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4.3 Methods

4.3.1 Algorithm description

Este capítulo afronta desde distintos puntos de vista las cuestiones que plantea a la historia de los ingenieros españoles la historia cultural. Su primera parte, “Nosotros, los hijos del Progreso y de la Civilización”, trata de examinar la redefinición decimonónica de la categoría de ingeniero, entendiéndola en primer lugar en su sentido de una identidad colectiva. Prestar atención a la multiplicidad de las identidades, a las dinámicas de la coexistencia, el solapamiento y la competencia entre ellas, supone un paso necesario para proceder al análisis de la configuración del discurso de los ingenieros y de sus cambios a lo largo del tiempo, el objetivo del segundo apartado. El cuadro ofrecido en este capítulo está esbozado con líneas gruesas, ya que pretende cubrir un campo extenso temporalmente y complejo, debido a la inclusión de todas las ramas de la ingeniería decimonónica en España. Por lo tanto, en la sección Palabras de la ciencia útil ofreceré las grandes pautas discursivas, acompañadas en ocasiones por ejemplos de diversidad y por estudios de caso. El relato no pretende ser exhaustivo, y más que exponer una visión completa y detallada, aspira a permitir una comparación a gran escala, además de abrir puertas para futuras investigaciones que profundizen en distintos aspectos de la cuestión.

1. “Nosotros, los hijos del Progreso y de la Civilización”

Hombre de la ciencia al servicio del rey, oficial o funcionario facultativo, profesional liberal, dueño de empresa o empleado en el sector privado, la categoría de ingeniero -o sus variantes específicas- constituía una de las múltiples identidades de un número significativo de hombres en la España del largo siglo XIX. En este apartado examinaré cómo se articularon estas categorías, qué redefiniciones sufrieron, cuáles eran las dinámicas entre ellas y las tensiones en sus límites. Al examinar la configuración de las identidades de ingeniero me he beneficiado de las aportaciones constructivistas que postulan el carácter construido, múltiple, inestable y maleable de las identidades, sobre todo por la noción de comunidad imaginada propuesta por Benedict Anderson.1

Aunque Anderson acuñara esta expresión para caracterizar la nación, inspirándose en planteamientos antropológicos, sus definiciones sirven, según mi opinión, para los propósitos de este trabajo. El adjetivo imaginada hace referencia a que las personas a pesar de no conocer a todos los miembros de la comunidad, comparten la visión de aquella comunidad y están unidas por el sentimiento de pertenencia a la misma. Asimismo, de forma parecida a la nación tal como la define Anderson, las comunidades analizadas aquí son imaginadas como limitadas, y sus fronteras -

1 Sobre las distintas teorías de identidad, véase: László Vörös, “Methodological and Theoretical Aspects of ‘Social

Identities’ Research in Historiography”, en Luďa Klusáková y Steven G. Ellis (eds.), Frontiers and Identities.

Exploring the Research Area, Edizioni Plus, Pisa, 2006, 28-33. 171

aunque borrosas y elásticas en ocasiones - las separan de otros grupos imaginados como diferentes. Y, siguiendo a los planteamientos de Anderson, se trata de comunidades, ya que independientemente de las jerarquías internas, son entendidas como hermandades en las que los miembros comparten el reconocimiento mutuo, los valores comunes y una camaradería, lealtad y solidaridad de carácter horizontal.2 A otro nivel de análisis, me he inspirado en algunos

planteamientos desarrollados por la sociología figurativa de Norbert Elias. En particular destacaría el énfasis en el carácter fluido, cambiante y dinámico de las figuraciones, como pueden ser los grupos profesionales. Otro punto importante es la atención prestada a la interrelación y a la interacción, algo que me permite centrarme en el conflicto, examinar las tensiones y los lazos entre las distintas figuraciones y dentro de ellas.3

Para analizar la redefinición de las identidades de ingeniero durante el largo siglo XIX, identificaré las posiciones de sujeto en un marco amplio de textos producidos por las personas e instituciones relacionadas con la ingeniería decimonónica. Prestaré una atención especial a la construcción de las imágenes de la Alteridad como una parte clave de la representación de sí mismo. Además, partiendo del reconocimiento del Estado como el agente más importante de identificación y clasificación, trataré inevitablemente su papel en la configuración de las identidades colectivas como ingenieros y en la estabilización e institucionalización de las prácticas discursivas.

En mi esfuerzo por analizar los textos en búsqueda de las identidades de ingeniero, la noción de posiciones de sujeto desarrollada por Michel Foucault, me ha resultado sumamente útil. Prestar atención a la distribución de roles y de posiciones de locutor en los textos permite identificar la interacción de estos textos como configuración y perpetuación de discursos corporativo- profesionales de los ingenieros y ofrece pistas sobre su arquitectura conceptual. Ante todo, hay que apuntar que el sujeto no es equivalente al autor del texto. Como dice Foucault en Arqueología del saber: “la posición…está determinada por la existencia previa de cierto número de operaciones efectivas que quizá no han sido realizadas por un solo individuo (el que habla actualmente), pero que pertenecen por derecho al sujeto enunciante, que están a su disposición y que él puede volver a poner en juego cuando lo necesite. Se definirá el sujeto de tal enunciado por el conjunto de esos requisitos y de esas posibilidades, y no se le describirá como individuo que habría efectuado verdaderamente unas operaciones, que viviría en un tiempo sin olvido ni ruptura, que habría interiorizado, en el horizonte de su conciencia, todo un conjunto de propensiones verdaderas, y que conservaría, en el presente vivo de su pensamiento, su reaparición virtual (...).” 4

Existen distintas variantes de posición de sujeto a nivel pragmático del lenguaje y su examen

2 Benedict Anderson, Imagined Communities. Reflections on the Origin and Spread of Nationalism, Verso,

Londres/Nueva York, 1993, 5-7.

3 Norbert Elias, Sociología fundamental, Gedisa, Barcelona, 1975.

4 Michel Foucault, La arqueología del saber, Siglo XXI, México, 1983, 157.

ofrece respuestas elocuentes sobre las formas de autorrepresentación, como también sobre las maneras de alcanzar la legitimidad. Sin embargo, las relaciones sistemáticas entre la forma gramatical, el género del texto y el público al que se dirige se pueden observar una vez que las posiciones de sujeto han adquirido cierta estabilidad. Un proceso éste estrechamente vinculado con la institucionalización de la ingeniería dentro de los marcos más amplios de la ciencia y de la construcción del Estado. Por lo tanto, antes de identificar estas relaciones en los textos de la segunda mitad del siglo XIX y los primeros años del XX, resulta imprescindible adentrarse en el más confuso panorama de finales del siglo XVIII y la primera mitad del XIX.

Analizando los textos de los comienzos de este primer periodo en los que se habla de la ingeniería o de los ingenieros, y sobre todo aquellos en los que alguien se identifica o es identificado como tal, llama la atención inmediatamente la manera intermitente de la que aparece la palabra, como también la multiplicidad y el carácter cambiante de las formas de autodefinición. Una autodefinición sistemática como ingeniero se observa solamente en caso de los hombres que formaron parte del Real Cuerpo de Ingenieros, es decir, los ingenieros militares. La asimilación de la categoría de ingeniero a la pertenencia al ejército era tal que ni estos hombres ni los que mencionan el cuerpo y a sus miembros en los documentos oficiales sentían habitualmente la necesidad de especificar su carácter de militar o del Ejército.5 Por otra parte, unido al nombre de la

persona figuraba frecuentemente el rango que ostentaba dentro de la jerarquía del cuerpo. De estas pautas queda patente que más que una profesión, ser ingeniero era percibido como una carrera militar. Esta visión se inscribía dentro de la tradición potente e influyente a nivel europeo y americano de la ingeniería hispana. Tradición que estuvo estrechamente vinculada con el servicio al rey en tareas de todo tipo y marcada por la institucionalización de la actividad de los ingenieros dentro del ejército como parte del proyecto borbónico de reformas. Estas reformas consistían especialmente en la fundación de dicho Real Cuerpo de Ingenieros a principios del siglo XVIII, en la sistematización de su intervención en las tareas de guerra y de paz (división del cuerpo en tres secciones en 1774), y en la organización de los centros de enseñanza especializada que culminó con la inauguración en 1803 de la Academia del Real Cuerpo de Ingenieros. Asimismo resulta clave apuntar hacia la diferenciación borrosa de las esferas civil y militar dentro de las prácticas administrativas de la monarquía hispana. Es precisamente el periodo analizado (finales del XVIII y principios del XIX) cuando se intensificaron las operaciones de diferenciación de los espacios de acción civil y militar. En el tema que nos concierne, subrayemos que los promotores de la creación de los cuerpos civiles de ingenieros empezaron a recurrir sistemáticamente a esta dicotomía,

5 Esta actitud perduró en el siglo XIX. Mientras los ingenieros civiles identificaron sistemáticamente a los ingenieros

del Ejército como ingenieros militares, y a sí mismos según su cuerpo/especialidad, los ingenieros del Ejército seguían refiriéndose a sí mismos simplemente como ingenieros. Para un sinfín de ejemplos, véase la revista

Memorial de Ingenieros.

hablando de los ingenieros militares para confinarlos en el espacio de la guerra, para excluirles de las tareas no-bélicas y para consolidar así el espacio de acción para los nuevos cuerpos de ingenieros. Los resultados de este proceso de diferenciación quedarían evidentes en el segundo tercio del siglo XIX con la consolidación de la oposición ingeniero civil – ingeniero militar, típica para la ingeniería española.

Descontando a los ingenieros del Real Cuerpo, resulta más fácil encontrar textos que hablan sobre los ingenieros que textos en los que alguien se identifica a sí mismo como tal. Las personas vinculadas con la ingeniería prefirieron autodefinirse de forma distinta. Ofrecían credenciales de carácter personal y difuso, incluido el buen nombre de su familia, su educación y su experiencia, generalmente amplia y ecléctica, y sobre todo su rango militar o cargo administrativo que ostentaban temporal o permanentemente. Desde luego que no formaron una comunidad imaginada de ingenieros y, por lo tanto, no se puede hablar de un discurso de los ingenieros, sea corporativo o profesional. El marco identitario de estos hombres adquiría estabilidad a través de lazos personales, en el contexto de una administración que también tenía un pronunciado carácter personal. A otro nivel, se trataba de hombres ilustrados al servicio del rey, de hombres de la ciencia miembros de una República de Letras con aspiraciones universales, dispuestos y capaces de reconocerse mutuamente a través de las fronteras de los países.

Sin embargo, en esta época surgieron proyectos que aspiraron explícitamente a la creación de la figura del ingeniero civil, entendido en el sentido de un facultativo al servicio del rey dedicado a las tareas relacionadas con la nueva forma de entender la acción interventora de la Corona. Durante esta primera época se fue perfilando el uso del término ingeniero civil en oposición con el ingeniero militar, que caracterizaría -como ya se ha constatado- la historia y la historiografía de la ingeniería española. Esta oposición revela el papel importante que desempeñó la ingeniería militar en la definición de la ingeniería en España, un hecho que no resulta sorprendente teniendo en cuenta su larga tradición y su grado de consolidación. Denota también el peso del aparato administrativo de la monarquía en la redefinición de la ingeniería: los ingenieros civiles fueron creados en distintas especialidades según el modelo militar para ocuparse de los nuevos ámbitos de intervención administrativa. La debilidad de la competencia desde el sector privado para imponer una definición alternativa es elocuente: los ingenieros que trabajaron en el sector privado se incorporarían a la categoría de ingeniero civil acuñada para los cuerpos de funcionarios no-militares.6 Esta definición,

por obvia que parezca, es específicamente española: en Gran Bretaña, el término ingeniero civil surgió como autodefinición por parte de los hombres que trabajaron en la resolución de problemas

6 Obviamente hubo resistencia activa y pasiva a los intentos por parte de los ingenieros al servicio del Estado de

monopolizar la denominación de ingeniero. Sin embargo, los ingenieros sin formación superior no plantearon un uso alternativo de la categoría de ingeniero civil, sino que aspiraron ser reconocidos como tales, junto con los ingenieros-funcionarios.

técnicos a nivel particular, ofreciendo sus servicios a los clientes, en oposición con los ingenieros del rey, fuesen éstos últimos empleados en tareas de carácter militar o civil. En Francia, la oposición se constituye entre los ingenieros del Estado, militares o no, que compartieron la formación en la École Polytechnique y luego se dividieron en cuerpos de carácter civil o militar, y los ingenieros civiles - graduados de otras escuelas de ingeniería o de formación práctica cuyo principal destino era el trabajo en el sector privado.7 En España, al contrario, el término ingeniero

civil se consolidaría para englobar tanto a los ingenieros al servicio del Estado como a los ingenieros empleados en el sector privado, basándose en su formación en las escuelas civiles y en su trabajo en las tareas de carácter no-militar.

Sin embargo, ni la categoría global de ingeniero, ni siquiera la parcial de ingeniero civil dominaron el panorama durante la primera mitad del siglo XIX. Además de la figura consolidada del ingeniero del Ejército, empezaron a proliferar denominaciones de estabilidad efímera como ingenieros hidráulicos, ingenieros cosmógrafos, ingenieros geógrafos o ingenieros de puentes y calzadas que -más que categorías identitarias- eran testigos de los intentos intermitentes del despliegue administrativo del absolutismo ilustrado y de los primeros pasos titubeantes hacia el Estado-Nación. Entre estas denominaciones había algunas que a medio plazo consiguieron convertirse en categorías identitarias: la de ingeniero de caminos y canales, la de ingeniero de minas y la de ingeniero de montes. Los ingenieros de caminos fueron moldeados bajo la inspiración francesa (la École y el Corps des Ponts et Chaussées), adaptada a la organización administrativa española (la Superintendencia de Caminos existente desde 1778). A un nivel más profundo, detrás de su creación y consolidación subyacía la noción de las vías de comunicación como arterias de circulación, imprescindibles para facilitar el comercio y el control del territorio. En este punto, algunos altos cargos del gobierno interiorizaron los predicamentos de los fisiócratas sobre la importancia de la circulación para el fomento del poder y de la riqueza del país y aceptaron como su deber el dar un impulso a la construcción y el mantenimiento de las vías de comunicación, fueran terrestres o acuáticas.8 Con este propósito se creó un cuerpo de facultativos, quienes más adelante

recibieron la denominación oficial de ingenieros gracias a la iniciativa de los hombres de ciencia vinculados con el proyecto, ya que éstos pretendían consolidar el perfil científico de estos facultativos y dotarles de estatus asemejándoles a los ingenieros – oficiales del ejército.

7 André Grelon e Irina Gouzévitch, “Reflexión sobre el ingeniero europeo en el siglo XIX: retos, problemáticas e

historiografías”, en Manuel Silva Suárez (ed.), Técnica e ingeniería en España, vol. 4…, 269-321.

8 Agustín de Betancourt y Juan López de Peñalver, “Memoria sobre los medios de facilitar el comercio interior, 20 de

junio de 1791”; Juan López de Peñalver, “Catálogo del Real Gabinete de Máquinas. 1794”, textos reproducidos en

Escritos de López de Peñalver, Madrid, Instituto de Cooperación Iberoamericana/ Instituto de Estudios Fiscales,

Madrid, 1992, 5-32 y 145-147. Agustín de Betancourt, “Noticia del estado actual de los caminos y canales de España. Causas de sus atrasos y defectos, y medios de remediarlos en adelante,” Revista de Obras Públicas, 5 (1869), 54-58; 6 (1869), 68-71; 10 (1869), 115-116; 13 (1869), 156-157. (El documento original es del 28 de abril de 1803, en el n.5 de la Revista de Obras Públicas aparece una vez datado incorrectamente al año 1808, pero en el resto de las ocasiones consta el año correcto, 1803).

En cuanto a los ingenieros de minas, fue en las décadas 1820-1830 cuando se empezó llamar de esta forma a los “mineros”, “delineantes” o “geómetras subterráneos” formados desde 1777 en la Academia de Almadén. Esta denominación apareció como rango administrativo concreto para pronto convertirse en el nombre genérico de todos miembros del cuerpo facultativo de minas. Solamente podemos especular sobre la influencia que tuvo en esta opción el ejemplo de los ingenieros de minas extranjeros o de otros facultativos españoles como los ingenieros de caminos o los del ejército. Por otra parte, los facultativos de Montes habían sido concebidos como ingenieros (de bosques) incluso antes de que llegaran a existir de hecho. Es significativo que fue poco después de instaurarse el régimen liberal en España cuando en 1835 se planteó la creación de un Cuerpo de ingenieros civiles que englobaría a los ingenieros de caminos, de minas, de bosques y los ingenieros geógrafos. Los ingenieros organizados en cuerpos facultativos eran concebidos como agentes eficaces de las políticas de transformación e intervención dentro del marco de un Estado liberal en construcción. Al menos hasta los años 1840, la denominación de ingeniero se entendía ante todo en el sentido de un facultativo civil o militar, miembro de un cuerpo al servicio del rey/del Estado, aunque el papel de la formación especializada como base del carácter de facultativo iba a provocar una dislocación del significado de la palabra en las siguientes décadas.

Como se ha constatado, ser “ingeniero” tardó en convertirse en una categoría identitaria importante más allá del Ejército. Para interpretar esta tardanza, hay que tener en cuenta la vinculación descrita en los párrafos anteriores de la figura del ingeniero con la intervención administrativa. Esta relación hace que para entender la consolidación lenta de las identidades de ingeniero fuera del ejército debemos mirar hacia un contexto más amplio: en la España de los primeros años del siglo XIX se dieron signos de cambio de paradigma que se plasmaron dentro del ámbito de la acción de los gobernantes en los intentos de mayor uniformidad y sistematización, en la introducción de procedimientos impersonales y, sobre todo, en el surgimiento de la idea de la administración como servicio a la Nación. Sin embargo, este cambio de paradigma se desarrolló en forma de luchas discursivas con unas plasmaciones muy reales: conflictos políticos, guerras, sublevaciones, represalias, como también de resistencia pasiva en forma de desidia y negligencia. La inestabilidad institucional extrema, producto de la falta de consenso alrededor de los principios básicos de la legitimidad del poder y de la organización del gobierno, no contribuyó precisamente a que los hombres que pasaron por los cuerpos y por las escuelas civiles que surgieron, desaparecieron y volvieron a resurgir en el primer tercio del siglo XIX pudieran consolidar sus identidades de ingenieros. Por lo tanto, hasta finales de los 1830 nos encontramos con un panorama parecido al momento del cambio de siglo en cuanto a las identidades. En este panorama las personas se siguieron definiendo a través de referencias múltiples, como credenciales personales y familiares y, sobre todo, cargos oficiales de duración limitada. Se observa, sin embargo, una

novedad en cuanto a que cada vez una mayor parte de los personajes adquieren un perfil político. Es en esta época en la que echan raíces las futuras hagiografías de los ingenieros liberales.

Los signos de surgimiento fuera del ámbito militar de unas identidades de ingeniero con cierta fuerza y continuidad empezaron a manifestarse en la década de los 1830, pero sobre todo a