar al rol de tradicional de amas de casa –aún cuando esta decisión afecta sus niveles de empoderamiento personal y sus relaciones de poder en el hogar. La decisión está fuertemente influida por su percepción de lo que constituye el hogar ideal de clase media -promovido por los imaginarios sociales tanto de las sociedades de origen como de destino- así como por la constatación de que la estabilidad y has- ta prosperidad económica alcanzada tras años de trabajo arduo en el país receptor no permiten escapar las múltiples formas de discriminación que experimentan estos hogares por razones étnico-raciales, de nacionalidad y clase. Ante la disyuntiva de preservar sus avances personales versus incrementar el prestigio del conjunto fami- liar, muchas mujeres optan por adoptar el modelo familiar tradicional como forma de evidenciar el éxito económico del hogar y así promover su avance social.
Los análisis de la relación entre trabajo remunerado y empoderamiento de la mujer muestran variaciones significativas en función de si la mujer trabajaba antes de mi- grar, su escolaridad, clase, etnicidad, situación familiar, etc. Por ejemplo, el estudio de Menjívar (2003) con migrantes guatemaltecas y salvadoreñas en los EEUU revela diferencias importantes entre ladinas e indígenas, vinculadas a los patrones cultura- les de ambas poblaciones en el país de origen. Las indígenas de ambos grupos pro- vienen de contextos culturales donde las mujeres regularmente trabajan y aportan al presupuesto del hogar y donde la autoridad del marido es menos marcada. Por su lado, la cultura ladina es más patriarcal y en ella prevalece con mayor fuerza el ideal del hogar tradicional donde el hombre es proveedor y la mujer se dedica a los quehaceres domésticos. Como las ladinas trabajaban en menor proporción que las indígenas antes de migrar, tenían más que ganar en términos de empoderamiento personal como resultado de su integración al trabajo remunerado en el país receptor. Pero el mayor peso de las normas patriarcales en la cultura ladina generó mayores dificultades dentro de estos hogares, donde la mayoría de las mujeres en todo caso deseaba el retorno a los roles tradicionales. El trabajo remunerado de las indígenas –aún cuando eran la proveedora única o principal del hogar- resultaba mucho menos conflictivo, pero al mismo tiempo no suponía avances importantes en sus relaciones de género en comparación a las que prevalecían en el país de origen.