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AFPD 21-1, Air and Space Maintenance (2003)
G racias a la derrota de todas las revoluciones que se desarrollaron en la estela de la triunfante revolución rusa, a la m uerte de Lenin en 1924, y al poder del capitalism o norteam ericano, el capitalism o europeo obtuvo un respiro. Pero no bastó para interrum pir la larga m archa del capitalism o m undial hacia la auto- destrucción. L a gran crisis desorganizó el m undo. A principios de la década de 1930 com enzó la desintegración de la econom ía, la política y el pensam iento, colofón definitivo de la quiebra del capitalism o.
E ra evidente que la civilización había llegado al térm ino de algo. Todo estaba convirtiéndose en su contrario. Con la v icto ria del nazism o en 1933 se vio claram ente dónde se m anifestaba la barbarie suprema: no en las regiones rem otas o "atrasadas" del m undo, sino en el corazón de la "Europa civilizada" y avanzada desde el punto de v ista tecnológico. En la esfera económ ica, el caos era tan abrum ador — y el ejército de m illones y de decenas de m illones de desocupados m anifestaba tal espíritu de rebeldía— que el capitalism o com petitivo, en los E stados dem ocráticos tanto com o en los fascistas, cedió el lugar en un país tras otro a la intervención estatal en la econom ía.
P or otra parte, el proletariado trató de liberarse del letal dom inio capitalista en u n a serie de explosiones espontáneas, p o r ejem plo la breve resistencia austríaca al A nschluss con H itler, o las grandes huelgas con ocupación de fábricas en Francia, que frustraron el intento del fascism o nativo de asum ir el poder, y crearon un gobierno de frente popular. Las grandes huelgas de brazos caídos determ inaron la creación del CIO en Estados Unidos. El episodio m ás gigantesco y fecundo, la revolución proletaria directa que sobrevino en España, pronto fue aplastada, no sólo a causa de la victoria del fascism o, sino tam bién porque el dom inio del stalinism o sobre el gobierno del frente popular sofocó la espontaneidad de las m asas. Todas las fuerzas dem ocráticas, incluidos los anarquistas, se sintieron tan satisfechos de recibir arm as de R usia (pese a que las pagaron con oro) que ninguna denunció el papel crim inal del stalinism o. En cuanto a los teóricos revolucionarios que en efecto se opusieron a los stalinistas y que no se forjaban ilusiones acerca de la "naturaleza revolucionaria" del gobierno del frente popular, no atinaron a crear u n a nueva categoría a partir
de los actos espontáneos de las m asas. Es decir, a ninguno se le ocurrió que el m odo en que los trabajadores españoles ocupaban las fábricas en el calor m ism o de la lucha contra el fascism o revelaba un a nueva dialéctica de la liberación, y que esa com binación de la econom ía y la po lítica era la nueva form a de dom inio obrero, y debía convertirse tam bién en la base de la nueva teoría.
En Rusia, donde el planeam iento estatal era total, el aparato del Estado había absorbido no sólo a la econom ía sino tam bién a los sindicatos. Se aherrojó a los trabajadores con la "legislación obrera" m ás draconianam ente antiobrera, sin olvidar los cam pos de trabajo forzado, apropiada culm inación del desarrollo retrógrado de R usia — un proceso que internam ente llevó al atroz desenlace de los procesos m ás fraudulentos de la historia, y a la liquidación del "Estado m ayor general de la revolución rusa"; y en el plano de la política exterior, culm inó en la firm a del pacto H itler-Stalin, que perm itió la iniciación de la segunda guerra m undial.
A hora que un poder estatal, C hina com unista, h a conferido debidam ente el sello de "m arxista-leninista" a la designación de R usia com o una sociedad regida p o r el capitalism o de Estado, esta expresión se h a convertido en auténtico clisé. N o ten ía ese carácter en tiem pos del pacto H itler-Stalin, cuando la designación de R usia com o parte integral de la nueva etapa del desarrollo capitalista m undial habría determ inado una diferencia decisiva en la estrategia de la revolución m undial. En cam bio, no sólo la R usia staliniana y los así llam ados soviets chinos de M ao, sino incluso León Trotsky, que había com batido a la burocracia stalinista durante m ás de una década, no encontró n ada m ás revolucionario que pedir a los trabajadores que defendiesen a R usia com o un "Estado obrero, aunque degenerado".
El vacío teórico existente en el m ovim iento m arxista desde la m uerte de Lenin no había sido llenado, no porque faltase u na lucha de v id a o m uerte a causa de la usurpación de la herencia de Lenin p or Stalin, ni por falta de estudios estadísticos de la econom ía y de un a serie interm inable de tesis políticas. Puede afirm arse m ás bien que hubo un vacío porque, desde L eón T rotsky p ara abajo, los antagonistas no atinaron a considerar el m ovim iento de las m asas ni la razón de la ruptura de Lenin con su pasado filosófico, com o preparación necesaria en v ista de la revolución proletaria y una nueva T ercera Internacional. C uando estalló la segunda guerra m undial, no se intentó establecer una relación nuev a y sem ejante de la teo ría con la práctica, ni se levantó una b and era revolucionaria esencialm ente nueva.
L a propiedad estatal, el plan estatal, "el partido" — tales eran los fetiches p or los cuales los trabajadores del m undo debían ofrendar la vida. En lugar de establecer en la estrategia de la revolución m undial contem poránea una división tan fundam ental com o la que planteó Lenin durante la prim era guerra m undial con su consigna "C onvertir la guerra im perialista en guerra civil", León Trotsky (quien pronto sería asesinado por la N K V D ) se convirtió en uno de los extrem os com plem entarios de la R usia de Stalin; y p o r su parte M ao, entonces y ahora (desde el conflicto chinosoviético) estaba dem asiado ocupado chinoizando las teorías de Stalin, de m odo que poco p odía preocuparse de explorar nuevas fronteras teóricas. Pero la chinoización no fue u n a m era aplicación "táctica" del "bloque de las cuatro clases". Tam poco fue un a superposición de la cultura china a un análisis de clases. M ás bien fue un sustituto integral de la revolución proletaria. Este concepto original, en virtud del cual las guerrillas cam pesinas rodean a las ciudades, determ inó que el proletariado se subordinara al ejército cam pesino y que se aceptara a la burguesía nacional.
Con el fin de com prender el m ovim iento de la trasform ación en su contrario en el seno de la revolución, debem os abordar las diferencias dialécticas que se m anifestaron inicialm ente en los distintos m odos en que L enin y Trotsky se prepararon teóricam ente para afrontar el destino histórico. A m bos fueron m arxistas revolucionarios. H acia la época de la revolución de octubre los dos pertenecían a una m ism a organización. Es cierto que durante los años largos, duros y difíciles de 1903 a 1917, cuando la tendencia bolchevique se forjó com o organización, T rotsky la com batió acre, incansable y tem erariam ente. Pero desde las vísperas de la revolución de octubre hasta la m uerte de Lenin, no hubo diferencias entre ellos acerca de la "cuestión organizativa".
Trotsky erró en su afirm ación de que la revolución hab ía "liquidado" las diferencias teóricas. Pero acertaba en la afirm ación de que había "liquidado" las diferencias organizativas. P or eso Lenin, durante la revolución, dijo de T rotsky que era el "m ejor bolchevique". D icho de otro m odo, T rotsky se equivocaba al creer que la sem ejanza de posiciones políticas y la fusión organizativa im plicaba u n a unidad de m etodología, de la relación de la filosofía con la revolución. A p artir de la dialéctica de dicha relación Lenin había creado nuevos puntos teóricos de desarrollo. Finalm ente, la dialéctica de la revolución concreta y su lim itación indujo a L enin a m odificar su concepto de la revolución m undial futura, de m odo que ésta sobrevendría, "si no a través de B erlín, entonces a través de Pekín".
Estas tesis m antuvieron u n a vida latente. E n qué m ed id a la incapacidad para desarrollar las consecuencias de los nuevos puntos de partida en el cam po de la teoría, delineados en la T ercera Internacional de 1920, fue responsable de la derrota de la revolución china de 1925-1927; en qué m edida el ascenso de Stalin, en detrim ento de Trotsky, fue responsable de la orientación errónea de la revolución china; en qué m edida la situación objetiva "en sí m ism a" determ inó el fracaso de la revolución, son todos problem as que de ningún m odo configuran u n a relación unívoca. Sin em bargo, a ju icio de Trotsky, Stalin fue el único traidor, y las opiniones del propio T rotsky habrían conducido a la victoria. N o se trata de que nadie, ni siquiera Trotsky, creyese en la posibilidad de que una teo ría trascendiera la situación m undial objetiva. El problem a consiste siem pre en determ inar de qué m odo una teo ría de la revolución afronta el desafío contem poráneo.
A llí donde el punto de partida y el punto de retorno es el Sujeto que se autodesarrolla, centrado en E uropa o en C hina, la dialéctica de u na teo ría de la revolución y la dialéctica de la autoliberación no se estorban m utuam ente. En tal caso pueden desarrollarse en lo concreto las nuevas fuerzas revolucionarias com o Razón. Lo que im pide a un revolucionario — y Trotsky fue ciertam ente un gran revolucionario— abordar el análisis dialéctico de una revolución es, a nuestro ju icio , no el concepto — trotsk ysta o m aoísta— del liderazgo, sino un concepto del Sujeto autodesarrollado cuando las m asas son el Sujeto.
L a tercera alternativa a la dialéctica de la liberación a la cual nos referirem os en esta parte de F ilosofía y revolución es el existencialism o sartreano. Es cierto que Sartre nunca form ó parte del m ovim iento de m asas, y m ucho m enos fue un líder y un revolucionario profesional de la jera rq u ía de T rotsky o M ao. Fue un extraño que se acercó a m irar. De todos m odos, es necesario considerar su figura cuando se analizan alternativas, porque fue el vocero de una generación casi entera, la prim era generación de la posguerra que intentó sim ultáneam ente estar fuera del partido com unista y en su seno, en la dialéctica de la razón y al m argen, pero siem pre en una actitud de firm e "com prom iso" con la filosofía y la revolución.
U na nueva generación inició la década de 1960 com o si u n a actividad infatigable fuese lo único que se necesitaba para destruir el viejo régim en, y com o si aun en el supuesto de que la teo ría fuese necesaria pudiera incorporársela "de pasada". L a abortada quasi revolución de m ayo de 1968 en París les ha enseñado ahora un a cosa: no pueden prescindir de la teoría, del m ism o m odo que no pueden abstenerse de la autoactividad. De ahí que sea im perativo explorar el vacío teórico.
En realidad, la atracción del "pensam iento de M ao Tse-tung" apenas ha dism inuido incluso después que la C hina m aoísta extendió la alfom bra roja para recibir a N ixon. L a m entalidad de los habitantes de n uestra época del capitalism o de Estado tiene vínculos tan firm es con las raíces socioeconóm icas del sistem a que aun p ara los intelectuales que se oponen absolutam ente al régim en es casi im posible evitar la gravitación del factor "m aterialista", que los aleja de la revolución. (D esarrollarem os m ás detenidam ente este punto en la T ercera parte.) Y ahora que el "pensam iento" de M ao h a sido endiosado y cosificado en el "Librito Rojo", su presencia no sólo dice m uchísim o acerca del vacío teórico. A m enaza absorbernos a todos, apartándonos de la dialéctica de H egel-M arx-L enin para llevarnos a los peligrosos desvíos de Trotsky-M ao-Sartre, los m ism os que desem bocaron en los procesos casi dialécticos y casi revolucionarios de fines de la década de 1960.