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2   OBSERVING SYSTEM OVERVIEW 13

3.4   Theoretical Description 25

3.4.3   Mathematical Description 64

Entre los barcos anclados en las dos escolleras de la playa y el puerto de Corio no había un solo buque de guerra, ni uno siquiera de los grandes cargueros que los hititas empleaban para transbordar sus guerreros a la isla. Djoser estaba en el elevado castillo de popa del Yalussu, y contemplaba la estampa de la ciudad a la puesta de sol, las casas luminosas de tejados planos, los verdes jardines, las laderas levemente ascendentes con árboles frutales y matorral. La fortaleza de la Acrópolis. Fuera del casco urbano, hacia poniente, un campamento de tiendas y barcos desguazados; los hititas no hacían esas cosas: construían fortalezas de madera y dejaban los barcos intactos. En el campamento había también algunos carros de guerra. Numerosos infantes y pocos carros de guerra... tenía que tratarse de mercenarios y guerreros de los príncipes expulsados de Alashia.

Cuando el Yalussu entró en el puerto, reconoció a uno de los barcos anclados en la playa: el Provecho de Keret. Había barcos de pescadores, listos para la pesca nocturna; dos que ya habían salido le habían ocultado al principio el barco de Tashmetu. El rome suspiró. Zaqarbal y el Kynara no llegarían antes de la puesta de sol; la señora Tashmetu lo oiría todo de labios de Djoser.

-Los dioses castigan a quien llega demasiado pronto -murmuró.

Tsanghar alzó la vista de las extrañas ruedecillas y cuerdas con las que quería construir cosas incomprensibles desde que le desaparecieron el mareo y el dolor de cabeza.

-¿Qué te pesa en el hígado, señor? -Luego siguió la mirada de Djoser-. Ah -gruñó-. Bueno. Que te diviertas.

Tras la puesta de sol dejaron el puerto de Ugarit, por breve tiemPO, según le dijeron al gobernador del puerto: los esclavos que al día siguiente iban a ser entregados al rey remaron una vez más para que los mercaderes y sus marinos pudieran comprobar si las cargas estaban correctamente repartidas y sujetas y los barcos eran maniobrables. Fuera del puerto, rodeados por el velo clemente de la noche, pusieron proa al sur y anclaron a una milla de la lengua de tierra y del barrio de los curtidores.

Reinaba gran estrechez a bordo de los barcos, con todos los esclavos y trabajadores del almacén junto con sus familias y los marinos. En el otro barco Zaqarbal encendió un farol de aceite, con pantalla de cristal verde para cortar el viento.

A medianoche llegó el viejo Menena, con un pequeño bote de remos en el que su arrugada esposa sostenía en su regazo la cabeza cubierta de sangre del liberto Tsanghar. La historia de Menena (y la de Tsanghar) era sencilla, esperada y desagradable. Tsanghar y Lamashtu habían querido proteger a Ninurta; hombres armados, posiblemente hititas, habían abatido al mercader al dejar el palacio, e igual suerte corrió Tsanghar. Dejaron tirado al gasqueo, porque ya no se movía; a Ninurta y a Lamashtu se los llevaron al norte, al palacio de verano del rey ocupado por los hititas. Como nadie volvió al almacén de los mercaderes, Menena, que sí acudió allí, encontró a Tsanghar, que precisamente estaba volviendo en sí y contó lo que había que contar; dos chicos que andaban cerca del palacio contaron todo lo demás. Y cuando Menena volvió con Tsanghar -al que a ratos sostenía, y a ratos arrastraba- a las cercanías del almacén, vio antorchas y oyó tintineo de armas: guerreros del rey. No estaba completamente seguro, pero creía que Rap'anu estaba entre los guerreros. En cambio, estaba seguro en lo que concernía a otra persona: el legado del gran rey, a menudo en la ciudad o viajando entre Ugarit y Hattusa, estaba con la tropa y le daba órdenes.

Por la mañana, cuando levaron anclas y quisieron aprovechar la brisa matinal, vieron a lo lejos siete barcos que zarpaban del embarcadero del palacio de verano y ponían proa al norte. Menena volvió a tierra y regresó con la noticia de que los hititas hábían subido a bordo de los barcos a criminales, esclavos y otros prisioneros, entre ellos a un hombre inconsciente y a una mujer delgada que se ocupaba de él; su destino era Ura.

-¿Y ahora? -Djoser retrocedió hasta popa para no estorbar a los marinos y a los dos timoneles. Enrollaban y sujetaban la vela; tensaban o aflojaban, soltaban o sujetaban las cuerdas que surcaban el barco en todas direcciones; el timonel del lado derecho gritó algo referente a las remadas que aún eran necesarias. Pronto el Yalussu alcanzaría la playa con la inercia y atracaría en la arena entre crujidos y sacudidas. Entonces Djoser desembarcaría, después de dar las últimas instrucciones, y llevaría a Tashmetu las buenas noticias al Provecho de Keret.

Odiaba semejante perspectiva, ensuciando la vista del puerto, las casas, el país y la bahía. Feas casas, feos muros, un castillo asqueroso en el que tenía que haber repugnantes personas. Intentó recordar una frase de su padre... ¿Cuándo había sido? ¿Hacía veinticinco años? El padre de Djoser era un mercader de éxito, dotado de un extraordinario ingenio. Años atrás, Kewab había pedido y obtenido del viejísimo soberano Userma-Atre-Setepenre permiso para recoger objetos inútiles, fragmentos, ruinas, astillas de las canteras reales, contra el pago de dos ovejas o su contravalor con otras mercancías, dos ovejas por luna. Era asombroso el precio que hombres que muy pronto serían hombres acomodados estaban dispuestos a pagar por ladrillos de arcilla, polvo de piedra y astillas, por las más pequeñas piezas cortadas que utilizaban en la construcción en la gran ciudad, que estaba junto al río, tan lejos de las canteras... Veinticinco años, sí; Kewab había dicho a su hijo, que entonces tenía seis años y le miraba con los ojos muy abiertos y un nudo en la garganta, esta verdad incuestionable, aunque incómoda: «Si hay que hacer algo desagradable, hijo mío, hazlo enseguida, antes de que se vuelva aún más desagradable». Entonces el esclavo de piel oscura y amigo del padre le cogió sus brazos y se los sujetó; el médico cortó con una sierra mellada, a la altura de la rodilla, las astillas y los despojos que un día fueran la pierna izquierda de Kewab. Un carro con piedras, demasiado cargado, cayó cuando Kewab estaba a su lado.

Djoser sabía (y lamentaba, a veces) que había heredado de sus padres lentitud, seriedad y devoción. La devoción no había sobrevivido al trato con otros hombres y mil historias de dioses distintos, pero... Se rascó la cabeza. No servía de nada. Zaqarbal podría haber hecho esto mejor: a la princesa del comercio él contaría sin duda con más sabor lo que le había ocurrido. Zaqarbal tenía otras maximas más sabrosas, «lo que puedas dejar hoy no lo dejes mañana», o algo parecido. El recuerdo de la frase, una especie de verso en el idioma de los cananeos, hizo que Djoser siguiera pensando en ese otro idioma, en el que Djeden se llamaba Sidunu e Iqarat, Ugarit, y en el que tenía que decir a Tashmetu algo desagradable antes de que lo fuera aún más.

Estaba sentada en la cámara, bajo el castillo de popa, en una silla de brazos tallados, encolada con las planchas del suelo, hecha en madera negra con incrustaciones de colmillo de elefante.

-¿Está en el otro barco? -preguntó tras los saludos.

Luego escuchó. A la luz inestable de las dos lámparas de aceite, que temblaban a la brisa nocturna (como si la noche que se aproximaba y mi noticia cubrieran su brillo de negrura, pensó él), se extinguió el verde chisporroteo de sus ojos. Djoser no se había sentado en la ligera silla plegable; se apoyó en el tabique que daba a la cubierta principal, habló, apartó la mirada de los ojos de Tashmetu, vio las pesadas y caras cajas, las blandas y gruesas alfombras, el tapiz de la más fina lana multicolor, que representaba una cacería de leones, miró la mesa y la ancha cama, las pieles y cojines y mantas sobre las que ella ahora tendría que estar revolcándose con Ninurta, volvió a mirar el rostro controlado, la piel brillante, tostada como un dulce de nata y miel recién horneado, el hoyito en la mandíbula, los altos pómulos, los ojos abiertos que ya no brillaban: ventanas a un cuarto luminoso, protegidas de pronto por finas cortinas. ¿Para que el calor no se escapara, o para que no entrara ninguna corriente de aire?

-Bien hecho -dijo con voz ronca, cuando él terminó-. Habéis hecho lo que había que hacer. Y teníamos razón en nuestras desconfiadas consideraciones.

Djoser se apartó del tabique. Se secó la frente, sintió el sudor en las axilas y en la espalda, sudor frío; lentamente, se dejó caer en la silla plegable.

-No lo bastante desconfiadas -dijo-. De lo contrario, él se habría cuidado de que no sólo Tsanghar y Lamashtu estuvieran en las cercanías.

Tashmetu se cruzó de brazos, como gesto de impotente defensa.

-Entonces no le habrían esperado seis, sino doce hititas. O tres docenas. El sabía lo que posiblemente le esperaba, y en la última noche hablamos de ello. -Intentó una sonrisa, se inclinó y apoyó la mano derecha en el antebrazo izquierdo de Djoser-. Sacude de tu hígado esas piedras cortantes, rome. No es culpa tuya. Él contaba con ello. Dijo que si la cita con Hamurapi hubiera sido un día después, caso de haber sido posible aplazarla, no se hubiera producido; se habría marchado con los barcos cargados sin esperar a ver qué decía el rey.

Djoser se mordió el labio inferior. Él y Zaqarbal habían considerado la posibilidad de seguir a los siete barcos hititas, con la esperanza de hacer algo en algún sitio, quizás en Ura. Lo dijo, y Tashmetu movió la cabeza. No había nada que hacer contra siete barcos con guerreros, y el propio Ninurta había ordenado que los tesoros acumulados en largos años de comercio no se pusieran en juego por un hombre.

-¿Habéis podido llevarlo todo a bordo sin que el aduanero y el gobernador del puerto lo advirtieran?

Djoser sonrió.

-Astucia de Ninurta, señora. Contaron numerosos recipientes de aceite, vino, cereales, fruta, pescado y otraS cosas y calcularon el valor del contenido. El contenido casi carece de valor..., por lo menos el contenido que ellos vieron. Todo Se llevó en carros, para que no apreciaran lo pesados que eran los recipientes. Debajo del pescado y el aceite y las otras cosas hay plata; todos los recipientes están llenos de plata hasta la mitad.

-¿Nada de oro?

-En Ugarit se pagan cuatro shiqlu de plata por un shiqiu de oro; en Asur y Marí el precio es de diez a uno. Hemos dejado todo el oro en las lentas aguas del Purattu -dijo y sonrió abiertamente-. Pero lo más importante son los recipientes mismos, y la cadena con la que los esclavos que escaparon a Hamurapi iban sujetos.

Tashmetu alzó las cejas. -Hierro -dijo Djoser.

-¿De qué clase? ¿De las montañas profundas... parzillu?

-No, señora; ashiu puro, de las piedras del cielo. En Asur se pagan dos shiqlu de él por uno de oro. No había suficiente, así que tuvimos que coger también plata; pero hay buenos herreros allí y en otros lugares a las orillas del Purattu.

-¿Cuánto tenéis? -Tashmetu se inclinó; sus ojos volvían a brillar un poco. Hablaba la comerciante, no la amante del asirio desaparecido.

-Casi quinientos talentos... el peso de doscientos hombres. -Djoser advirtió que su propia voz daba la impresión de incredulidad-. En el norte se pesa con oro,.. se pesaría con oro, de haber suficiente. Hay plata; quince a uno, quizás incluso veinte a uno; depende. Luego esa plata se cambia por oro en mi patria dos a uno, el oro de las ciudades del Purattu... Pero no sabemos si podremos volver a atracar en Ugarit.

-Ugarit no es el único puerto. Pero estará cerrado por mucho tiempo.

También los negocios y propiedades de Tashmetu los ocuparon esa noche los guerreros del rey. La compañera de mi enemigo es mi enemiga. El tesoro de Hamurapi, requerido una y otra vez por los hititas para tributos de guerra, soportaría ahora esos saqueos; los nobles mercaderes de Ugarit podrían estar irritados con que el rey tratara así a uno de los suyos, pero por otra parte Ninurta (como Djoser, como Zaqarbal) era un extranjero, tan sólo tolerado en la ciudad, un competidor de éxitO, ahora un competidor menos. YTashmetu, mujer y antigua esclava a pesar de la adopción sellada por Keret, era justamente mujer y antigua esclava, a la que no se lloraría.

Djoser quiso escuchar una vez más que Tashmetu aprobaba el viaje al puerto de la costa sur de Alashia.

-Ura es una fortaleza -dijo ella-. No te aflijas. No era posible hacer otra cosa. No hubierais podido hacer nada en Ura. Y no lo olvides, pronto empezarán las tormentas de otoño. Debemos llegar a nuestra meta cuanto antes.

-Ninurta dijo que aportarías a la sociedad tus posesiones y tus conocimientos. Habrá que calcular las participaciones, pero... ¿por qué lo has abandonado todo, señora?

-Si me hubiera quedado en Ugarit, el rey no sólo se hubiera incautado de mis propiedades, sino de mí misma. El amigo de mi enemigo..., ya sabes. La expectativa de tener que contribuir durante años a la economía de guerra bajo órdenes de los hititas no era atractiva. Incluso aunque no hubiera estado amenazada -sonrió-. Además, se dice que si se quiere ganar en sabiduría hay que viajar. Yyo nunca he viajado muy lejos. Pero estamos aquí sentados y olvidamos las cosas del cuerpo. ¿Tienes hambre, sed?

-Un trago de vino sería bien recibido, señora.

Tashmetu se volvió a un lado, donde había en el suelo pesados cántaros de barro, vertió agua y vino en dos copas que cogió de una cestita que colgaba de la pared y alargó a Djoser una.

-Por los amigos ausentes -dijo el rome en voz baja.

El velo volvió a caer bruscamente sobre los ojos. Bebió en silencio. Djoser trató de cambiar de tema.

-Como sabes, nuestro verdadero almacén no está en Yalussu, a pesar del nombre de la sociedad.

-Lo sé. Ninurta me habló de vuestra isla. Yde que a la sociedad pertenecen también mujeres, como propietarios legales.

Se había descubierto la pequeña isla rocosa al oeste de Roddu (Rodas, como decían los aqueos) de forma casual, hacía años. Rocas, arrecifes, apenas verde... La isla estaba al margen de las vías comerciales habituales y no atraía a nadie que la viera de lejos. Sin embargo, invisible desde el mar, había un valle verde y de exuberante vegetación tras las paredes rocosas; había manantiales de agua dulce, cuevas inaccesibles y una gran gruta para albergar a los barcos que ni siquiera podía sospecharse desde el mar.

-En Yalussu tenemos almacenes. Allí dejamos a toda la gente que no es de confianza. Tashmetu asintió.

-Contaba con ello. Los esclavos que os sobran y una parte de mi tripulación, ¿no es cierto?

Mientras hablaban sobre la isla, Djoser escuchaba una y otra vez. Ni el crujir de una proa en la arena, ni un paso sobre las ruidosas tablas. Zaqarbal aún no había llegado. A regañadientes, Djoser se dijo que no le parecía mal; disfrutaba de estar aquí sentado sin el hombre de Sidunu y su lengua demasiado ágil, bebiendo vino con la mujer más hermosa de Ugarit, que además era inteligente, rica y encantadora. Entonces se sobresaltó un poco ante tal pensamiento.

Tashmetu dejó su copa y chasqueó el índice y el pulgar de la mano derecha delante de su cara.

-¿Sueñas, rome?

-Perdóname,Tashmetu... estaba perdido en mis pensamientos. -¿Muy lejos, o muy cerca?

Se sintió incómodo y trató de reír; los ojos verdes parecían mirar en algún rincón de su interior en el que prefería estar solo. Por lo menos en ese momento.

-Ni muy lejos ni muy cerca -dijo.

Tashmetu sonrió por la comisura de los labios. ¿Despreciativa, burlona, estimulante? No lo sabía.

-No mientes bien, Djoser... ¿Crees que está muerto?

-Casi se lo desearía -dijo, muy serio-. Lo que le espera pódría ser peor que la muerte. Los otros que llevan en barcos a Ura son esclavos, delincuentes, deudores que no pagaron, prisioneros de pequeñas escaramuzas fronterizas con los arami. Remarán, lucharán o trabajarán en las canteras para los hititas, supongo. Pero, hasta donde conozco a tu noble rey, Hamurapi prepara algo mejor para Ninurta..., regalo especial del señor de Ugarit a Supiluliuma. Que, como todos sabemos, aprecia especialmente a los asirios.

-¿Es posible escapar a los hititas? Djoser abrió los brazos.

-Si alguien se cae por la borda, puede ahogarse. También puede nadar. Si tiene mucha suerte, aparecen delfines y lo llevan a tierra.

-Ninurta es astuto. -Había nostalgia en la voz-. ¿Esa mujer que está con él...?

-¿Lamashtu? -Djoser habló de la larga marcha por la estepa, de la herida de Ninurta, de Lamashtu, de Tsanghar y de Adapa, que habían ayudado a curarle y habían sido liberados por ello-. Es... dura -dijo al fin-. Creo que ha vivido malas experiencias. Y ha sobrevivido. También sobrevivirá a ésta. Tanto podrían aparecer ambos el verano que viene como estar muertos. Primero tiene que acabar el otoño, luego viene el invierno, ¿después? -Djoser alzó la copa-. Esperemos que el invierno sea tolerable. Que lleguemos rápido a la isla, antes de que empiecen las tormentas. Que dejemos en Yalussu a los que no son dignos de confianza. Y que compremos gansos en Yalussu.

-¿Gansos? ¿Para qué quieres comprar gansos?

-Se les manda desplumar y asar. La carne calienta el cuerpo en invierno, pero no sólo en invierno. Y las plumas, cortadas y envueltas en paños, procuran un lecho cálido.

-Hay otras posibilidades -dijo, y le miró a los ojos-. ¿Para eso es para lo que necesitas los gansos?

Él se movió en la silla; tenía calor y frío al mismo tiempo.

-Tiene que ver con la guerra -dijo con esfuerzo-. En la guerra se necesitan armas. Las espadas de hierro son mejores que las de siparru. Tenemos buenos herreros en la isla. No hay bastante carbón vegetal y leña; tenemos que llevar esas cosas allí. Pero si la guerra nos pone en peligro y se restringe el comercio, al menos intentaremos sacar beneficio de los guerreros... -¿Cómo es la situación aquí, en Koriyo, y en general al oeste de la isla?

-Mercenarios. -La ugarita señaló allá donde, fuera del barco, se veía la tierra a la luz del crepúsculo-. Algunos guerreros de los príncipes expulsados, unos cuantos combatientes, luvios, enviados por Madduwattas... No puede prescindir de muchos. También hay unos

cuantos de Wilusa. Pero sobre todo mercenarios extranjeros. Del alto norte, del oeste, de lejanas islas. Tracios, peones, ilirios, sardanios, tirsos.

Parecía mirar remotas lejanías; su mirada parecía extravíada, perdida. Todas esas regiones extrañas que yo nunca he visto; quizás ahora... pronto... Djoser carraspeó.

-Ah, hum, los gansos. Pueden utilizarse para hacer aún mejor el hierro.

-¿Mejorar el hierro mediante gansos? -Tashmetu movió la cabeza-. ¿Qué necia historia infantil es ésa?

Voces, pasos en la arena: alguien subía silbando a bordo.

-Ese tiene que ser Zaqarbal -susurró Djoser casi con alivio-. Luego te contaré lo de los gansos.

Zaqarbal dejó el Provecho de Keret mucho antes de medianoche; el camarote bajo el

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