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2   OBSERVING SYSTEM OVERVIEW 13

3.4   Theoretical Description 25

3.4.4   Algorithm Output 67

El equipo que habían recibido por orden de Buqar incluía túnicas de lana, perneras de cuero, polainas, zapatos cerrados de áspera suela; además, bolsas de provisiones que se podían colgar del hombro con una correa, y una pesada manta de cuero de casi cuatro por cuatro pasos en la que podían envolverse juntos, en la que podían darse calor el uno al otro. Pero el invierno en las montañas era duro.

En una ocasión estuvieron días en una cueva, compartieron sus provisiones con los dos mulos y esperaron a que diera fin una tormenta de nieve; pasaron media luna entre una tribu de pastores de cabras, cuya hospitalidad sólo era superada por su suciedad, pequeña en comparación con su codicia: al marcharse faltaba uno de los mulos, y cuando Ninurta quiso buscarlo los hombres de la tribu lo amenazaron con sus armas.

Evitaban los caminos cercanos a la costa; por todas partes, sobre todo en los puertos, había tropas hititas. No los estarían buscando, pero con igual certeza los apresarían y llevarían al ejército: con suerte como guerrero y curandera; con menos suerte, como porteador y prostituta de guerra.

Como preso, en Ura a Ninurta le había parecido deseable convertirse en guerrero e ir a parar a Alashia. En todas las grandes ciudades de la isla tenía socios comerciales, y hubiera podido contar con que los hititas vigilarían menos estrechamente al soldado Ninurta y a la curandera Lamashtu que a los prisioneros.

Si los rumores eran ciertos, los hititas habían perdido ya el oeste y suroeste de la isla, a manos tanto de los guerreros de los príncipes expulsados y sus aliados de Ilios y Arzawa como de mercenarios; en la costa suroccidental se encontraba Koriyo, donde debían encontrarse los tres barcos. Koriyo sería libre... si los rumores eran ciertos; allí el Yalussu, el Kynara y el Provecho de Keret se esperarían mutuamente; allí las tripulaciones podrían intercambiar buenas noticias. En Koriyo conocía a tres mercaderes que...

Pero era ocioso; el señor de la fortaleza había decidido las cosas de otro modo, y ahora, tras la fuga de Tarsa-Tarkush, el ejército hitita ya no era atractivo. Antes de empezar la primavera, ningún barco saldría hacia Alashia de ningún puerto, y hasta la primavera el asirio esperaba alcanzar la costa próxima a Roddu. También en el interior tenían que evitar los caminos y lugares concurridos. Por todas partes había hititas; por todas partes (eso les dijeron los hombres de las montañas, hasta donde era posible entenderse con ellos) había tropas acuarteladas para el invierno o marchando por calzadas militares más al oeste o el noroeste, hacia la frontera. Al asirio y la babilonia no les quedaban más que las sendas de montaña. Los mulos eran dóciles, no tercos como tantos, pero también eran terriblemente inútiles. Aparte de armas y ropa, Ninurta y Lamashtu no tenían mucho que cargar, y para las escasas provisiones no necesitaban ningún animal de carga. Los mulos no se podían utilizar para cabalgar en las regiones intransitables; en conjunto, Ninurta calculaba que de cada mil pasos que dejaban atrás habrían podido dar diez a lomos de los mulos.

No fue ninguna gran pérdida cuando tuvieron que dejar a uno de los animales con los cabreros. Cinco días después, en un valle por el que trepaba el animal como un gusano por la montaña, al costado de la gran calzada militar y comercial, dejaron al segundo mulo en una posada en la que las caravanas descansaban en la época de los viajes: un gran patio amurallado con establos, dos pozos, comederos y campos. El posadero, un hombre de mediana edad con tres mujeres e innumerables niños, les dio a cambio un poco de plata (pepitas y fragmentos, apenas más de dos shiqlu), una comida, paja para hacerse un lecho y un arco con carcaj y flechas. Los hititas, les contó, habían estado allí en otoño y se habían llevado todos los animales de carga, de monta y tiro, a excepción de dos bueyes. Ninurta supuso que el hombre obtendría por lo menos veinte shiqlu por el mulo de la primera caravana de primavera; era parte de las cosas inmutables del ramo el que toda caravana perdiera en el viaje más animales de los que se podían comprar por el camino a precios razonables.

Lamashtu estaba alternativamente animada y malhumorada, triste y vivaz. Ninurta tenía dificultades para adaptarse a sus cambios de carácter; al cabo de algún tiempo, dejó de intentarlo. En uno de sus días luminosos, le dio un par de informaciones que aumentaron su comprensión, sin disminuir su extrañeza. Descansaban a la sombra de una roca, comían cereales ablandados en agua del deshielo y bebían nieve. Tenían pedernal, hierro y teas, pero en los páramos helados de las montañas no había leña. Lamashtu le miró sobre el borde del

cuenco en el que quería fundir nieve con el calor de las manos y echando repetidamente el aliento.

-En realidad el tramo es el mismo -dijo ella, con una fina sonrisa-, pero aún así me pregunto si tú estás más lejos de mi o yo más lejos de ti.

Ninurta alzó la vista; sobre una cadena montañosa, al sur, trazaba círculos un ave rapaz. Un trozo de libertad estrechamente delimitado en la ilimitada cárcel azul celeste de allá arriba.

-Incluso en la más íntima cercanía queda un resto intocable -dijo él-. ¿Adónde quieres ir a parar?

Ella volvió a soplar en el cuenco y lo sacudió suavemente. Tras un largo silencio siguió hablando; su voz sonó un poco insegura:

-¿Cómo te lo explicaría? Tantos años de esclavitud... cosas que sólo se superan dejándolas ocurrir y olvidándolas. Como un animal, ¿sabes? Es una capa que a veces te asfixia, pero se encarga de que aceptes los golpes y... otras cosas como si... como si le pasaran a otro, no a ti. Y cuanto más dura, tanto más gruesa y sorda se hace esa capa. -Sacó el cuchillo y hurgó en el cuenco con la hoja-. Emoción, cambio, cosas así, pueden levantarla. En el bosque, cuando aún era esclava y se produjo el ataque, cuando fuiste herido, esa capa se levantó un poco. Pero yo aún estaba demasiado confusa como para pensar en hierbas..., las hierbas que me habían mostrado y explicado cuando era pequeña. Después..., como esclava he empleado hierbas de vez en cuando. Raras veces para curar heridas; la mayoría, para producir sueños, hacer sacrificios a los dioses o hacer fluir la sangre cuando mi luna se redondeaba y yo estaba seca. -Contempló la hoja-. Fuertes hierbas, más fuertes que este cuchillo. Mis señores tenían enemigos; yo ayudaba a eliminarlos, con hierbas, setas y raíces. ¿Puedes imaginar que durante años he utilizado hierbas y otras plantas para matar, confundir, producir locura o placer enfermizo, pero no para curar? Ya me había olvidado de que las hierbas podían aliviar en vez de dañar. Entonces, en esos días, te dí hierbas que encontré en el bosque, pero la primera noche aun estaba sorda, después de largos años; Tsanghar y Adapa fueron más sabios.

Ninurta esperó; como ella no seguía hablando, dijo:

-La sorda capa de los años... ¿Es eso lo que sigue pesando sobre ti?

-Nunca he estado tan viva como en las horas que siguieron a nuestra fuga en Tarkush. Pero luego me he vuelto a envolver en esa capa, o ella me envuelve a mí. Es bueno ir contigo y acostarse contigo, asirio, pero... cuando hayamos llegado a nuestro destino, buscaré a alguien que también haya sido esclavo y comparta conmigo esa capa.

Él extendió la mano y tocó su mejilla. -¿Crees que nunca podrás quitártela?

-No tienes que consolarme, señor de la caravana. No sé si puedo existir sin esa capa. -Esbozó una sonrisa velada-. ¿No sería más fácil no preocuparse el uno del otro? ¿Ropa que se quita uno sin dejar un momento de pensar que te ha dado calor?

Era agradable no estar sólo de noche en la gran manta de cuero que durante el día Ninurta llevaba enrollada en los hombros; agradable poder calentarse el uno al otro en el invierno de la montaña; agradable calmar mutuamente el ansia cuando se producía aquel picor contra el que no sirve de nada rascarse. Pero no era nada más profundo.

En los páramos montañosos, de día, cuando caminaban o trepaban en silencio, pero sobre todo de noche, el repugnante animal volvía a la cabeza de Ninurta. Había numerosos motivos para tropezar con la idea equivocada, que terminaban en el animal o lo despertaban. En un momento dado habló a Lamashtu de los antiquísimos caminos en las montañas que los mercaderes asirios habían recorrido hacía ya seis o siete siglos; antes de que los hititas llegaran a esas tierras; quizás incluso ya en una época en que ni siquiera había luvios. Luego, el animal arañó y rascó dentro de su cabeza: como si la mera mención de los asirios llevara de vuelta a Asur y al rey, que era una de las sombras detrás de los pensamientos de Ninurta.

En una ocasión, cuando pernoctaban en las cercanías de una gran calzada, se les unió un charlatán errante de origen luvio. Les habló de los motines en Kizzuwatna (el país que Ninurta llamaba Kilikku), antes independiente y desde hacía mucho bajo dominio hitita; de rumores del norte de que las bélicas mujeres de Azzi iban a unirse a aquellos que hostilizaban con Madduwattas las fronteras del reino hitita; de mensajeros de los príncipes de Wilusa que buscaban por todas partes aliados, ayudantes y mercenarios para la guerra que los aqueos iniciarían pronto.

Esa noche, el monstruo arrastró a Ninurta por las cavidades del recuerdo hasta la empinada Wilusa, donde Prijamadu decía frases aladas... frases con alas de guadaña, que no volaban, pero podían cortar Sombras, sombras afiladas en el blando tejido de su interior.

Días después encontraron a un hombre de Lukku, o Lugga, como decían los hititas. Contó que se había detenido más de la cuenta haciendo negocios en el interior, en las cercanías de Ijalanda, donde un cerro en forma de cajón cortaba la carretera y los guerreros hititas de su fortaleza quitaban hasta la piel a todo el que pasaba. Se había detenido allí demasiado tiempo, haciendo malos negocios, y ahora tenía que vagar durante el invierno.

-Mil carros de guerra -aseguró- han llevado a Alashia, dicen en la fortaleza, y dos decenas de miles de combatientes y hombres de todos los países costeros occidentales. Pero no avanzan contra los otros... extranjeros y alashios que combaten por los príncipes expulsados.

El hombre se llamaba Suqarattu y en realidad procedía, según dijo, de Milawatna, pero llevaba mucho tiempo viviendo muy al sur de su tierra natal. Al principio a Ninurta la conversación le resultó trabajosa, hasta que al final averiguó, entre la mezcolanza de sonidos sordos y guturales y chasquidos de la lengua, la lengua materna del hombre, cuyo asirio era lamentable y cuyo luvio parecía arrastrado por el gélido viento por un roquedo abrupto.

Su verdadero nombre era Sukrattes; pertenecía a una de las tribus orientales de Muqannu, emparentada con los aqueos. Sin tomar en cuenta a Lamashtu, Ninurta cambió de idioma; era más sencillo traducir de vez en cuando algo del aqueo para la babilonia que buscar cosas familiares entre los sonidos que Sukrattes emitía en lenguas desconocidas. Un gran alivio no tener que seguir dando vueltas a si Gylgylyq era un monstruo de las leyendas de Lukka o un lugar imaginario del más allá... Sukrattes se refería a Kilikku, o Kizzuwatna, o Chilaku, pero cuando habló en su peculiar aqueo oriental dijo Cilicia, y Ninurta lo entendió sin esfuerzo alguno.

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Sukrattes estaba sorprendentemente bien informado de las cosas que pasaban en el interior y en la costa, a la que quería regresar. Combates por todas partes, decía;junto al ejército de Alashia, los hititas habían reunido otro en el interior, varios miles de carros de guerra y por lo menos otras dos decenas de miles, pero ¿para qué todo eso?

-Madduwattas es un viejo y astuto truhán; se ha apoderado de toda Arzawa. No piensa levantar grandes ejércitos; cree más en las incursiones... rocas, ya sabes, que caen rodando por una pendiente y destrozan unos cuantos carros de guerra; o flechas que diezman por el camino a un centenar de infantes y cuyo origen nadie conoce, porque vuelan desde detrás de las rocas.

-¿Hasta dónde ha extendido Madduwattas su dominio hacia el sur? -dijo Ninurta-. ¿Controla ya la costa? Hay historias acerca de sacerdotes rojos. Ysacrificios humanos.

Sukrattes adelantó el labio inferior.

-¿Sacerdotes? ¿Sacrificios? No sé nada de eso. Y hasta ahora sólo controla la costa en el Oeste, no en el suroeste.

En realidad, sus caminos eran iguales: por Pitassa, que Sukrattes llamaba Pisidia, hasta Lukka, Licia; desde allí tenía que ser posible llegar a Yalussu, en Roddu. Pero Ninurta y Lamashtu tenían que seguir guardándose de los hititas; Sukrattes en cambio no tenía por qué albergar tales temores. Sonriendo, hurgó en su pesada bolsa, sacó varios sellos de bronce, los contempló y los volvió a guardar, salvo uno, que enseñó a Ninurta.

-Un sello de órdenes de los hititas, ¿ves? Derecho de uso de los caminos y libertad de asaltos. -Arrugó la nariz-. No me protegerá contra mercenarios extranjeros y gentes de Acaya o Ilios, ni tampoco contra los piratas, que vuelven a florecer desde que los hititas están en decadencia. Pero al menos no tengo que tener tus preocupaciones.

Por la mañana los dejó; Ninurta se quedó de pie en la loma sin quitarle ojo. Sukrattes se dio la vuelta una vez más y dijo adiós con la mano; luego siguió la afilada sombra de la montaña hacia el valle. En la mano derecha sostenía el arco y dos flechas; el carcaj y la bolsa le colgaban del hombro izquierdo.

Lamashtu se acercó a Ninurta. -El sello -dijo, como de pasada-.

-Muy útil cuando se tiene. ¿Por qué? ¿No sería de ayuda tenerlo? Ninurta enseñó los dientes.

-He pensado en ello.

-¿Y por qué no le has matado? También su pesada bolsa... -No me ha hecho nada.

Lamashtu puso los brazos en jarras y le miró sin dejar de mover la cabeza.

-Me asombras una y otra vez, señor. Tan tierno... ¿Cómo has alcanzado el bienestar? Ninurta miró hacia el valle, donde entretanto Sukrattes se había alejado cincuenta pasos, lentamente, siguiendo la línea de la sombra.

-¿Bienestar? -dijo el asirio-. Ah, por muchas razones. Una es que nunca he sido frívolo. O raras veces. ¿Ves que no sigue la senda, sino la sombra de la cima en la que estamos? Tiene preparados el arco y dos flechas. Un movimiento en falso por nuestra parte, que él vería por nuestras sombras... ¿No te has dado cuenta de que no ha dormido? Estaba cansado y no muy locuaz esta mañana.

Lamashtu calló; su gesto no indicaba nada.

-Tiene varios sellos. Sin duda también uno de Madduwattas. Supongo que es uno de los espías del viejo y astuto príncipe. Por eso no quiere saber nada de sacerdotes. Seguro que no es fácil de matar.

Lamashtu siguió callada.

-Y el bienestar lo he alcanzado pensando en la ventaja de todas las partes. Sólo se debe estafar a otros hasta donde lo noten con diversión, pero sin dolor. Entonces intentarán divertirse otra vez en el próximo trato contigo, o vengarse alegremente. Si les ha dolido, no harán un segundo trato contigo.

-Oh, dioses...

Hacia el mediodía descansaron en un valle alto y resguardado, donde el sol había fundido la nieve en los últimos días y teñido de color las laderas y faldas de la montaña. Lamashtu lanzó un grito de entusiasmo, arrojó su túnica y su bolsa junto al pequeño manantial rodeado de matorrales y corrió hacia la ladera norte; Ninurta la siguió, más despacio; cuando la alcanzó, ella trepaba de rodillas entre brotes nuevos de plantas. Una y otra vez, tocaba con la punta de los dedos hojas o capullos a medio abrir; decía nombres que Ninurta no conocía, y hablaba de sus maravillosos efectos:

-Ésta, desecada y molida, cocida en vinagre, añadiéndole un par de varitas de... -seguía otro nombre desconocido-, es uno de los mejores medios para producir aquel tirón y temblor que se convierte en grito, con espuma en la boca, y finalmente conduce a la muerte entre espasmos y retortijones. Esta de aquí, cocida, colada, diluida, vuelta a cocer y bebida con cerveza, produce malos sueños, y sin diluir causa la locura.

Plantas que producen úlceras y derrames, que conducen al tormento y a la muerte... Lamashtu hablaba, desbordante, como embriagada: una especie de alucinación aniquiladora como la que los guerreros viven en medio del combate, pensó Ninurta. Lamashtu nunca había estado más vital, animada y hermosa.

De repente él no pudo soportarlo más, la dejó en la ladera y caminó hasta el otro extremo del valle. El pequeño arroyo alimentado por el manantial se filtraba entre las rocas. Ninurta escaló el muro de riscos, que parecían ensamblados intencionadamente; luego contuvo el aliento.

Profundamente a sus pies, en el fondo de un valle cerrado de verdes laderas, le miraba el ojo verdiazul de un dios amable, un lago claro y tranquilo. Ni el menor soplo de viento agitaba su superficie, ni ninguna corriente que lo alimentara o por donde desaguar. Ambas tenían que ser subterráneas, pensó... pero en realidad no pensaba; estaba tumbado en la pared de roca y se sentía deslizarse hacia la calma del azul del cielo invernal sin nubes y el verde de las laderas, salpicado de plantas de colores aquí y allá, todos los colores juntos y mezclados y sin embargo separados y vivos. Era precioso y fortalecedor, y si lo miraba durante mucho tiempo el dragón de las sombras se ahogaría y nunca volvería a moverse.

Entonces Lamashtu se arrodilló junto a él. -Lo que busco no crece aquí -dijo.

Ninurta permaneció callado, todavía sumergiéndose, hundido.

Ella movió el brazo, escarbó; él apenas lo vio, y lo oyó con apenas claridad. De pronto, tiró una piedra. El ojo de los dioses reventó, saltó hecho astillas, se agitó. El cuerpo de Ninurta volvía a ser pesado, nada de deslizamiento ni de impulso; casi tuvo que contener las lágrimas.

-¿No tienes miedo al tirar esa piedra de despertar al monstruo que quizá duerma en un lago así? -preguntó.

Lamashtu apretó los labios.

-Quizá sea precisamente eso lo que busque.

Al día siguiente dejaron las montañas, por un camino que no podía ser más largo que un día de marcha. Aquí, donde se juntaban los países de Kilikku y Pitassa, se había formado una meseta entre las montañas. Tierra fértil, habitada por campesinos y recorrida por hititas.

Quizás en el norte se combatía, o el invierno (suave en el valle) había interrumpido los combates. Lo que así y todo significaba es que había tropas bien despiertas en camino por la llanura.

Esperaron entre las últimas colinas a que el sol se pusiera.

En la oscuridad, consiguieron dejar a sus espaldas una parte de los campos llanos. Al salir el sol llegaron a un pequeño bosque, en el que pasaron el día turnándose para vigilar. La

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